1.11.11


CANADÁ


Estoy en un pueblo del Este de Canadá. Sentado en una cafetería  junto a un gran ventanal. En la puerta hay un land rover. Dentro espera a su dueño un golden retriever y una mujer vende manzanas a pocos metros. Al fondo, la vista de una montaña nevada rodeada de nubarrones grises. He hecho muchas fotos inverosímiles, como tú les llamabas. He pensado mucho en ti. Aquí también hace mucho frío.
Recuerdo aquella tarde en que buscamos un refugio al calor de una taza de té. Me coges las manos heladas mientras piensas si tendrías que habérmelo dicho hace unos días. “Te dejo”. Están los periódicos llenos de noticias terribles impresas frente a nuestros ojos. Tomé la cucharilla humeante y te dije “mira”. “Mira como hago desaparecer los titulares”, dejando caer unas gotas de agua caliente sobre el papel impreso que se desdibujaba. Y a aquella tarde sólo le faltaba una música de armónica de fondo. Paseamos por la plaza cuando las farolas se encendían en un anaranjado de cabaret. Te dije, “en Canadá no hay fuentes en las plazas de los pueblos”. “Ellos se lo pierden”. Me abrazaste pareciendo que se acababa el mundo o que el suelo se abriría de un momento a otro pero en su lugar hubo un silencio, una quietud tan molesta como si nos estuviese apuntando a las sienes un francotirador desde un tejado sombrío. Entonces llegó la bala. “Te dejo”.  
Y aquí estoy, esperando para hacerle una foto a la camarera, con mi nikon. Se sorprendió mucho cuando le dije que allá, en la mayoría de los pueblos, hay una fuente de piedra en las plazas.