VELATORIO
El: He tenido un sueño espantoso.
Ella: Vaya.
El: Sí. Soñé que un avión de combate perseguía a una mujer con un niño en brazos.
Ella: Uff… Que cosas, ¿no?
Él: La mujer corría por la orilla de… de un río y el avión de combate se acercaba a ella y le disparaba. Ella iba regateando las balas con una precisión increíble. Y con el niño en brazos todo tapadito. Ni se le distinguía.
Ella: Como “Lara Croft” o algo así?
Él: Quien?
Ella: La de “Tomb Raider”
Él: ¿Que diantres es eso? No sé.
Ella: Una película. Basada en un videojuego.
Él: No sé. No sé. No la conozco. Era más como una escena salida de una película de Abbas Kiarostami.
Ella: Ah, ya.
Él: Qué.
Ella: Nada.
El: Kiarostami.
Ella: No sé de quién me hablas.
Él: Pues, es un director de cine.
(Pausa larga. Los dos miran fijamente de frente a una sala acristalada donde hay un féretro al descubierto. Dentro hay un varón joven; el féretro se encuentra rodeado por coronas de flores y dos grandes cirios).
El: Pienso que está a punto de levantarse. Que se hace el dormido. Joder, Ostia! Que cuando nos vayamos empezará a pestañear y a estirarse. Y veo al mismo tiempo todas esas coronas. Qué asco, no las soporto. Es turbador como unas flores pueden resultar tan desagradables. Pienso en esas personas que se afanan por confeccionarlas manualmente y se me revuelve el estómago. La de rosas rojas es la mía. La encargué esta mañana por internet. Aún recuerdo la página que decía: “entendemos este momento difícil y queremos con la luz, la belleza y el aroma, acompañarles en su duelo”. Joder. Belleza. ¿Dónde está aquí la belleza? Es la jodida antítesis de la belleza. No hay nada sublime en la muerte. Solo sufrimiento y desolación. Aquí donde me ves ya llevo encima cuatro pastillas para aligerar el día y sigo sintiendo una presión en el pecho. Puagh. (Él agacha la cabeza apoyando la cara en sus manos. Llora).
(Pausa corta).
Ella: Y si resulta que no era un bebé lo que… lo que la mujer, o sea, lo que la mujer portaba en brazos. Si dices que estaba tapadito; a lo mejor llevaba escondida una bomba de protones o algo así. Como una espía de las pelis que escapa. Si no por qué razón iba a perseguirle un avión de combate. Piénsalo. Yo lo veo así. Quiero verlo así, como una peli de aventuras. No sé. (Le cae una lágrima). ¿Salimos a fumar un cigarro y dejamos que se estire un ratito?
(Pausa larga. Ambos miran al féretro. Él se levanta de una silla y se acerca al cristal. Se deja caer sobre el cristal con los brazos estirados, derrotado).
(Telón).
30.7.11
21.7.11
FONDO SIN PAISAJE (I)
Ella: Me estaba preguntando…
Él: ¿?
Ella: … ¿Crees que hay alguna intención en la naturaleza?
(Larga pausa).
Él: ¿Has traído las entradas?
Ella: No me escuchas.
Él: Si te escucho pero podemos hablar de ello luego. (Mas bajo para que no se le oiga. Casi hablándole al oído a ella). Estamos en una cola esperando a entrar y no quiero que la gente piense…
Ella: ¿Que?
Él: Nada…
Ella: Que piense qué.
Él: Que somos una pareja de esas que lo intelectualiza todo.
Ella: Huh. Antes no me responderías algo así. Antes te hubieses excitado con mi pregunta.
Él: Excitarme. Veamos la película. Compremos palomitas como la gente normal.
Ella: Yo no quiero palomitas. Toma las entradas. Vete tu solo. (Ella se va de la fila).
Él: (aturdido. Le sigue después de unos segundos hasta sentarse en una butaca de un bar del hall donde esta ella. Ella saca un cigarrillo). Pero… O sea que esto se trata de nosotros. Y esperas a venir al cine, en la cola, para hacerme esta pregunta…
Ella: Olvídalo. Es más que todo eso. No quiero un discurso…
Él: Yo sólo hablo de actuar como los demás.
Ella: Me provocas extrañeza.
Él: La gente habla de futbol o de ropa o del tiempo. Eso es, del tiempo. Es un tema muy socorrido en la cola del cine.
Ella: Te avergüenzas de mí. La que siempre riza el rizo.
Él: No. No digas eso.
Ella: Tú quieres a otra. No a otra mujer, sino a otra idea de mujer. Mas… vulgar.
Él: Que haría yo con una mujer vulgar. Por favor. Entremos al cine, veamos la película, y al salir vayamos a cenar y hablemos del cosmos si es necesario.
Ella: Me estaba acordando de aquella cena. Con tus amigos. Que bochorno.
Él: Podemos entrar… podemos pasar a ver la…
Ella: Yo les empecé a hablar del efecto pigmalion, pero no pude entrar en detalles y, oh, es tan triste. ¿Recuerdas lo que dijo Laureen, la mujer de Arnold? Dijo: “A mi Arnold nunca me regala pintalabios”.
Él: Yo entraré sólo. ¿Quieres venirte conmigo? Por favor. Vente con tu caracolito.
Ella: Ella pensaba que pigmalion era un efecto que se conseguía con un determinado pintalabios. (Se cubre la cara con las manos). Una marca de pintalabios!
Él: Oh, vamooss!
Ella: Y entonces, tú, me diste un pisotón bajo la mesa y fingiste un ataque de tos. Todo para impedir que yo continuara. Como si creyeses que fuese a atacarla o burlarme de ella. No está en mi naturaleza. No me conoces. ¿Me conoces?
Él: No nos conocemos. (Finge un teatrillo). Mi nombre es Mur. La encuentro radiante. Le apetece venir al cine. (El la toma de la mano. Ella apaga su cigarro y se deja llevar por él. Ya en la cola, de nuevo para entrar, pasan unos segundos sin hablar).
Se oyen las conversaciones ajenas.
Otros: … (A) pues claro, me lo compré en una tienda genial! (B)Vamos a hacer un crucero y te puedes creer que aún no se ha comprado un bañador y yo ya tengo seis bikinis. (C)… Joder, yo no pago ochocientos euros por un chihuaha. Si todavía fuese un bull terrier…
Ella: (Se acerca al oído de él y le susurra) No puedes amar u odiar algo en otra persona a menos que refleje algo que amas u odias en ti mismo, caracolito.
(Telón)
Él: ¿?
Ella: … ¿Crees que hay alguna intención en la naturaleza?
(Larga pausa).
Él: ¿Has traído las entradas?
Ella: No me escuchas.
Él: Si te escucho pero podemos hablar de ello luego. (Mas bajo para que no se le oiga. Casi hablándole al oído a ella). Estamos en una cola esperando a entrar y no quiero que la gente piense…
Ella: ¿Que?
Él: Nada…
Ella: Que piense qué.
Él: Que somos una pareja de esas que lo intelectualiza todo.
Ella: Huh. Antes no me responderías algo así. Antes te hubieses excitado con mi pregunta.
Él: Excitarme. Veamos la película. Compremos palomitas como la gente normal.
Ella: Yo no quiero palomitas. Toma las entradas. Vete tu solo. (Ella se va de la fila).
Él: (aturdido. Le sigue después de unos segundos hasta sentarse en una butaca de un bar del hall donde esta ella. Ella saca un cigarrillo). Pero… O sea que esto se trata de nosotros. Y esperas a venir al cine, en la cola, para hacerme esta pregunta…
Ella: Olvídalo. Es más que todo eso. No quiero un discurso…
Él: Yo sólo hablo de actuar como los demás.
Ella: Me provocas extrañeza.
Él: La gente habla de futbol o de ropa o del tiempo. Eso es, del tiempo. Es un tema muy socorrido en la cola del cine.
Ella: Te avergüenzas de mí. La que siempre riza el rizo.
Él: No. No digas eso.
Ella: Tú quieres a otra. No a otra mujer, sino a otra idea de mujer. Mas… vulgar.
Él: Que haría yo con una mujer vulgar. Por favor. Entremos al cine, veamos la película, y al salir vayamos a cenar y hablemos del cosmos si es necesario.
Ella: Me estaba acordando de aquella cena. Con tus amigos. Que bochorno.
Él: Podemos entrar… podemos pasar a ver la…
Ella: Yo les empecé a hablar del efecto pigmalion, pero no pude entrar en detalles y, oh, es tan triste. ¿Recuerdas lo que dijo Laureen, la mujer de Arnold? Dijo: “A mi Arnold nunca me regala pintalabios”.
Él: Yo entraré sólo. ¿Quieres venirte conmigo? Por favor. Vente con tu caracolito.
Ella: Ella pensaba que pigmalion era un efecto que se conseguía con un determinado pintalabios. (Se cubre la cara con las manos). Una marca de pintalabios!
Él: Oh, vamooss!
Ella: Y entonces, tú, me diste un pisotón bajo la mesa y fingiste un ataque de tos. Todo para impedir que yo continuara. Como si creyeses que fuese a atacarla o burlarme de ella. No está en mi naturaleza. No me conoces. ¿Me conoces?
Él: No nos conocemos. (Finge un teatrillo). Mi nombre es Mur. La encuentro radiante. Le apetece venir al cine. (El la toma de la mano. Ella apaga su cigarro y se deja llevar por él. Ya en la cola, de nuevo para entrar, pasan unos segundos sin hablar).
Se oyen las conversaciones ajenas.
Otros: … (A) pues claro, me lo compré en una tienda genial! (B)Vamos a hacer un crucero y te puedes creer que aún no se ha comprado un bañador y yo ya tengo seis bikinis. (C)… Joder, yo no pago ochocientos euros por un chihuaha. Si todavía fuese un bull terrier…
Ella: (Se acerca al oído de él y le susurra) No puedes amar u odiar algo en otra persona a menos que refleje algo que amas u odias en ti mismo, caracolito.
(Telón)
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Fondo sin paisaje (serie),
Teatro
18.7.11
Relatos efímeros (I)
Marc se miró al espejo, sólo para darse cuenta de que en lugar de su cara habitual, veía una faz desconocida para él. Parpadeando repetidamente, escudriñando la pulida superficie de vidrio, llegó a la conclusión de que no sólo no estaba contemplando su cara, si no que no recordaba qué cara tenía antes, tan sólo sabía que la cara que se reflejaba en el espejo no era suya, nunca lo había sido antes. Lo sabía con una certeza total y avasalladora, como sabemos que una mano que nos toca no es la nuestra, aunque no pudiésemos recordar cómo es nuestra mano... pero, por qué no recordaba su cara habitual y cómo sabía que su rostro había cambiado? A un paso de la locura, Marc se percató de otra incoherencia en la imagen especular. Tanto tiempo mirando su cara le había abstraído de otro aspecto relevante de su situación actual. Sorprendido apartó la vista del espejo y miró a su alrededor, para adentrarse en un nuevo nivel de paranoia. Tampoco reconocía el lugar, una estancia aséptica hasta la náusea; completamente pintada de blanco, sólo contenía tres objetos: una cama y una silla (también blancos) y el espejo. Sin ventanas. Tan solo una puerta. Como buscando respuestas volvió a encararse con su imagen, pero el horror que expresaba la cara de aquel extraño hizo que desviase la mirada, y se dirigió a la puerta, que se abrió en el instante exacto en el que se disponía a girar el pomo. Dos hombres entran y cierran la puerta por dentro, con llave. “Buenos días, señor Kibayashi” dice uno. Marc, paralizado por la incomprensión y el miedo, calla. “No ha funcionado” dice el segundo. Mientras se llevan el cadáver, los hombres discuten si pintar la habitación de color salmón, para que resulte más cálida.
Tess le levanta sobresaltada, en una habitación que no reconoce. En la habitación sólo hay tres objetos: una cama blanca, un espejo, y en el suelo un pequeño florero blanco con petunias color salmón.
[Por Working Class Hero y Visitante Q.]
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Relatos efímeros
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