29.1.16

GOTT IST TOT






- Dios ha muerto- Federico lloró entonces, justo después de anunciar la defunción divina, con lágrimas quedas y calladas, y sus compañeros de clase lo miraron sin especial inquina. Tampoco había curiosidad en sus rostros, un tanto macilentos por culpa de la iluminación institucional que parecía empeñada en querer desvelar los cráneos de duro hueso que los recubría, pues los niños- y en especial aquellos niños- se toman las crisis de fe con una calma que debería hacer reflexionar seriamente a los adultos.

- ¿Dios ha muerto?- la profesora, la Señorita o la Seño, como todos le llamaban, Ursula, se colocó las gafas con un movimiento prusiano, como un general de batalla se colocaría los bifocales en aquellas guerras del pasado para discernir cómo iban las cosas en su guerra, y enfocó los cristales de varios aumentos en el infante que había proferido tal aseveración-- ¿Cómo que Dios ha muerto? ¿Cuando?- no pudo evitar preguntar. Inconscientemente, la Señorita Ursula, como la mayoría de adultos, estaba siempre interesada en las muertes de conocidos, para al menos sentir ese leve respingo de euforia ante el óbito ajeno y no el propio, en el que uno ya no siente cosa alguna.  

Los niños rieron ahora, con risas inocentes y nada pueriles; su fino olfato para el humor solo olisqueaba los aromas de la verdadera comicidad, que no es otra que la que trae aparejada la estupidez humana monda y lironda. Federico seguía a lo suyo, a llorar, a emitir pequeños hilillos de agua salada que salían eyectados de sus ojos atónitos ante la enormidad de la idea de la muerte de Dios. Porque el pobre niño estaba atónito. También desconsolado. Para él Dios no era un ente abstracto, una idea flotante, una quimera filosófica, algo sin carne ni sangre. Tampoco espíritu emanando de las Iglesias a las que su familia jamás le llevaba. No: para él Dios era el pupitre donde se sentaba ahora, la pizarra manchada de tiza, el ventanal de su izquierda que dejaba ver tejados de teja roja fea, el resto de los niños riendo e, incluso, las propias risas eran Dios. Para Federico Buenanueva Ortiz Dios era su casa, el patio lleno de ortigas y basura en la parte de atrás de su casa, la carretera por donde iban en coche a visitar a su abuela, la televisión con las reposiciones de programas de otras temporadas que veía mientras merendaba con las piernas cruzadas en el salón, que también era Dios. Para él todo era Dios. Era un panteísta convencido de la inmanencia de Dios en todas las cosas, sin saber qué era un panteísta ni conocer el significado de inmanencia. Y por eso no podía evitar estar dando el espectáculo en plena clase, sin ser capaz de inhibirse ni aunque lo moliesen a palos. De hecho, el ostracismo social era lo que le esperaba a partir de entonces, aunque si oyese la palabra ostracismo creería que se trataba de alguna enfermedad de la ostra. Pero no sean duros con Federico y su falta de vocabulario pues, con doce años, uno no tiene tiempo de asimilar palabras tan poco necesarias para el día a día. A los doce años lo necesario suele  poder tocarse, olerse, saborearse, masticarse…incluso puede pelear con uno. A los doce años los futuros hombres ven la realidad como un animal doméstico y familiar; como un gato que no siempre nos mira con buenos ojos, que se espanta en nuestra presencia y saca las uñas, pero que al final nos permite instalarnos en el sofá con él a ver la tele.

Las risas se oían más allá del aula de Federico, galopaban por el pasillo con su sonoro trote hasta llegar a las aulas aledañas a la del drama, y más allá, incluso, bajando por las escaleras de mármol de imitación, rebotando en las paredes de la entrada y casi colándose por las puertas de vidrio y PVC que sellaban con sus goznes la venerable y sufrida institución educativa. Afuera de tales goznes, Sagusto, un pueblo de casas irregulares y azarosas, sufridas en su decoloración solar y sus mil grietas en las que ya nadie reparaba, pues bien sabido es que la miseria llegado a un punto tiene el pundonor de camuflarse al ojo, de disfrazarse de normalidad rampante, para no entristecer demasiado, dormitaba acurrucada a su ignorancia indolente, ajena a la muerte de Dios. El colegio imantaba toda la influencia de educación y saber que podía, pero los pueblerinos parecían más preocupado por subsistir a base de trabajar como mulos en los campos que lo rodeaban o en cegar los sentidos en los ciento y un bares que espolvoreaban Sagusto. O el tajo o la barra, parecía ser el lema de los Sagustenses, y pocos se libraban de esta bipolaridad motivacional. De todas formas, reinaba la concordia entre ambas facciones, la de los borrachos y la de los jornaleros, ya que a cada uno la parecía que ya tenía bastante el otro con lo que tenía. Cada grupo exageraba los gajes del otro. Uno veía cirrosis en el futuro, como un hecho probado. El otro, espaldas rotas a troche y moche. Cual estaba equivocado era asunto de difícil discernimiento y algún espíritu templado y lúcido opinaba que ambas facciones estaba bien jodidas, en realidad.

La clase fue cediendo en sus risas, amainando el tono de las gracias y las burlas hacia Federico que, a su vez, estaba comenzando a remitir en su actividad lacrimal. Pero claro, Dios seguía muerto, pensó el resto de la mañana. Federico seguía con un Dios muerto en la cabeza. Un Dios muerto que ocupaba más que cuando estaba vivo, ya que cuando estaba vivo parecía trenzarse con las mismas hierbas, susurrar con el propio viento, ocultarse en cada cucharada de sopa que el niño se tomaba y retozar con él en cada brinco que daba por el campo. Y, sin embargo, el Dios muerto era uno y solo uno- coincidiendo con la propia noción cristiana del asunto- y le pesaba en el alma como hierro, haciendo que sus ideas escorasen hacia un abismo de nihilismo mondo y lirondo. Había pasado en una sola mañana del panteísmo al cristianismo monoteísta y ahora vadeaba las aguas inquietas del Nihilismo. Y todo ello sin haber exprimido jamás el jugo de tales vocablos. Dios está muerto, se repetía las palabras de su padre, que la noche anterior le había informado del fallecimiento en la cocina, agarrado a un vaso de vino tino y con la desnuda y nada potente bombilla de la misma creando un telúrico ambiente, bastante adecuado para la ocasión, basada en un juego de luces y sombras dignas de un film expresionista alemán.

- Hijo, ya es hora de que lo sepas. Que ya eres mayor- le hizo saber su padre, balanceando el vaso de arañado vidrio de los chinos como si fuese una copa de latón medieval. Su padre siempre había sido de expresividades varias, alocuciones corporales y ritmos motores diversos,  todo lo cual contrastaba vivamente con el resto de hombres del pueblo. Algunos decían a sus espaldas que era de sexualidad invertida. Otros se centraban en sus ideas fantasiosas, sacadas de los libros, a la hora de criticarle. Pero nadie se atrevía a encararse con él y el hombre se hacía respetar como el que más, al unir con brío la afición al alcohol con la de trabajar como un energúmeno. El padre de Federico, también llamado Federico por no hacer gasto de nombre y estar por igual la progenie en el confort de lo conocido, era un dínamo de energía que despuntaba en ambas áreas, y todo el pueblo le admiraba un poco a su pesar. Como si viesen en él una unión entre ambos talentos de los pueblerinos, entre los polos antitéticos que energizaban el pueblo y conformaban su cenutria personalidad.
Federico hijo miró a Federico padre con atención exquisita: cuando tan solo iba a por un yogur de la nevera, salió sabiendo la terrible noticia.
- Dios ha muerto, hijo mío- El padre vació su vaso de vino de un trago, como si necesitase ahogar sus palabras en la uva fermentada.
Luego le habló de un gran hombre poniendo los ojos en blanco. El hombre que dio a conocer al mundo la muerte de Dios, Federico Nietzsche, aulló el padre y, acto seguido, se desplomó golpeando la cabeza contra la mesa. Federico niño olvidó el yogur, la nevera que contenía el yogur, la cocina que contenía la nevera y la casa que contenía la cocina, todo lo cual desaparecía de su mente como matrioskas rusas: meros recipientes que albergaban más recipientes a su vez y, Federico, ante la muerte de Dios, tuvo una visión del mundo como una colección de materia inanimada que contenía más materia inanimada y, esta, a su vez, se las componía para crear vida. Pero toda esa vida le parecía ahora un huero señuelo, una extraña alucinación provocada por lo inanimado para hacer como que todo iba bien. Sin Dios, con Dios muerto, las cosas engañaban constantemente, conspirando para que las personas no se diesen cuenta que todo era una obra de teatro, para hacerles creer que todo marchaba correctamente.

Al salir de clase Federico recibió el esperado aluvión de insultos y empujones de sus compañeros sin ofrecer resistencia. Ni siquiera le dolió cuando le tiraron del pelo o le dieron una patada en la espinilla, concentrándose en su nueva idea de que en realidad su cuerpo, sin el hálito de la inspiración divina, no era más que un de muñeco animado por fuerzas desmayadas e inertes, no mucho más significativas que las del viento haciendo rotar las aspas de un molino. Corrió luego para casa y al llegar encendió el viejo y pesado ordenador que descansaba en la sala. Mientras el aparato ronroneaba como si estuviese haciendo un esfuerzo sobremaquinal , su madre salió de la cocina y le dio un húmedo beso en la mejilla, dejándole un bocadillo de chorizo en la mesa. La madre de Federico era muda, o eso decía todo el mundo, aunque él a veces escuchaba voces de mujer en la casa cuando los dos estaban solos. Y siempre sonreía enigmática y resplandeciente, como si un gran secreto llenase su paso por la tierra. Quizás su madre, pensaba Federico, había decidido gastar una gran broma a todo el mundo haciéndose la muda desde muy tierna edad. Tal vez incluso fingía que no sabía hablar desde su mismo nacimiento, ya embromando a todo el mundo desde el mismo paritorio.
 Federico, que quería mucho a su madre, trató de parecer normal, y con normal nos referimos a ignorante al hecho de que conocía el secreto de la muerte de Dios, para no preocuparla. Le preocupaba mucho preocupar a otras personas y hasta entonces esa había sido su única preocupación. Envidiaba esos tiempos, en los que su mayor problema era preocuparse al unísono con los suyos, mimetizándose ante la preocupación ajena tanto que la absorbía, la hacía suya y luego se ocupaba en no exteriorizarla, para no hacer así que los otros aumentasen el grado de sus tribulaciones en cuanto a su persona, hecho que provocaría un nuevo ciclo de preocupación de Federico ante el aumento de preocupación a su alrededor, como un termostato de preocupación que se ha estropeado y calienta el radiador ante aumentos cada vez mayores de la temperatura ambiental (y no al revés). Estos bucles solían ocupar el pensamiento de Federico, de un modo muy rudimentario, pues la parecía que tales bucles eran una de las mayores causas de infelicidad en el mundo. Consideraba que todos éramos como espejos los unos de los otros y, al mismo tiempo, emisores de algún tipo de rayos- Federico no lograba saber si se trataba de rayos X, Gamma o de algún otro tipo- y que nos dedicábamos a lanzar y hacer rebotar rayos todo el tiempo.

Cuando el ordenador logró ofrecer una pantalla azul, un mar con iconos a modo de islas, escribió “Federico Nietzsche” en el buscador de Google y un hombre de gran mostacho y ojos encendidos apareció clónicamente en pequeños marcos por toda la superficie de la pantalla. Federico pulsó la opción Web, ya que estaba en Imágenes, y leyó entera y casi de un sorbo intelectual la entrada de Wikipedia. Y allí estaba, en metatexto además, “Muerte de Dios”, varias docenas de veces desperdigada la frase, escondida vanamente entre oraciones anodinas, reluciendo con la majestuosidad de las revelaciones. O sea que era cierto. Dios estaba muerto y, además, no era cosa de hacía días o meses. Esto había pasado hacía tiempo, mucho tiempo. Federico se mareó, se desmayó y se cayó de silla. Quizás imitando a su padre la noche anterior, parecía que los Federicos de la casa se trasladaban al reino de la inconsciencia en cuanto leían el anuncio de Nietzsche.

Al día siguiente, y a los siguientes, Federico no vio más que abandono en todo aquello que miraba. Una manzana solo parecía una manzana y nada más que manzana. Le faltaba el insuflo divino, el soplo de energía del Creador que animase sus partículas elementales. La realidad, le parecía a Federico, estaba huérfana y abandonada a su suerte. El arquitecto de todo había perecido y tal vez vagase por el cosmos deslizándose por el espacio sin fin. El niño miró el cielo azul y sin nubes tratando de ver su cadáver a la deriva. ¿De qué habría muerto?, pensaba, uniendo lo inefable de la muerte con lo inefable de Dios. Conjugando inefabilidades como quien baraja un mazo de cartas. Quizás habría sido asesinado, pero ¿por quién? ¿Habría otros Dioses acaso, capaces de dar muerte a Dios? .Y de no haber sido asesinado, ¿qué clase de enfermedad podría haber contraído que lo llevase al más allá? ¿Cirrosis, como su tío Abel? Se imaginó a Dios sosteniendo una botella más grande que Sagusto, tumbado en una nube como en los dibujos animados, con las mejillas coloradas y vestido únicamente con una especie de pañal. Lo veía con el pelo blanquísmo y despeinado, una barba digna de Santa Claus y las uñas amarillas y sucias como las de los borrachos del pueblo.









Federico caminaba por el sendero de piedra desnuda que bordeaba el pueblo cuando vio a un grupo de gente que venía en la otra dirección. Todos iban de negro y cuatro hombres llevaban a hombros una caja de pino. Delante de todo el cura del pueblo caminaba lentamente, ya mayor, con la vista clavada al frente y aires de solemnidad. Al cruzarse con la comitiva, Federico vio a una señora que lloraba y gritaba. Las mujeres que iban a su lado trataban de consolarla a base de sujetarla por los hombros como si fuese una rea de la Guardia Civil.
- Dios mío, ¿por qué me has abandonado?- decía la pobre mujer.
Pero Federico sabiendo lo que sabía, que el pobre no había podido cumplir sus obligaciones con la mujer. ¿Cómo iba a poder, muerto como estaba?
Se puso a su lado y le tiró de la falda de luto. La comitiva se paró y miraron todos al niño, salvo el cura que no se dio cuenta de nada y siguió caminando a solas.
- No te ha abandonado- dijo Federico, con inocencia-. Es que está muerto.
La mujer, si antes parecía histérica, ahora explotó, vibró, su cuerpo se retorció antinaturalmente hacia atrás y emitió un enorme grito; tan enorme que por fin parecía poder contener toda su pena y llevarla hacia algún otro lugar, arrancándola de ella. Catarsis, podría decirse, pero nadie dijo nada semejante allí, pues nadie sabía qué era tal cosa y solo se espeluznaron al ver a aquella pobre señora aullar salvajemente. Si la pena se midiese con decibelios, lo de aquella mujer sería una tragedia griega, pensó el cura al oírla, aún caminando en solitario y cada vez más alejado del resto. Alguien agarró al niño de los hombros y se lo llevó de allí, como si fuese un cachivache perdido y no un infante profeta.
- Es el hijo del Federico- dijo un señor que fumaba y que se distinguía del resto de señores que lo rodeaban por estar fumando él y los otros no. Así era aquel pueblo: de tan igual y homogéneo las gentes había que distinguirlas por tales minucias. El resto de él era igual a los otros: el mismo abrigo remendado, la misma americana raída, los mismos pantalones anchos de pana, los mismos zapatos de finos cordones de los domingos.
- Ese chalao- dijo otro que no fumaba-. De tal palo tal pastilla.
- Será de tal palo tal astilla- corrigió el fumador
- ¿Qué te las das, de intelectual?- se irritó el no fumador, encendiendo un pitillo e igualándose al otro en consumo nicotínico, por si acaso.
Y ambos se encararon con los pitillos metidos en la boca, sacando pecho y metiendo barriga, hasta que un tercero se puso en medio.
- Venga, que este no es momento de peleas. Que estamos en un entierro, por Dios- terció.

Pero ya Federico estaba lejos de allí, sin oír nada de aquello, parado en uno de los miradores que jalonan Sagusto y permiten una mirada panorámica sobre los cerros que rodean el pueblo como si quisieran impedir que se marchase a otro lado. Si antes aquellas vistas le empequeñecían el corazón, el hígado, los pulmones y otras vísceras, recordándole lo ínfimo que era comparado con la vastedad de la Tierra, comparado incluso tan solo con la vastedad de aquel trozo de mundo que podía divisar desde allí, aquellas laderas alicatadas naturalmente con rocas, las formaciones de pinos semejando poco menos que bonsáis  por la distancia, con el río al fondo siempre igual y siempre distinto como las curdas que su padre se traía a casa, ahora todo se le antojaba desvaído y desenfocado y abandonado a su ser materia muerta en un planeta con dengue mística. En esas reflexiones andaba sumido cuando notó que le tocaban la espalda, llamando en ella como si se tratase de una puerta, con dos golpecitos tímidos a su cazadora vaquera. Cuando se dio la vuelta, incluso por un momento se olvidó que Dios estaba muerto y creyó que aquella era la prueba irrefutable de su existencia. María, la niña que le gustaba y que veraneaba en el pueblo pero vivía en la ciudad, le sonreía, entre pilla y burlona, repartiendo a partes iguales sarcasmo hacia el mundo entero y hacia el propio Federico, también el niño un poco parte del mundo, sobre todo visto de perfil, que la miraba como si fuese un espectro.
- ¿Qué pasa, empano?- le saludó con alegría-. Ya sabía yo que te iba a encontrar haciendo algo raro.
- ¿Qué haces aquí? Si aún no es verano- y no lo era: el frío arreciaba y hasta daba puñetazos en cuanto uno se descuidaba. Bien lo notaba Federico, con su ligera chaqueta vaquera puesta. Aquel invierno no había dinero en casa y por lo visto, tampoco fuera de ella, así que lo máximo que pudo hacer su madre, en materia de abrigo al chico, fue coserle un forro en la chaqueta vaquera con algodón hidrófilo del que se vende en farmacias. Su padre, al ver el forro, se había puesto a gritar a la mujer por tamaña originalidad. En el pueblo la gente decía que la madre de Federico perdía aceite, que estaba más loca que las cabras y que inventarse una mudez era muy propio de ella. En el colegio Saturnino, el chico más bestia y grande de su clase, solía atizarle  diciéndole que era el “hijo de la loca, que tiene clavos en la cabeza, en vez de neumonas”. Federico no sabía que eran las neumonas, pero se alegraba de que su mamá no tuviese de eso en la cabeza, pues le parecía que no debía ser cosa nada buena. Estaba seguro de que toda la familia de Saturnino debía ir sobrada de neumonas en la cabeza y por eso eran todos tan bestias y tenían tan mala sangre.
María le explicó que a su padre lo habían despedido del banco por evasión de capitales y hasta casi termina en la cárcel y todo. Pero lo dijo riendo y un poco orgullosa, como si fuese una hazaña. María tenía un año más que Federico, la experiencia de la vida en la gran ciudad y una melena morena a juego con sus ojos. Pasearon sin proponérselo el resto del tramo de camino, que llegaba hasta el bosque y al terraplén que conducía al río, retomando las costumbres de los veranos. Las mismas que les hacían pensar a los demás que eran novios y esa leyenda urbana era el único punto de estima que Federico podía tener a los ojos de sus iguales.
Federico le contó a su amiga lo que su padre le había dicho sobre Dios.
- Quien se enteró primero fue un tal Nietzsche, hace un porrón de años. Ya ves que no es noticia fresca. Esto ya se sabía hacía tiempo, pero nadie lo dice. No sé como el tal Nietzsche se enteró.
- Igual es un secreto- María tenía ganas de tomarle el pelo a su amigo, de seguir el cuento a ver que daba de sí. Eso por un lado. Por otro lo miraba de reojo, notando que se había puesto más guapo desde que no lo veía. Con la cara más llena y cuadrada, el mentón menos hundido, el pelo menos estropajoso, la mirada un poco más viva. Le parecía menos infantil que la última vez y, al mismo tiempo, más inocente aún. Se preguntaba cómo sería posible madurar para ser aún más crédulo. La parte protectora de la muchacha se angustiaba pensando qué futuro le esperaría a aquel bobo, la otra parte se reía como una hiena y ambas partes eran todas ella misma: ya toda una mujer fabricada, con sus contrastes y sus sombras adornándola.
- Desde que me he enterado, todo me parece un sueño- Federico miraba el pasar y no quedarse del caudal del río. Se sentaron en una roca y ella encendió un cigarrillo, luego le ofreció uno a él y ambos fumaron en silencio un rato.
- Pues yo creo que nadie puede saber si Dios está vivo o muerto- opinó al rato María. Tiró el cigarrillo ya fumado y degradado a colilla al río y miró a Federico fijamente, como si no se creyese que el chico realmente existiese-. Más que nada porque nadie ha logrado demostrar siquiera que existe. Ya me dirás tú probar que ha muerto. Es como empezar la casa por el tejado. ¿O es que tú crees en Dios?
- Yo no creo en Dios. Yo creo en la muerte de Dios. Que no es lo mismo- anunció. Acto seguido se giró y le dio un beso a María, aprovechando que esta había abierto la boca para reírse a carcajadas. Pero la había abierto tanto que Federico casi le metió los labios en la boca abierta de la muchacha. Se despegaron con un plop y ambos se pusieron rojos, azorados; era la primera vez que besaban y las primeras veces de las cosas siempre son una incógnita y no cuentan con la ventaja de la repetición. Son incursiones valientes a terrenos desconocidos a los que uno no sabe si va bien pertrechado o se habrá dejado algo necesario en casa.
La crisis de fe de Federico se disolvió en la boca de María. Dios sí estaba en la boca de María. Lo había sentido en su lengua, en sus mullidos labios, en el aguafuerte de su cavidad bucal completando su graciosísima cara. En el aliento de la muchacha con aroma a tráfico de coches, luces de neón, bocas de metro, gente pisoteando largas calles sin fin, espectáculos de teatro y cabaret iluminados con centenares de bombillas; la ciudad también estaba en la boca de María y traía sus aires cosmopolitas.

La noche había conducido a Federico a su cama, cuando su padre entró en el cuarto y encendió la luz. Se sentó en la cama y le dio a su hijo un libro.
- La Gaya Ciencia, hijo mio. Es un libro muy viejo. Tu padre me lo dio a tu edad y ahora yo te lo doy a ti, como su padre se lo dio a él, y el padre de su padre a su abuelo, y el padre del padre de su padre…a otro. Todos ellos llamados Federicos, como tú y como yo. Por él- señaló el nombre de la portada y luego salió del cuarto, tal y como había entrado: borracho y por la puerta. No era un hombre de grandes discursos y la vez que más había hablado en su vida fue una noche que se perdió en el bosque y creyó que se iba a morir de frío. Estuvo cuatro horas hablando con un roble, hasta que lo encontraron al día siguiente tiritando y con la piel de color azul. Aún recuerda el roble y lo busca de vez en cuando, con añoranza, pero nunca ha vuelto a dar con él y se ha quedado sin tan válido interlocutor.
Federico leería el libro de su familia muchas veces y, pasado el tiempo como pasan estas cosas, minuto a minuto, hora a hora, jornada a jornada, llegaría el momento en el que entraría borracho al cuarto de su propio Federico y le daría el gastado ejemplar de lomo deslomado, para que su hijo tuviese la audacia de buscarse a su propia María sin una deidad que lo vigilase. Pues estaba seguro de que no hubiese sido capaz de besar a María, de que no hubiese reunido el valor de no haber creído que Dios estaba muerto. De no haber creído que Dios estaba pajarito y ya nada poseía orden en la tierra, no le hubiese arrimado la boca a la deliciosa María, y ahora no tendría el corazón lleno a rebosar con el dulce pálpito del triunfo, justo debajo de La Gaya Ciencia, el corazón, ya que había puesto el libro en el pecho, mientras rememoraba una y otra vez el beso en la moviola de su cabeza.



25.1.16

LAS HOGUERAS

Se supone que todas las historias tienen un principio, pero no sabría situar el de esta. Cuando todo empezó el pasado se difuminó y las cosas parecía que siempre habían sido así, como fueron entonces .Como si el pueblo siempre hubiese estado cercado por el fuego, por aquellas llamas que todo lo consumían, por el humo negro carbón que impedía ver las llanuras que  lo circundaban, por la lluvia de cenizas ascendiendo al cielo y dibujando extrañas composiciones que crepitaban como un nuevo lenguaje a aprender.
Solíamos pasarnos los días solos, mi hermano y yo. Cerrábamos todas las puertas, usando sus muchos cerrojos y cadenas que nos aislaban del exterior, y tomábamos posesión de la casa con nuestros juegos. Acampábamos en el salón con una imaginaria tienda de campaña, escuchando los supuestos sonidos de un quimérico bosque, conteniendo la respiración para poder distinguir el aullido de lobos inventados. Apilábamos la cubertería encima de la mesa hasta vaciar las estanterías para dibujar en ellas figuras en el polvo, con nuestros dedos a modo de lápices. Mirábamos por las ventanas los jardines de nuestros vecinos y oíamos sus voces diluyéndose en el aire.
Nuestros padres trabajaban casi todo el día y yo, como era el mayor de los dos, recibía apresuradas instrucciones de mi madre, sobre el cuidado de la casa, sobre cerrar el gas, sobre cómo calentar la cena y fregar los platos. Yo asentía a todo mientras mi hermano gesticulaba burlón, sin que mi madre lo viese, situado a su espalda. Luego mis padres se marchaban a la ciudad y nos dejaban solos; solos y salvajes y el silencio nos hablaba.
Mi hermano solía traer las novedades del exterior, gracias a alguna conexión con el mundo de la que yo carecía. Me contaba cómo se llamaban los vecinos de la casa de al lado, recitaba los acontecimientos del día con susurros delicados, como si lo que describía pudiese desaparecer si levantaba la voz . El pueblo parecía no tener secretos para él y conocía cada esquina del mismo. Antes de que todo empezase, un poco antes de hecho, cuando me desgranaba qué había pasado en el pueblo ese día, comencé a advertir un nerviosismo impropio de él. Su tono había cambiado y me lo solía encontrar mirando fijamente por la ventana de la habitación de mis padres, la que permitía observar los techos uniformes de las casa de alrededor creando un mar de tejas y chimeneas.
- Pronto empezará- decía entonces, sin mirarme, y yo reprimía un escalofrío.
Nuestros padres volvían a casa más tarde cada día. Los oíamos abrir la puerta, subir las escaleras musitando entre ellos códigos secretos, mientras permanecíamos en nuestras camas convertidos en dos bultos, asustados sin saber de qué.
Creo que fue un lunes cuando papá y mamá no volvieron. Cuando la noche se había consumido y el día se insinuaba a través de la ventana, nos levantamos y procedimos a inspeccionar el resto de la casa. Su cama sin usar resplandecía con la energía de las cosas que han perdido su función habitual para convertirse en un recuerdo fugaz y, mi hermano, con una dulzura del todo ajena a él, acarició las sábanas perfectamente estiradas que solían tapar a nuestros padres. Abrimos todos los cajones de los armarios, buscando alguna pista, alguna explicación a su ausencia, pero solo encontramos baratijas, recetas médicas para desconocidas enfermedades garabateadas con prisa, pulseras de mi madre de colores de plástico, el reloj de mi padre imperturbable marcando los minutos que formarían horas, y de nuestra apresurada inspección concluimos que no conocíamos a nuestros propios padres. Que quizás se estaban muriendo de la suma de pequeñas enfermedades que trataban de mantener a raya con aquellos medicamentos sin etiqueta, apilados en los cajones como hojarasca.
Su ausencia nos liberó y a las pocas horas habíamos pintado las paredes con salsa de tomate, roto la mesa de cristal de la sala, usado los colchones para saltar sobre ellos sin descanso, descolgado todos los cuadros de la pared que apilamos en una esquina. Vimos la televisión comiendo helado de chocolate y las imágenes nos hipnotizaban por su rapidez y urgencia; parecían sintetizar nuestro nuevo estado, remitir a nuestros cuerpos desnudos-nos habíamos desnudado hacía horas- y libres.
El segundo día mi hermano me despertó de mi sueño sin sueños, tumbado a lo largo del sofá del salón, aún desnudo y con los labios manchados de helado de chocolate.
- Ya ha empezado. Ven- dijo arrastrándome hacia la ventana.
Por todas partes penachos de humo ascendían hacia el cielo y, al principio, creí que se trataba de chimeneas.
- Las casas están ardiendo- dijo mi hermano leyéndome el pensamiento-. Las están quemando.
- ¿Quién?- pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
- Ellos- su dedo recorrió el cristal, trazando alguna extraña trayectoria en él; quizás un hechizo que tratase de conjurar la destrucción de fuera, de devolver las casas quemadas a su estado anterior, de resituar la materia de nuevo a su condición sólida y no a los montones de herrumbre calcinada que formaba dispersos acúmulos de formas de vida diríase que primitivas, anteriores a cualquier potencialidad funcional: cocinas de diseño moderno transformadas en humo y negros tizones, salones alfombrados con caras alfombras de exóticos países rociadas con gasolina y consumidas por las llamas indiferentes, coches fundiéndose con el propio asfalto en un abrazo cálido y profano.
Bajamos de nuevo al salón y conectamos la televisión; todo seguía igual. Encontramos un canal especializado en dibujos animados, donde animales humanizados se perseguían unos a otros por motivos que no logré discernir, y miramos la cinética de las explosiones de mentira de la pantalla.
Mi hermano llevaba días sin dormir, como si hubiese logrado transformar la necesidad de sueño en un comportamiento voluntario que podía postergarse o, incluso, ignorarse. Sus ojos permanecían inyectados en sangre, sitiados por oscuras ojeras, solo parecían mirar las cosas que estaban a punto de desaparecer. Desaparecía por la noche, saliendo sin hacer más ruido que su el que dejaba su ausencia en la casa, la soledad a la que me condenaba en las horas sin más luces que las hogueras de fuera que miraba con terror, y volvía por la mañana con las últimas novedades; qué casas habían ardido, qué carreteras permanecían cortadas, qué parques habían sido concienzudamente rociados con líquido inflamable. Luego de dar el parte, se encerraba en el cuarto de baño y se duchaba, ritualmente, deshaciéndose de la ropa que apestaba a humo, envolviéndose con el batín de nuestro padre. El batín le quedaba tan grande que arrastraba su parte inferior por toda la casa, con su cuerpo bajo los pliegues del mismo a punto de desaparecer y ser engullido por él. Había perdido la cuenta de los días, la comida del frigorífico se  terminaba y la vajilla sucia abarrotaba la pileta.
Sucedió em un día soleado, que luchaba contra el invierno a base de rayos de sol y haces de luz cristalina que lograban calmar mi ansiedad, cuando un perro en llamas atravesó nuestro jardín, mientras yo estaba echado con los ojos cerrados en una de las tumbonas, para luego saltar limpiamente la alambrada que rodeaba nuestro pequeño cuadrado de hierba mal cuidada. Me quedé mirando cómo desparecía por el camino que serpenteaba entre las casas vecinas, llameando en una unión perfecta entre biología y fuego; esa noche no logré dormir imaginando el dolor del perro, su muerte pulsátil con millones de dolores naciendo en la achicharrada carne, el pelo consumiéndose como una tea, el inevitable cese de su ciega carrera sin objeto que lo desplomaría aún vivo,  aspirando con su fino olfato cánido el olor de su cuerpo fundiéndose, apelmazándose y retorciéndose hasta quedar inmóvil en el asfalto.
- Quizás nuestros padres no eran nuestros padres- mi hermano, vestido con el batín de mi padre, me miró con una fría cólera. Creía saber lo que sentía y su sensación de estafa llenaba la casa tanto como sus extrañas maquinaciones y su actividad de testigo de lo que estaba sucediendo; yo, mientras tanto me sumía en la perplejidad, renunciando a buscar un sentido a todo aquello. Creía entender que lo que decía era extensible al hecho de que quizás tampoco fuéramos hermanos y nuestro parentesco fuera una ilusión, una alucinación en la que nos abismábamos para tolerar nuestra orfandad.
- Quizás ni siquiera hemos nacido- siguió mi hermano y entonces supe que la locura lo había secuestrado.
Nuestro vecino salió al jardín y comenzó a quemar objetos, sistemática y concienzudamente, en un barril. Quemaba las cosas, que iba extrayendo de la casa, como si fuese un acto creativo y no una destrucción de lo que hasta ahora había constituido su vida. A veces le ayudaban sus dos hijos, que correteaban entonces a su lado con cuadernos, jarrones, libros, lámparas, y las introducían en el barril mirando como el fuego crepitaba. La madre, en cambio, nunca salía, y yo me la imaginaba mirando desde la casa, quizás fumando pensativa, unida a los suyos gracias a su cigarrillo ardiendo: el fuego comenzaban a ser lo único que los habitantes del pueblo teníamos en común. Quemar todo era la única cohesión que nos quedaba. Una comunidad articulada en torno a su propia desaparición.
La televisión dejó de emitir y tan solo retransmitía nieve, puntos aleatorios, una neblina visual que mi hermano no dejaba de observar. Yo imaginaba que él sí veía personas, paisajes, ciudades, en los canales muertos y la estática autista del aparato. Encendí la radio, para diagnosticar la magnitud del silencio que nos asaltaba, y escuché a alguien respirando. Alguien enfrente de un micrófono callaba y tan solo su respiración se difundía en las ondas. Permanecí horas con la vieja radio portátil de mi madre en el regazo, oyendo la respiración del desconocido. Quizás no lograse decir nada, pero tampoco hundirse en el silencio, y tan solo pudiese dejar constancia de su existencia filtrando el sonido de sus pulmones.
Cuando olvidé el nombre de mi hermano me sentí aliviado. Él ya solo era el otro habitante de las sombras que una vez habían sido nuestra casa, ocupado en la muerte que olía su alrededor, deleitándose con la podredumbre y las ruinas. Quizás no hubiésemos sido hermanos o quizás habíamos perdido ese vínculo, retornado a un estadio anterior de la humanidad en el cual los hermanos tan solo se olfateaban con recelo y suspicacia, rivalizando por sobrevivir . En realidad su falta de nombre era un renacimiento, al igual que su mínima necesidad de dormir o comer. Se estaba convirtiendo en algo diferente y su anterior nombre ya no le pegaba con sus felinos y animalescos movimientos que le hacían recorrer la casa una y otra vez, patrullándola y defendiendo un perímetro tan solo visible para él.
Primero fue el humo, la antesala al calor y al fuego mismo, desperté y supe que la casa estaba ardiendo. Salí de la habitación y bajé las escaleras notando la capacidad de la madera del suelo para quemarse con mis pies descalzos. Mi hermano estaba en medio de un círculo de fuego en el salón. Debía haber rociado el suelo con algún líquido inflamable y me miró a través de las llamas, que hacían ondular su imagen como un espejismo en un desierto. Salí de casa descorriendo los cerrojos y corrí por la carretera, hasta que dejé de reconocer la cartografía que formaban las casas. Entonces me paré a recuperar el resuello, abrazado a mi mismo por el frío de la noche.
Caminé hasta dejar atrás el pueblo y las casas comenzaban a espaciarse. Algunas se quemaban estáticamente, como si el fuego les otorgase una cualidad intemporal. Parecía que jamás se iban a apagar y que continuarían ardiendo por siempre. Sin embargo, no vi a otro ser humano, y cuando llegué al bosque el día comenzaba a florecer, rompiendo suavemente las capas de noche que coagulaban el cielo. Fue entonces cuando me paré, al lado de un centenario olmo, y miré al cielo. Me imaginé que alguien nos miraba desde arriba y podía ver la luz del fuego quemándolo todo, los focos de luz y brasas horadando la superficie terrestre, el mundo como una piel llena de puntos rojos estallando en su epidermis. Me invadió la suave y cálida paz de la aceptación. Era un ente minúsculo y descalzo deslizando manojos de pensamientos, demasiado grandes para mi cabeza, hacia arriba, hacia aquel ser que al fin podía vernos, reparar en nuestra insignificante existencia gracias al estallido de las cosas ardiendo y, cuando todo terminase, nos volvería a olvidar de nuevo. No albergaba esperanzas de que nos recordase en el futuro. Este era nuestro momento, fugaz y perecedero como nosotros mismos, criaturas de lo finito, habitantes de una isla que sería tragada por el mar de la nada. Nuestro mensaje era de tranquila desesperación y, luego, nos reuniríamos con los agujeros negros y las enanas blancas, con toda la materia silenciosa del Universo distante.

Me senté apoyando mi espalda en el roble y cerré los ojos. Las sombras del árbol descendían hasta posarse en mi cabeza como tentáculos inmateriales. Nos habíamos dado cuenta de que el mundo no era más que energía y combustible a quemar, aunque ignorábamos qué fuerzas pondríamos en marcha con nuestros actos, incapaces de ver el cuadro completo, de tener la perspectiva suficiente para discernir nuestro papel en ello.  Sé que en algún momento me dormí, acunado por el viento que usaba las ramas del roble como instrumento en el cual tañer su música, pero lo que ignoro es si he vuelto a despertarme. Lo que ignoro, de hecho, es si hay alguna diferencia entre estar despierto o dormido ahora, o si la frontera entre ambos estados no es más que un frágil puente que se derrumba sin remedio