- Dios ha muerto- Federico lloró
entonces, justo después de anunciar la defunción divina, con lágrimas quedas y
calladas, y sus compañeros de clase lo miraron sin especial inquina. Tampoco
había curiosidad en sus rostros, un tanto macilentos por culpa de la
iluminación institucional que parecía empeñada en querer desvelar los cráneos de
duro hueso que los recubría, pues los niños- y en especial aquellos niños- se
toman las crisis de fe con una calma que debería hacer reflexionar seriamente a
los adultos.
- ¿Dios ha muerto?- la profesora,
la Señorita o la Seño, como todos le llamaban, Ursula, se colocó las gafas con
un movimiento prusiano, como un general de batalla se colocaría los bifocales
en aquellas guerras del pasado para discernir cómo iban las cosas en su guerra,
y enfocó los cristales de varios aumentos en el infante que había proferido
tal aseveración-- ¿Cómo que Dios ha muerto? ¿Cuando?- no pudo evitar preguntar.
Inconscientemente, la Señorita Ursula, como la mayoría de adultos, estaba
siempre interesada en las muertes de conocidos, para al menos sentir ese leve
respingo de euforia ante el óbito ajeno y no el propio, en el que uno ya no
siente cosa alguna.
Los niños rieron ahora, con risas
inocentes y nada pueriles; su fino olfato para el humor solo olisqueaba los
aromas de la verdadera comicidad, que no es otra que la que trae aparejada la
estupidez humana monda y lironda. Federico seguía a lo suyo, a llorar, a emitir
pequeños hilillos de agua salada que salían eyectados de sus ojos atónitos ante
la enormidad de la idea de la muerte de Dios. Porque el pobre niño estaba
atónito. También desconsolado. Para él Dios no era un ente abstracto, una idea
flotante, una quimera filosófica, algo sin carne ni sangre. Tampoco espíritu
emanando de las Iglesias a las que su familia jamás le llevaba. No: para él
Dios era el pupitre donde se sentaba ahora, la pizarra manchada de tiza, el
ventanal de su izquierda que dejaba ver tejados de teja roja fea, el resto de
los niños riendo e, incluso, las propias risas eran Dios. Para Federico
Buenanueva Ortiz Dios era su casa, el patio lleno de ortigas y basura en la
parte de atrás de su casa, la carretera por donde iban en coche a visitar a su
abuela, la televisión con las reposiciones de programas de otras temporadas que
veía mientras merendaba con las piernas cruzadas en el salón, que también era
Dios. Para él todo era Dios. Era un panteísta convencido de la inmanencia de
Dios en todas las cosas, sin saber qué era un panteísta ni conocer el
significado de inmanencia. Y por eso no podía evitar estar dando el espectáculo
en plena clase, sin ser capaz de inhibirse ni aunque lo moliesen a palos. De
hecho, el ostracismo social era lo que le esperaba a partir de entonces, aunque
si oyese la palabra ostracismo creería que se trataba de alguna enfermedad de
la ostra. Pero no sean duros con Federico y su falta de vocabulario pues, con
doce años, uno no tiene tiempo de asimilar palabras tan poco necesarias para el
día a día. A los doce años lo necesario suele
poder tocarse, olerse, saborearse, masticarse…incluso puede pelear con
uno. A los doce años los futuros hombres ven la realidad como un animal
doméstico y familiar; como un gato que no siempre nos mira con buenos ojos, que
se espanta en nuestra presencia y saca las uñas, pero que al final nos permite
instalarnos en el sofá con él a ver la tele.
Las risas se oían más allá del
aula de Federico, galopaban por el pasillo con su sonoro trote hasta llegar a
las aulas aledañas a la del drama, y más allá, incluso, bajando por las escaleras
de mármol de imitación, rebotando en las paredes de la entrada y casi colándose
por las puertas de vidrio y PVC que sellaban con sus goznes la venerable y sufrida
institución educativa. Afuera de tales goznes, Sagusto, un pueblo de casas
irregulares y azarosas, sufridas en su decoloración solar y sus mil grietas en
las que ya nadie reparaba, pues bien sabido es que la miseria llegado a un
punto tiene el pundonor de camuflarse al ojo, de disfrazarse de normalidad
rampante, para no entristecer demasiado, dormitaba acurrucada a su ignorancia
indolente, ajena a la muerte de Dios. El colegio imantaba toda la influencia de
educación y saber que podía, pero los pueblerinos parecían más preocupado por
subsistir a base de trabajar como mulos en los campos que lo rodeaban o en
cegar los sentidos en los ciento y un bares que espolvoreaban Sagusto. O el
tajo o la barra, parecía ser el lema de los Sagustenses, y pocos se libraban de
esta bipolaridad motivacional. De todas formas, reinaba la concordia entre
ambas facciones, la de los borrachos y la de los jornaleros, ya que a cada uno
la parecía que ya tenía bastante el otro con lo que tenía. Cada grupo exageraba
los gajes del otro. Uno veía cirrosis en el futuro, como un hecho probado. El
otro, espaldas rotas a troche y moche. Cual estaba equivocado era asunto de
difícil discernimiento y algún espíritu templado y lúcido opinaba que ambas
facciones estaba bien jodidas, en realidad.
La clase fue cediendo en sus
risas, amainando el tono de las gracias y las burlas hacia Federico que, a su vez,
estaba comenzando a remitir en su actividad lacrimal. Pero claro, Dios seguía
muerto, pensó el resto de la mañana. Federico seguía con un Dios muerto en la
cabeza. Un Dios muerto que ocupaba más que cuando estaba vivo, ya que cuando estaba
vivo parecía trenzarse con las mismas hierbas, susurrar con el propio viento,
ocultarse en cada cucharada de sopa que el niño se tomaba y retozar con él en
cada brinco que daba por el campo. Y, sin embargo, el Dios muerto era uno y
solo uno- coincidiendo con la propia noción cristiana del asunto- y le pesaba
en el alma como hierro, haciendo que sus ideas escorasen hacia un abismo de
nihilismo mondo y lirondo. Había pasado en una sola mañana del panteísmo al
cristianismo monoteísta y ahora vadeaba las aguas inquietas del Nihilismo. Y
todo ello sin haber exprimido jamás el jugo de tales vocablos. Dios está
muerto, se repetía las palabras de su padre, que la noche anterior le había
informado del fallecimiento en la cocina, agarrado a un vaso de vino tino y con
la desnuda y nada potente bombilla de la misma creando un telúrico ambiente,
bastante adecuado para la ocasión, basada en un juego de luces y sombras dignas
de un film expresionista alemán.
- Hijo, ya es hora de que lo
sepas. Que ya eres mayor- le hizo saber su padre, balanceando el vaso de
arañado vidrio de los chinos como si fuese una copa de latón medieval. Su padre
siempre había sido de expresividades varias, alocuciones corporales y ritmos
motores diversos, todo lo cual contrastaba
vivamente con el resto de hombres del pueblo. Algunos decían a sus espaldas que
era de sexualidad invertida. Otros se centraban en sus ideas fantasiosas,
sacadas de los libros, a la hora de criticarle. Pero nadie se atrevía a
encararse con él y el hombre se hacía respetar como el que más, al unir con
brío la afición al alcohol con la de trabajar como un energúmeno. El padre de
Federico, también llamado Federico por no hacer gasto de nombre y estar por
igual la progenie en el confort de lo conocido, era un dínamo de energía que
despuntaba en ambas áreas, y todo el pueblo le admiraba un poco a su pesar.
Como si viesen en él una unión entre ambos talentos de los pueblerinos, entre
los polos antitéticos que energizaban el pueblo y conformaban su cenutria
personalidad.
Federico hijo miró a Federico
padre con atención exquisita: cuando tan solo iba a por un yogur de la nevera, salió
sabiendo la terrible noticia.
- Dios ha muerto, hijo mío- El
padre vació su vaso de vino de un trago, como si necesitase ahogar sus palabras
en la uva fermentada.
Luego le habló de un gran hombre
poniendo los ojos en blanco. El hombre que dio a conocer al mundo la muerte de
Dios, Federico Nietzsche, aulló el padre y, acto seguido, se desplomó golpeando
la cabeza contra la mesa. Federico niño olvidó el yogur, la nevera que contenía
el yogur, la cocina que contenía la nevera y la casa que contenía la cocina,
todo lo cual desaparecía de su mente como matrioskas rusas: meros recipientes
que albergaban más recipientes a su vez y, Federico, ante la muerte de Dios,
tuvo una visión del mundo como una colección de materia inanimada que contenía
más materia inanimada y, esta, a su vez, se las componía para crear vida. Pero
toda esa vida le parecía ahora un huero señuelo, una extraña alucinación
provocada por lo inanimado para hacer como que todo iba bien. Sin Dios, con
Dios muerto, las cosas engañaban constantemente, conspirando para que las
personas no se diesen cuenta que todo era una obra de teatro, para hacerles
creer que todo marchaba correctamente.
Al salir de clase Federico
recibió el esperado aluvión de insultos y empujones de sus compañeros sin
ofrecer resistencia. Ni siquiera le dolió cuando le tiraron del pelo o le
dieron una patada en la espinilla, concentrándose en su nueva idea de que en
realidad su cuerpo, sin el hálito de la inspiración divina, no era más que un
de muñeco animado por fuerzas desmayadas e inertes, no mucho más
significativas que las del viento haciendo rotar las aspas de un molino. Corrió
luego para casa y al llegar encendió el viejo y pesado ordenador que descansaba
en la sala. Mientras el aparato ronroneaba como si estuviese haciendo un esfuerzo
sobremaquinal , su madre salió de la cocina y le dio un húmedo beso en la
mejilla, dejándole un bocadillo de chorizo en la mesa. La madre de Federico era
muda, o eso decía todo el mundo, aunque él a veces escuchaba voces de mujer en
la casa cuando los dos estaban solos. Y siempre sonreía enigmática y resplandeciente,
como si un gran secreto llenase su paso por la tierra. Quizás su madre, pensaba
Federico, había decidido gastar una gran broma a todo el mundo haciéndose la
muda desde muy tierna edad. Tal vez incluso fingía que no sabía hablar desde su
mismo nacimiento, ya embromando a todo el mundo desde el mismo paritorio.
Federico, que quería mucho a su madre, trató
de parecer normal, y con normal nos referimos a ignorante al hecho de que
conocía el secreto de la muerte de Dios, para no preocuparla. Le preocupaba
mucho preocupar a otras personas y hasta entonces esa había sido su única
preocupación. Envidiaba esos tiempos, en los que su mayor problema era
preocuparse al unísono con los suyos, mimetizándose ante la preocupación ajena
tanto que la absorbía, la hacía suya y luego se ocupaba en no exteriorizarla,
para no hacer así que los otros aumentasen el grado de sus tribulaciones en
cuanto a su persona, hecho que provocaría un nuevo ciclo de preocupación de
Federico ante el aumento de preocupación a su alrededor, como un termostato de
preocupación que se ha estropeado y calienta el radiador ante aumentos cada vez
mayores de la temperatura ambiental (y no al revés). Estos bucles solían
ocupar el pensamiento de Federico, de un modo muy rudimentario, pues la parecía
que tales bucles eran una de las mayores causas de infelicidad en el mundo.
Consideraba que todos éramos como espejos los unos de los otros y, al mismo
tiempo, emisores de algún tipo de rayos- Federico no lograba saber si se
trataba de rayos X, Gamma o de algún otro tipo- y que nos dedicábamos a lanzar
y hacer rebotar rayos todo el tiempo.
Cuando el ordenador logró ofrecer
una pantalla azul, un mar con iconos a modo de islas, escribió “Federico Nietzsche”
en el buscador de Google y un hombre de gran mostacho y ojos encendidos apareció
clónicamente en pequeños marcos por toda la superficie de la pantalla. Federico
pulsó la opción Web, ya que estaba en Imágenes, y leyó entera y casi de un
sorbo intelectual la entrada de Wikipedia. Y allí estaba, en metatexto además,
“Muerte de Dios”, varias docenas de veces desperdigada la frase, escondida
vanamente entre oraciones anodinas, reluciendo con la majestuosidad de las
revelaciones. O sea que era cierto. Dios estaba muerto y, además, no era cosa
de hacía días o meses. Esto había pasado hacía tiempo, mucho tiempo. Federico
se mareó, se desmayó y se cayó de silla. Quizás imitando a su padre la noche
anterior, parecía que los Federicos de la casa se trasladaban al reino de la
inconsciencia en cuanto leían el anuncio de Nietzsche.
Al día siguiente, y a los
siguientes, Federico no vio más que abandono en todo aquello que miraba. Una
manzana solo parecía una manzana y nada más que manzana. Le faltaba el insuflo
divino, el soplo de energía del Creador que animase sus partículas elementales.
La realidad, le parecía a Federico, estaba huérfana y abandonada a su suerte.
El arquitecto de todo había perecido y tal vez vagase por el cosmos
deslizándose por el espacio sin fin. El niño miró el cielo azul y sin nubes
tratando de ver su cadáver a la deriva. ¿De qué habría muerto?, pensaba,
uniendo lo inefable de la muerte con lo inefable de Dios. Conjugando
inefabilidades como quien baraja un mazo de cartas. Quizás habría sido
asesinado, pero ¿por quién? ¿Habría otros Dioses acaso, capaces de dar muerte a
Dios? .Y de no haber sido asesinado, ¿qué clase de enfermedad podría haber
contraído que lo llevase al más allá? ¿Cirrosis, como su tío Abel? Se imaginó a
Dios sosteniendo una botella más grande que Sagusto, tumbado en una nube como
en los dibujos animados, con las mejillas coloradas y vestido únicamente con
una especie de pañal. Lo veía con el pelo blanquísmo y despeinado, una barba
digna de Santa Claus y las uñas amarillas y sucias como las de los borrachos
del pueblo.

Federico caminaba por el sendero
de piedra desnuda que bordeaba el pueblo cuando vio a un grupo de gente que
venía en la otra dirección. Todos iban de negro y cuatro hombres llevaban a
hombros una caja de pino. Delante de todo el cura del pueblo caminaba
lentamente, ya mayor, con la vista clavada al frente y aires de solemnidad. Al
cruzarse con la comitiva, Federico vio a una señora que lloraba y gritaba. Las
mujeres que iban a su lado trataban de consolarla a base de sujetarla por los
hombros como si fuese una rea de la Guardia Civil.
- Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?- decía la pobre mujer.
Pero Federico sabiendo lo que
sabía, que el pobre no había podido cumplir sus obligaciones con la mujer. ¿Cómo iba a poder, muerto como estaba?
Se puso a su lado y le
tiró de la falda de luto. La comitiva se paró y miraron todos al niño, salvo el
cura que no se dio cuenta de nada y siguió caminando a solas.
- No te ha abandonado- dijo
Federico, con inocencia-. Es que está muerto.
La mujer, si antes parecía
histérica, ahora explotó, vibró, su cuerpo se retorció antinaturalmente hacia
atrás y emitió un enorme grito; tan enorme que por fin parecía poder contener
toda su pena y llevarla hacia algún otro lugar, arrancándola de ella. Catarsis,
podría decirse, pero nadie dijo nada semejante allí, pues nadie sabía qué era
tal cosa y solo se espeluznaron al ver a aquella pobre señora aullar
salvajemente. Si la pena se midiese con decibelios, lo de aquella mujer sería
una tragedia griega, pensó el cura al oírla, aún caminando en solitario y cada
vez más alejado del resto. Alguien agarró al niño de los hombros y se lo llevó
de allí, como si fuese un cachivache perdido y no un infante profeta.
- Es el hijo del Federico- dijo
un señor que fumaba y que se distinguía del resto de señores que lo rodeaban
por estar fumando él y los otros no. Así era aquel pueblo: de tan igual y
homogéneo las gentes había que distinguirlas por tales minucias. El resto de él
era igual a los otros: el mismo abrigo remendado, la misma americana raída, los
mismos pantalones anchos de pana, los mismos zapatos de finos cordones de los
domingos.
- Ese chalao- dijo otro que no
fumaba-. De tal palo tal pastilla.
- Será de tal palo tal astilla-
corrigió el fumador
- ¿Qué te las das, de
intelectual?- se irritó el no fumador, encendiendo un pitillo e igualándose al
otro en consumo nicotínico, por si acaso.
Y ambos se encararon con los
pitillos metidos en la boca, sacando pecho y metiendo barriga, hasta que un
tercero se puso en medio.
- Venga, que este no es momento
de peleas. Que estamos en un entierro, por Dios- terció.
Pero ya Federico estaba lejos de
allí, sin oír nada de aquello, parado en uno de los miradores que jalonan
Sagusto y permiten una mirada panorámica sobre los cerros que rodean el pueblo
como si quisieran impedir que se marchase a otro lado. Si antes aquellas vistas
le empequeñecían el corazón, el hígado, los pulmones y otras vísceras,
recordándole lo ínfimo que era comparado con la vastedad de la Tierra,
comparado incluso tan solo con la vastedad de aquel trozo de mundo que podía divisar
desde allí, aquellas laderas alicatadas naturalmente con rocas, las formaciones
de pinos semejando poco menos que bonsáis por la distancia, con el
río al fondo siempre igual y siempre distinto como las curdas que su padre se
traía a casa, ahora todo se le antojaba desvaído y desenfocado y abandonado a
su ser materia muerta en un planeta con dengue mística. En esas reflexiones
andaba sumido cuando notó que le tocaban la espalda, llamando en ella como si
se tratase de una puerta, con dos golpecitos tímidos a su cazadora vaquera.
Cuando se dio la vuelta, incluso por un momento se olvidó que Dios estaba
muerto y creyó que aquella era la prueba irrefutable de su existencia. María,
la niña que le gustaba y que veraneaba en el pueblo pero vivía en la ciudad, le
sonreía, entre pilla y burlona, repartiendo a partes iguales sarcasmo hacia el
mundo entero y hacia el propio Federico, también el niño un poco parte del
mundo, sobre todo visto de perfil, que la miraba como si fuese un espectro.
- ¿Qué pasa, empano?- le saludó
con alegría-. Ya sabía yo que te iba a encontrar haciendo algo raro.
- ¿Qué haces aquí? Si aún no es
verano- y no lo era: el frío arreciaba y hasta daba puñetazos en cuanto uno se
descuidaba. Bien lo notaba Federico, con su ligera chaqueta vaquera puesta.
Aquel invierno no había dinero en casa y por lo visto, tampoco fuera de ella,
así que lo máximo que pudo hacer su madre, en materia de abrigo al chico, fue
coserle un forro en la chaqueta vaquera con algodón hidrófilo del que se vende
en farmacias. Su padre, al ver el forro, se había puesto a gritar a la mujer
por tamaña originalidad. En el pueblo la gente decía que la madre de Federico
perdía aceite, que estaba más loca que las cabras y que inventarse una mudez
era muy propio de ella. En el colegio Saturnino, el chico más bestia y grande
de su clase, solía atizarle diciéndole
que era el “hijo de la loca, que tiene clavos en la cabeza, en vez de
neumonas”. Federico no sabía que eran las neumonas, pero se alegraba de que su
mamá no tuviese de eso en la cabeza, pues le parecía que no debía ser cosa nada
buena. Estaba seguro de que toda la familia de Saturnino debía ir sobrada de
neumonas en la cabeza y por eso eran todos tan bestias y tenían tan mala
sangre.
María le explicó que a su padre
lo habían despedido del banco por evasión de capitales y hasta casi termina en
la cárcel y todo. Pero lo dijo riendo y un poco orgullosa, como si fuese una
hazaña. María tenía un año más que Federico, la experiencia de la vida en la
gran ciudad y una melena morena a juego con sus ojos. Pasearon sin proponérselo
el resto del tramo de camino, que llegaba hasta el bosque y al terraplén que
conducía al río, retomando las costumbres de los veranos. Las mismas que les
hacían pensar a los demás que eran novios y esa leyenda urbana era el único
punto de estima que Federico podía tener a los ojos de sus iguales.
Federico le contó a su amiga lo
que su padre le había dicho sobre Dios.
- Quien se enteró primero fue un
tal Nietzsche, hace un porrón de años. Ya ves que no es noticia fresca. Esto ya
se sabía hacía tiempo, pero nadie lo dice. No sé como el tal Nietzsche se
enteró.
- Igual es un secreto- María
tenía ganas de tomarle el pelo a su amigo, de seguir el cuento a ver que daba
de sí. Eso por un lado. Por otro lo miraba de reojo, notando que se había
puesto más guapo desde que no lo veía. Con la cara más llena y cuadrada, el
mentón menos hundido, el pelo menos estropajoso, la mirada un poco más viva. Le
parecía menos infantil que la última vez y, al mismo tiempo, más inocente aún.
Se preguntaba cómo sería posible madurar para ser aún más crédulo. La parte
protectora de la muchacha se angustiaba pensando qué futuro le esperaría a
aquel bobo, la otra parte se reía como una hiena y ambas partes eran todas ella
misma: ya toda una mujer fabricada, con sus contrastes y sus sombras
adornándola.
- Desde que me he enterado, todo
me parece un sueño- Federico miraba el pasar y no quedarse del caudal del río.
Se sentaron en una roca y ella encendió un cigarrillo, luego le ofreció uno a
él y ambos fumaron en silencio un rato.
- Pues yo creo que nadie puede
saber si Dios está vivo o muerto- opinó al rato María. Tiró el cigarrillo ya
fumado y degradado a colilla al río y miró a Federico fijamente, como si no se
creyese que el chico realmente existiese-. Más que nada porque nadie ha logrado
demostrar siquiera que existe. Ya me dirás tú probar que ha muerto. Es como
empezar la casa por el tejado. ¿O es que tú crees en Dios?
- Yo no creo en Dios. Yo creo en
la muerte de Dios. Que no es lo mismo- anunció. Acto seguido se giró y le dio
un beso a María, aprovechando que esta había abierto la boca para reírse a
carcajadas. Pero la había abierto tanto que Federico casi le metió los labios
en la boca abierta de la muchacha. Se despegaron con un plop y ambos se
pusieron rojos, azorados; era la primera vez que besaban y las primeras veces
de las cosas siempre son una incógnita y no cuentan con la ventaja de la
repetición. Son incursiones valientes a terrenos desconocidos a los que uno no
sabe si va bien pertrechado o se habrá dejado algo necesario en casa.
La crisis de fe de Federico se
disolvió en la boca de María. Dios sí estaba en la boca de María. Lo había
sentido en su lengua, en sus mullidos labios, en el aguafuerte de su cavidad
bucal completando su graciosísima cara. En el aliento de la muchacha con aroma
a tráfico de coches, luces de neón, bocas de metro, gente pisoteando largas
calles sin fin, espectáculos de teatro y cabaret iluminados con centenares de
bombillas; la ciudad también estaba en la boca de María y traía sus aires
cosmopolitas.
La noche había conducido a
Federico a su cama, cuando su padre entró en el cuarto y encendió la luz. Se
sentó en la cama y le dio a su hijo un libro.
- La Gaya Ciencia, hijo mio. Es
un libro muy viejo. Tu padre me lo dio a tu edad y ahora yo te lo doy a ti,
como su padre se lo dio a él, y el padre de su padre a su abuelo, y el padre
del padre de su padre…a otro. Todos ellos llamados Federicos, como tú y como
yo. Por él- señaló el nombre de la portada y luego salió del cuarto, tal y como
había entrado: borracho y por la puerta. No era un hombre de grandes discursos
y la vez que más había hablado en su vida fue una noche que se perdió en el
bosque y creyó que se iba a morir de frío. Estuvo cuatro horas hablando con un
roble, hasta que lo encontraron al día siguiente tiritando y con la piel de
color azul. Aún recuerda el roble y lo busca de vez en cuando, con añoranza,
pero nunca ha vuelto a dar con él y se ha quedado sin tan válido interlocutor.
Federico leería el libro de su
familia muchas veces y, pasado el tiempo como pasan estas cosas, minuto a
minuto, hora a hora, jornada a jornada, llegaría el momento en el que entraría
borracho al cuarto de su propio Federico y le daría el gastado ejemplar de lomo
deslomado, para que su hijo tuviese la audacia de buscarse a su propia María
sin una deidad que lo vigilase. Pues estaba seguro de que no hubiese sido capaz
de besar a María, de que no hubiese reunido el valor de no haber creído que
Dios estaba muerto. De no haber creído que Dios estaba pajarito y ya nada
poseía orden en la tierra, no le hubiese arrimado la boca a la deliciosa María,
y ahora no tendría el corazón lleno a rebosar con el dulce pálpito del triunfo,
justo debajo de La Gaya Ciencia, el corazón, ya que había puesto el libro en el
pecho, mientras rememoraba una y otra vez el beso en la moviola de su cabeza.