GOD-ZILA
La lluvia cayendo sobre el cristal delantero del Daewoo haciendo apenas visible la carretera. A unos cien metros, la entrada del puente de hormigón que conduce al centro de la ciudad se encuentra bloqueada por unas tres ambulancias. Es difícil ver a través de los cristales lo que estaba ocurriendo fuera. Las gotas rebotan sobre las lunas del coche y forman constelaciones caprichosas y diminutos regueros camino del motor. -Me gusta seguirlas con el dedo. Pienso que ellas siguen la trayectoria que yo les marque y no al revés. Como si tuviese un imán en la punta de mi índice. ¿Te has fijado en que cuando llueve tan fuerte, no hay ni un solo pájaro que salga a volar?-. Ella va sentada en el asiento del copiloto. De cuando en cuando frota con su mano sobre el cristal desde el interior para retirar el vaho que se forma. -Me temo que esto va para rato. Odio las esperas. No tengo paciencia-. Él, se desabrocha el cinturón de seguridad y da golpecitos con sus dedos sobre el cuentakilómetros. -No tengo paciencia. Con esta puta lluvia no se podría ver ni a Godzilla si estuviese en mitad del puente-.
En la parte trasera un bebé duerme arropado por una manta. Hay un bolso verde del que sobresale una cabeza de un gato o un oso de peluche. Ella, delante, se descalza y levanta sus largas y delgadas piernas de la alfombrilla hasta situarlas en el asiento replegadas. Apoya la barbilla sobre las rodillas. Luego mira hacia atrás, al bebé, unos segundos, para volver a su anterior posición.
-Tu madre se cree que soy una perturbada. Noté como me miraba cuando hablaba durante la comida. Piensa que soy una insignificante criatura perturbada. Esas cosas se notan-. Él pasa los dedos de su mano derecha por los ojos con suavidad. –Estoy cansado para hablar de paranoias-. Del puente llegan los sonidos de más coches, esta vez de policía. Hay una larga fila de vehículos esperando en la entrada del puente y la lluvia cae, ayudada por la ley de la gravedad, sobre los capós revelándose como una harmoniosa poetisa del goteo. Él enciende la radio y trata de sintonizar una emisora. -Me pregunto por qué no salimos ahí fuera a escudriñar un poco. Es como si la lluvia nos advirtiese de algo-, comenta ella, que le pasa una mano a él por la cabeza. -Vaaaale. Déjalo-, dice él, apartándola.
-Tú no lo sabes pero cuando me fui a la cocina, a por un poco de agua para el biberón del bebé, cuando estábamos ya en los postres, tu madre apareció allí a los pocos segundos. Me miraba sin decir nada, y yo abría el grifo y llenaba el biberón de agua y ella mirando, de brazos cruzados, sin decir ni una sola palabra; luego le miré a los ojos, sin rodeos, y le dije, con la mirada, “dime lo que sea que estás queriendo decirme”, y ¿sabes que me comentó?-.
Ella vuelve a poner las piernas en la alfombrilla y comienza a describir líneas sobre el cristal empañado de su ventanilla. -Me dijo que el bebé tiene marcas en los bracitos y en las piernas. Me dijo que ella cree que le aprieto demasiado cuando lo tomo en brazos-.
Alguien golpea sobre el cristal del asiento del conductor. Él abre la ventanilla hasta la mitad. Un joven empapándose bajo la lluvia vestido con un chaleco reflectante aparece ante ellos; su gesto es difícil de distinguir porque apenas puede abrir los ojos por la lluvia. Lleva una carpeta de cuero negro sobre la cabeza haciendo las veces de paraguas, como un improvisado tejado de pizarra. Les comenta que se han quedado sin existencias de sangre para transfusiones y que necesitan voluntarios para donantes. Les dice que si están dispuestos, se encaminen hacia la entrada del puente, junto a las ambulancias y allí les darán mas información. Habla de un choque múltiple y de un camión de gran tonelaje que se ha llevado por delante a varios coches y un autobús urbano. El agua ha entrado en el coche como si fuese lo que siempre hubiese querido hacer; como si la naturaleza se hubiese enojado por no poder deshacer con la lluvia la chapa de los vehículos, ni siquiera deslucir los colores de sus carrocerías. Él cierra la ventanilla. El joven continúa con su labor golpeando en las ventanillas de los demás vehículos. A unos metros, de algunos coches se pueden ver bajando algunas personas. Caminan esforzadamente bajo la lluvia implacable. Una de ellas parece llevar encima una caja de cartón a modo de cobertizo protector. Él busca en la bolsa verde de la parte de atrás algo con lo que cubrirse pero no encuentra nada que se ajuste y mira la manta que abriga al bebé. Aún cuando se afana por no alterar su sueño retirándole la manta, éste se desvela al primer movimiento y comienza a llorar. Él coge al bebé por la cintura y lo mantiene en el aire unos segundos hasta que se lo pasa a ella que lo coge con delicadeza y comienza a hacerle monerías. Él se cubre con la manta del bebé y abre la puerta del coche. Antes de cerrarla, la mira a ella y ésta busca también la mirada de él pasando por alto los lamentos del bebé y los sonidos de las ambulancias, en una coreografía del espanto, los lamentos que se mimetizan como si el bebé imitase a la ambulancia y viceversa en una escalada simétrica; con la lluvia elevándose entre todos los sonidos presentes, como si la lluvia dijese yo estaba aquí antes, antes del accidente, antes de este puente, antes de que vosotros hubieseis siquiera llegado a ser una especie, una civilización. Antes del antes. La lluvia donando todo cuanto es; cayendo en vertical desde lo alto.
Él cierra la puerta dejando atrás el Daewoo varado en la autovía, junto a cientos de ojos agazapados detrás de ventanillas que se encharcan. Ella consigue calmar al bebé y lo recuesta sobre sus piernas. Observa unas marquitas en la cintura: Los cinco dedos de él impresionados como un logotipo. Una paz le recorre el espinazo. Ella baja la camiseta al bebé y trata de buscarle a él en mitad de la lluvia paralizante. –¡Papáaaa! ¿Donde ha ido papáaaa?-

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