1.2.12

ES TUYO. FIRMA.
Es tuyo, firma. Es tuyo, firma. Es tuyo. Esas eran las palabras que Iris quería escuchar  aquella mañana en la tercera planta del edificio Webster. Subiendo en el ascensor un sudor frío le recorría la nuca mientras ella no dejaba de ajustarse la falda y alisar su blusa. Una gota apenas visible se deslizaba por debajo del moño en que llevaba recogida su larga melena.
Se había pasado dos semanas siguiendo a Sara Webster a donde quiera que fuera. La siguió un día hasta el dentista, a una clínica exclusiva de la ciudad donde se enteró al llamar haciéndose pasar por su secretaria. -Entonces, entiendo que han extendido una factura incorrecta a nombre de la señora Webster-. -Nosotros hemos emitido la factura como corresponde-. -Vamos a ver, se trata de una endodoncia y…-. -No, la factura es por un blanqueamiento dental y limpieza de sarro-. La siguió al hipermercado donde observó cómo la señora Webster se hacía con unos veinte kilos de comida para gato, lo que equivaldría a unas doscientas latas de gourmet de varios sabores que un mozo empaquetó y condujo a la sección de envío a domicilio. Se pasó un par de horas en su Daewoo estacionado frente a Jymmy’s, el gimnasio más elitista de la ciudad, hasta ver salir a Sara Webster vistiendo una sudadera GAP verde y de la mano de una jovencita  que vestía una camiseta impresionada con la cara de Einstein echando la lengua.
Iris no le había contado a nadie que su propósito era recavar la máxima información de Sara Webster para poder encontrar algo que utilizar en la entrevista personal con la mismísima señora Webster, dueña de los almacenes Webster y de dos de los tres edificios mas fotografiados de la ciudad así como presidenta ejecutiva de Webster espectáculos que estaba seleccionando actrices protagonistas del montaje teatral mejor pagado según los rumores de la academia donde Iris había terminado hacía un par de meses su curso intensivo de interpretación.
Un día, -tres días previos a encontrarse atravesando el arco de seguridad y sacándose los zapatos para poder acceder al hall donde acabaría pulsando el botón del tercer piso en los ascensores del edificio Webster-, Iris se acercó a un grupito de jóvenes bebiendo en el parque Lazarus y convino con uno de ellos que le daría un buen puñado de billetes si hacia lo que ella le pedía.
Así fue como el muchacho entró en el Café Rodin y burló a los camareros hasta llegar al bolso que la señora Webster tenía junto a ella mientras leía el periódico y tomaba un té. Todo fue muy rápido. Se armó un jaleo pero el chico consiguió salir corriendo hasta la puerta donde se dejó atrapar por Iris.
Ésta lo retuvo unos instantes y fingió forcejear con él hasta quedarse ella con el bolso mientras el muchacho se escapaba calle abajo, entre el tráfico y la gente, ante la atenta mirada de Sara Webster, que se acercó a Iris y le agradeció con un apretón de manos el gesto. El tiempo suficiente como para que sus miradas se cruzasen y pudiese ver Iris las bolsas en sus ojos, el apagado brillo de sus pupilas, su gesto cansado y abatido, un pelo ralo y quebradizo que empezaba a blanquear por las raíces, unos labios finísimos cortados y secos, una nariz de cuyas fosas asomaban pelos punzantes. No bajaría de los noventa kilos. La observó marchar Iris, cargando unas bolsas de unos grandes almacenes manchadas de grasa de algún alimento, dando largas zancadas; se la imaginó como una gran roca repleta de líquenes desprendiéndose desde lo alto una montaña, cayendo en picado.

Las puertas del ascensor se abrieron. Iris atravesó el pasillo hacia el lugar donde esperaría su turno para ser entrevistada. La secretaria, una mujer de unos cincuenta años con unos ojos diminutos detrás de unas gafas de pasta negra, le dijo que se sentase y esperase en una sala. Un enorme lienzo con el cuerpo de Buda sonriente cubría la pared principal de la sala de espera, donde uno podía sentarse a esperar en elegantes butacas de cuero negro o en un sofá de piel blanca. Había unas seis chicas mas esperando. Todas alegres, felices; parecían capaces de meter la cabeza en la boca de un cocodrilo si así lo requiriese el entrevistador. Alguien estaba dentro del despacho, cuya puerta estaba frente a la butaca que había ocupado Iris y estaba decorada con la cara de una mujer en blanco y negro con un dedo en vertical en los labios en actitud de pedir silencio. Desde el interior se oían algunas risas. Una de las mujeres que estaba al lado de Iris hablaba con otra en voz baja pero Iris alcanzó a oírlas. – ¿En una clínica?-  -Sí, de reposo. Vamos, que se le ha ido la pinza a la mujer-. –Loca, como una cabra-. -Dicen que se alimentaba de comida para gatos.- -Entonces, ¿quien hace las entrevistas hoy?-  -Ella no, afortunadamente-.
Una joven embutida en un pantalón azul y una camiseta con la cara de Einstein echando la lengua atravesó el pasillo en dirección al mostrador de la secretaria cerrando tras de sí la puerta del despacho.
Iris miró intrigada la boca de la mujer de gafas de pasta y trató de leer sus labios. Parecía que decían algo que le sonaba familiar, algo que se repetía en su cabeza como un disco rayado. –Es tuyo, firma.
La delicada gota que había empezado a descender por la nuca de Iris en el ascensor empezó a convertirse en otra y otra y otra más bajando por su nuca. Iris sacó un kleenex de un bolsillo y se repasó el cuello. Luego alisó la blusa y ajustó la falda.




6.1.12

FLAVIO. RÓMULO. AUGUSTO.

Miró el sobre con entusiasmo. En un estado contenido, entre deseos de abrirlo y el miedo a hacerlo. A su lado estaba su gato. Un gato blanco y de largos bigotes que cuando ronroneaba parecía encontrarse feliz de escucharse a sí mismo y aumentaba el volumen y los movimientos alrededor  de la pierna derecha de Lorrie. Contuvo sus ganas de abrirlo y  dejó el sobre encima de una mesa en el diminuto salón que hacía las veces de dormitorio pues el sofá roído y deshilachado se abría y era la cama donde Lorrie dormía cada noche. Se sentó a mirar la tele. Primero apagada. Una mirada al televisor, en que se reflejaba su imagen; una mirada al sobre cerrado. Así unos instantes. Parecía esperanzada. Algo le decía que la respuesta que esperaba escuchar estaba allí escrita, tipografiada, dentro de aquel sobre.
Encendió el televisor.  Un concurso de preguntas y respuestas. Una mujer de mediana edad y su hija veinteañera se jugaban un buen puñado de dinero en una última pregunta: ¿Quién fue el último emperador del imperio Romano? Lorrie tenía una media sonrisa en la cara. A veces ella se imaginaba que una cámara de video le grababa. Grababa una semblanza de su vida para emitir en algún canal de televisión; por eso a veces sonreía sin un motivo aparente. Sonreía para su cámara imaginaria. Era más soportable para ella vivir pensando que no era insignificante y que no estaba en este mundo para ser sólo una mujer solitaria con un gato y una madre de apenas sesenta años encamada que se pasaba el día pidiendo agua porque se le secaba la boca.

El gato se impulsó desde el suelo y de un salto llegó hasta donde Lorrie estaba sentada. Ronroneó y estiró una pata mostrando sus uñas. Lorrie le miró. Pensaba que quizás el gato sabía la respuesta. Quién había sido el último emperador de Roma antes de su caída como imperio. Lo tomó en brazos y lo acercó a su cara. Nariz con nariz. El gato comenzó a lamerle la boca y los labios.

Lorrie sentía que quería decirle algo, que quería comunicarle algo más que afecto. Mantuvo su mirada buscando el contacto con los ojos verdes del gato durante unos segundos. Esperando una conexión. Esperando quizás que el gato comenzase a hablar como en una película que había visto alguna vez. Pero el gato, incómodo al sentir que las manos de Lorrie apretujaban su cuerpo cada vez más fuerte, movió sus patas reaccionando y arañó con viveza su cara consiguiendo así liberarse de Lorrie. Lo vio salir lentamente hacia la habitación de su madre haciendo unos movimientos extraños al caminar, como si acabase de salir de un barreño con miel y las almohadillas de sus patas se pegasen al suelo al pisar. Lorrie se tocó la cara y no notó sangre. La herida parecía superficial. Miró al televisor y vio a la madre llorando y a su hija llorando. El público aplaudía. No sabía qué había pasado.  Escuchó a su madre llamarla desde el fondo de la habitación. Se quedó mirando el sobre encima de la mesa. Una luz entraba desde la calle; la luz de un sol invernal que entraba por las rendijas de una persiana. Millones de partículas de polvo en tránsito suspendidas en el aire de la casa dibujando lentos desplazamientos. Lorrie se fijó y pudo ver también algún diminuto pelo de gato elevándose poéticamente. Abrió el sobre antes de ir al dormitorio de su madre. Lo abrió temblorosa. Y comenzó a leer para sí misma.

“… Nuestros expertos peritos han analizado y sometido el dedo encontrado por usted en nuestro producto de conservas a múltiples pruebas. El dictamen es inequívoco. El dedo encontrado en nuestro producto ha sido introducido una vez abierto el mismo. Nuestro departamento jurídico está en condiciones de tomar medidas legales hacia usted. Le exigimos que llame lo antes posible al número que aparece al final de esta carta. Nuestros servicios jurídicos exigen además que proceda a retirar con carácter inmediato la demanda que ha interpuesto ante sanidad y que atenta de manera directa contra la credibilidad de nuestra firma…”.

Lorrie se acercó hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo. Tres surcos recorrían su cara desde la parte baja del ojo hasta la comisura de los labios. La piel se había hinchado y enrojecido. Miró a sus ojos. Se vio a sí misma multiplicada por diez en otro espejo contiguo.

Entró en la habitación y su madre se había dormido. El gato se encontraba junto a la almohada y repasaba con su áspera lengua uno de sus costados. Miró a Lorrie al entrar y esperó a que ésta se sentara en una silla junto a la cama; luego reanudó su lameteo. Lorrie sacó de debajo de la cama un botiquín de primeros auxilios. Tomó lentamente el brazo izquierdo de su madre y desde el antebrazo bajó acariciándole hasta la mano. Sacó del botiquín una lámina de silicona de unos diez milímetros de anchura y la cortó como pudo a la mitad para adherirla al dedo meñique del que sólo quedaba un sesenta por ciento. Despegó el adhesivo de la lámina de silicona y ésta se unió al dedo como un embalaje perfecto. El dedo estaba limpio y seco. La sangre había cuajado en una base cortada con gran precisión. El gato se acercó y olfateó la zona. Lorrie lo miró con firmeza y, como si la hubiese comprendido, se apartó del dedo y saltó de la cama. La madre de Lorrie comenzó a abrir los ojos. Sus labios estaban secos.

¿Quieres agua, mamá?

La madre negó con la cabeza. Se miró la mano y como pudo trató de ocultarla bajo la sabana.

Ya está. ¿Te duele?

De nuevo un movimiento con la cabeza para decir que no.

Te traeré agua.

La madre cerró los ojos de nuevo. Pasó varias veces la lengua por la punta de los labios. Aún con los ojos cerrados comenzó a hablar.

¿Cuánto han sacado esas dos?

¿Qué dos? ¿De qué me hablas?

De la madre y la hija. De ese concurso que tenías puesto en la tele. Podía oírlo desde aquí.

No lo sé. No sé si han ganado siquiera.

Pues claro que han ganado. No sé cuánto. Pero han ganado.

¿Cuál era la respuesta? ¿La has oído?

La madre no contestó.

¿No la has oído? ¿Quien fue el último emperador de Roma?

La madre se giró en la cama dándole la espalda a Lorrie.

Después de una pausa, volvió a hablar.

¿Dónde esta el gato?

Lorrie miró a su madre. Un bulto debajo de una sábana. Eso era todo. Una mujer que se cae de una escalera intentando coger un libro en una estantería y se queda paralizada de cintura para abajo para el resto de sus días; postrada en una cama que necesitaría un colchón nuevo, una estructura con muelles en mejor estado; una habitación necesitada de una mano de pintura, una mujer necesitada de una silla de esas tan caras que puedes mover con una sola palanca.

Estaba aquí hace un rato. ¿Donde está?

Lorrie guardó las láminas de silicona en el botiquín.

No lo sé, mamá. No sé dónde se ha metido el gato.

Mientras, junto a las piernas de Lorrie, el gato se restregaba lentamente, arqueando la espalda y levantando la cabeza altivo; lamiendo con la lengua una de las manos que Lorrie había agachado para guardar el botiquín bajo la cama.