12.7.14

H





El agujero en el suelo estaba en la esquina. Jonás, su dueño, había abierto la librería, como todas las mañanas, cuando descubrió aquel boquete en el suelo. Se asomó con el asombro pintado en la cara y miró aquella profundidad insondable.  Nada. Tan solo oscuridad y vacío. Lo primero que pensó fue que le habían robado pero, después de comprobar el establecimiento, tan solo notó que faltaba una única cosa: un ejemplar de “El caminante y su sombra”, del  filósofo Alemán Friedrich Nietzsche. Aquello era pasmoso ¿Alguien había excavado un enorme agujero desde algún lado y había terminado destrozando su suelo para robar un ejemplar de tapa blanda de “El caminante y su sombra”? Aquello no tenía el menor sentido. Hombre calmado y de costumbres relajadas, rutinarias, se sentía agradablemente estimulado por aquel incidente bizarro. Volvió a examinar el agujero.  Se sentó en su silla, que había arrimado convenientemente al agujero, y se fumó pensativamente un cigarrillo. De repente un señor vestido de negro asomó por al agujero, lo miró y tiró el libro a sus pies. “He tachado todas las haches”  dijo. Jonás asintió, comprensivo. “No valen para nada”. El Terrorista del Frente de Ortografía Inútil (FOI) se volvió a
deslizar por el negro agujero- aliviado- mientras el simpatizante en secreto de su grupo, recogía el ejemplar y lo depositaba de nuevo en su sitio. Convenientemente expurgado de haches. “Pena que yo no pueda hacer estas cosas”, pensó, satisfecho.

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