15.2.14

ALBUquerQUE, DiGo. ECO.


La ciudad parece comer cada día más terreno al campo. Me levanto cada día y lo primero que hago es mirar debajo de la cama. Mi soledad sigue, cada mañana, ahí. A veces está pelándose un plátano. Otras, una naranja. Otras sobreviene la duda y debo bloquear la puerta de entrada a mi piso con todas mis fuerzas. Entonces pongo música- cualquier música, no importa, mientras el sonido organizado en capas, texturas, ahogue el silencio impuesto por los demás- alta, muy alta, y limpio fervientemente la cocina, el baño, el salón. Las moquetas parecen procrear pues cada día aparece alguna nueva, llena de bordados  y extraños detalles enhebrados, formando camellos, soles anaranjados y pistolas de la Segunda Guerra Mundial.  Antes venía una mujer. Decía, presa de algún exótico delirio vete tú a saber dónde contraído, que me amaba. Durante un tiempo compartió su pecho conmigo, peleándose con la vida áspera que también quería parte de sus pezones, aureolas, la titánica labor de amamantar esperanzas a través de un ejército de bromas, sonrisas de media luna y escuadrones de palabras taquigrafiadas en la cama mientras me dejaba consumir sus dotes de emperatriz.

La amistad en forma de floreros me sirve para adornar las estancias y los rencores desatascan las cañerías. Puedo decir que soy feliz pero un ladrón noctámbulo, borracho y pendenciero, me robó todas mis frases, una por una, mientras dormía. Tan solo me dejó la palabra ALBUQUERQUE y, por eso, ahora debo pedir un litro de leche en el colmado del barrio a la vieja señora que comanda el mostrador de madera de cedro mientras calceta bufandas de gato y escucha la radio Armenia, por señas y usando diversas banderas a modo de recordatorio de que ambos estamos vivos y no es sueño lo que nos acontece.

Como no tengo frases para usar, la profundidad de mi silencio aturde a los demás, los espanta. Los rumores de mi profundidad silenciosa están empezando a diseminarse por el barrio y ya hay algunos vecinos que traman pergeñar escuadrones paramilitares en mi contra. Quizás algún día estos intentos bienintencionados (no me cabe la menor duda de la bondad inherente a la ristra de actos discretos que se aúnan para formar sucesos triviales) prosperen y razzias de vocabularios extranjeros, dispersos como polvo, poliédricos como la lengua de un gato, invadan mi hogar y me obliguen a usar palabras. Violen mi silencio con las vergas del sentido, la pragmática y la sintaxis. Sería terrible, desde luego, pero sé que los perdonaría a todos y cada uno de ellos. A fin de cuentas, matar lo diferente es deber primordial de la humanidad desde que el primero de nosotros observó alguna regularidad estúpida en la naturaleza y a eso llamó conocimiento. Yo, desde luego, hubiese dicho ALBUQUERQUE, arruinándolo todo.
Como siempre.

13.2.14

¿ Qué quieres que haga con mis ojos?




Ella está herida. Alberga mundos desorbitados que giran sin control mientras los fuegos estallan y supernovas fugaces se deshacen lentamente.

La pistola encima de la mesita, al lado del paquete de cigarrillos; es un recordatorio de peligro permanente. No todo es lo que parece con ella. Eso está claro. Cierro los ojos olfateando su boca, su pelo, su cuerpo perfumado y sutil en su voluptuosidad incandescente. El sexo siempre me recuerda a lo que no debe ser dado, a la moratoria de la muerte. A que estamos tan solos que debemos acurrucarnos en otro pecho para oír latir un corazón que no sea el nuestro.

Vivo con miedo. Con miedo y atravesando viejos teatros. Aún me asombra que la gente me ame. Desde que cumplí los 30 ya solo puedo pensar en la gente. No en individuos particulares, sino en la gente como tal. Indeterminada. Me da miedo. Dice ella. Fuma. Me abraza. La pistola sigue ahí, esperando. Sólida y negra. Mortal.

 

Tengo miedo porque sé que un día haré una tonteria. No puedo evitarlo. Igual que un cáncer no puede evitar agredir a su huesped por mucho que lo intente. Está en su naturaleza. Dice.

 

Ahora la abrazo yo. Fuerte. Nuestros cuerpos coagulándose.

Me siento tan magullada. Dice.

Quiero salvarla. Quiero salvarla. Contenerla toda entera y evitar que la realidad la profane. La dañe. Tan solo quiero abarcar todo su dolor y apretarlo en mí. Sustraerlo de sí y aunar una nueva geometría que ya no posea aristas que la atraviesen entera.

 

Noto algo sólido en mi espalda. Luego un fuerte sonido. Todo se diluye.

Tan solo quiero salvarla. Permitir que sus movimientos sean libres y fluidos. Que la torpeza de los demás no la dañe más.

Lo siento. Dice

No pasa nada. Digo.

El semen se escurre por su vagina. La vida se escurre por mi espalda.

 

Recuerdo de pequeña como mi padre afilaba todas sus tijeras. Una a una. Todos los domingos. Mi madre lo miraba. Siempre lucía el sol, por entonces. Todas aquellas tijeras. Reluciendo al sol.