19.8.11

GOD-ZILA



La lluvia cayendo sobre el cristal delantero del Daewoo haciendo apenas visible la carretera. A unos cien metros, la entrada del puente de hormigón que conduce al centro de la ciudad se encuentra bloqueada por unas tres ambulancias. Es difícil ver a través de los cristales lo que estaba ocurriendo fuera. Las gotas rebotan sobre las lunas del coche y forman constelaciones caprichosas y diminutos regueros camino del motor. -Me gusta seguirlas con el dedo. Pienso que ellas siguen la trayectoria que yo les marque y no al revés. Como si tuviese un imán en la punta de mi índice. ¿Te has fijado en que cuando llueve tan fuerte, no hay ni un solo pájaro que salga a volar?-. Ella va sentada en el asiento del copiloto. De cuando en cuando frota con su mano sobre el cristal desde el interior para retirar el vaho que se forma. -Me temo que esto va para rato. Odio las esperas. No tengo paciencia-. Él, se desabrocha el cinturón de seguridad y da golpecitos con sus dedos sobre el cuentakilómetros. -No tengo paciencia. Con esta puta lluvia no se podría ver ni a Godzilla si estuviese en mitad del puente-.
En la parte trasera un bebé duerme arropado por una manta. Hay un bolso verde del que sobresale una cabeza de un gato o un oso de peluche. Ella, delante, se descalza y levanta sus largas y delgadas piernas de la alfombrilla hasta situarlas en el asiento replegadas. Apoya la barbilla sobre las rodillas. Luego mira hacia atrás, al bebé, unos segundos, para volver a su anterior posición.
-Tu madre se cree que soy una perturbada. Noté como me miraba cuando hablaba durante la comida. Piensa que soy una insignificante criatura perturbada. Esas cosas se notan-. Él pasa los dedos de su mano derecha por los ojos con suavidad. –Estoy cansado para hablar de paranoias-. Del puente llegan los sonidos de más coches, esta vez de policía. Hay una larga fila de vehículos esperando en la entrada del puente y la lluvia cae, ayudada por la ley de la gravedad, sobre los capós revelándose como una harmoniosa poetisa del goteo. Él enciende la radio y trata de sintonizar una emisora. -Me pregunto por qué no salimos ahí fuera a escudriñar un poco. Es como si la lluvia nos advirtiese de algo-, comenta ella, que le pasa una mano a él por la cabeza. -Vaaaale. Déjalo-, dice él, apartándola.
-Tú no lo sabes pero cuando me fui a la cocina, a por un poco de agua para el biberón del bebé, cuando estábamos ya en los postres, tu madre apareció allí a los pocos segundos. Me miraba sin decir nada, y yo abría el grifo y llenaba el biberón de agua y ella mirando, de brazos cruzados, sin decir ni una sola palabra; luego le miré a los ojos, sin rodeos, y le dije, con la mirada, “dime lo que sea que estás queriendo decirme”, y ¿sabes que me comentó?-.
Ella vuelve a poner las piernas en la alfombrilla y comienza a describir líneas sobre el cristal empañado de su ventanilla. -Me dijo que el bebé tiene marcas en los bracitos y en las piernas. Me dijo que ella cree que le aprieto demasiado cuando lo tomo en brazos-.
Alguien golpea sobre el cristal del asiento del conductor. Él abre la ventanilla hasta la mitad. Un joven empapándose bajo la lluvia vestido con un chaleco reflectante aparece ante ellos; su gesto es difícil de distinguir porque apenas puede abrir los ojos por la lluvia. Lleva una carpeta de cuero negro sobre la cabeza haciendo las veces de paraguas, como un improvisado tejado de pizarra. Les comenta que se han quedado sin existencias de sangre para transfusiones y que necesitan voluntarios para donantes. Les dice que si están dispuestos, se encaminen hacia la entrada del puente, junto a las ambulancias y allí les darán mas información. Habla de un choque múltiple y de un camión de gran tonelaje que se ha llevado por delante a varios coches y un autobús urbano. El agua ha entrado en el coche como si fuese lo que siempre hubiese querido hacer; como si la naturaleza se hubiese enojado por no poder deshacer con la lluvia la chapa de los vehículos, ni siquiera deslucir los colores de sus carrocerías. Él cierra la ventanilla. El joven continúa con su labor golpeando en las ventanillas de los demás vehículos. A unos metros, de algunos coches se pueden ver bajando algunas personas. Caminan esforzadamente bajo la lluvia implacable.  Una de ellas parece llevar encima una caja de cartón a modo de cobertizo protector. Él busca en la bolsa verde de la parte de atrás algo con lo que cubrirse pero no encuentra nada que se ajuste y mira la manta que abriga al bebé. Aún cuando se afana por no alterar su sueño retirándole la manta, éste se desvela al primer movimiento y comienza a llorar. Él coge al bebé por la cintura y lo mantiene en el aire unos segundos hasta que se lo pasa a ella que lo coge con delicadeza y comienza a hacerle monerías. Él se cubre con la manta del bebé y abre la puerta del coche. Antes de cerrarla, la mira a ella y ésta busca también la mirada de él pasando por alto los lamentos del bebé y los sonidos de las ambulancias, en una coreografía del espanto, los lamentos que se mimetizan como si el bebé imitase a la ambulancia y viceversa en una escalada simétrica; con la lluvia elevándose entre todos los sonidos presentes, como si la lluvia dijese yo estaba aquí antes, antes del accidente, antes de este puente, antes de que vosotros hubieseis siquiera llegado a ser una especie, una civilización. Antes del antes. La lluvia donando todo cuanto es; cayendo en vertical desde lo alto.
Él cierra la puerta dejando atrás el Daewoo varado en la autovía, junto a cientos de ojos agazapados detrás de ventanillas que se encharcan. Ella consigue calmar al bebé y lo recuesta sobre sus piernas. Observa unas marquitas en la cintura: Los cinco dedos de él impresionados como un logotipo. Una paz le recorre el espinazo. Ella baja la camiseta al bebé y trata de buscarle a él en mitad de la lluvia paralizante. –¡Papáaaa! ¿Donde ha ido papáaaa?-




4.8.11

EL SOBRE


Un equipo especializado en cine documental realiza un seguimiento de la actriz Martha Goudental para una producción de un canal temático internacional. Martha ha rodado con los más prestigiosos directores de cine; la primera entrevista tiene lugar en una habitación del Le Méridien de Cannes, donde se aloja -recién llegada de Burkina Faso- para recoger el premio a mejor actriz del festival de Cine de la ciudad Francesa por su papel de Mildred Zochynsk, una camarera inocentona que roba un niño a una familia de su barrio porque ella es infértil. Martha saluda afectuosamente al equipo y toma asiento en una butaca estilo art decó. Alguien del servicio del hotel entra con una bandeja y un zumo natural de pomelo. En la misma bandeja hay un sobre. El joven de servicio del hotel le dice que han dejado el sobre en recepción para ella.

Entrevistador: Queremos saber cómo una mujer como usted lo consigue…

Martha: ¿Conseguir que? ¿Una mujer como yo? Explíquese.

E: Recién llegada de Burkina Faso y a punto de recoger el premio a la mejor actriz… Resulta intenso. Esa transición no parece fácil.

MG: Oh, lo de Burkina Faso ha sido una experiencia desoladora. Todos esos pobres niños que no llegarán nunca a los seis años o quizás ni a los cinco. Me limito a ser embajadora de buena voluntad de la ONU. Denuncio con mi presencia una problemática como la hambruna y la falta de vacunación y de agua potable. Esas personas tienen una mirada decepcionada y les debemos justicia. Yo se la devuelvo al mundo. O algo así.

E: O algo así. Mucha gente la ha criticado por un video…

M.G: No. No me hablen de ese video... No me… No sé. (Alguien de su confianza se acerca y le dice algo al oído. Martha le despacha con elegancia y sigue explicándose). Yo tomé al niño en brazos y no sé de qué manera extraña, fue muy extraño, resulta embarazoso para mí expresarlo, hmmm…, algo muy orgánico, pero cuando lo tomé en brazos, el contacto físico con su desnutrición me abrumó y súbitamente mi cerebro envió una señal a mis brazos y lo dejé caer. No fue algo deliberado. Es algo más instintivo. Lo que ocurre es que no estamos preparados para reaccionar como especie ante lo imprevisible y ese fue un acto imprevisible, en pura esencia. Han editado el video y sé que circula por internet el video editado. Cuando el niño cae al suelo yo tardo unos diez segundos en reaccionar pero sé, porque me lo han confirmado, que el video lo han editado y lo que han hecho es ralentizar mi tiempo de reacción, ¿comprende?, para sabotearme y hacerme parecer un gusano. Así es. Sin más. Tengo la conciencia tranquila y eso es lo único que ha de importarme.

Durante la entrevista en la habitación Martha pide acceder a internet. El hotel dispone de wifi en la habitación y Martha, junto al equipo y otras personas de su confianza, visiona el video y hace comentarios sobre el mismo. Su gesto resulta confiado y sereno.

Una de las maquilladoras que está en la habitación no puede evitar cubrirse la cara cuando en el video, Martha Goudental suelta al niño que acaba de tomar en brazos y éste, con señales muy evidentes de desnutrición, cae en el suelo de una cabaña de adobe donde fue tomada la grabación, en un poblado de la etnia Lobi. Martha bebe su zumo de pomelo lentamente sin apartar la vista del video y hace algún comentario. Entre otras cosas señala que una actriz de su perfil público debe tener algún truquillo para los momentos de flaqueza. Martha nos cuenta la historia del sobre que dice que recibe en todas las habitaciones de hotel.

MG: … Uno por la mañana, en el desayuno, y otro a ser posible por las noches. Yo misma escribo lo que hay dentro del sobre. Es un ritual. Me organizo para que desde recepción colaboren conmigo en este pequeño ritual. Así, yo, a mí misma, me escribo algún mensaje de apoyo o alguna perla Zen o Taoísta, no sé, algo así, una frase que me inspire, una fórmula de autoelogio y, sí, me ocupo de que me lo envíen en un sobre allí donde esté. Vaya que si me ocupo. Las personas que forman parte de su equipo de confianza sonríen. Un joven cierra el video de youtube una vez visto y busca videos sobre la última película por la que Martha será galardonada con el premio del festival de Cannes esa misma noche. En una de las imágenes de la película de Martha Goudental aparece ella llorando frente a un escaparate mirando juguetes de bebés bajo una intensa lluvia. El joven congela esa escena pulsando en el video el botón que dice “pause”.

Martha Goudental lee para sí misma lo que dice el sobre que le han traído esta mañana en una bandeja junto a su zumo de pomelo. Nos mira y sonríe. Acaricia lentamente, en un gesto reflexivo e impostado, el reposa manos de la butaca art decó en la que está sentada. Le pedimos que nos lo enseñe si no es indiscreción. Martha apunta que es un proverbio Africano. La grabación de esta mañana termina con el momento en que la cámara recoge lo que aparece manuscrito en la tarjeta que Martha ha sacado de un sobre blanco: “"Siéntate a la orilla del río y verás pasar al cadáver de tu enemigo".