Un libro, quizás, debería ser la medida de nuestra
ignorancia. Alumbrar una parte del mundo que ya conocíamos y revelar el oscuro
resto, ese mar de ignorancia personal, de desidia privada, de desorden
agrupado. La literatura como enser perfectamente fútil, en la medida que solo
nos hace ensanchar más y más la posibilidad, la posibilidad como una gangrena,
un cáncer intratable que devora nuestro cerebro, lentamente, día tras día en
los que nos perdemos en un universo de potencialidad y cifra pues, la cifra, es
el resultado de una mente ociosa e improductiva. Sí, nuestras vidas se apañan
bastante bien sin cifras, sin hipótesis magnéticas sobre lo posible, sin
versátiles puzles llenos de invenciones y medias verdades, sin el resonante
punto de vista de un individuo que fantasea y crea laminados cauces de
significado y sentido no comprobado. Nos levantamos, desayunamos, trabajamos,
jugamos y nos enamoramos sin deber nada al Dios de las cifras, los datos, la
ensaimada de descripciones, el vergel denotativo de la narración, el plúmbeo
zafiro de los adjetivos como alas insertadas sobre las cosas. Respiramos e
inspiramos sin tener por qué traducir nuestra esencia en conceptos y
abstracciones como jaulas de rejas titilantes.
Las palabras como moléculas formando oraciones de síndromes,
y los signos clínicos las comas y puntos que fragmentan nuestra enfermedad
vertida, vomitada sobre papel. El primer amor alumbrado e inventado en una
narración de fuegos artificiales y fatuos. Las carreteras, en los libros,
metáforas rectilíneas y, por ello mismo reconfortantes, de adioses y holas y
giros y mutaciones y permutaciones de la experiencia, y no como esas
superficies asfaltadas y ornamentadas de señales de tráfico ridículas, no como
ese espacio prefijado, marcado, ribeteado por quita miedos de borde capaz de
seccionar una pierna sin esfuerzo. Los rostros dejan de ser el poso inmediato y
tangible de las personas, esa oscura tranquilidad en la que nos reflejamos, un
pasaporte enmarcado en pelo y ángulo de ojos brillantes en cuyo fondo
percibimos un igual y le dejamos conducirnos a sitios, traer a nuestros hijos
al mundo, explorar nuestros cuerpos manchados por la enfermedad, arreglar
nuestros vehículos hurgando en sus tripas cromadas y empapadas de grasa y
aceite. Dejan de ser caras, y se transforman en mapas, señalizaciones, balizas,
artificios topográficos de ningún lugar y de todos, componentes de tecnología
cárnica donde el espíritu es invadido por descargas de cifras y más cifras.
Usamos las cifras, ceros y unos, para enmarcar un estallido de cólera, una
tarde de domingo sentados en la terraza mientras el sol se enciende cada vez
más- ¿parará algún día?- en el que la muerte parece un asunto digno de los
dominicales esparcidos a nuestros pies, una epifanía en la hora del café en la
oficina donde algo relacionado con la dulzura del brebaje nos recuerda que aún debemos rellenar algunos
años más antes de…
Sí, la literatura, en contra de lo que suele decirse, es
pura ciencia, armada de hipótesis y conexiones, de datos y ecuaciones. Solo en
la literatura las causas se concatenan, inexorablemente lógicas, y es la vida
real la que a veces nos sorprende un conocido que termina con su matrimonio y
se siente indiferente, o mejor incluso. ¿Se imaginan algo así en el claro y
luminoso y omnívoro mundo de la ficción? ¿Esa oportunidad desechada, esa
negación del drama, esa postración del espíritu a favor de la homeóstasis?
La gente nace y muere, y vive por en medio. Se enamoran y
traen otros seres al mundo. Plantan árboles y decoran el salón. En algunas
partes del mundo los disparos suenan y no evitan los cuerpos, las balas, que se
alojan en ellos tomándolos como huéspedes, encharcándoles con su cuerpo de
metal. Y, en cambio, los escritores vagabundean en los restos, los charcos de
tinta de periódicos aplastados en el suelo, los vagones de trenes de asientos
aún calientes y residuos de los viajeros con prisa por salir, los corrales
abandonados y cercados por una malla de alambre y las plumas en la tierra
fangosa. Los escritores husmean en las copas mediadas situadas en barras de
discotecas de música desbordante de sonido, en los servicios siempre iguales de
iguales paredes blancas y urinarios como setas adosados a ellas, en la
indescriptible necesidad de los cuerpos danzantes, perlados de sudor, tan vivos
que desean algo de muerte dentro, agitándose y contoneándose rítmicamente y
elevando los brazos al unísono como para ser vistos desde arriba, desde algún
arriba que no existe, que es solo techo y hormigón encerrándolos y aplastando
sus miradas nacientes para que se queden en sus iris dilatados. Los escritores
vadean las corrientes migratorias en la gran ciudad, ayudados por mapas de
metro y guías turísticas plastificadas, destripan los centros neurálgicos donde
la información nace para expandirse y no perdurar, fagocitan las mesas de los
despachos cuajadas de documentos y memorándums que nadie entiende realmente,
hackean ordenadores personales reflectando los momentos muertos donde su
usuario compone una versión de sí mismo expuesta e indecorosa, los vídeos
pornográficos, los juegos de cartas on-line, las fotos familiares sonriendo a
vete a saber qué pervertido, qué intruso fijando sus acerados ojos sobre ellas,
creyendo que puede llegar a comprender al hombre que se masturba, sentado en su
silla ergonómica, admirando una pantalla muerta pero reluciente, asistiendo a la
homilía de la privacidad compartida, al vago afán de conexión del semen
coagulándose sobre su pene ya en retirada sobre los sísmicos movimientos de una
felación videodifundida, y donde otros
como él, diferentes pero iguales, también verterán su propia simiente.
Los escritores llegan a las fiestas cuando estas ya han
terminado y todos duermen esparcidos por las esquinas, y aíslan la basura llena
de botellas y colillas, de preservativos y pañuelos de papel biodegradable, de
compresas manchadas de menstruo y cajas de galletas, y con todo ello componen
un relato de lo ocurrido, de los amores naciendo y muriendo, de las vibraciones
de miradas que se desovan sobre otro, de la amargura de un pensamiento lúcido de las tres de la mañana sobre la propia vida, hasta que la ebriedad
ahoga toda sabiduría no deseada y uno se sirve otra copa para lanzarse
definitivamente sobre la pira de la inconsciencia indolora, de las canciones sonando algo más tristes de
lo habitual, como si supiesen algo que el resto no sabemos y adaptasen sus
ondulaciones a la atmósfera ritual sobre la que despliegan sus mantras. Pero
con todo ello, los escritores perderán cualquier intersticio, cualquier
movimiento no registrado sobre los detritus, los pasos que deambulan por las
habitaciones admirando las fotos familiares sobre las mesas de noche, el tacto
como preámbulo de otra cosa de una piel dormida, la dulzura de abrazarse uno
mismo apoyado en la cocina henchido de amistad y camaradería y la copa olvidada
en la formica, el sol anunciándose por el anuncio que es la ventana singular y
más allá la carretera donde los primeros coches pasan, como naciendo allí
mismo, animales de metal y cromo, partiendo a pintar con sus discretos y
estilizados esqueletos el cuadro de una autopista atestada.
Los verás haciendo eses, embriagados creyendo que han dejado
testimonio veraz, cuchicheando entre sí como cucarachas, emborronando cuadernos
trufados de tonterías, mientras la vida, la verdadera vida, ríe y sigue
adelante, componiendo sinfonías anodinas, olas que besan la playa con labios
salados, granos de arena que se deshacen a razón de un milímetro por año, nubes
que se disfrazan de otras nubes hasta desparecer nadie sabe dónde, desiertos
que juegan con el horizonte a esconderse, perros tumbados en camas mirando
llover por la ventana y sintiendo en la densidad de su pelaje la frialdad que
conllevan esas perlas translúcidas.
Una multitud saliendo por la boca del metro y diseminando su
calor, uniéndolo a otros , en las calles. Los semáforos imperativos
charlando con los peatones que se miran arracimados en dos grupos, y un niño en
la esquina siente la ilusión de que cuando se ponga verde, los dos grupos se
abalanzarán, uno sobre el otro, con lanzas y espadas. Las palomas levitando levemente
para los mendigos de latas oxidadas y carteles conmemorativos de su miseria,
faquires con alas mostrando trucos para hacer reír a quien no comerá hoy. El
traslado de un libro por manos de curiosos, aquí y allí, de sección en sección,
llevado en volandas de manos descuidadas pero cariñosas, hasta que al final del
día el librero lo pone de nuevo en su sitio, y la jornada termina y cierra la
librería. Y sus pasos se pierden, en las calles.
