El agujero en el suelo estaba en la esquina. Jonás, su
dueño, había abierto la librería, como todas las mañanas, cuando descubrió
aquel boquete en el suelo. Se asomó con el asombro pintado en la cara y miró
aquella profundidad insondable. Nada.
Tan solo oscuridad y vacío. Lo primero que pensó fue que le habían robado pero,
después de comprobar el establecimiento, tan solo notó que faltaba una única cosa:
un ejemplar de “El caminante y su sombra”, del filósofo Alemán Friedrich Nietzsche. Aquello
era pasmoso ¿Alguien había excavado un enorme agujero desde algún lado y había
terminado destrozando su suelo para robar un ejemplar de tapa blanda de “El
caminante y su sombra”? Aquello no tenía el menor sentido. Hombre calmado y de
costumbres relajadas, rutinarias, se sentía agradablemente estimulado por aquel
incidente bizarro. Volvió a examinar el agujero. Se sentó en su silla, que había arrimado
convenientemente al agujero, y se fumó pensativamente un cigarrillo. De repente
un señor vestido de negro asomó por al agujero, lo miró y tiró el libro a sus
pies. “He tachado todas las haches”
dijo. Jonás asintió, comprensivo. “No valen para nada”. El Terrorista
del Frente de Ortografía Inútil (FOI) se volvió a
