Lo escuchas perfectamente Es bueno el tío dice un imbécil a
otro imbécil, ambos imbéciles sentados delante de ti en el bus que trajina como
puede con todos los socavones de la ciudad. Es bueno el tio escuchas y no sabes
de qué o quién hablan esos dos, solo estás detrás de ellos, encogido como protegiéndote
de algún inminente golpe, replegado sobre el asiento, olfateando el olor del
interior del bus, y sientes ganas de aplastarles la cabeza a esos dos. Bueno
qué cojones bueno, tienes ganas de gritar al imbécil. Tú no sabrías qué es
bueno aunque te explotase en la cara, tienes ganas de decirle al imbécil. Sus voces
agudas, de pito, nada varoniles, siguen enturbiando el aire, aplastándote la
sesera con su uniforme tono, bueno mis cojones joder, qué tío ni qué ostias. Pareces
un personaje de Bukowski dijo tu novia ayer noche mientras ambos mirabais la
pared como si se tratase de una pantalla de cine, y no sabías si se refería a
tu problema con la bebida, a cómo la tratas, a vuestras constantes discusiones
o qué, pero te callaste, demasiado borracho para emitir alguna pregunta o
refutación. Bueno mis cojones y te gustaría aplastar a esos dos y salpicar de
sangre las ventanas del puto autobús y que todos los imbéciles que van a bordo
sean un solo grito sincronizado y tú les sonreirías con malevolencia. Malévolo,
ya nadie es malévolo, piensas. En la edad media se era malévolo, cruel,
despótico. Se cortaban cabezas sin más ni más, era el pan nuestro de cada día,
pero hoy todos somos amables, blandos, jodemos con una sonrisa en la boca, medimos el tono, manejamos la hipocresía, cuidamos las formas en definitiva.
Hablan de fútbol, ese par de subnormales, joder, claro, el partido de ayer de
los cojones, tu odio se pudre en tus entrañas y la mediocridad del mundo, su
herida que no para de manar, te pasma. Somos imbéciles y siempre lo seremos,
todos, y cada uno de nosotros, pandilla de imbéciles que solo quieren que les
roben y corten las pelotas, y el cielo nublado y sucio que ves por la ventana
parece que va a ceder y caer sobre la ciudad y el bus bota una vez más gracias
a un socavón. Hablan de algún futbolista iletrado cuyo perfecto cuerpo está
cubierto por estúpidos tatuajes. El toque, dice uno, el toque preciso, el toque
preciso mis putos cojones piensas, todo el invento llamado lenguaje para esto
piensas, te duelen los ojos y el estómago, igual sí estás bebiendo demasiado.
Sonríes bajo la capucha que llevas puesta como un adolescente, coño, si te
estás matando a beber, y eso te hace gracia por algún motivo. Eras un niño
inocente y rubio y ahora eres un borracho montado en un bus. Puedes citar
pasajes de crimen y castigo, has leído todo Amis, escuchas música extraña,
comes en japoneses y miras a las mujeres con suficiencia, suficiencia
investigadora piensas, y te hace gracia, nunca terminaste el doctorado, dejabas
el ordenador encendido mientras te ibas a la cafetería y bebías quintos de
cerveza a las once de la mañana mientras repasabas a las de primero que tomaban
sus cafés, todas monas, todas futuras psicólogas. Psicología mis cojones
piensas y te acuerdas de tus profesores, esa ralea de seres endogámicos y
mediocres, y viertes tu infinito desprecio sobre ellos, seguro que están ahora
saliendo de sus chalés prefabricados, donde viven con sus putas familias de los
cojones, sus esposas quizá también profesoras de universidad, pollas y coños
académicos y te ríes, quizás te estés volviendo loco aquí sentado, con la
capucha puesta y esos dos siguen rajando del partido de ayer, cuánto deben
llevar sin echar un polvo como dios manda, y piensas en sus mujeres aburridas
mirándolos como si fuesen niños, y los ves a ellos repanchingados en sus sofás gritándole
a la pantalla. Eres un outsider y te ríes y decides matarte bebiendo como
Nicolas Cage en Leaving las Vegas, la puta canción de los putos Amaral, joder,
y te ríes y sientes compasión por ti mismo y por el niño rubio que fuiste una
vez, antes de las relaciones insanas, del alcohol, de ir a cenar a
japoneses y mirar a las mujeres como un hombre de mundo, y te sientes derrotado
y perdido y tienes ganas de llorar y de abrazar a esos dos de delante y preguntarles
cómo lo logran cómo son capaces de existir y ser felices viendo un partido de
fútbol. De preguntarles cómo vivir, qué deberías hacer, de darles un abrazo y
pedirles perdón por despreciarlos, y
recuerdas a la mujer que quisiste y ya no está, y los juguetes que tenías de
pequeño cuando el mundo no era un lugar yermo y muerto, y sientes una infinita
compasión por la raza humana y cuando estás a punto de ponerte a gritar y ya te
imaginas cómo se abalanzan sobre ti y te llevan a un psiquiátrico, el bus llega
a tu parada, te bajas, enciendes un pitillo y escuchas a los dos que iba
delante decir qué bueno es el tío. Debe ser bonito ser bueno en algo, piensas, aunque
sea en dar patadas a un balón. Te prometes beber menos y le escribes un mensaje
a tu novia que sabes que está planteándose dejar de serlo en donde le pides
perdón y le añades una carita sonriente al mensaje de texto y rezas porque no
sea demasiado tarde. Pero demasiado tarde para qué piensas, y no lo sabes. Si
al menos te gustase el fútbol piensas.
La palabra no aparente.
"I'm afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it."
1.5.17
21.12.16
5 narrativas alternativas en el videojuego contemporáneo.
"El cine es pensamiento cuando la forma de una película tiene su propia dinámica, que no simplemente ilustra el contenido narrativo sino que cuenta más, cuenta incluso lo que está excuído o censurado del contenido. Esta tensión entre forma y contenido es donde se encuentra el pensamiento cinematográfico"
Slavoj Zizek, How To Examine Films
En toda disciplina, antes o después, surgen adeptos que desafían la
ortodoxia. El videojuego no ha sido menos, y desde siempre ha habido
creaciones que, más allá del reciclaje y la repetición, han
cuestionado y expandido sus límites narrativos, llevando sus
propuestas a un lugar donde el contenido narrativo trabaja en
sinergia con las posibilidades tecnológicas intrínsecas al arte
electrónico, un lugar donde el videojuego piensa.
Retomando una clasificación ya propuesta aquí, ilustramos esta
tesis con cinco ejemplos recientes.
En Limbo (2011) vemos despertar al protagonista, un niño del que no
se nos cuenta trasfondo alguno, en un paraje inhóspito y tenebroso
en blanco y negro. En principio un prototípico plataformero de
avanzar de izquierda a derecha, sin diálogos ni historia aparente,
utiliza como mecánicas jugables los saltos y puzzles que debemos
resolver para poder avanzar, muriendo y reapareciendo contínuamente
al fallar, en un bucle perpetuo de ensayo y error. La clave narrativa
de lo que se nos cuenta se desvela en los últimos segundos, a través
de una cinemática que funciona a modo de metáfora que resignifica
el tiempo y esfuerzo materiales que el jugador ha invertido en la
experiencia. Limbo muestra la necesidad, para el significado de la
historia que se quiere contar, de que sea narrado de una forma
específica, y demuestra que lo central es la experiencia misma del usuario al interaccionar con la obra. La misma historia, novelada o incluso experimentada
vicariamente a través de otro jugador en una grabación vista en
youtube, no revelaría exactamente el núcleo de la experiencia que el videojuego
propone.
Specs Ops: The Line (2012) se nos presenta en principio como un
típico first person shooter canónico, donde encarnamos al típico
soldado americano en la típica misión encubierta de rescate, con
una sugerente ambientación distópica localizada en una Dubai
prácticamente en ruinas y semidesertizada -literalmente atravesada
por dunas- tras una guerra. Lo que parece una historia al uso deviene
rápidamente en un viaje psicodramático políticomilitar al estilo
Apocalypse Now en el cual acabamos no sabiendo muy bien qué estamos
haciendo allí ni por qué fuimos en primer lugar. Puntos clave del
juego son las difíciles decisiones morales que el jugador tiene que
realizar en ciertos momentos -en realidad fuertemente guionizadas,
pero que retroalimentan la sensación de inescapabilidad trágica del
personaje-. En un giro narrativo clásico, lo que el juego pretende
hacer es obligarte a pensar los horrores de toda guerra y sus
implicaciones sobre la vida de los actores que se ven implicados,
pero su mayor interés reside en que ciertas secciones
subvierten las covenciones de su propio medio y género, haciendo
partícipe al jugador de crímenes de guerra y volviendo la
experiencia de juego desagradable, incitando a pensar sobre el
significado último de las acciones que realiza el jugador-personaje.
Retomando la idea inicial de este texto, podemos decir que existen
lugares donde el videojuego no solo piensa, sino que incluso se
piensa a sí mismo, como es el caso de The Stanley Parable (2013). Si
en SO:TL nos encontrábamos con una jugabilidad que llegaba por
momentos a friccionar con el mensaje, haciendo que el jugador se
plantease el significado moral de sus acciones en un contexto
narrativo marcadamente realista -acciones que no dejaban de ser
falsas elecciones guionizadas para avanzar por una historia-, para
TSP las elecciones son el núcleo de la propuesta, basada en
problematizar el concepto mismo de toma de decisiones. Partiendo de la estructura narrativa propia de los librojuegos y adoptando perspectiva FPS, seremos Stanley, el gris empleado número 427 de una empresa genérica, que se dedica a recibir órdenes en un ordenador y pulsar botones en respuesta, hasta que un día no recibe nada y decide salir de su habitáculo de trabajo. Una voz en off nos cuenta lo que se supone que Stanley hará, y ahí entra nuestra decisión de hacer lo que se nos dice, contradecir al supuesto narrador en off de la historia u optar por terceros caminos. Lo que comienza con tintes de parábola humorística sobre la libertad indvidual, deviene en ironización permanente sobre las decisiones y expectativas del jugador al enfrentarse a las propuestas -que en última instancia se saben y se nos muestran inescapables- creadas por el diseñador/demiurgo. Sin tesis última, sus múltiples finales son preguntas lanzadas al aire, permitiendo al usuario reiniciar la aventura cuantas veces desee, explorar y experimentar con los mecanismos internos de la narrativa.
En Her Story (2015) el juego es tu propia memoria. Tomamos el papel
de un investigador que dispone de una base de datos policial sobre un
caso, formada por múltiples archivos de vídeo desordenados de
diversas entrevistas a una sospechosa, en los que cada palabra ha
sido indizada, de tal forma que nuestro único acceso a los vídeos
es a través de un buscador, en el cual escribimos las palabras clave
que queramos y la base nos devuelve vídeos que contengan esa palabra
en el discurso de la mujer que habla. Todos los vídeos están
virtualmente disponibles desde el principio, con lo que la única
jugabilidad es la pericia del jugador para intuír y detectar
palabras clave, y el juego consiste en la historia que, retazo a
retazo de información, vamos ordenando y tejiendo en nuestra mente
hasta la comprensión final de lo sucedido.
Ya cercano a algo parecido al videoarte interactivo o el simulador de
paseo, Orchids to Dusk (2015). Eres una
astronauta que ha aterrizado destrozando su nave en un planeta
extraño semidesértico, y dispone de unos minutos de oxígeno en su
escafandra antes de morir. Sin nada que recuerde a una jugabilidad al
uso, da la oportunidad al jugador de gastar esos últimos minutos
como desee libremente sobre la superficie del planeta, ya sea
sentándose a esperar al destino a ritmo de suave música
electrónica, o echándose a caminar en un último paseo
contemplativo. La, en principio, tragedia de la inminencia de la
muerte y la imposibilidad de hacer nada para evitarla, planteada como experiencia de puro goce estético ocioso, casi lúdico.
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Videojuegos
9.12.16
El videojuego como objeto de análisis cultural.
Mark
Bussler argumenta en varios de sus vídeos en Youtube que su época
preferida de los videojuegos es la de finales de los 90 y tempranos
2000, aparte de porque le coincidió su juventud universitaria
emancipada -en los cuales echó por la borda meses enteros de estudio
jugando a Tekken 3 y Bushido Blade-, porque marca el final de una
época en la cual las compañías del sector en general producían
gran cantidad y variedad de títulos. Los años de la hegemonía de
Playstation 1 y 2 vivieron una fuerte expansión del mercado de los
videojuegos acompañados de mejoras técnicas sustanciales a las que
las compañías de software y hardware supieron sacar de forma muy
creativa provecho -y réditos económicos-. Años de catálogos
mastodónticos - cifras oficiales apuntan cerca de 8000 títulos en
el mundo para Ps1, algo más de 10000 en Ps2- que iniciaron y
asentaron numerosas sagas que todavía perduran y se pudieron ver en
el último evento Playstation Experience en 2016, donde se
promocionaron por ejemplo los nuevos Ace Combat 7, Resident Evil 7,
Gran Turismo Sport, y remasterizaciones de sagas clásicas como
Wipeout o Crash Bandicoot.
Sin
embargo el último evento de Sony revela una sintomatología del
agotamiento creativo que comparten todas las grandes compañías de
la industria, hermanada en este sentido con la industria
cinematográfica Hollywoodiense. Pero si los grandes estudios de cine
parchean la situación recurriendo a hacer taquilla con la enésina
iteración superheroica -normalmente calcada de los comics
originales-, vendiéndonos una y otra vez la misma película
romántica y de acción con distintos ropajes y refriendo viejas -y
hasta nuevas- películas propias y extranjeras, en el videojuego se
recurre a la continuación directa de sagas y la
remasterización/remake de títulos a los que se le presupone demanda
en el mercado. Este reinado de la reiteración, que tiene mucho más
sentido en los videojuegos -ya que una parte importante del sentido
del videojuego, cuando no todo, es la jugabilidad, es decir, cómo se
interactúa con el software- ha dado pie a que la antorcha de la
creatividad y la innovación se haya visto recogida por las
desarrolladoras medianas y pequeñas, pequeñas en ocasiones hasta lo
unipersonal. Se suele decir, con razón, que esto es en gran medida
porque al no tener grandes presupuestos tienen más libertad y más
margen para el riesgo, para buscar formas de seducir al consumidor.
Títulos aclamados por sus mecánicas jugables innovadoras, como
Braid o Superhot, nacieron de concursos o festivales de programación
donde se daba un tiempo limitado para crear conceptos nuevos,
desarrollados posteriormente con apoyo de compañías o financiados a
través de campañas de crowdfunding, para iniciar su recorrido de
vida comercial en ordenadores y, si son exitosos, poder firmar
contratos y engrosar el catálogo de las tres compañías que dominan
las consolas, y estas a su vez presumir de ofrecer tambien juegos
indis como experiencia en su plataforma.
Pero
decir que la innovación del videojuego se encuentra en "lo
indi" de este mundillo no es nada nuevo, valga la redundancia.
Lo mismo podría decirse de otras industrias, como la musical. La
pregunta sería qué se cuece en el caldero global de la industria, y
uno de los fenómenos más llamativos del mundo del entretenimiento
electrónico es la práctica ausencia de análisis criticos
culturales del sector, cuando desde hace años es una industria que
genera según datos oficiales más del doble de ingresos que la
cinematográfica. En este sentido resulta evidente que, aparte de las
idiosincrasias del videojuego como forma de
entretenimiento/cultura/arte lo único que hace que no haya el
equivalente a una Cahiers del sector, es el factor tiempo, todavía
es un medio históricamente demasiado joven, y algunas revistas
multimedia a las que se podrían equiparar hoy por hoy son recientes,
como la británica Edge, nacida en 1993. Así pues, se impone la
necesidad de pensar el videojuego como fenómeno cultural inseparable
de los contextos socioculturales en los que surge. ¿Qué está
sucediendo hoy en el mundillo? ¿Cuáles son las propuestas, las
corrientes narrativas, los relatos en los que se sumergen cientos de
millones de personas a diario?
En
una propuesta de clasificación del mercado, podemos establecer un
espacio central de lo mainstream, dominado por los juegos
superventas, producciones de grandes estudios y sagas de videojuegos,
que ya sean juegos de acción, estrategia, plataformas etc, combinan
mecánicas tradicionales, más o menos depuradas e innovadoras, con
modelos narrativos directamente apropiados de la novela (caso típico
de los juegos de rol) o del cine (first person shooters, acción en
general), y juegos arcade, en los que lo fundamental son las
mecánicas y reglas internas de funcionamiento, y la narrativa o
relatos directamente no existen, o son sugeridos con la adopción de
una determinada estética que acompaña de fondo a la experiencia
(Tetris, Pac- Man, Asteroids).
Siendo
evidente que cada videojuego es hijo de su tiempo y contexto, y
asumiendo la visión "zizekiana" de que la ideología es
inescapable, todo videojuego es a priori susceptible de análisis
cultural. Sin embargo, los códigos en ese espacio central son
demasiado fáciles de decodificar desde las perspectivas críticas
habituales que se encargan de lo audiovisual. Desentrañar los
últimos capítulos de sagas como Grand Theft Auto no dejaría de ser
un análisis sobre las influencias culturales de Scorsese, Brian de
Palma, Tarantino o series como Los Soprano, todo interesante, pero
mil y una veces discutido.
En sucesivos textos propondremos distintos mapas de una relación del videojuego y su periferia, ejemplificados en propuestas concretas que se apartan radicalmente de esa corriente principal, adaptando determinados códigos al terreno de lo interactivo.
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Videojuegos
23.11.16
A propósito de Ghost in the Shell.
Contaba
Donald Richie, en su libro 100 años de cine japonés, que a un
director clásico del cine alemán, al mostrarle una película
japonesa, le pareció un desastre porque mezclaba géneros sin ningún
sentido. Una verdadera tragedia no podía incluir elementos cómicos
de aquella forma, decía. Leer ésto me hizo pensar que, en efecto,
en el cine japonés y asiático en general, en el género que
llamamos drama, no solamente se mezcla de forma muy habitual con
comedia, sino que me atrevo a decir que -en general- es donde más y
mejor se hace. Visto el tono del trailer
del remake made in USA de Ghost in the Shell, me
juego lo que sea a que el primer canario que va a morir por la
infiltración de grisú hollywoodiense, será la comedia que, aunque
escasa, tan bien traída estaba en la original japonesa. Con el tono
sombrío cool tecnoseriote que le meten,
me temo que lo único que veremos, en vez de Tachikomas haciendo el
mono serán, como
mucho, frases one-liners vacías para lucir primeros planos, con
sonrisillas socarronas estomagantes. Tiempo
al tiempo.
Pero
no hay que ser hater porque sí, y como me decía con razón otro
firmante de este blog acerca de la futura secuela de Blade Runner, la
original siempre estará ahí, y bien cierto que es. Tampoco estoy en
contra de que se hagan remakes, pese a que comparto ese lugar común
de que son bastante "innecesarios", pero vaya, frente a
crímenes contra el cine como el
remake USA de
Wicker Man -que merece mucho la pena ver única y exclusivamente por,
lo has adivinado, Nicolas Cage- surgen sorpresones como el remake de
Teniente Corrupto, de Abel Ferrara, dirigido por Werner Herzog
-protagonizado por otro Cage en estado de gracia- y claro, uno ya
solo con ese ejemplo se tiene que callar para siempre en el tema
remakes, o empezar a poner asteriscos en sus argumentos de ahí en
adelante. Además, bien es sabido que los estadounidenses no son muy
dados a ver cine en idiomas bárbaros extraimperiales, así que las
adaptaciones están, siempre han estado, a la orden del día, y, si
no se ha hecho ya , no veo por qué los
refritos no podría ser tratado como una
especie de género en si mismo, aunque fuera por un criterio
meramente cuantitativo. Tiene interés la cosa, pero quedará para
otra.
Por
sacármelo pronto de encima, detalles del trailer que dan cierta
esperanza, que me intrigan con cierto interés: Takeshi Kitano, la
aparición fantasmal del multifacético Tricky, que el villano lo
encarne Michael Pitt. Todo eso, en principio, manita arriba.
Peor
asunto ya las escenas de acción. Siento terror absoluto al ver a
Johansson caminando a cámara lenta por una pared mientras dispara.
Lo que me lleva a otra reflexión, la superioridad aplastante del
cine asiático en el diseño de las escenas de acción,
-principalmente las que no sean de tiros-. Por razones que todavía
no logro comprender, a estas alturas del juego todavía es
dificilísimo encontrar un director occidental que sea capaz de rodar
mínimamente a derechas algo que implique acción, sin poner la
cámara demasiado cerca, sin cortes estroboscopicamente mareantes en
el montaje, sin recurrir a ralentizar la acción o acelerarla porque,
oye, en matrix
quedaba medio bien, ¿no?
Pero.
El guión. Lo que
se intuye que van a hacer con el guión. El original de la película
original son los comics de Masamune Shirow, dibujante y guionista de
una obra apasionada hasta lo obsesivo por la tecnología y
el futuro, una maravilla y uno de los puntales del cyberpunk,
iniciado en 1989. En el primer recopilatorio de historias encontramos
un comic denso pero equilibrado entre el thiller político, la acción
policial y algo de erotismo, atravesado todo por cuestiones
tecnológicas y ambientado en un futuro medio distópico aunque
sociopolíticamente plausible que parece sacado casi directamente de
Blade Runner en lo estético, lleno de entramados de organismos
políticos y policiales, megacorporaciones, organizaciones
terroristas, espionaje, peleas internacionales por recursos
primarios. Tal es la cantidad de notas con
información y aclaraciones sobre cuestiones informáticas,
de inteligencia
artificial, ficción especulativa
y filosofía, etc
que el propio autor, en una nota introductoria, recomienda al lector
hacer una primera lectura sin detenerse a leer las
notas
por la
posibilidad de que se pierda*.
De
ese material el director Mamoru Oshii adapta una de las tramas,
sintetizando y codificando de forma magistral en la traslación al
cine, creando uno de los hitos históricos de la animación japonesa,
con un trabajo de guión muy fiel al espíritu original de la obra.
Es decir, que la película original ya era un remake, bien efectuado,
que perdía en densidad y complejidad de forma necesaria y
justificada. Pero los rasgos del trailer apuntan a un guión que va a
resaltar justo lo menos importante de las obras originales, esto es,
si antes se utilizaba la historia para hablar de los temas que le
interesan a los autores, ahora parece que los temas van a ser solo un
decorado de ciencia ficción de segunda mano sobre el que se va a
imponer la historia heroica de una protagonista en busca de venganza
y de su pasado, elementos
totalmente ausentes en las obras originales, pero que encajan a la
perfección en los estilemas del cine de acción -no solo pero
también- hollywoodienses. De ahí el sentido de este post y lo
justificado de ser un hater de la película ya desde el mismo
trailer, que todo apunta a la reconversión de una obra amplia y
polisémica en un síntoma más de una cultura maníaca del yo.
*el segundo tomo, Manmachine Interface, que recopila 11 capítulos dibujados por entregas de 1991 a 1997, se vuelve notablemente más farragoso al tener capítulos que son, casi literalmente, pequeños ensayos ilustrados sobre tecnología, robótica, inteligencia artificial...
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Cine
22.11.16
EN EL VACÍO, EL ESPACIO.
El hombre
pisó el acelerador y el camión lanzó un rugido más propio de un animal salvaje
que de una creación humana. La carretera se desenrollaba cuesta abajo en su
topográfico abrazo con la montaña. Apenas había otros vehículos y el hombre,
tocado con una gorra verde y vistiendo una camisa de franela también verde,
sujetaba laxamente el enorme volante tapizado de plástico negro mientras sus
ojos escrutaban anoréxicamente el horizonte. Llevaba trece horas seguidas sin
bajarse del vehículo, maniobrando por puertos de montaña y valles desnudos de verde,
la radio consagrada a una emisora de rock clásico en rotación rápida- los
mismos temas repetidos cada hora creando una sensación de monotonía y déjà vu-,
sus miembros cada vez más agarrotados y la ya familia sensación de automatismo
con la que cambiaba de marcha o giraba el camión incrementándose cada vez más.
Decidió parar en la estación de
servicio que había al terminar la montaña, tomar un café fuerte,
doble, fumar tres o cuatro cigarrillos seguidos paseando por la explanada
ocupada por otros camiones, dormir un sueño ligero sin sueños- apenas una desconexión
robótica de su vigilia- y continuar trayecto hasta su destino, a 1.500
Kilómetros de donde ahora mismo se encontraba. Encendió otro cigarrillo, sin
ganas, con la sensación habitual de autodestrucción y dejadez que fumar evocaba
en él. El humo llenó rápidamente el habitáculo como si alguien agitase un
incensario.
Eran las
tres de la tarde, anunció el locutor en cuanto el estándar de rock mastodóntico
cesó en su último y estridente acorde. El hombre no prestaba atención a la
radio y el sonido sin registrar se iba a hacer compañía al traqueteo del viejo motor,
estímulos basales a los que se había habituado.
Había veces
que el hombre creía escuchar el latido de su corazón y, en esas ocasiones y por
algún motivo que era incapaz de descifrar, le embargaba una paz que asociaba
vagamente con el concepto del zen. Imágenes de serenidad y de monjes budistas
de cráneos desprovistos de pelo y ataviados con hábitos naranjas meditando en
un jardín minúsculo y minimalista alrededor de una fuente de la que manaba un
hilillo de agua acudían a él. Entonces se sentía redimido y ajeno a la
carretera siempre igual, al interior rectangular de la caja del camión, al olor
a tapicería y nicotina y a su propio sudor, al roce áspero de los pantalones de
tela vaquera y a las piernas enfundadas
en él que manejaban alternativamente los pedales, al cristal tachonado de un número cada vez mayor de mosquitos que
perdían la vida al impactar sus cuerpos prácticamente invisibles y dejaban motas
de sangre y materia imperfectamente circulares- formando un mosaico de muertes microscópicas
que nunca se convertían en un hecho dramático para el hombre, que no asociaba
la muerte con el enjambre de aplastados mosquitos-, a su cotidiana sensación de
suciedad en los dientes por culpa del tabaco y la procastinación de una visita
a un dentista, a los propios cigarrillos
y la adicción vagamente angustiante que conllevaban y, sin embargo, todas
aquellas cosas eran él mismo, más que nunca, y se sentía en comunión con su
propia vida, con el hecho de dedicarse a conducir un camión . Y su propio
corazón le resultaba ajeno también, de un misterio arrebatador dentro de su
sencillez, allí en su pecho, bombeando una y otra y otra vez tan solo para que
siguiese vivo.
Era
entonces, en esos momentos de encuentro consigo mismo, imbuido en un plano de
conciencia que asociaba con santones también e, incongruentemente, con personas
moribundas, cuando le venían a la cabeza recuerdos de su infancia y de su vida
adulta que no tenían la menor relevancia. Tales recuerdos se presentaban en
forma de fogonazos visuales, de una calidad casi cinematográfica, bañados en
vivos y cálidos colores como los que veía en algunas películas históricas
especialmente cromáticas y evocadoras, y le parecía que los recuerdos eran tal
y como habían sucedido realmente. Tenían un aspecto tan real y cotidiano, se
trataba de episodios tan poco memorables, que no creía que se los pudiese haber
simplemente inventado. Y siempre recordaba cosas que había olvidado hacía mucho
o que no siquiera tenía conciencia de que hubiesen sucedido. Se veía, por
ejemplo, bebiendo un vaso de agua en la cocina una tarde de verano, siendo
niño. La progresión entera, desde que entraba en la cocina de sus padres, se
ponía de puntillas para alcanzar la alacena encima del fregadero donde estaban
los vasos y las tazas y cogía uno de aquellos vasos desteñidos por la cal,
levantaba la palanca de color plateado del grifo y observaba el líquido
ascendiendo en el vaso. Y, al mismo tiempo, se sentía como aquella precisa tarde, su niñez llena de
confusos pensamientos deshilvanados sobre el hecho de existir, de tener una
conciencia implacable que no paraba nunca de registrar hechos y observaciones,
juzgando cada minuto que pasaba y asociándolo a un análisis más grande y vasto
según el cual estar vivo era algo aterrador y misterioso; todo eso volvía a él.
El hombre entonces, de alguna manera, contraponía tal sensación regresiva a su
actual visión del mundo, mucho más acabada y delimitada, y tal comparación
solía traerle una sensación de serenidad, al darse cuenta de lo mucho que había
evolucionado desde entonces. Y no porque considerase que ahora fuese más feliz
o tuviese una percepción más conveniente y adecuada de la vida, sino porque tal
evolución le parecía en sí misma positiva. El hombre no era consciente de tales
análisis, ya que en tal estado de introspección apenas tenía la sensación de
estar pensando del modo habitual y se trataba más bien de percepciones
desprovistas de cualquier tipo de consciencia intelectual. Cuando tales introspecciones
terminaban, no lo hacían de tal forma que el hombre volviese en sí, a su estado
habitual, y pudiese analizar qué acababa de sucederle, pues, en realidad, el
hombre difícilmente era consciente de haber estado embebido en algún recuerdo y
totalmente ajeno al mundo exterior. Tales automatismos desaparecían tan
sigilosa e inopinadamente como habían surgido, devolviéndole al mismo punto de
partida, antes de entrar en el trance reminiscente.
La estación
de servicio apareció y la anterior geografía
escarpada se convirtió en una llanura de tierra rojiza y setos azarosamente
diseminados. El hombre estacionó, apagó el motor y el silencio lo envolvió. Pensó
en cómo a veces la ausencia es presencia y aspiró el aire viciado del interior
del camión. Otros dos camiones estaban aparcados en las inmediaciones de la gasolinera,
al lado de la cafetería, cuyos surtidores relucían a la luz del sol. El hombre
bajó de la cabina y sus piernas crujieron entumecidas.
La
cafetería era un conjunto de mesas y sillas envueltas en sombras, dos hombres
en la barra permanecían en silencio, doblados sobre sus tazas de café, y el
empleado del otro lado de la barra le preguntó qué deseaba tomar.
El café le
resultó agrio y al tercer sorbo salió a fumarse un cigarrillo a la puerta.
Desde allí divisaba su camión, empequeñecido por la distancia, como si no fuera
suyo, tan solo un camión anónimo y ajeno, perteneciente a algún otro. El hombre
fantaseó con que era un padre de familia, de una familia que estaba ahora
dentro del bar, los niños alborotando, la mujer regañándoles cariñosamente, y
él había salido a fumar un cigarrillo antes de continuar hacia su destino de
vacaciones en algún lugar al lado del mar. Ella se le apareció entonces y en la
imagen ocre de su recuerdo le miraba con los ojos muy abiertos, jugando con las
migas de pan de la mesa de mantel de papel le hablaba lenta y pausadamente. Le
explicaba por qué no podían seguir juntos y el hombre recordaba una lágrima
bajando de uno de los ojos de ella, solo uno, como en las películas, durante un
instante, hasta que otra lágrima rezagada apareció en su otro ojo, y él deseó
que dejase de llorar y de sufrir y trató de decir algo que la consolase, sin
ser capaz de abrir la boca. Desde entonces le parecía que llevaba dos vidas;
esta de ahora en la que fumaba en la puerta de una estación de servicio,
conducía un camión, volvía a su casa solitaria, se tumbaba en el sofá y miraba
el techo. Y otra en la que aún estaban
juntos y ella estaba sentada a su lado en el sofá o cocinaba en la cocina con
la radio puesta y su ropa colgaba de las perchas del armario de la habitación
al lado de las del hombre, manga con manga. Ambas realidades le parecían igual
de posibles y solo en una de ellas debía encargarse de las cosas, ponerlas en
marcha, saltar de un momento a otro sin descanso, mientras que en su ensoñación
sucedían las cosas porque sí; tan solo se trataba de sensaciones y sentimientos
que acudían sin esfuerzo a él, intangibles y plenas. En su vida paralela iban
juntos al río o a la playa y se bañaban para al final tumbarse boca arriba y
mirar el cielo, dejando que sus cuerpos se secasen al sol.
Se subió de
nuevo a la cabina del camión y el cuero del asiento acolchó su cuerpo. Prolongó
la inmovilidad no encendiendo el vehículo, dejando las llaves tintineando en el
contacto unos instantes más, sin saber por qué.
Ha decidido
no dormir y esa decisión le anima brevemente, por lo que tiene de arriesgada y
atrevida. Nota su propio cuerpo desvanecerse por el cansancio, desprenderse de
su cerebro y quejarse por la decisión de no dormir. Y de repente, bruscamente,
gira el contacto y el pequeño universo del
interior del vehículo se pone en marcha, traquetea inútilmente hasta que mete
la primera y pone el camión en movimiento. El movimiento, de alguna manera, es
igual a la inmovilidad, piensa, pues ambos estados poseen su propia dinámica
estática, igual a sí misma, y cuando entra acelerando en la vía rápida es como
si nunca la hubiese abandonado.
Hay más
coches ahora, turismos que lo adelantan forzando el motor, dejando ver unidades
familiares: parejas delante y niños detrás, cuyas cabezas ve cuando por fin se
colocan delante en su mismo carril; matas de pelo minúsculas y frágiles, a
veces con gorras, y el hombre se le ocurre de pronto lo frágiles que parecen
esas cabezas y todo lo que un accidente podría hacer con ellas. Dentro de poco
empezará otro puerto de montaña, pero de momento la carretera discurre recta y
el hombre puede mantener las manos fijas en el volante, con los brazos
completamente estirados para evitar el agarrotamiento, y dejar que la inercia
haga el trabajo por él. Se ha olvidado de encender la radio, de girar el dial
para que suenen programas a los que no prestar atención.
Comienza a
ensimismarse, a dejar atrás la angustia inherente al hecho de conducir, a abandonar el plano de existencia en el que
tan solo mira a través del cristal manchado de insectos aplastados, posa las
manos en el volante y pisa los pedales que le hacen frenar o acelerar, y viaja
a otro sitio donde no necesita hacer nada. Donde los átomos y moléculas que lo
componen chisporrotean y reconfiguran posibilidades, hipótesis, cálculos
intuitivos sobre sus deseos y fantasías. O, simplemente, donde permanece a
salvo de lo material, del mundo, de la necesidad de cubrir distancias y entregar su carga en una nave industrial.
Donde ella esté o no esté sin que sea motivo de tristeza o vacío, y él emerja
de ese mundo paralelo y privado sin la necesidad de cuestionar cada minutos que
pasa, cada cambio de paisaje, cada pueblo quieto que extiende sus hiperbólicas
formas sobre el borde de la carretera con sus tejados y sus antenas parabólicas.
Poco a poco va perdiéndose allí, dentro de su cabeza, donde su ser íntimo despliega
ritmos de pensamientos arbitrarios, libres e irresponsables como motas de polvo
agitadas por una repentina corriente. El hombre se introduce en sí mismo, se
aleja a base de penetrar en aquella parte de sí que tan solo observa lo
exterior sin juzgar ni sufrir, como un ojo siempre abierto y suspendido a
varios centímetros de su cabeza: él y no él. Él expurgado de inexorables decisiones
o puntos de vista; tan solo una presencia extremadamente consciente de ser una
presencia. El hombre había leído una vez que Duchamp, el artista, declaró que
se dedicaba tan solo a respirar. Había subrayado esa frase con un bolígrafo y
arrancado la página de la revista. Algo de esa contestación le pareció revelador,
algo que no sabía cómo conceptualizar pero que le resultaba familiar, propio.
Él podría decir que se dedicaba a conducir. Compró varios libros con
reproducciones de la obra de Duchamp. Su preferida era la obra del urinario y
esta creció hasta convertirse en los urinarios que usaba en baños en estaciones
de servicio de todo el país, en los coches que se cruzaba, en las propias
estaciones de servicio, en los postes de teléfono como pulgares de madera
levantados hacia el cielo abierto, cada cosa que veía se transformaba en arte,
en creaciones humanas llenas de propósito y funcionalidad. Duchamp le había
devuelto algo que siempre había estado ahí.
El hombre entró en uno de sus habituales
trances, y aunque exteriormente nada había cambiado, ahora había dos versiones
del hombre, y si en una conducía impasible, en la otra tenía ocho años, estaba
en su cuarto, su gato Simón dormía ovillado a su lado y él leía un tebeo, hipnotizado
por las viñetas llenas de bocadillos con palabras dentro. En el tebeo el
protagonista se subía a un cohete
espacial y despegaba de la tierra dejando una estela de fuego y humo tras de sí,
hasta que en la siguiente viñeta aparecía mágicamente inmerso en estrellas sobre un fondo negro: el espacio.
Ojalá aparecieran extraterrestres en la historia, deseó, de color rojo tal vez,
grandes cabezas y armados con pistolas de rayos X letales. Aún así, le gustaba
ese negro espacial empapando las viñetas como tinta china. Acarició la cabeza
de Simón y pasó la página.
El hombre
pisó ligeramente el freno, anticipándose a la pendiente de la carretera. Había
coronado el puerto y comenzaba el descenso, pero el camión no obedeció. Notó al
instante, intuitivamente, que la presión de su pie sobre el pedal no estaba
siendo transmitido a las pastillas de freno; el camión no deceleraba. Veía
delante de sí la primera de la serie de cerradas curvas que sabía que le quedaban por delante.
Le pareció un tipo de velocidad diferente, al estar disociada de su control, y
él mismo se sintió como un bulto, no muy diferente de la carga que llevaba
detrás: apenas un objeto atrapado en un cubículo metálico y zarandeado por fuerzas
inerciales más grandes que su comprensión. Se acercaba la curva, donde la
carretera dejaba de verse, aunque él sabía que continuaba del otro lado, oculta
por la pared de la montaña cortada en roca viva color azafrán, y volvió a pisar
el freno con una tranquilidad impropia- apenas su pie se hundiéndose un tanto
en el pedal-, dejó de asir tan fuerte el volante, sus dedos se relajaron de su
abrazo con el plástico que lo recubría y reclinó la espalda en el asiento como
si estuviese en el cine y las luces se hubiesen apagado por fin. Iba a
intentarlo, a pesar de que el velocímetro marcaba 120 Km/h y seguía culebreando
hacia la derecha, donde los números se terminaban: el fin de la velocidad, el
principio del caos, el abandono de la medición. El hombre sabía que aunque
lograse dar la curva, le esperaba otra aún más cerrada a escasos metros.
En realidad
se tardaba media hora larga en terminar el puerto de montaña, zigzagueando y
frenando hasta casi detenerse del todo y girar ciento ochenta grados el volante
en cada una de las curvas. Recordó que la rampa de emergencia estaba a más o
menos un kilómetro de allí, y que el principio del descenso era el más complicado
y tortuoso del tramo.
El camión
atravesó la mediana, y mientras planeaba unos décimas de segundo debido a la
inercia, el hombre se sintió ligero como una pluma, ingrávido, intuyendo más
que percibiendo las ruedas del camión sin nada a lo que asirse, anticipando la caída
en lo más profundo del estómago. Así que despeñarse al vacío en un camión de
varias toneladas era esto: un abandono gradual de la física cotidiana que
conllevaba la aceptación de la falta de control, el abrazo de la inexorabilidad
del azar. El hombre ya no era el hombre y solo podía ( )
El cinturón
de seguridad impidió que atravesase el parabrisas y su rostro quedó casi pegado
a él. Justo delante de sus ojos un mosquito aplastado formaba un círculo
informe en el cristal, el cinturón de seguridad se tensaba sobre su plexo
solar, el mundo al revés, convertido en un astronauta libre de gravedad, le
pareció distinguir una de las alas en el manchurrón verduzco, o al menos, un
trozo de ella. La muerte del mosquito había pintado aquella mota, su cuerpo
destrozado, y por fin el hombre asoció aquellas manchas del cristal con el fin
de una vida. Aunque se tratase de un simple
mosquito, el hombre se sintió sinceramente conmovido: en todos aquellos años en
la carretera jamás había dedicado ni un solo pensamiento a aquella carnicería
en su propio parabrisas. Los restos del mosquito eran como el urinario de
Duchamp, una obra de arte cotidiana y perfecta. En el otro lado el suelo se
acercaba cada vez más rápido y aunque sabía que era él quien se acercaba cada
vez más rápido al suelo, se permitió ese último destello de antropocentrismo.
Y entonces,
aún entonces, cuando el camión se quedó inmóvil por fin, y cesó de zarandearse
y de crujir y de estremecerse, rigurosamente aplastado por los metros de caída
y la voracidad del terraplén que lo reclamaba como suyo, por la dureza infinita
del suelo cuajado de capas y más capas de tierra y metal, el hombre se alegró y
su cuerpo destripado y con órganos enteros fuera de él y la vida, su vida,
escapándose quién sabe a dónde, y los hierros y el vidrio entrando por muchos
orificios, en el fondo de aquel barranco, en aquella cabina deshecha ,
consideró que el despegue había sido un éxito y se maravilló de aquellas
estrellas tachonando vorazmente el espacio negro en el exterior, mientras su
cohete se dirigía hacia su misterioso destino más allá de todo lo conocido, y
una sonrisa como una herida se abrió en su rostro, y un dulce calor lo embargó
muy dentro, y admiró las vistas con sincero sobrecogimiento, y Simón, su fiel
gato, le lamió un pequeño hilo de sangre
de una brecha que se había abierto en la frente no sabía cómo, suponía que
durante el traqueteo del despegue, con su lengua húmeda haciéndole cosquillas,
y supo que todo iría bien con tal de que siguiese subiendo y subiendo, cada vez
más alto, cada vez más rápido.
29.1.16
GOTT IST TOT
- Dios ha muerto- Federico lloró
entonces, justo después de anunciar la defunción divina, con lágrimas quedas y
calladas, y sus compañeros de clase lo miraron sin especial inquina. Tampoco
había curiosidad en sus rostros, un tanto macilentos por culpa de la
iluminación institucional que parecía empeñada en querer desvelar los cráneos de
duro hueso que los recubría, pues los niños- y en especial aquellos niños- se
toman las crisis de fe con una calma que debería hacer reflexionar seriamente a
los adultos.
- ¿Dios ha muerto?- la profesora,
la Señorita o la Seño, como todos le llamaban, Ursula, se colocó las gafas con
un movimiento prusiano, como un general de batalla se colocaría los bifocales
en aquellas guerras del pasado para discernir cómo iban las cosas en su guerra,
y enfocó los cristales de varios aumentos en el infante que había proferido
tal aseveración-- ¿Cómo que Dios ha muerto? ¿Cuando?- no pudo evitar preguntar.
Inconscientemente, la Señorita Ursula, como la mayoría de adultos, estaba
siempre interesada en las muertes de conocidos, para al menos sentir ese leve
respingo de euforia ante el óbito ajeno y no el propio, en el que uno ya no
siente cosa alguna.
Los niños rieron ahora, con risas
inocentes y nada pueriles; su fino olfato para el humor solo olisqueaba los
aromas de la verdadera comicidad, que no es otra que la que trae aparejada la
estupidez humana monda y lironda. Federico seguía a lo suyo, a llorar, a emitir
pequeños hilillos de agua salada que salían eyectados de sus ojos atónitos ante
la enormidad de la idea de la muerte de Dios. Porque el pobre niño estaba
atónito. También desconsolado. Para él Dios no era un ente abstracto, una idea
flotante, una quimera filosófica, algo sin carne ni sangre. Tampoco espíritu
emanando de las Iglesias a las que su familia jamás le llevaba. No: para él
Dios era el pupitre donde se sentaba ahora, la pizarra manchada de tiza, el
ventanal de su izquierda que dejaba ver tejados de teja roja fea, el resto de
los niños riendo e, incluso, las propias risas eran Dios. Para Federico
Buenanueva Ortiz Dios era su casa, el patio lleno de ortigas y basura en la
parte de atrás de su casa, la carretera por donde iban en coche a visitar a su
abuela, la televisión con las reposiciones de programas de otras temporadas que
veía mientras merendaba con las piernas cruzadas en el salón, que también era
Dios. Para él todo era Dios. Era un panteísta convencido de la inmanencia de
Dios en todas las cosas, sin saber qué era un panteísta ni conocer el
significado de inmanencia. Y por eso no podía evitar estar dando el espectáculo
en plena clase, sin ser capaz de inhibirse ni aunque lo moliesen a palos. De
hecho, el ostracismo social era lo que le esperaba a partir de entonces, aunque
si oyese la palabra ostracismo creería que se trataba de alguna enfermedad de
la ostra. Pero no sean duros con Federico y su falta de vocabulario pues, con
doce años, uno no tiene tiempo de asimilar palabras tan poco necesarias para el
día a día. A los doce años lo necesario suele
poder tocarse, olerse, saborearse, masticarse…incluso puede pelear con
uno. A los doce años los futuros hombres ven la realidad como un animal
doméstico y familiar; como un gato que no siempre nos mira con buenos ojos, que
se espanta en nuestra presencia y saca las uñas, pero que al final nos permite
instalarnos en el sofá con él a ver la tele.
Las risas se oían más allá del
aula de Federico, galopaban por el pasillo con su sonoro trote hasta llegar a
las aulas aledañas a la del drama, y más allá, incluso, bajando por las escaleras
de mármol de imitación, rebotando en las paredes de la entrada y casi colándose
por las puertas de vidrio y PVC que sellaban con sus goznes la venerable y sufrida
institución educativa. Afuera de tales goznes, Sagusto, un pueblo de casas
irregulares y azarosas, sufridas en su decoloración solar y sus mil grietas en
las que ya nadie reparaba, pues bien sabido es que la miseria llegado a un
punto tiene el pundonor de camuflarse al ojo, de disfrazarse de normalidad
rampante, para no entristecer demasiado, dormitaba acurrucada a su ignorancia
indolente, ajena a la muerte de Dios. El colegio imantaba toda la influencia de
educación y saber que podía, pero los pueblerinos parecían más preocupado por
subsistir a base de trabajar como mulos en los campos que lo rodeaban o en
cegar los sentidos en los ciento y un bares que espolvoreaban Sagusto. O el
tajo o la barra, parecía ser el lema de los Sagustenses, y pocos se libraban de
esta bipolaridad motivacional. De todas formas, reinaba la concordia entre
ambas facciones, la de los borrachos y la de los jornaleros, ya que a cada uno
la parecía que ya tenía bastante el otro con lo que tenía. Cada grupo exageraba
los gajes del otro. Uno veía cirrosis en el futuro, como un hecho probado. El
otro, espaldas rotas a troche y moche. Cual estaba equivocado era asunto de
difícil discernimiento y algún espíritu templado y lúcido opinaba que ambas
facciones estaba bien jodidas, en realidad.
La clase fue cediendo en sus
risas, amainando el tono de las gracias y las burlas hacia Federico que, a su vez,
estaba comenzando a remitir en su actividad lacrimal. Pero claro, Dios seguía
muerto, pensó el resto de la mañana. Federico seguía con un Dios muerto en la
cabeza. Un Dios muerto que ocupaba más que cuando estaba vivo, ya que cuando estaba
vivo parecía trenzarse con las mismas hierbas, susurrar con el propio viento,
ocultarse en cada cucharada de sopa que el niño se tomaba y retozar con él en
cada brinco que daba por el campo. Y, sin embargo, el Dios muerto era uno y
solo uno- coincidiendo con la propia noción cristiana del asunto- y le pesaba
en el alma como hierro, haciendo que sus ideas escorasen hacia un abismo de
nihilismo mondo y lirondo. Había pasado en una sola mañana del panteísmo al
cristianismo monoteísta y ahora vadeaba las aguas inquietas del Nihilismo. Y
todo ello sin haber exprimido jamás el jugo de tales vocablos. Dios está
muerto, se repetía las palabras de su padre, que la noche anterior le había
informado del fallecimiento en la cocina, agarrado a un vaso de vino tino y con
la desnuda y nada potente bombilla de la misma creando un telúrico ambiente,
bastante adecuado para la ocasión, basada en un juego de luces y sombras dignas
de un film expresionista alemán.
- Hijo, ya es hora de que lo
sepas. Que ya eres mayor- le hizo saber su padre, balanceando el vaso de
arañado vidrio de los chinos como si fuese una copa de latón medieval. Su padre
siempre había sido de expresividades varias, alocuciones corporales y ritmos
motores diversos, todo lo cual contrastaba
vivamente con el resto de hombres del pueblo. Algunos decían a sus espaldas que
era de sexualidad invertida. Otros se centraban en sus ideas fantasiosas,
sacadas de los libros, a la hora de criticarle. Pero nadie se atrevía a
encararse con él y el hombre se hacía respetar como el que más, al unir con
brío la afición al alcohol con la de trabajar como un energúmeno. El padre de
Federico, también llamado Federico por no hacer gasto de nombre y estar por
igual la progenie en el confort de lo conocido, era un dínamo de energía que
despuntaba en ambas áreas, y todo el pueblo le admiraba un poco a su pesar.
Como si viesen en él una unión entre ambos talentos de los pueblerinos, entre
los polos antitéticos que energizaban el pueblo y conformaban su cenutria
personalidad.
Federico hijo miró a Federico
padre con atención exquisita: cuando tan solo iba a por un yogur de la nevera, salió
sabiendo la terrible noticia.
- Dios ha muerto, hijo mío- El
padre vació su vaso de vino de un trago, como si necesitase ahogar sus palabras
en la uva fermentada.
Luego le habló de un gran hombre
poniendo los ojos en blanco. El hombre que dio a conocer al mundo la muerte de
Dios, Federico Nietzsche, aulló el padre y, acto seguido, se desplomó golpeando
la cabeza contra la mesa. Federico niño olvidó el yogur, la nevera que contenía
el yogur, la cocina que contenía la nevera y la casa que contenía la cocina,
todo lo cual desaparecía de su mente como matrioskas rusas: meros recipientes
que albergaban más recipientes a su vez y, Federico, ante la muerte de Dios,
tuvo una visión del mundo como una colección de materia inanimada que contenía
más materia inanimada y, esta, a su vez, se las componía para crear vida. Pero
toda esa vida le parecía ahora un huero señuelo, una extraña alucinación
provocada por lo inanimado para hacer como que todo iba bien. Sin Dios, con
Dios muerto, las cosas engañaban constantemente, conspirando para que las
personas no se diesen cuenta que todo era una obra de teatro, para hacerles
creer que todo marchaba correctamente.
Al salir de clase Federico
recibió el esperado aluvión de insultos y empujones de sus compañeros sin
ofrecer resistencia. Ni siquiera le dolió cuando le tiraron del pelo o le
dieron una patada en la espinilla, concentrándose en su nueva idea de que en
realidad su cuerpo, sin el hálito de la inspiración divina, no era más que un
de muñeco animado por fuerzas desmayadas e inertes, no mucho más
significativas que las del viento haciendo rotar las aspas de un molino. Corrió
luego para casa y al llegar encendió el viejo y pesado ordenador que descansaba
en la sala. Mientras el aparato ronroneaba como si estuviese haciendo un esfuerzo
sobremaquinal , su madre salió de la cocina y le dio un húmedo beso en la
mejilla, dejándole un bocadillo de chorizo en la mesa. La madre de Federico era
muda, o eso decía todo el mundo, aunque él a veces escuchaba voces de mujer en
la casa cuando los dos estaban solos. Y siempre sonreía enigmática y resplandeciente,
como si un gran secreto llenase su paso por la tierra. Quizás su madre, pensaba
Federico, había decidido gastar una gran broma a todo el mundo haciéndose la
muda desde muy tierna edad. Tal vez incluso fingía que no sabía hablar desde su
mismo nacimiento, ya embromando a todo el mundo desde el mismo paritorio.
Federico, que quería mucho a su madre, trató
de parecer normal, y con normal nos referimos a ignorante al hecho de que
conocía el secreto de la muerte de Dios, para no preocuparla. Le preocupaba
mucho preocupar a otras personas y hasta entonces esa había sido su única
preocupación. Envidiaba esos tiempos, en los que su mayor problema era
preocuparse al unísono con los suyos, mimetizándose ante la preocupación ajena
tanto que la absorbía, la hacía suya y luego se ocupaba en no exteriorizarla,
para no hacer así que los otros aumentasen el grado de sus tribulaciones en
cuanto a su persona, hecho que provocaría un nuevo ciclo de preocupación de
Federico ante el aumento de preocupación a su alrededor, como un termostato de
preocupación que se ha estropeado y calienta el radiador ante aumentos cada vez
mayores de la temperatura ambiental (y no al revés). Estos bucles solían
ocupar el pensamiento de Federico, de un modo muy rudimentario, pues la parecía
que tales bucles eran una de las mayores causas de infelicidad en el mundo.
Consideraba que todos éramos como espejos los unos de los otros y, al mismo
tiempo, emisores de algún tipo de rayos- Federico no lograba saber si se
trataba de rayos X, Gamma o de algún otro tipo- y que nos dedicábamos a lanzar
y hacer rebotar rayos todo el tiempo.
Cuando el ordenador logró ofrecer
una pantalla azul, un mar con iconos a modo de islas, escribió “Federico Nietzsche”
en el buscador de Google y un hombre de gran mostacho y ojos encendidos apareció
clónicamente en pequeños marcos por toda la superficie de la pantalla. Federico
pulsó la opción Web, ya que estaba en Imágenes, y leyó entera y casi de un
sorbo intelectual la entrada de Wikipedia. Y allí estaba, en metatexto además,
“Muerte de Dios”, varias docenas de veces desperdigada la frase, escondida
vanamente entre oraciones anodinas, reluciendo con la majestuosidad de las
revelaciones. O sea que era cierto. Dios estaba muerto y, además, no era cosa
de hacía días o meses. Esto había pasado hacía tiempo, mucho tiempo. Federico
se mareó, se desmayó y se cayó de silla. Quizás imitando a su padre la noche
anterior, parecía que los Federicos de la casa se trasladaban al reino de la
inconsciencia en cuanto leían el anuncio de Nietzsche.
Al día siguiente, y a los
siguientes, Federico no vio más que abandono en todo aquello que miraba. Una
manzana solo parecía una manzana y nada más que manzana. Le faltaba el insuflo
divino, el soplo de energía del Creador que animase sus partículas elementales.
La realidad, le parecía a Federico, estaba huérfana y abandonada a su suerte.
El arquitecto de todo había perecido y tal vez vagase por el cosmos
deslizándose por el espacio sin fin. El niño miró el cielo azul y sin nubes
tratando de ver su cadáver a la deriva. ¿De qué habría muerto?, pensaba,
uniendo lo inefable de la muerte con lo inefable de Dios. Conjugando
inefabilidades como quien baraja un mazo de cartas. Quizás habría sido
asesinado, pero ¿por quién? ¿Habría otros Dioses acaso, capaces de dar muerte a
Dios? .Y de no haber sido asesinado, ¿qué clase de enfermedad podría haber
contraído que lo llevase al más allá? ¿Cirrosis, como su tío Abel? Se imaginó a
Dios sosteniendo una botella más grande que Sagusto, tumbado en una nube como
en los dibujos animados, con las mejillas coloradas y vestido únicamente con
una especie de pañal. Lo veía con el pelo blanquísmo y despeinado, una barba
digna de Santa Claus y las uñas amarillas y sucias como las de los borrachos
del pueblo.
Federico caminaba por el sendero
de piedra desnuda que bordeaba el pueblo cuando vio a un grupo de gente que
venía en la otra dirección. Todos iban de negro y cuatro hombres llevaban a
hombros una caja de pino. Delante de todo el cura del pueblo caminaba
lentamente, ya mayor, con la vista clavada al frente y aires de solemnidad. Al
cruzarse con la comitiva, Federico vio a una señora que lloraba y gritaba. Las
mujeres que iban a su lado trataban de consolarla a base de sujetarla por los
hombros como si fuese una rea de la Guardia Civil.
- Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?- decía la pobre mujer.
Pero Federico sabiendo lo que
sabía, que el pobre no había podido cumplir sus obligaciones con la mujer. ¿Cómo iba a poder, muerto como estaba?
Se puso a su lado y le
tiró de la falda de luto. La comitiva se paró y miraron todos al niño, salvo el
cura que no se dio cuenta de nada y siguió caminando a solas.
- No te ha abandonado- dijo
Federico, con inocencia-. Es que está muerto.
La mujer, si antes parecía
histérica, ahora explotó, vibró, su cuerpo se retorció antinaturalmente hacia
atrás y emitió un enorme grito; tan enorme que por fin parecía poder contener
toda su pena y llevarla hacia algún otro lugar, arrancándola de ella. Catarsis,
podría decirse, pero nadie dijo nada semejante allí, pues nadie sabía qué era
tal cosa y solo se espeluznaron al ver a aquella pobre señora aullar
salvajemente. Si la pena se midiese con decibelios, lo de aquella mujer sería
una tragedia griega, pensó el cura al oírla, aún caminando en solitario y cada
vez más alejado del resto. Alguien agarró al niño de los hombros y se lo llevó
de allí, como si fuese un cachivache perdido y no un infante profeta.
- Es el hijo del Federico- dijo
un señor que fumaba y que se distinguía del resto de señores que lo rodeaban
por estar fumando él y los otros no. Así era aquel pueblo: de tan igual y
homogéneo las gentes había que distinguirlas por tales minucias. El resto de él
era igual a los otros: el mismo abrigo remendado, la misma americana raída, los
mismos pantalones anchos de pana, los mismos zapatos de finos cordones de los
domingos.
- Ese chalao- dijo otro que no
fumaba-. De tal palo tal pastilla.
- Será de tal palo tal astilla-
corrigió el fumador
- ¿Qué te las das, de
intelectual?- se irritó el no fumador, encendiendo un pitillo e igualándose al
otro en consumo nicotínico, por si acaso.
Y ambos se encararon con los
pitillos metidos en la boca, sacando pecho y metiendo barriga, hasta que un
tercero se puso en medio.
- Venga, que este no es momento
de peleas. Que estamos en un entierro, por Dios- terció.
Pero ya Federico estaba lejos de
allí, sin oír nada de aquello, parado en uno de los miradores que jalonan
Sagusto y permiten una mirada panorámica sobre los cerros que rodean el pueblo
como si quisieran impedir que se marchase a otro lado. Si antes aquellas vistas
le empequeñecían el corazón, el hígado, los pulmones y otras vísceras,
recordándole lo ínfimo que era comparado con la vastedad de la Tierra,
comparado incluso tan solo con la vastedad de aquel trozo de mundo que podía divisar
desde allí, aquellas laderas alicatadas naturalmente con rocas, las formaciones
de pinos semejando poco menos que bonsáis por la distancia, con el
río al fondo siempre igual y siempre distinto como las curdas que su padre se
traía a casa, ahora todo se le antojaba desvaído y desenfocado y abandonado a
su ser materia muerta en un planeta con dengue mística. En esas reflexiones
andaba sumido cuando notó que le tocaban la espalda, llamando en ella como si
se tratase de una puerta, con dos golpecitos tímidos a su cazadora vaquera.
Cuando se dio la vuelta, incluso por un momento se olvidó que Dios estaba
muerto y creyó que aquella era la prueba irrefutable de su existencia. María,
la niña que le gustaba y que veraneaba en el pueblo pero vivía en la ciudad, le
sonreía, entre pilla y burlona, repartiendo a partes iguales sarcasmo hacia el
mundo entero y hacia el propio Federico, también el niño un poco parte del
mundo, sobre todo visto de perfil, que la miraba como si fuese un espectro.
- ¿Qué pasa, empano?- le saludó
con alegría-. Ya sabía yo que te iba a encontrar haciendo algo raro.
- ¿Qué haces aquí? Si aún no es
verano- y no lo era: el frío arreciaba y hasta daba puñetazos en cuanto uno se
descuidaba. Bien lo notaba Federico, con su ligera chaqueta vaquera puesta.
Aquel invierno no había dinero en casa y por lo visto, tampoco fuera de ella,
así que lo máximo que pudo hacer su madre, en materia de abrigo al chico, fue
coserle un forro en la chaqueta vaquera con algodón hidrófilo del que se vende
en farmacias. Su padre, al ver el forro, se había puesto a gritar a la mujer
por tamaña originalidad. En el pueblo la gente decía que la madre de Federico
perdía aceite, que estaba más loca que las cabras y que inventarse una mudez
era muy propio de ella. En el colegio Saturnino, el chico más bestia y grande
de su clase, solía atizarle diciéndole
que era el “hijo de la loca, que tiene clavos en la cabeza, en vez de
neumonas”. Federico no sabía que eran las neumonas, pero se alegraba de que su
mamá no tuviese de eso en la cabeza, pues le parecía que no debía ser cosa nada
buena. Estaba seguro de que toda la familia de Saturnino debía ir sobrada de
neumonas en la cabeza y por eso eran todos tan bestias y tenían tan mala
sangre.
María le explicó que a su padre
lo habían despedido del banco por evasión de capitales y hasta casi termina en
la cárcel y todo. Pero lo dijo riendo y un poco orgullosa, como si fuese una
hazaña. María tenía un año más que Federico, la experiencia de la vida en la
gran ciudad y una melena morena a juego con sus ojos. Pasearon sin proponérselo
el resto del tramo de camino, que llegaba hasta el bosque y al terraplén que
conducía al río, retomando las costumbres de los veranos. Las mismas que les
hacían pensar a los demás que eran novios y esa leyenda urbana era el único
punto de estima que Federico podía tener a los ojos de sus iguales.
Federico le contó a su amiga lo
que su padre le había dicho sobre Dios.
- Quien se enteró primero fue un
tal Nietzsche, hace un porrón de años. Ya ves que no es noticia fresca. Esto ya
se sabía hacía tiempo, pero nadie lo dice. No sé como el tal Nietzsche se
enteró.
- Igual es un secreto- María
tenía ganas de tomarle el pelo a su amigo, de seguir el cuento a ver que daba
de sí. Eso por un lado. Por otro lo miraba de reojo, notando que se había
puesto más guapo desde que no lo veía. Con la cara más llena y cuadrada, el
mentón menos hundido, el pelo menos estropajoso, la mirada un poco más viva. Le
parecía menos infantil que la última vez y, al mismo tiempo, más inocente aún.
Se preguntaba cómo sería posible madurar para ser aún más crédulo. La parte
protectora de la muchacha se angustiaba pensando qué futuro le esperaría a
aquel bobo, la otra parte se reía como una hiena y ambas partes eran todas ella
misma: ya toda una mujer fabricada, con sus contrastes y sus sombras
adornándola.
- Desde que me he enterado, todo
me parece un sueño- Federico miraba el pasar y no quedarse del caudal del río.
Se sentaron en una roca y ella encendió un cigarrillo, luego le ofreció uno a
él y ambos fumaron en silencio un rato.
- Pues yo creo que nadie puede
saber si Dios está vivo o muerto- opinó al rato María. Tiró el cigarrillo ya
fumado y degradado a colilla al río y miró a Federico fijamente, como si no se
creyese que el chico realmente existiese-. Más que nada porque nadie ha logrado
demostrar siquiera que existe. Ya me dirás tú probar que ha muerto. Es como
empezar la casa por el tejado. ¿O es que tú crees en Dios?
- Yo no creo en Dios. Yo creo en
la muerte de Dios. Que no es lo mismo- anunció. Acto seguido se giró y le dio
un beso a María, aprovechando que esta había abierto la boca para reírse a
carcajadas. Pero la había abierto tanto que Federico casi le metió los labios
en la boca abierta de la muchacha. Se despegaron con un plop y ambos se
pusieron rojos, azorados; era la primera vez que besaban y las primeras veces
de las cosas siempre son una incógnita y no cuentan con la ventaja de la
repetición. Son incursiones valientes a terrenos desconocidos a los que uno no
sabe si va bien pertrechado o se habrá dejado algo necesario en casa.
La crisis de fe de Federico se
disolvió en la boca de María. Dios sí estaba en la boca de María. Lo había
sentido en su lengua, en sus mullidos labios, en el aguafuerte de su cavidad
bucal completando su graciosísima cara. En el aliento de la muchacha con aroma
a tráfico de coches, luces de neón, bocas de metro, gente pisoteando largas
calles sin fin, espectáculos de teatro y cabaret iluminados con centenares de
bombillas; la ciudad también estaba en la boca de María y traía sus aires
cosmopolitas.
La noche había conducido a
Federico a su cama, cuando su padre entró en el cuarto y encendió la luz. Se
sentó en la cama y le dio a su hijo un libro.
- La Gaya Ciencia, hijo mio. Es
un libro muy viejo. Tu padre me lo dio a tu edad y ahora yo te lo doy a ti,
como su padre se lo dio a él, y el padre de su padre a su abuelo, y el padre
del padre de su padre…a otro. Todos ellos llamados Federicos, como tú y como
yo. Por él- señaló el nombre de la portada y luego salió del cuarto, tal y como
había entrado: borracho y por la puerta. No era un hombre de grandes discursos
y la vez que más había hablado en su vida fue una noche que se perdió en el
bosque y creyó que se iba a morir de frío. Estuvo cuatro horas hablando con un
roble, hasta que lo encontraron al día siguiente tiritando y con la piel de
color azul. Aún recuerda el roble y lo busca de vez en cuando, con añoranza,
pero nunca ha vuelto a dar con él y se ha quedado sin tan válido interlocutor.
Federico leería el libro de su
familia muchas veces y, pasado el tiempo como pasan estas cosas, minuto a
minuto, hora a hora, jornada a jornada, llegaría el momento en el que entraría
borracho al cuarto de su propio Federico y le daría el gastado ejemplar de lomo
deslomado, para que su hijo tuviese la audacia de buscarse a su propia María
sin una deidad que lo vigilase. Pues estaba seguro de que no hubiese sido capaz
de besar a María, de que no hubiese reunido el valor de no haber creído que
Dios estaba muerto. De no haber creído que Dios estaba pajarito y ya nada
poseía orden en la tierra, no le hubiese arrimado la boca a la deliciosa María,
y ahora no tendría el corazón lleno a rebosar con el dulce pálpito del triunfo,
justo debajo de La Gaya Ciencia, el corazón, ya que había puesto el libro en el
pecho, mientras rememoraba una y otra vez el beso en la moviola de su cabeza.
25.1.16
LAS HOGUERAS
Se
supone que todas las historias tienen un principio, pero no sabría situar el de
esta. Cuando todo empezó el pasado se difuminó y las cosas parecía que siempre
habían sido así, como fueron entonces .Como si el pueblo siempre hubiese estado
cercado por el fuego, por aquellas llamas que todo lo consumían
, por el humo
negro carbón que impedía ver las llanuras que lo circundaban, por la lluvia de cenizas
ascendiendo al cielo y dibujando extrañas composiciones que crepitaban como un
nuevo lenguaje a aprender.
, por el humo
negro carbón que impedía ver las llanuras que lo circundaban, por la lluvia de cenizas
ascendiendo al cielo y dibujando extrañas composiciones que crepitaban como un
nuevo lenguaje a aprender.
Solíamos
pasarnos los días solos, mi hermano y yo. Cerrábamos todas las puertas, usando
sus muchos cerrojos y cadenas que nos aislaban del exterior, y tomábamos
posesión de la casa con nuestros juegos. Acampábamos en el salón con una
imaginaria tienda de campaña, escuchando los supuestos sonidos de un quimérico
bosque, conteniendo la respiración para
poder distinguir el aullido de lobos
inventados. Apilábamos la cubertería encima de la mesa hasta vaciar las estanterías
para dibujar en ellas figuras en el polvo, con nuestros dedos a modo de
lápices. Mirábamos por las ventanas los jardines de nuestros vecinos y oíamos
sus voces diluyéndose en el aire.
imaginaria tienda de campaña, escuchando los supuestos sonidos de un quimérico
bosque, conteniendo la respiración para
poder distinguir el aullido de lobos
inventados. Apilábamos la cubertería encima de la mesa hasta vaciar las estanterías
para dibujar en ellas figuras en el polvo, con nuestros dedos a modo de
lápices. Mirábamos por las ventanas los jardines de nuestros vecinos y oíamos
sus voces diluyéndose en el aire.
Nuestros
padres trabajaban casi todo el día y yo, como era el mayor de los dos, recibía
apresuradas instrucciones
de mi madre, sobre el cuidado de la casa, sobre
cerrar el gas, sobre cómo calentar la cena y fregar los platos. Yo asentía a
todo mientras mi hermano gesticulaba burlón, sin que mi madre lo viese, situado
a su espalda. Luego mis padres se marchaban a la ciudad y nos dejaban solos;
solos y salvajes y el silencio nos hablaba.
de mi madre, sobre el cuidado de la casa, sobre
cerrar el gas, sobre cómo calentar la cena y fregar los platos. Yo asentía a
todo mientras mi hermano gesticulaba burlón, sin que mi madre lo viese, situado
a su espalda. Luego mis padres se marchaban a la ciudad y nos dejaban solos;
solos y salvajes y el silencio nos hablaba.
Mi
hermano solía traer las novedades del exterior, gracias a alguna conexión con
el mundo de la que yo carecía. Me contaba cómo se llamaban los vecinos de la
casa de al lado, recitaba los acontecimientos del día con susurros delicados,
como si lo que describía pudiese desaparecer si levantaba la voz . El pueblo parecía no tener secretos para él y conocía cada esquina
del mismo. Antes de que todo empezase, un poco antes de hecho, cuando me
desgranaba qué había pasado en el pueblo ese día, comencé a advertir un
nerviosismo impropio de él. Su tono había cambiado y me lo solía encontrar
mirando fijamente por la ventana de la habitación de mis padres, la que
permitía observar los techos uniformes de las casa de alrededor creando un mar
de tejas y chimeneas.
- Pronto
empezará- decía entonces, sin mirarme, y yo reprimía un escalofrío.
Nuestros
padres volvían a casa más tarde cada día. Los oíamos abrir la puerta, subir las
escaleras musitando entre
ellos códigos secretos, mientras permanecíamos en
nuestras camas convertidos en dos bultos, asustados sin saber de qué.
ellos códigos secretos, mientras permanecíamos en
nuestras camas convertidos en dos bultos, asustados sin saber de qué.
Creo que
fue un lunes cuando papá y mamá no volvieron. Cuando la noche se había consumido
y el día se insinuaba a través de la ventana, nos levantamos y
procedimos a inspeccionar el resto de la casa. Su cama sin usar resplandecía con
la energía de las cosas que han perdido su función habitual para convertirse en
un recuerdo fugaz y, mi hermano, con una
dulzura del todo ajena a él, acarició
las sábanas perfectamente estiradas que solían tapar a nuestros padres. Abrimos
todos los cajones de los armarios, buscando alguna pista, alguna explicación a
su ausencia, pero solo encontramos baratijas, recetas médicas para desconocidas
enfermedades garabateadas con prisa, pulseras de mi madre de colores de
plástico, el reloj de mi padre imperturbable marcando los minutos que formarían
horas, y de nuestra apresurada inspección concluimos que no conocíamos a
nuestros propios padres. Que quizás se estaban muriendo de la suma de pequeñas
enfermedades que trataban de mantener a raya con aquellos medicamentos sin
etiqueta, apilados en los cajones como hojarasca.
y el día se insinuaba a través de la ventana, nos levantamos y
procedimos a inspeccionar el resto de la casa. Su cama sin usar resplandecía con
la energía de las cosas que han perdido su función habitual para convertirse en
un recuerdo fugaz y, mi hermano, con una
dulzura del todo ajena a él, acarició
las sábanas perfectamente estiradas que solían tapar a nuestros padres. Abrimos
todos los cajones de los armarios, buscando alguna pista, alguna explicación a
su ausencia, pero solo encontramos baratijas, recetas médicas para desconocidas
enfermedades garabateadas con prisa, pulseras de mi madre de colores de
plástico, el reloj de mi padre imperturbable marcando los minutos que formarían
horas, y de nuestra apresurada inspección concluimos que no conocíamos a
nuestros propios padres. Que quizás se estaban muriendo de la suma de pequeñas
enfermedades que trataban de mantener a raya con aquellos medicamentos sin
etiqueta, apilados en los cajones como hojarasca.
Su
ausencia nos liberó y a las pocas horas habíamos pintado las paredes con salsa
de tomate, roto la mesa de cristal de la sala, usado los colchones para saltar
sobre ellos sin descanso, descolgado todos los cuadros de la pared que apilamos
en una esquina. Vimos la televisión comiendo helado de chocolate y las imágenes
nos hipnotizaban por su rapidez y urgencia; parecían sintetizar nuestro nuevo
estado, remitir a nuestros cuerpos desnudos-nos habíamos desnudado hacía horas-
y libres.
El
segundo día mi hermano me despertó de mi sueño sin sueños, tumbado a lo largo
del sofá del salón, aún desnudo y con los labios manchados de helado de
chocolate.
- Ya ha
empezado. Ven- dijo arrastrándome hacia
la ventana.
la ventana.
Por
todas partes
penachos de humo ascendían hacia el cielo y, al principio, creí
que se trataba de chimeneas.
penachos de humo ascendían hacia el cielo y, al principio, creí
que se trataba de chimeneas.
- Las
casas están ardiendo- dijo mi hermano leyéndome el pensamiento-. Las están
quemando.
-
¿Quién?- pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
- Ellos-
su dedo recorrió el cristal, trazando alguna extraña trayectoria en él; quizás
un hechizo que tratase de conjurar la destrucción de fuera, de devolver las
casas quemadas a su estado anterior, de resituar la materia de nuevo a su
condición sólida y no a los montones de herrumbre calcinada que formaba
dispersos acúmulos de formas de vida diríase que primitivas, anteriores a
cualquier potencialidad funcional: cocinas de diseño moderno transformadas en
humo y negros tizones, salones alfombrados con caras alfombras de exóticos
países rociadas con gasolina y consumidas por las llamas indiferentes, coches
fundiéndose con el propio asfalto en un abrazo cálido y profano.
Bajamos
de nuevo al salón y conectamos la televisión; todo seguía igual. Encontramos un
canal especializado en dibujos animados, donde animales humanizados se
perseguían unos a otros por motivos que no logré discernir, y miramos la
cinética de las explosiones de mentira de la pantalla.
Mi
hermano llevaba días sin dormir, como si hubiese logrado transformar la
necesidad de sueño en un comportamiento voluntario que podía postergarse o,
incluso, ignorarse. Sus ojos permanecían inyectados en sangre, sitiados por
oscuras ojeras, solo parecían mirar las cosas que estaban a punto de
desaparecer. Desaparecía por la noche, saliendo sin hacer más ruido que su el
que dejaba su ausencia en la casa, la soledad a la que me condenaba en las
horas sin más luces que las hogueras de fuera que miraba con terror, y volvía
por la mañana con las últimas novedades; qué casas habían ardido, qué
carreteras permanecían cortadas, qué parques habían sido concienzudamente
rociados con líquido inflamable. Luego de dar el parte, se encerraba en el
cuarto de baño y se duchaba, ritualmente, deshaciéndose de la ropa que apestaba
a humo, envolviéndose con el batín de nuestro padre. El batín le quedaba tan
grande que arrastraba su parte inferior por toda la casa, con su cuerpo bajo
los pliegues del mismo a punto de desaparecer y ser engullido por él. Había
perdido la cuenta de los días, la comida del frigorífico se terminaba y la vajilla sucia abarrotaba la
pileta.
Sucedió
em un día soleado, que luchaba contra el invierno a base de rayos de sol y
haces de luz cristalina que lograban calmar mi ansiedad, cuando un perro en
llamas atravesó nuestro jardín, mientras yo estaba echado con los ojos cerrados
en una de las tumbonas, para luego saltar limpiamente la alambrada que rodeaba
nuestro pequeño cuadrado de hierba mal cuidada. Me quedé mirando cómo
desparecía por el camino que serpenteaba entre las casas vecinas, llameando en
una unión perfecta entre biología y fuego; esa noche no logré dormir imaginando
el dolor del perro, su muerte pulsátil con millones de dolores naciendo en la
achicharrada carne, el pelo consumiéndose como una tea, el inevitable cese de
su ciega carrera sin objeto que lo desplomaría aún vivo, aspirando con su fino olfato cánido el olor
de su cuerpo fundiéndose, apelmazándose y retorciéndose hasta quedar inmóvil en
el asfalto.
- Quizás
nuestros padres no eran nuestros padres- mi hermano, vestido con el batín de mi
padre, me miró con una fría cólera. Creía saber lo que sentía y su sensación de
estafa llenaba la casa tanto como sus extrañas maquinaciones y su actividad de
testigo de lo que estaba sucediendo; yo, mientras tanto me sumía en la
perplejidad, renunciando a buscar un sentido a todo aquello. Creía entender que
lo que decía era extensible al hecho de que quizás tampoco fuéramos hermanos y nuestro
parentesco fuera una ilusión, una alucinación en la que nos abismábamos para
tolerar nuestra orfandad.
- Quizás
ni siquiera hemos nacido- siguió mi hermano y entonces supe que la locura lo
había secuestrado.
Nuestro
vecino salió al jardín y comenzó a quemar objetos, sistemática y
concienzudamente, en un barril. Quemaba las cosas, que iba extrayendo de la
casa, como si fuese un acto creativo y no una destrucción de lo que hasta ahora
había constituido su vida. A veces le ayudaban sus dos hijos, que correteaban
entonces a su lado con cuadernos, jarrones, libros, lámparas, y las introducían
en el barril mirando como el fuego crepitaba. La madre, en cambio, nunca salía,
y yo me la imaginaba mirando desde la casa, quizás fumando pensativa, unida a
los suyos gracias a su cigarrillo ardiendo: el fuego comenzaban a ser lo único
que los habitantes del pueblo teníamos en común. Quemar todo era la única
cohesión que nos quedaba. Una comunidad articulada en torno a su propia
desaparición.
La televisión
dejó de emitir y tan solo retransmitía nieve, puntos aleatorios, una neblina
visual que mi hermano no dejaba de observar. Yo imaginaba que él sí veía
personas, paisajes, ciudades, en los canales muertos y la estática autista del
aparato. Encendí la radio, para diagnosticar la magnitud del silencio que nos
asaltaba, y escuché a alguien respirando. Alguien enfrente de un micrófono
callaba y tan solo su respiración se difundía en las ondas. Permanecí horas con
la vieja radio portátil de mi madre en el regazo, oyendo la respiración del
desconocido. Quizás no lograse decir nada, pero tampoco hundirse en el
silencio, y tan solo pudiese dejar constancia de su existencia filtrando el
sonido de sus pulmones.
Cuando
olvidé el nombre de mi hermano me sentí aliviado. Él ya solo era el otro
habitante de las sombras que una vez habían sido nuestra casa, ocupado en la
muerte que olía su alrededor, deleitándose con la podredumbre y las ruinas.
Quizás no hubiésemos sido hermanos o quizás habíamos perdido ese vínculo,
retornado a un estadio anterior de la humanidad en el cual los hermanos tan
solo se olfateaban con recelo y suspicacia, rivalizando por sobrevivir . En
realidad su falta de nombre era un renacimiento, al igual que su mínima
necesidad de dormir o comer. Se estaba convirtiendo en algo diferente y su
anterior nombre ya no le pegaba con sus felinos y animalescos movimientos que
le hacían recorrer la casa una y otra vez, patrullándola y defendiendo un
perímetro tan solo visible para él.
Primero
fue el humo, la antesala al calor y al fuego mismo, desperté y supe que la casa
estaba ardiendo. Salí de la habitación y bajé las escaleras notando la
capacidad de la madera del suelo para quemarse con mis pies descalzos. Mi
hermano estaba en medio de un círculo de fuego en el salón. Debía haber rociado
el suelo con algún líquido inflamable y me miró a través de las llamas, que
hacían ondular su imagen como un espejismo en un desierto. Salí de casa
descorriendo los cerrojos y corrí por la carretera, hasta que dejé de reconocer
la cartografía que formaban las casas. Entonces me paré a recuperar el resuello,
abrazado a mi mismo por el frío de la noche.
Caminé
hasta dejar atrás el pueblo y las casas comenzaban a espaciarse. Algunas se
quemaban estáticamente, como si el fuego les otorgase una cualidad intemporal.
Parecía que jamás se iban a apagar y que continuarían ardiendo por siempre. Sin
embargo, no vi a otro ser humano, y cuando llegué al bosque el día comenzaba a
florecer, rompiendo suavemente las capas de noche que coagulaban el cielo. Fue
entonces cuando me paré, al lado de un centenario olmo, y miré al cielo. Me
imaginé que alguien nos miraba desde arriba y podía ver la luz del fuego
quemándolo todo, los focos de luz y brasas horadando la superficie terrestre,
el mundo como una piel llena de puntos rojos estallando en su epidermis. Me
invadió la suave y cálida paz de la aceptación. Era un ente minúsculo y descalzo
deslizando manojos de pensamientos, demasiado grandes para mi cabeza, hacia
arriba, hacia aquel ser que al fin podía vernos, reparar en nuestra
insignificante existencia gracias al estallido de las cosas ardiendo y, cuando
todo terminase, nos volvería a olvidar de nuevo. No albergaba esperanzas de que
nos recordase en el futuro. Este era nuestro momento, fugaz y perecedero como
nosotros mismos, criaturas de lo finito, habitantes de una isla que sería
tragada por el mar de la nada. Nuestro mensaje era de tranquila desesperación
y, luego, nos reuniríamos con los agujeros negros y las enanas blancas, con
toda la materia silenciosa del Universo distante.
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