23.12.15





 Me levanté de cama                                        Esta frase es mentira
Con una canción que no existe                      Informamos       
En la cabeza                                                         Que esta lectura es ilusoria
Olvidando que jamás tuve cabeza             Por favor, no siga leyendo

La cara oculta de la Luna                                          Usted se merece otra cosa
Está llena de huellas                                                   Nadie ha escrito esto
De pisadas de zapatos                                            Es usted un lector sexy
Vino de uva jamás pisada                                De todas formas
Vino de uva que en vez de ser pisada,           Sexy, y perspicaz
Pisaban la cara oculta de la Luna, todos esos pies    Deje de perder su tiempo

DJ X ha compuesto el primer tema musical    Creo que echan cosas en la televisión
Infinito                             Quizás tenga usted una pareja a la que llamar
Sonará hasta que el Mundo termine    Amigos a los que ver
y más allá                ¿Ha consultado su Facebook hoy?
La grabación va camino a la parte            Podría masturbarse
Oculta              Ir de compras
De la Luna                  Hacer ejercicio
Será nuestro legado, el sonido deslizándose, sin fin         Desayunar
Ni principio                          Mirarse al espejo

Los no nacidos no componen               Pensar en las musarañas
Los mejores discos jamás grabados            Pasear a su mascota
 No ruedan                               Escuchar a Love Of Lesbian
Las películas más bellas       ¿Qué opina de los hispsters?
No escriben       ¿Cree en el amor?
Los libros mejor trenzados    ¿LLeva ropa interior?
La pura posibilidad es      ¿Me da su número de teléfono?
Siempre         ¿Cómo puedo buscarlo en Facebook?
Mejor    ¿Ha leído a David Foster Wallace?

Los pechos nunca vistos               No me diga!
Los más excitantes        Tenemos tanto en común
Nunca me decía mi abuelo   Me alegro de que este no-poema

Lo no dicho suena más veraz        Haya permitido que nos conozcamos
Las conversaciones que nunca tendremos     Que interactuemos
Las que se despliegan en el teatro de una noche insomne    Su caída de ojos es fascinante
Tan perfectas y mucho más ciertas      Y su género es el adecuado

Nuestra relación es mejor      Sexual, digo
Desde que no nos vemos       Justo mi preferido
Ni hablamos, ni nos tocamos   Daría lo que fuese por sentir sus fuertes brazos
Sigamos así      Sí, soy una chica
Ofreciéndonos la mejor versión     Siempre lo he sido
De nosotros mismos: la ensoñación de nosotros mismos   Y usted un chico
Nuestras potencialidades   Que casualidad!
Puras   Mi color preferido también es el morado

El invierno no volverá          Y mi día preferido los martes
Se desangrará en nieve   Martes como hoy
Su lluvia no vertida   Vaya, yo también tengo el corazón roto
Mojará            No, lo mío duró solo dos años
La cara oculta de la Luna      Vaya tía cerda
Llenará de agua    Hacerte eso
Las pisadas           No, claro
Allí           Desde luego que no te lo mereces
Pequeños charcos eléctricos       Ser tratado así


El frío será un recuerdo    Yo jamás te haría eso


Siempre creemos que detrás de unas cortinas,     Te entiendo perfectamente
En una ventana    Te capto alto y claro
Debe haber algo    Te oigo, te escucho y me indigno
Algo necesitado de ser tapado   Yo jamás te haría eso
Cubierto                               Yo jamás te haría daño
En vez de nada                 Yo no soy como ella

Siempre creemos que las cajas fuertes contienen algo   Puedes estar seguro
Que en las casas vive gente   Nunca miento
Lo vacío se viste de fina lencería    Soy fiel


Que un vestido tapa a un cuerpo          Mi problema es mi credulidad
Y que un cigarrillo se consumirá   Estudié veterinaria
Que las balas perdidas nunca aciertan a nadie   Me encantan los animales


Las sonrisas viven en los párpados    Pero solo encontré este trabajo
Las palabras siempre huyen de ser dichas  Advertir de la inexistencia de poemas no escritos
Corretean a velocidad    A lectores despistados
Directamente proporcional          De insertar una nota a pié de página
A la verdad que engendran     Que revele que lo que parece

Mi distancia conmigo mismo      No es
Solo puede ser recorrida    Te llamaré, llámame, nos llamamos
Por otro      Que emocionante es esto!

21.12.15





¿Estás ya suficientemente loco para escribir?

David Shields afirma en “Hambre de realidad (Un manifiesto)" que no le interesa la ficción pura. Incluso duda de si existe, la ficción pura. Duda, también, de si existe el reportaje periodístico veraz.
Mirar es imponer la mirada sobre lo mirado. Las teleseries como Los Soprano fascinan al presentar un marco minuciosamente realista en sus caracteres, lugares, contextos, hábitats, para a continuación disolverlos, distorsionarlos, retorcerlos bajo tramas nada veraces; es en ese choque donde se produce la fricción y la chispa. Como construir un barco de madera en miniatura,  perfecto en sus detalles, y vadearlo en un charco. 

El tono lo es todo. La trama, nada (salvo que seas el jodido P.K. DICK).

Una novela es el subterfugio por antonomasia, la impureza perfecta, el disfraz de última hora. La novela es el arte del supermercado, de la calle, infestado de cucarachas, de baja producción, apto para ser reinventado mil veces. El cine y la música pop necesitan de lo real productivo, de las cifras, del oropel de lo físico. La novela solo de una mente dañada.

David Foster Wallace no escribe literatura; o no solo. Ya nadie escribe literatura. La literatura es pieza museística, como la Ópera o los Folletines. Se le llama literatura por convención, comodidad y ganas de no liar las cosas. La literatura funcionaba por economía expresiva; por no decirlo todo. Por enlazar elipsis y parecer que decía más de lo que decía. La literatura era un anciano recordando su vida, sentado en el parque, alimentando las palomas, el olor de sus ropas, sus cuencas húmedas, las manos como ramas secas de árbol:. Y esos recuerdos solo eran invenciones y deseos. Nabokov escribía tratados psicológicos subjetivos de personajes, visiones enjauladas en un ojo con nombre y apellidos: su maestría consistía en lograr que pareciese la realidad compartida, no un delirio solitario.
Los post modernistas tratan de ofrecer el pack completo, con un ojo puesto en los media. Los media no son literatura y cualquier intento de reflejar el input omnívoro de los media es otra cosa. Y esto es una cuestión de historicidad, no de calidad.

El pop es un altavoz para que todos hablen. La implosión deviene en una onda expansiva hacia dentro. Las partículas del mundo están fabricadas por los media de una forma aún no aclarada. Toda la obra de Wallace es un intento de puentear ese agujero negro entre el individuo y los media, entre el yo y la iconosfera. Sus personajes conversan con media y media no contesta, a  su vez. O contesta demasiado. Las capas de información no sustituyen al viejo significado: lo aplastan.
Es un proyecto de intento de diálogo con las voces que salen de debajo de las cosas como hormigas. Es un intento serio condenado al fracaso. 

El pop es la lengua franca de los creadores que miran por la ventana: es una actitud dicharachera, desprejuiciada, anti-elitista. También una asunción de la imposibilidad de escribir de otra manera.
No es modernista hablar de Internet, o de grupos de pop, o de media: eso sería costumbrismo.
La pereza de las etiquetas; les cuesta pulsar forward, actualizarse, formatearse.
Es modernista, a día de hoy, usar el lenguaje de los media. Los media han reescrito el código de nuestros cerebros.

Lo que no está tan claro es si se puede ser no-modernista: retroceder por pura fuerza de voluntad.
Nadie escribía sobre calesas en el S.XVIII para resultar “a tope de decimonónico”. La modernidad no es un deseo o una aspiración, es un fondo dado.

La explosión conceptual nos hace redefinirnos como glosadores, utilizadores, recicladores de una red semántica en metástasis. Las relaciones entre personajes, la introspección psicológica, el “yo-creo-siento” son sustituidos por la relaciones de los personajes con los media, la explosión psicológica y los “¿yo-percibo?”

La duda como forma de conocimiento. La epifanía como delirio. Llamarles a los santos locos y conectarse, enchufarse a la duplicidad de puntos de vista, a árboles de decisión interminables.
La realidad no significa nada: es una exageración, una hipérbole: nadie está a suficiente altura para verla, de existir. 

 La narrativa post moderna inserta conceptos- sean tecnológicos, científicos, matemáticos, sociológicos- en sus ficciones, como si estos estuviesen ya asimilados por un público lego: en esa fricción- de anticipación- vive el disfrute del lector avisado.
Todo es cuestión de avisos: de bromas, de estar en el ajo, de camarillas, de acontecer en el mismo lugar mental.

El escritor que pretende ser (a) histórico, demodé, neutral, retro, despoja sus textos de datos. Pretende que “la historia hable por sí misma”, etc. Los datos son la piedra de toque de la narrativa contemporánea y el uso de estos la decisión más importante que ha de tomar un escritor a la hora de encarar su obra. El escritor que pretende obviar los datos, el saber acumulativo, la cita descontextualizada, el patchwork, se olvida de que lo espontáneo nunca acontece en los mimbres de lo buscado.

Si Hollywood realiza remakes de películas de hace treinta años es porque entiende el valor del reciclaje: todo cambia para que todo siga igual. La pura trama no es suficiente; todo es cuestión de tono (o de efectos especiales)

Al igual que el público ya no acepta anticuados efectos especiales; tampoco el lector acepta puntos de vista limitados: el narrador debe saberlo todo, aunque no use este conocimiento previo. En un mundo saturado de información, el novelista está obligado a tomar algún tipo de postura axiomática, a atisbar la vastedad aunque solo sea para negarla. De no hacerlo, bien podría escribir con una pluma de ganso, aquejado de demencia senil.

Nunca somos más grandes que nuestra época. El paradigma es el agua del chiste de los peces de Wallace. Tratar de describir esa agua en la que existimos, fue su ambición declarada.
Escribir es un dialogo con el signo de los tiempos y este suele (auto) invitarse a la fiesta.
Los géneros no tiene alma: son putas que se venden por un puñado de monedas. El intento de trascender el género es pura inmodestia, alarde arrogante. El género solo se trasciende sin querer.
Los géneros son meros contenedores; quien trate de hacerlos contenido, fracasará miserablemente.
La introspección psicológica ya no puede usarse como si las personas viviesen en un mundo sin media. La psique humana fagocita todo lenguaje y con él construye su propia interioridad. Imposibilidad de desentrañar un procesador/receptor de mensajes simbólicos, sin hacer referencia a los propios mensajes simbólicos dados.

Los media no son inocentes nunca: tampoco necesariamente perversos. Los media somos todos; y algo más.

Usar un criterio de calidad artística según la capacidad subversiva de una obra corre el riesgo de crear un mercado predispuesto y predestinado a una teórica subversión: la subversión es un accidente, o no es.

La vanguardia no debe ser confundida con un valor por sí mismo. La vanguardia auténtica no se siente como tal: es un producto de una nueva expresividad, de una necesidad de decir lo que aún no se ha dicho, de abrir nuevas vías y articular nuevos discursos. Todo arte es comunicación desplazada y en ese desplazamiento crea nuevos estados de conciencia en el receptor. La verdad riqueza deviene de ese desplazamiento. Lo estático es irrelevante. Cualquier obra que necesite de un aparato explicativo mayor que ella misma, es estática: necesita de demasiado y, por tanto, es demasiado poco.
El arte es una proyección individual que trasciende su propia individualidad y crea comunicación y en ese crear significado compartido es más individual que nunca: paradoja del artefacto.









2.11.15

Y si el polvo....?






Un libro, quizás, debería ser la medida de nuestra ignorancia. Alumbrar una parte del mundo que ya conocíamos y revelar el oscuro resto, ese mar de ignorancia personal, de desidia privada, de desorden agrupado. La literatura como enser perfectamente fútil, en la medida que solo nos hace ensanchar más y más la posibilidad, la posibilidad como una gangrena, un cáncer intratable que devora nuestro cerebro, lentamente, día tras día en los que nos perdemos en un universo de potencialidad y cifra pues, la cifra, es el resultado de una mente ociosa e improductiva. Sí, nuestras vidas se apañan bastante bien sin cifras, sin hipótesis magnéticas sobre lo posible, sin versátiles puzles llenos de invenciones y medias verdades, sin el resonante punto de vista de un individuo que fantasea y crea laminados cauces de significado y sentido no comprobado. Nos levantamos, desayunamos, trabajamos, jugamos y nos enamoramos sin deber nada al Dios de las cifras, los datos, la ensaimada de descripciones, el vergel denotativo de la narración, el plúmbeo zafiro de los adjetivos como alas insertadas sobre las cosas. Respiramos e inspiramos sin tener por qué traducir nuestra esencia en conceptos y abstracciones como jaulas de rejas titilantes.
Las palabras como moléculas formando oraciones de síndromes, y los signos clínicos las comas y puntos que fragmentan nuestra enfermedad vertida, vomitada sobre papel. El primer amor alumbrado e inventado en una narración de fuegos artificiales y fatuos. Las carreteras, en los libros, metáforas rectilíneas y, por ello mismo reconfortantes, de adioses y holas y giros y mutaciones y permutaciones de la experiencia, y no como esas superficies asfaltadas y ornamentadas de señales de tráfico ridículas, no como ese espacio prefijado, marcado, ribeteado por quita miedos de borde capaz de seccionar una pierna sin esfuerzo. Los rostros dejan de ser el poso inmediato y tangible de las personas, esa oscura tranquilidad en la que nos reflejamos, un pasaporte enmarcado en pelo y ángulo de ojos brillantes en cuyo fondo percibimos un igual y le dejamos conducirnos a sitios, traer a nuestros hijos al mundo, explorar nuestros cuerpos manchados por la enfermedad, arreglar nuestros vehículos hurgando en sus tripas cromadas y empapadas de grasa y aceite. Dejan de ser caras, y se transforman en mapas, señalizaciones, balizas, artificios topográficos de ningún lugar y de todos, componentes de tecnología cárnica donde el espíritu es invadido por descargas de cifras y más cifras. Usamos las cifras, ceros y unos, para enmarcar un estallido de cólera, una tarde de domingo sentados en la terraza mientras el sol se enciende cada vez más- ¿parará algún día?- en el que la muerte parece un asunto digno de los dominicales esparcidos a nuestros pies, una epifanía en la hora del café en la oficina donde algo relacionado con la dulzura del brebaje  nos recuerda que aún debemos rellenar algunos años más antes de…

Sí, la literatura, en contra de lo que suele decirse, es pura ciencia, armada de hipótesis y conexiones, de datos y ecuaciones. Solo en la literatura las causas se concatenan, inexorablemente lógicas, y es la vida real la que a veces nos sorprende un conocido que termina con su matrimonio y se siente indiferente, o mejor incluso. ¿Se imaginan algo así en el claro y luminoso y omnívoro mundo de la ficción? ¿Esa oportunidad desechada, esa negación del drama, esa postración del espíritu a favor de la homeóstasis?
La gente nace y muere, y vive por en medio. Se enamoran y traen otros seres al mundo. Plantan árboles y decoran el salón. En algunas partes del mundo los disparos suenan y no evitan los cuerpos, las balas, que se alojan en ellos tomándolos como huéspedes, encharcándoles con su cuerpo de metal. Y, en cambio, los escritores vagabundean en los restos, los charcos de tinta de periódicos aplastados en el suelo, los vagones de trenes de asientos aún calientes y residuos de los viajeros con prisa por salir, los corrales abandonados y cercados por una malla de alambre y las plumas en la tierra fangosa. Los escritores husmean en las copas mediadas situadas en barras de discotecas de música desbordante de sonido, en los servicios siempre iguales de iguales paredes blancas y urinarios como setas adosados a ellas, en la indescriptible necesidad de los cuerpos danzantes, perlados de sudor, tan vivos que desean algo de muerte dentro, agitándose y contoneándose rítmicamente y elevando los brazos al unísono como para ser vistos desde arriba, desde algún arriba que no existe, que es solo techo y hormigón encerrándolos y aplastando sus miradas nacientes para que se queden en sus iris dilatados. Los escritores vadean las corrientes migratorias en la gran ciudad, ayudados por mapas de metro y guías turísticas plastificadas, destripan los centros neurálgicos donde la información nace para expandirse y no perdurar, fagocitan las mesas de los despachos cuajadas de documentos y memorándums que nadie entiende realmente, hackean ordenadores personales reflectando  los momentos muertos donde su usuario compone una versión de sí mismo expuesta e indecorosa, los vídeos pornográficos, los juegos de cartas on-line, las fotos familiares sonriendo a vete a saber qué pervertido, qué intruso fijando sus acerados ojos sobre ellas, creyendo que puede llegar a comprender al hombre que se masturba, sentado en su silla ergonómica, admirando una pantalla muerta pero reluciente, asistiendo a la homilía de la privacidad compartida, al vago afán de conexión  del semen coagulándose sobre su pene ya en retirada sobre los sísmicos movimientos de una felación videodifundida,  y donde otros como él, diferentes pero iguales, también verterán su propia simiente.
Los escritores llegan a las fiestas cuando estas ya han terminado y todos duermen esparcidos por las esquinas, y aíslan la basura llena de botellas y colillas, de preservativos y pañuelos de papel biodegradable, de compresas manchadas de menstruo y cajas de galletas, y con todo ello componen un relato de lo ocurrido, de los amores naciendo y muriendo, de las vibraciones de miradas que se desovan sobre otro, de la amargura de un pensamiento lúcido de las tres de la mañana sobre la propia vida, hasta que la ebriedad ahoga toda sabiduría no deseada y uno se sirve otra copa para lanzarse definitivamente sobre la pira de la inconsciencia indolora,  de las canciones sonando algo más tristes de lo habitual, como si supiesen algo que el resto no sabemos y adaptasen sus ondulaciones a la atmósfera ritual sobre la que despliegan sus mantras. Pero con todo ello, los escritores perderán cualquier intersticio, cualquier movimiento no registrado sobre los detritus, los pasos que deambulan por las habitaciones admirando las fotos familiares sobre las mesas de noche, el tacto como preámbulo de otra cosa de una piel dormida, la dulzura de abrazarse uno mismo apoyado en la cocina henchido de amistad y camaradería y la copa olvidada en la formica, el sol anunciándose por el anuncio que es la ventana singular y más allá la carretera donde los primeros coches pasan, como naciendo allí mismo, animales de metal y cromo, partiendo a pintar con sus discretos y estilizados esqueletos el cuadro de una autopista atestada. 

Los verás haciendo eses, embriagados creyendo que han dejado testimonio veraz, cuchicheando entre sí como cucarachas, emborronando cuadernos trufados de tonterías, mientras la vida, la verdadera vida, ríe y sigue adelante, componiendo sinfonías anodinas, olas que besan la playa con labios salados, granos de arena que se deshacen a razón de un milímetro por año, nubes que se disfrazan de otras nubes hasta desparecer nadie sabe dónde, desiertos que juegan con el horizonte a esconderse, perros tumbados en camas mirando llover por la ventana y sintiendo en la densidad de su pelaje la frialdad que conllevan esas perlas translúcidas. 

Una multitud saliendo por la boca del metro y diseminando su calor, uniéndolo a otros , en las calles. Los semáforos imperativos charlando con los peatones que se miran arracimados en dos grupos, y un niño en la esquina siente la ilusión de que cuando se ponga verde, los dos grupos se abalanzarán, uno sobre el otro, con lanzas y espadas. Las palomas levitando levemente para los mendigos de latas oxidadas y carteles conmemorativos de su miseria, faquires con alas mostrando trucos para hacer reír a quien no comerá hoy. El traslado de un libro por manos de curiosos, aquí y allí, de sección en sección, llevado en volandas de manos descuidadas pero cariñosas, hasta que al final del día el librero lo pone de nuevo en su sitio, y la jornada termina y cierra la librería. Y sus pasos se pierden, en las calles.

1.10.15

LA FELICIDAD






Me despierto.

Hace un momento estaba dormido y ahora estoy despierto y quizás ese será mi mayor cambio hoy. Me despierto, sí, pero no abro los ojos: los mantengo cerrados. Sé qué voy a ver si los abro. Y tan solo quiero retrasar la visión de mi cuarto, sucio y desordenado, iluminado por la luz de un sol que entra gracias a una persiana rota que no sé arreglar.
Me despierto y no abro los ojos, para que el mundo siga siendo oscuridad y calma.
Abro los ojos y veo mi habitación, sucia y desordenada. Me duele la cabeza y mi aliento se derrama, fétido, por mi boca. Logro sentarme en la cama y pongo los pies en el suelo, pisando un libro abierto. Enciendo un cigarrillo, aplicando la llama de un mechero bic verde al extremo donde no hay filtro; chupo con ansia del otro extremo. 

Fumo.

La ventana de persiana rota me informa que luce un sol abrasador, amarillo y despótico. Lo normal en un 8 de agosto. Es mi cumpleaños. Cumplo 37 años. Me llamo Juan Flores Ladera. De niño mis compañeros se reían de mis apellidos y me ponía motes.
Juanito Florecilla.
Juan Floripondio.
Juan Ladera Marica.
No eran muy ingeniosos. Años después, en una reunión de ex alumnos, descubrí que:
·         3 eran reponedores de gasolina
·         4 eran adictos a la heroína. 1 a la metadona
·         8 camareros
·         2 testigos de Jehová. 1 mormón. 2 legionarios de Cristo.
·         4 comerciales de: tuberías, canalones, muebles de cocina y productos de limpieza
·         14 amas de casa. 1 cajera de Supermercado.

Yo soy aspirante a escritor y trabajo eventualmente en una empresa de limpieza y mantenimiento. Me ayuda a pagar el alquiler, las facturas y algún libro de vez en cuando. Y cigarrillos.
Voy al baño y me miro: la cara del otro lado me mira, indiferente, siendo una buena imitación de mí. Me lavo los dientes, rápida y eficazmente. Escupo el agua y los restos de pasta de dientes y me desnudo. Me ducho y el chorro de agua caliente me hace pensar que todo irá bien. El agua caliente siempre me trae pensamientos positivos. Calientes y positivos.
Me visto, vaqueros y una camiseta blanca. Chequeo mi teléfono móvil: ningún Whatsapp nuevo. Las caras de mis contactos escrutan la nada, perdidos en la esfera virtual. Vivo solo, sin mascotas o compañeros de piso. Creía que me gustaba la soledad; que iba conmigo, pero a estas alturas empiezo a...sentirme solo. Llevo 3 años viviendo solo. Antes vivía con mi novia. Con mi ex novia. Clara. Hasta que me dejó y se marchó. Llevábamos juntos 8 años y aún me avergüenza recordar cómo le supliqué. Cómo estuve casi un año enviándole mensajes de texto, de Whatsapp, e-mails, mensajes de Facebook, cartas de toda la vida de papel y boli y desesperación….todo fue inútil. Al principio Clara me contestaba amablemente. Luego empezó a contestarme de forma neutral. Al final me amenazó con denunciarme por acoso y me rogó que la dejase en paz. Yo le contesté que la quería. Ella no me contestó y, reuniendo todo mi valor, bloqueé su cuenta de Facebook, borré su dirección de e-mail, su número de teléfono (que sabía de memoria, igualmente), su Twitter, tiré a la papelera su nueva dirección de correo…un día, hace 2 meses, me crucé con ella por la calle. Iba con un chico moreno, musculado y lleno de tatuajes, y el chico no era yo. Clara tampoco parecía Clara. Se había cortado el pelo y en sus ojos había una nueva luz que interpreté como la luz de la felicidad. Estaba radiante. Yo estaba borracho. El chico moreno estaba tatuado. Me saludó, Clara, y su sonrisa era una mariposa hermosa según salía de su boca, se transformó en un escorpión venenoso al alcanzar mi cara. Me dio 2 besos, sin llegar a tocarme de verdad, y me presentó al moreno. El moreno me dio la mano, sin sonreír, y sus ojos decían claramente “pringado. O sea, ¿este? Pfeeeee”, pero su boca solo dijo “encantado”. No parecía encantado. Parecía hostil y lejano e indiferente y aburrido. Me tambaleé un rato mientras la pareja me miraba y nadie decía nada. El silencio pasó, entre los tres, chillando “INCOMODO-INCOMODO-PERO-QUE-INCOMODO-SOY”, con voz de tenor de Ópera. Yo pensaba en cuántas cervezas había bebido. Hacía una cartografía de las bebidas que había consumido en las últimas horas. Clara y su nuevo novio se despidieron  de mí y me quedé parado en la calle, como un monumento etílico al desamor. Luego entré en otro bar y añadí más alcohol y mi borrachera se hizo fuerte en mi interior.  Mi borrachera sustituyó la tienda de campaña por una mansión con yacusi y piscina, dentro de mí.

 Al día siguiente me desperté en un portal en el que nunca había estado, ni debería haber estado ni creo que vuelva a estar.

El portal siguió llamándome durante mucho tiempo: pero fui firme y claro y le dije que lo sentía. Que había sido cosa de una sola noche.
Que no quería hacerle daño.

Hago un café y enciendo más cigarrillos, mientras espero que el café suba, negro y caliente, y pueda introducirlo en mi interior. Por las mañanas necesito el golpe mullido y experto de la cafeína. La cafeína sabe qué necesito, dónde lo necesito, pero ignora el por qué lo necesito. Solo cumple su función, sin preguntarse por qué aviva mi sistema nervioso y lo pone en marcha. Soy un tipo nervioso, siempre lo he sido,  pocas veces logro sentirme relajado. De niño no paraba quieto y mis padres y mis profesores solían mirarme, pensando que no me daba cuenta, como si fuese una máquina estropeada que ejecutaba funciones no pedidas y traqueteaba cuando debería estar quieta. Muy pronto sentí que era una decepción para los demás. Mis notas en el colegio eran de una mediocridad abrumadora. Era desordenado y el caos me seguía como una sombra. Cuando llegó el momento de decidir una profesión, una carrera, me matriculé en Filosofía. Me pasé 5 años aprendiendo sobre la Nada, el Ser y la Nada, la Nada y el Ser y el Ser siendo Nada. Descubrí que aquel sujeto de bigote de morsa y mirada penetrante se llamaba Friedrich Nietzsche y que había anunciado la muerte de Dios. Dios estaba muerto y el paro nos esperaba a todos y cada uno de nosotros, mientras discutíamos si la existencia precede a la esencia o era al revés. Dios estaba muerto, pero nuestro futuro laboral no tenía mucho mejor aspecto. En la sección de ofertas laborales del periódico no aparecían anuncios pidiendo un especialista en Wittgenstein, con conocimientos de Escolástica Medieval y manejo de Office. El futuro planeaba, por entonces, sobre nuestras cabezas llenas de Kant y Hegel, con las alas rotas y el motor ardiendo. Y así fue: la sorpresa fue que no hubo sorpresa. Me licencié y no encontré ningún trabajo vagamente relacionado con la Filosofía. Un día me llamarón por teléfono y me citaron para una entrevista laboral, en una empresa de limpieza. Llegué a la dirección de “Limpio e Higiénico S.L.” con 3 horas de adelanto. Paseé por las inmediaciones hasta que llegó el momento de entrar. Una secretaria me hizo pasar a un pequeño despacho. Al rato entró un señor bajito, de fino bigote, calvo, parecía una reliquia de las películas de la transición que veía de niño. Hasta dudé de si no habría viajado en el tiempo, hasta 1972, el Caudillo estuviese en el poder y Alfredo Landa persiguiese suecas ligeras de ropa en la Costa Brava. El anacronismo humano se presentó como Señor Buenaventura y me hizo varias preguntas.

 ¿Toma usted drogas?
No (sí)
¿Cree que limpiar escaparates es una labor por debajo de sus capacidades? No (no sabía lo era; no lo creía)
¿Le gusta trabajar en equipo? Sí (No)
¿Considera más importante la disciplina o la puntualidad?
Ambas, pero si tengo que quedarme con una, diría….la disciplina. Abarca, de alguna manera, a la puntualidad. Como que la subsume (la palabra subsumir fue un claro error, Buenaventura arrugó su bigotillo con indudable disgusto)
 ¿Ha escuchado la expresión “tan limpio que los pájaros se golpean contra el cristal”?
Por supuesto, continuamente (jamás).
El señor Buenaventura me miró atentamente, dejando que sus dos ojos se llenasen de mí hasta rebosar.
Contratado, dijo. 

Desde entonces trabajo 4 días a la semana limpiando escaparates de tiendas con Miguel, mi compañero. Miguel tiene casi 80 años y por algún motivo continúa trabajando. Miguel nunca habla. Cuando le pregunté a Dolores, la secretaría de la empresa, si era mudo, Dolores me dijo que no. Que había jurado voto de silencio, hacía muchos años.
Miro la pantalla del ordenador, coagulada de archivos, fotos y símbolos de programas de ordenador. Está todo hecho un desastre aquí dentro, pienso. Debería borrar cosas. Poner otras en su lugar adecuado. Limpiar todo este barullo. Luego miro los calcetines y papeles que hay en el suelo de mi pequeño salón y se me quitan las ganas de ordenar dentro de mi ordenador. Me parece inmoral ordenador el ordenador y dejar lo de fuera desordenado. La realidad debería ir primero, pienso. Luego pienso si lo de fuera es más real que lo que hay dentro del ordenador. No dentro, sino adherido virtualmente. Me resulta complicado conceptualizar la cuestión. Bebo de mi segunda taza de café, para que la cafeína haga sus cosas dentro de mi cuerpo, agite mi sistema nervioso, lo sacuda y llene de energía y dinamismo. Enciendo otro cigarrillo, para acompañar el café, y que juntos, la cafeína y la nicotina, esas primas químicas, hagan sus cosas mezclándose, potenciando sus efectos en mi interior. Entro en Internet, pero no entro realmente en ningún sitio ¿Me conecto? No encuentro la palabra. Abro mi cuenta de Facebook y el pequeño cuadrado, situado en la esquina izquierda de mi cuenta de Facebook, soy yo: mi foto, me mira con cara seria y preocupada. Me miro a mí mismo, encerrado en un pequeño cuadrado virtual, con mirada seria y preocupada. Me pregunto en qué estaría pensando, cuando me saqué esa foto. Esa foto me la saqué ayer, justo en el sitio donde estoy ahora mismo, en esta silla, delante del ordenador. Levanté mi teléfono móvil e hice clic en una pestaña con forma de cámara de fotos. Luego miré el resultado: era yo mirando a mi teléfono móvil. Luego la puse como foto de perfil. Pero no recuerdo qué pensaba ayer, mientras me sacaba la foto. Se llaman selfies, sí-mismos, y la gente los usa constantemente. La gente se saca fotos a sí misma, selfies, y algunos de esas fotos las usan como fotos de perfil de sus cuentas de Facebook, y otras, no. A veces la gente también se saca fotos desnuda, posando sensualmente, eróticamente, y se las manda a sus parejas o conocidos con los que desean tener algún tipo de relación sexual. Las parejas o conocidos abren entonces las fotos, sin saber qué son, y se alegran viendo a sus parejas o conocidos desnudos, insinuándose sexualmente, solo para ellos.

Miro mi pantalla de ordenador, sin pensar en nada. Dejo que los puntos y símbolos y gráficos de mis archivos y fotos de mi escritorio me hipnoticen.
Pienso en mi vida. En cómo se arrastra penosamente hacia su final, día tras día.
Pero ni siquiera siento desesperación. Bostezo; una vez leí que bostezamos para ingerir oxígeno extra y no dormirnos cuando tenemos sueño, pero no sé si es verdad. Quizás debería buscarlo en Google.
Miro mi cuenta de Facebook. Es mi cuenta y me hace sentir que existo. Miro cuentas de otras personas. Las de mis amigos primero, luego las de mis conocidos, luego las de conocidos de conocidos y, al final, miro chicas que no son mis amigas de Facebook, porque son guapas o tienen fotos en bikini.

Vuelvo a bostezar. Enciendo otro cigarrillo. Me miro en una pantalla, en una imagen donde miraba a otra pantalla.

De repente un anuncio aparece en mitad de la pantalla, tapando lo que estaba mirando. No leo las letras y casi no me fijo en la cara sonriente que me sonríe o, al menos, sonríe a quien sea que esté mirando la pantalla, en el molesto anuncio. Automáticamente clico en la pequeña X de la esquina del anuncio. El anuncio desaparece y puedo, de nuevo, ver el muro de Facebook. Un conocido aparece en una foto y miro la foto. Mi conocido aparece sonriendo y pasando su brazo por la espalda de una chica que está a su lado, muy pegada, también sonriendo y pasándole a su vez su brazo por la cintura a mi conocido. La chica es muy guapa: sus rasgos ondulan, suavemente, hasta estabilizarse en una morfología erótica y atractiva; atractivamente erótica.
La foto de mi conocido tiene 83 Me Gusta.
La foto de mi conocido Le Gusta a Adrián Alfares, Pitita De, Country 38, Yo de Tú No lo Haría y 80 personas más.
Hay 19 comentarios, bajo la foto de mi conocido con la chica eróticamente atractiva. El primero, leo, “Vaya PAREJONA!!!!!!!!!!, para cuando niños?? Wapos!!!!!!!”, y está escrito por María Arce Pedrada. La foto de perfil de María Arce Pedrada muestra a una chica no muy agraciada, sonriendo mucho, con un gorro rojo, gafas de sol tintadas y nieve a su espalda. Pienso que debería poder haber una forma, en Facebook, de darle a Me Gusta a los Me Gusta de otras personas. Algo sucede y me encuentro pensando que ojalá mi conocido y la chica atractivamente erótica se cayesen por la barandilla de madera que hay a sus espaldas, en la foto de mi conocido. Que sus cuerpos ahora sonrientes y enamorados se despeñasen, de alguna forma, por la ladera de cortantes piedras, y pereciesen en lo fondo del barranco. Me arrepiento al momento. Me pregunto de donde ha salido ese vil pensamiento.

Le doy a Me Gusta a la foto de mi conocido. Me congratulo de su felicidad. Me alegro por él, sentado en una silla, enfrente de mi ordenador, vicariamente.
Ahora la foto tiene 84 Me Gusta. Todo va bien, me digo.
Quizás debería escribir un e-mail a la empresa Facebook y proponerle mi idea de los Me Gusta en otros Me Gusta. Veo, en mi cabeza, un Me Gusta con más Me Gusta. A Pedro Somosierra Le Gusta la foto de Paquito Bombero y a 89 personas Les Gusta el Me Gusta de Pedro Somosierra. Veo una legión de Me Gusta Gustando a más Me Gusta. Una orgía de Me Gusta llenándolo todo. El anuncio de antes vuelve a aparecer y vuelve a interrumpir mi visión del muro de Facebook. Esta vez sí leo su contenido, enfadado, impaciente. No sé por qué leo.
Leo.
“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ENHORABUENA, ES USTED  NUESTRO VISITANTE NÚMERO 300.001! HA GANADO NADA MENOS QUE 30.OOO EUROS!!!!!!!”
Hay más letras, en mayúsculas, con muchos signos de exclamación, pero no las leo. Clico en la esquina del anuncio, en la X.
El anuncio desaparece: no he ganado 30.000 Euros.
No soy el visitante número 300.001 de ninguna página de Internet.
Quizás tenga un virus. No yo,  el ordenador. Antes, hace mucho tiempo, muchos años, los virus mataban a gente. A gente real. La gente se moría por culpa de los virus, languidecía y rápidamente perdía la vida. En otros sitios lejanos, otros países, la gente sigue muriéndose por culpa de los virus. Pero aquí los virus que nos preocupan atacan a los ordenadores. Los ordenadores se vuelven locos y dejan de ejecutar sus programas y subprogramas adecuadamente. Los ordenadores enferman y tienen fiebre y empiezan a comportarse de forma extraña y bizarra.
El anuncio vuelve a aparecer y esta vez me cabreo de verdad. Estoy cabreado y mi teléfono móvil hace el ruido que hace cuando alguien usa su propio teléfono para llamarme. Lo miro, miro la hora, las 10:20 A.M., y nadie me llama nunca a las 10:20 A.M. Miro la pantalla, un número aparece, al lado de una figurita más pequeña en forma de teléfono verde. Que la llamada sean dígitos me indica que: a) es un número que no tengo memorizado en el directorio. No es mi jefe, ni mi madre, ni mi hermano, ni un amigo, ni un familiar lejano que ha decidido que ahora que el cáncer lo consume va a legarme todas sus posesiones, ni nadie que, básicamente, conozca, y b) se trata de un teléfono fijo, con un prefijo que desconozco.
Los prefijos se usan para situar geográficamente un número de teléfono fijo.
Los teléfonos fijos son los dinosaurios de la comunicación: pasados, pesados, incómodos, a punto de extinguirse, les resulta difícil desplazarse.
Los teléfonos móviles son como pajaritos exóticos: livianos, dinámicos, aletean y van a todas partes. Nadie sabe desde dónde llamas, con ellos. No necesitan prefijo.
El prefijo es 91. Me suena. El teléfono insiste, no el mío, otro diferente que no está aquí.
Alguien realmente desea hablar conmigo: reacciono a la desesperación del que llama y pienso en si debería contestar.
No contesto.

Clico la X de la esquina y el anuncio desaparece. Aparece de nuevo a los pocos segundos. Me cabreo más. Clico la X de la esquina y clico la X de la página y aparece mi viejo, desordenado escritorio. Me tranquiliza la abigarrada geografía que lo puebla. Me fijo en una foto del escritorio. Estoy en una playa, en la foto, entrecerrando los ojos por el sol, con un cigarrillo en la mano. Ahora también tengo un cigarrillo en la mano. Pero no entrecierro los ojos ni luzco bronceado.
Solo un cigarrillo me une a mi pasado. Un cigarrillo que se consume, además. Aplasto el consumido cigarrillo en el cenicero, junto a muchos otros cigarrillos consumidos.
Aplasto mi pasado, que deja de humear y de consumirse. Mi pasado desaparece y vuelve de nuevo al pasado al que pertenece.
Tomo aire.
Respirar: inspirar, espirar. Pienso si hay algo por el medio, entre inspirar y espirar: probablemente no.
Probablemente es como abrir y cerrar: dos acciones inversas, la una el reverso perfecto de la otra. Sin nada entremedias.
Abro internet de nuevo. Me conecto de nuevo: la barra de Google  me ofrece, toda blanca y vacía, un mundo de posibilidades infinito. Un infinito mundo de infinitas posibilidades ante mí.
Me mareo un poco ante el infinito mundo de posibilidades ante mí y bendigo la época que me ha tocado vivir.
Puedo pedir lo que se me plazca, en la red: comprar una segadora, si me place. Encargar un juego de té completo.
Puedo escribirles a otras personas. Otras personas pueden escribirme a mí, a su vez. Nos comunicaríamos, entonces, y la distancia no sería un problema o inconveniente de ninguna clase.
Puedo comunicarme con un empresario Chino, si quiero.
Puedo comunicarme con un analista de sistemas informáticos Ucraniano. Con un jardinero Checo. Con una ama de casa de las Islas Caimán.
La red me ofrece una serie de infinitas posibilidades y yo solo debo elegir una de ellas.
Soy un monarca todopoderoso y mi reino se extiende en la pantalla de un ordenador.
Mis dedos pueden clicar y enchufarme al mundo.
Si hubiese nacido en la Baja Edad Media ya habría sobrepasado mi esperanza de vida en 3,8 años. No tendría dientes. Me mataría a trabajar en el campo, sin seguro médico. No podría entrar en una página de contactos y tratar de quedar con una desconocida para tener sexo casual y sin obligaciones. Me pasaría la vida con la misma mujer, mientras ambos nos caemos a pedazos y trabajamos de sol a sol, sin seguro dental.
Escribo en la blancura del buscador “F” y aparece automáticamente, debajo:
Facebook
Fb
Flipar
Forúnculo
Fandango
Clico, con autoridad, “Facebook”: se abre mi cuenta de Facebook.
El teléfono vuelve a hacer el sonido que indica que alguien me está llamando y mi atención se divide entre la página de Facebook recién abierta y el teléfono móvil sonando.
Mi atención se estira todo lo que puede y casi se rompe, por la tensión.
Debo ocuparme de un solo asunto.
Miro Facebook.
No contesto al teléfono. Son las 10: 30 A.M y nadie me llama a esa hora, pero la persona que llama no lo sabe y me llama a esa hora.
Me cabreo un poco. Clico el símbolo de un teléfono rojo pequeño en la pantalla de mi teléfono grande de verdad. Corto la llamada y el teléfono enmudece. He colgado a la persona que me llamaba insistentemente. Le he mandado un mensaje con ello: deja de molestar. No quiero hablar contigo. Espero y deseo que la persona que llama entienda mi mensaje y deje de llamar.
El anuncio aparece de nuevo y curiosamente no me cabreo. Me lo esperaba, de alguna manera.
Leo.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PONGASE EN CONTACTO CON NOSOTROS INMEDIATAMENTE PARA FACILITARNOS SU NÚMERO DE CUENTA CORRIENTE Y LE INGRESAREMOS INMEDIATAMENTE SUS 30.OOO EUROS. NO ES UNA BROMA. REPETIMOS: NO ES UNA BROMA, JUAN FLORES LADERA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Yo soy Juan Flores Ladera. No me voy a poner en contacto con nadie. No he ganado 30.000 euros. Quizás no sea una broma, solo una especie de estafa inocente e idiota. Al final del anuncio hay un número de teléfono y sus números encienden una chispa en la yesca de mi cerebro y se enciende el fuego de la memoria. El número me suena.
El número es 91 88 66 22.
Miro la pantalla de mi móvil y aparece 91 88 66 22, en Llamadas Perdidas. Pero no son Llamadas Perdidas. No perdí las llamadas, las ignoré: son Llamadas Ignoradas. No es que ahora esté buscando desesperadamente mis Llamadas Perdidas: están dentro de mi móvil. No están perdidas.
Ahora sé quien me estaba llamando. Miro el anuncio, pero ya he leído todo el texto mayúsculo, situado entre exclamaciones. Los palos alargados de las exclamaciones son rectos y perfectos y alzan una fascinación sobre las palabras.






Hoy no tengo que trabajar y recuerdo que vivo en una ciudad grande, llena de personas y actos culturales y cines y diversiones. Pienso que debería ocuparme en buscar la forma de pasar mi tiempo libre y desocupado. Pienso que debería empezar a hacer las gestiones necesarias para divertirme. Pienso que debería investigar y gestionar adecuadamente mi tiempo libre de hoy. Clico en la X del anuncio para cerrarlo y el teléfono suena. No necesito mirar qué número aparece en la pantalla. Desisto y como tantas veces, rendirse no trae la inacción. Me rindo y hago algo: aprieto el símbolo del pequeño teléfono verde y nace una línea. Un puente colgante me conecta con alguien y ambos nos balanceamos en él. Somos equilibristas en la cuerda floja. Un precipicio se abre a nuestros pies y la negrura del fondo es lóbrega y eterna. Eternamente lóbrega.
- ¿Sí?- hablo situando el teléfono al lado de mi cara. Me embarga una sensación de intimidad con el teléfono. El teléfono acaricia los pelos de mi barba, en la zona de la cara que toca el teléfono. La carne y el plástico y  el níquel se tocan y se dicen cosas. Pero no sé qué cosas se dicen.
- ¿Hola? ¿Es usted Juan Flores Ladera?- la voz que sale del teléfono es de género femenino. La voz que sale del teléfono suena como si llevase un vestido rojo, zapatones de tacón y perfume.
Me siento intimidado por la feminidad de la voz.
- Sí: soy Juan Flores Ladera. Y no he ganado 30.000 euros, ni soy el visitante 300.001 de ninguna página Web, ni voy a darle mi número de cuenta corriente para que me ingresen los 30.000 Euros- Me escucho a mí mismo y me puntúo de cero a diez, en las casillas de Seguridad, Aplomo, Firmeza y Asertividad.
Seguridad: 8
Aplomo: 7
Firmeza: 9
Asertividad: 10
No está mal. Nada mal. Me he mantenido Seguro, Aplomado, Firme y Asertivo.
-Pero, Señor Flores. Ha ganado…
-Mire, estoy muy ocupado. De verdad. Parece usted una buena persona, tratando de hacer su trabajo, que es que incautos le den sus números de cuenta para vete a saber qué. Seguramente todo esto no haya sido idea suya, pero voy a colgar- cuelgo. Lo que digo se convierte en lo que hago: la coherencia de ello me sume en un lago de placer. Decido empezar a hacer las cosas que digo, justo después de decirlas, más a menudo.
Abrazar el peluche de la coherencia. Elegir el camino recto.
Dejo el teléfono en la mesa. En mi Facebook hay un 1 en rojo, en la bandeja de mensajes. El teléfono dice ping: un mensaje de texto ha llegado. Veo el mini-sobre, el sobre de tamaño ínfimo, en la pantalla. Un sobre que David El Gnomo podría haber cerrado con su lengua de gnomo y llevado con sus pequeñas piernas a una oficina de correos del tamaño de una casita de muñecas.
 No sé qué mensaje abrir primero. Han llegado muy juntos, casi al mismo tiempo. Enciendo un cigarrillo, porque me apetece y para ayudarme a reflexionar: fumo.

Termino de fumar.
Abro el mensaje de texto, apretando con mi dedo el sobre ridículamente pequeño de la pantalla del teléfono. Pienso que tocamos más a las máquinas, que clicamos más sus superficies, de los que nos tocamos los unos a los otros. Ya nadie se abraza, pienso, pero al momento sé que eso no es cierto. La gente se abraza todo el rato, todo el tiempo. Se abrazan en la calle, en la televisión las personas prácticamente se fusionan, constantemente, con grandes y amorosos abrazos. Deseo que alguien me abrace ahora. Que alguien esté conmigo aquí y me achuche. Pero no hay nadie. Clara me viene a la cabeza. Luego su nuevo novio tatuado y moreno me viene a la cabeza. Se acuestan en mi cabeza. Tienen sexo bueno y salvaje en mi cabeza. Tengo ganas de llorar.
“Señor Flores. Soy Sara, la secretaria de Ramón Ortega, dueño de la empresa “Innovaciones Alucinantes en la Red S.L.”. Y necesito desesperadamente ponerme en contacto con Usted o, que al menos, que me dé su número de cuenta. Estoy desesperada. Necesito ingresarle su dinero o mi jefe me despedirá. Usted ha ganado su premio. No hay trampa de ninguna clase. Hable conmigo, Me llamo Sara Tejada Blanco”, dice el mensaje de texto.

Abro mi bandeja de Facebook y el 1 en rojo desaparece: ahora estoy en el mensaje. Leo el remitente: Innovaciones Alucinantes en la Red S.L.
Leo el mensaje: el mensaje es exactamente igual al que ahora descansa, recuperándose del esfuerzo de ser leído por mí, en mi teléfono móvil.
Los 2 mensajes son exactamente iguales y solo leo el segundo mensaje por encima. Compruebo que son iguales y no gasto mi tiempo releyendo lo mismo otra vez. El tiempo es oro, dicen.
El tiempo no es oro, pienso: el tiempo es tiempo.
Son las 11: 05 A.M. Decido salir a dar un paseo. Decido salir de Internet. Salgo de Internet presionando varios botones de mi teclado. Cierro la página de Facebook. Apago mi ordenador. Mi teclado es negro y bonito y serio: ejecuta las órdenes que le doy.
Me pongo una chaqueta fina de color negro y salgo de mi piso.
Bajo dentro del ascensor. El ascensor es marrón y huele a perro mojado y a pis seco. No me tapo la nariz y dejo que ambos olores le digan a mi cerebro: hola. Saludan a mi cerebro y mi cerebro frunce la nariz, asqueado.
Salgo del ascensor. Salgo a la calle. En la calle el calor trata de quemar mi piel. Ve mi blanca y pálida piel y trata  que se vuelva roja. Nunca me pongo moreno. Solo me quemo y mi piel se pone roja y me duele, al acostarme. Busco las sombras y las sombras se apartan de mí, cruzan la calle y me sacan la lengua desde allí. Es una conspiración entre el sol y las sombras: ambos quieren que mi piel se queme y se ponga roja.
Camino sin destino, despacio, con las manos en los bolsillos y los bolsillos en los pantalones. Todo encaja. Los coches ascienden la calle, que es una pendiente hacia arriba. Los coches suben con esfuerzo, hasta perderse de vista. Noto algo extraño pero no sé de qué se trata. La gente me mira, me parece. Pienso que tal vez, desde la última vez que evalué mi propia cordura, haya habido algún cambio. Quizás algo se ha roto dentro de mi cerebro y mi cerebro vea cosas que no están ahí. Como si tuviese una película en él, solo para mí. Un film que no corresponde con lo de fuera. Paranoia, me digo.
La paranoia es creer que el Universo conspira contra uno.
La paranoia es creer que el pájaro que te cago encima, en tu chaqueta nueva, lo hizo adrede: porque eras tú.
La paranoia te hace creer que ese pájaro, unas horas antes, tumbado en la cama de un sórdido motel del centro, fumaba y estudiaba tu foto. Miraba tu foto y memorizaba las líneas de tu rostro: eras su objetivo.
Alguien había contratado a ese pájaro y le había dado una fuerte suma de dinero. Le había dado tu foto para que te cagase encima. Para que fueses su objetivo.
Un pájaro-sicario.
Quizás me haya vuelto un paranoico esquizofrénico.
La esquizofrenia significa “mente dividida”. Tener 2 mentes al mismo tiempo.
Debe ser confuso, decido.
Luego decido que no es en absoluto confuso. Que todo es muy claro: me asusto. Me pregunto, si es que realmente me he vuelto loco de atar, cuando ha sido.
¿Esta mañana al levantarme?
¿Esta mañana un rato después de levantarme?
¿Ayer por la noche al acostarme?
Recuerdo que anoche me sentía un poco esquizofrénico paranoide. Ahora que lo pienso. Quizás fue en ese momento.
No creo que tenga importancia cuando haya sido. El momento exacto en que mi mente se dividió en dos. Entonces me digo a mí mismo que debo estar muy atento a todo, a todos, a mí mismo, para confirmar si me he vuelto loco. Pienso que quizás no sea buena idea. Que será peor.
Que será como alimentar el fuego de la locura: echar más leños a la hoguera de la esquizofrenia.
Pero la gente sí me mira. Veo sus ojos mirándome. Y como me miran, yo les miro a ellos. Nos miramos, al pasar. Luego ellos siguen su camino y yo, el mío. Son caminos diferentes.
Me doy cuenta de algo más: me sonríen. Sus caras se relajan al verme. Sus ojos se avivan como ascuas al verme. Sus bocas dicen: hola. Yo no digo hola con mi boca. Me siento como si fuese el protagonista de la película “El Show de Truman”. Vi “El show de Truman” con Clara. En casa, no en el cine. El cine es grande y hay otras personas. Nuestro piso era pequeño y no había otras personas: solo ella y yo. Recuerdo que Clara vestía un jersey viejo lleno de renos. Los renos también miraban “El Show de Truman” y parecía gustarles.
La historia del “El Show de Truman”: Truman es un hombre normal en un pueblo normal. La gente conoce a Truman y Truman conoce a la gente. Todos se dicen hola con la boca, unos a otros. Pero un día un satélite cae del cielo. Unos extraños hombres se llevan el satélite roto. Truman escucha cosas extrañas en la radio de su coche. Truman se da cuenta de que todos mienten y fingen. Su esposa miente y finge. Su mejor amigo miente y finge. Su madre miente y finge. Su jefe miente y finge.
Truman descubre que vive en un plató de un programa de televisión. El plató de televisión tiene la forma de su pueblo. Todos son actores. Él no es actor. Todo el mundo ve su programa. Algunos incluso ven su programa metidos en la bañera. Truman nunca ha salido del plató de televisión en forma de pueblo. Truman se siente mal y se escapa del plató de televisión. El director del programa no quiere que Truman se vaya y trata de retenerlo: lanza tormentas de mentira contra la barca de vela de Truman, pero Truman esquiva las tormentas de mentira y sale al exterior. La película se acaba.
Clara dijo que la película era interesante porque un actor interpretaba a un hombre que no sabía que estaba en un programa de televisión: dijo que era todo muy meta. Que al terminar la película el actor de verdad dejaría de ser Truman pero siempre se sentiría, desde entonces, un poco Truman, en el fondo. Que llevaría a Truman consigo por toda la eternidad.
Yo dije que el actor era Jim Carrey. Que Jim Carrey ya tenía bastantes problemas encima. Que los problemas lo surcaban como si él fuese el mar y los problemas barcos de vela.
Jim Carrey sufre Depresión Clínica, le dije a Clara.
Clara me miró.
Jim Carrey siente a veces que la vida es un amasijo de pena y sinsentido aliñada con desesperación, le dije a Clara.
Jim Carrey hace reír a todo el mundo mientras siente que la vida es un amasijo de pena y sinsentido aliñada con desesperación, le dije a Clara.
Jim Carrey cuenta chistes y todo el mundo se muere de la risa mientras él desea morirse de verdad, le dije a Clara.
Clara no dijo nada: me miró con tristeza. Como si yo también fuese triste. Como si yo también sufriese de Depresión Clínica.
Como si fuese Truman y nuestro salón un plató de televisión con forma de salón.
Mi teléfono móvil hace ping en mi bolsillo, pero no lo saco y pulso con mi dedo el pequeño sobre de su pantalla para leer mi mensaje.
Una señora mayor me sonríe al pasar. Yo no le sonrío al pasar.
Una niña de ocho años me sonríe al pasar. Trato de sonreírle  pero una mueca desfigura mi cara: mi cara actúa por su cuenta y no tiene ganas de sonreír. Mi cara está paralizada. Se ha estropeado en la posición Apagado y solo muestra un gesto neutro y mortecino. Pienso que me gustaría que mi cara sonriese.
Llego a la biblioteca de la ciudad. La biblioteca se alza sobre el asfalto, alcanza los tres pisos y está llena de libros.
La primera planta es la sección infantil y juvenil: nunca entro ahí. No soy un niño ni un joven. No tengo hijos ni jóvenes a mi cargo. Ningún familiar se estaba muriendo de una enfermedad grave y me pidió, llorando, que cuidase de sus hijos cuando él no estuviese. Ningún familiar chocó con su coche contra un camión y dejó a sus hijos huérfanos y tuve que hacerme cargo de ellos.
Nunca me acosté con una mujer sin tomar medidas, ni puse mi semilla en ella y 9 meses después tuvimos un hijo al que pueda llevar a la sección infantil y juvenil de la biblioteca.
Soy un humano que no ha legado su código genético: eso es egoísmo. Eso es como decir que me resulta indiferente la pervivencia de mi propia especie: la especie humana.
No he puesto mi granito de arena. No he colaborado. No he puesto mi semillita, un mini yo de semen, en la tierra fértil que es la vagina de una mujer: si todo el mundo fuese tan egoísta y desconsiderado como yo, la humanidad se agotaría.
La humanidad sería como un lecho de un río que se va secando, hasta que solo queda un hilillo de agua.
El hilillo de agua puede penetrar a otro hilillo de agua, que está muy cerca de él, procedente de otro río que también se está secando. Juntos pueden crear un tercer hilillo de agua, que creará más hilillos de agua, hasta que el río vuelve a su cauce.
Si yo fuese ese último hilillo de agua, dejaría que el sol evaporase mi cuerpo. Estaría demasiado ocupado pensando en mí mismo, viendo películas y mirando mi ombligo.
El mundo se quedaría seco y sin agua, por mi culpa.
La sección infantil y juvenil es un misterio para mí. Los niños y jóvenes entran y salen de ella. Los libros infantiles y juveniles son un misterio para mí.
En el segundo piso están los libros sobre ciencias. Nunca entro, tampoco. No sé nada sobre ciencia. La ciencia es precisa y clínica. Pienso en ciencia y veo una sala de operaciones quirúrgicas donde hombres cortan y examinan el mundo.
El mundo se revuelve de dolor. Los científicos siguen estudiándolo, hasta que pierden a su paciente: el mundo muere. La luz de la sala es fría. La luz de la sala es como nieve hecha luz.
Como si alguien hubiese metido puñados de nieve en un saco y los hubiese transformado en luz fría.
Veo científicos metiendo sus puñados de nieve en un saco, para iluminar operaciones quirúrgicas científicas.
Nunca entro en la sección de ciencia. Los libros de ciencia deberán pasar sin mí.
Voy a la tercera planta: la de literatura. Me gusta la literatura porque es mentira. Todo es mentira, en la tercera planta. Libros llenos de historias inventadas. Nadie muere, ni nace, ni sufre ni se alegra.
Los cánceres son de mentira. Los accidentes son de mentira.
Por cada uno de los libros de la tercera planta, un hombre se sentó en una silla: su cerebro le decía cosas y él las apuntaba. Inventaba cosas hasta que eran suficientes para un libro. Ahora sus mentiras están en la tercera sala. Entro en la tercera sala. Antes he tenido que subir las escaleras. En las escaleras había una chica: una chica joven y morena. Es hermosa y baja las escaleras y las escaleras la dejan bajar.
Las escaleras no son hermosas: solo son peldaños unidos unos a otros. Solo me parecerían hermosas si fuese una termita hambrienta.
No soy una termita hambrienta. Solo piso los peldaños porque hacen que mis pies asciendan. Mis pies me sitúan en la tercera planta. Miro los libros y sus títulos.
Libros que veo:
“Verónica decide morir”, de Paulo Coelho.
“Tus zonas erróneas”, de Wayne Dyer.
“Haciéndote cargo de ti mismo”, de Digus Freger
“El poder del ahora”, de Eckhart Tolle
No conozco ninguno de esos títulos. Miro un cartel y el cartel me informa de la sección en la que estoy: “Manuales de Autoayuda”.
Me parece una buena idea: auto-ayudarme. Preferiría que alguien me ayudase. Auto-ayudarme suena un poco a falso.
Suena a esforzarse. La palabra ayuda suena a que alguien hace cosas por ti. Cosas que tú no quieres hacer. De todas formas, decido, auto-ayudarme me vendría bien.
Decido que necesito algo de ayuda para mí mismo: solo me tengo a mí mismo. Decido ayudarme. Ojeo los libros.
Leo los títulos de los capítulos de los libros.
Leo.
“Cómo hacer que los demás piensen como tú”
“Cómo presentarte ante los demás como una persona sana e independiente”
“Cómo influir a los demás sin que sepan que les estás influyendo”
Leo.
“Cómo influirte a ti mismo sin saber que te estás influyendo a ti mismo”
“Cómo ser una persona maravillosa todo el tiempo”
“Cómo superar un cáncer terminal sin perder la sonrisa”
“Cómo conquistar el aprecio y el respeto de todo el mundo sin esforzarte ni comprar regalos”
“Cómo ser independiente y no volver a necesitar a otro ser humano nunca más”
“Cómo sobrevivir a un holocausto nuclear sin dejar de lado tu yo interior”
“Supera tus traumas: una guía para perdonar genocidas”
“Lo tienes, pero no sabes dónde lo has dejado: recupera tu niño de 2 años interior”
“Asesinato: no es la solución. Entiende a tu pareja Bipolar y reíros juntos de sus pequeñas locuras”
Leo
“Cómo superar el pánico a la ablación”
“11-S. Cómo olvidarlo y dejar de pensar en todas las víctimas cayendo al vacío, enfrentadas a la difícil decisión de morir ardiendo por las llamas o explotando sus cuerpos contra el asfalto”
“Aprende a usar la eutanasia emocional: deja atrás tu desamor y aprende que cualquiera puede llenar el hueco vacío de tu corazón sin importar su credo, estado civil, historial psiquiátrico, edad, ideología, altura, peso, aspecto fácil o número de miembros amputados”
“Vive el AHORA ahora”
Leo
“Cómo vivir cada día como si mañana fuese a haber un Holocausto centrado en tu raza o credo”
“Cómo influir a la gente, hacer amigos, provocar envidia y ligarte a la mujer de tu mejor amigo y que este siga jugando contigo al squash”
“El poder Del AHORA: cómo no desperdiciar ni un solo segundo de tu vida y hacer que todos y cada uno de ellos sean inolvidables y eternos”
“El AHORA ayer: cómo hacer las paces con tu pasado y usar el poder del AHORA en él”
“Sí, te violaron ¿Y? La resilencia no es una región turística Italiana: descúbrela”
La chica guapa que antes bajaba las escaleras aparece a mi lado.
Estamos en la sección de autoayuda. La chica ha debido volver a subir las escaleras que antes bajaba: porque ahora está aquí.
Pasa algo extraño.
La chica se ha pegado a mi cuerpo; roza mi brazo: mi brazo roza el suyo. Su brazo es caliente y firme. Hay mucho espacio en la sección de autoayuda, pero la chica se ha pegado a mí. Ha invadido mi E.P.
E.P. es mi Espacio Personal. Todos tenemos un Espacio Personal. Un país imaginario que nos circunda. Una zona que nos aísla y nos protege los unos de los otros, hábilmente diseñada para no tocarnos entre nosotros.
Porque tocarnos sería terrible.
Quizás la chica no se dé cuenta de que está invadiendo mi E.P. Me aparto un poco para que no se sienta incómoda: nuestros E.Ps se separan e individualizan de nuevo. La chica se acerca a mí: nuestros E.Ps son uno solo de nuevo.
La chica alcanza un libro y su brazo frota el mío, al hacerlo. Huele a madreselva y jazmín. Yo huelo a sudor y a tabaco rancio. La chica viste un pantalón vaquero cortado a la altura de sus muslos: sus piernas son largas y esbeltas y morenas.
Sus piernas deben llevarla allá donde quiera ir.
Lleva una camiseta blanca ceñida. Sus pechos se translucen un poco, debajo. La geografía de sus pechos es rotunda y escarpada. Dos laderas iguales apuntando al cielo. Su cara es un ovalo perfecto dividido por una nariz respingona, en el medio.
La nariz respira. Me sonríe, la nariz.
Me mira y me sonríe, la chica.
A mí.
 Me siento como si estuviese en una película porno. Una película porno de las antiguas, de las que tenían argumento y escenas de transición no-sexuales. Es lo que parece esto ahora: una de las escenas de transición no-sexuales. Es agradable, pero me asusta.
Tengo miedo de la chica.
 La biblioteca ahora parece otra: un escenario donde cualquier cosa puede suceder.
Miro los libros de autoayuda.  Auto-ayudadme, les suplico mentalmente. Los libros de autoayuda no me auto-ayudan. Se quedan muy quietos, en sus estanterías.
No sé cómo auto-ayudarme.
Cojo uno de los libros. Me sorprendo pensando que quiero que la chica sexualmente deseable se ponga normal y se vaya. Me sorprendo deseando que todo sea normal y como siempre: lo normal es que las chicas sexualmente deseables que me cruzo en la biblioteca permanezcan a muchos metros de mi E.P.
Lo normal es que las chicas sexualmente deseables protejan su E.P. personal con uñas y dientes.
Cojo un libro para disimular. Para que todo vuelve a ser como antes. Para que todo vuelva a ser deprimente y triste y miserable como antes: me encuentro deseando que las chicas vuelvan a permanecer a muchos metros de distancia de mi E.P.
He cogido “El poder del AHORA”: quizás sea una señal. Me concentro.
Pido en silencio que el poder del AHORA me ayude. Me concentro.
Veo un AHORA, creciendo en mi cabeza. Llenando mi cabeza. Mi cabeza es AHORA.
Yo soy AHORA. El tiempo es AHORA. Los relojes se paran en AHORA.
La chica me sonríe. Sus senos me sonríen, señalando al cielo.
Sus senos no son AHORA.
Ni su boca.
Ni su piel de plástico y porcelana.
Ni su pelo.
Ni sus piernas, tan eficientes y torneadas y saludables y morenas.
La chica se pega aún más a mí, de alguna manera: nuestros E.P.S. toman una copa e intiman. Nuestros E.P.S. se van a vivir juntos a un piso de protección oficial y los domingos dan románticos paseos por un polígono industrial cercano.
Se me cae de las manos “El poder del AHORA”: el AHORA estalla y se rompe en mil pedazos de pequeños AHORAS. Hay AHORAS por todas partes, ahora.
Pisamos los pequeños AHORAS, rotos.
- ¿Quieres venir a mi casa a tomar un café?- dice la chica. ME dice la chica.
- ¿AHORA?- me oigo decir a mí mismo.
No hay nadie más en la sección de libros de Autoayuda de la biblioteca. Todos están en la sección de libros de No Autoayuda: no quieren auto- ayudarse. Viven sin ayudarse a sí mismos, chapoteando felices en su ausencia de cuidados. Felices de no acunar sus bebés interiores: sus yoes interiores sin podar crecen como hierba de San Juan.
La chica habla y dice que se llama Clara 2. La chica no ha podido decir eso. Clara 2 no es un nombre. Solo sería un nombre adecuado si ella fuese una especie de robot.
Como R2d2.
Intento no pensar en Star Wars.
 Pienso en Star Wars.
 No hay que pensar en Star Wars, cuando una mujer sexualmente deseable te habla, o te mira, o está cerca.
Todo el mundo lo sabe.
Es inútil: C-3PO ya ha entrado en mi cabeza y hace “TOC TOC ¿hay alguien ahí?”, con sus nudillos metálicos y dorados.
Erredós-Dedós hace BIP BIP BIP.
Clara 2 no ha podido decir que se llama Clara 2: pienso que estoy sufriendo una alucinación auditiva.
Mi mente dividida y esquizofrénico-paranoide escucha cosas por su cuenta.
Mi mente loca crea cosas porque sí.
Mi mente ya no es una estación repetidora, un reproductor de la realidad: se ha puesto creativa.
Se ha aburrido de hacerme llegar la realidad circundante. Rellena espacios. Adereza las cosas con el aliño de la psicosis.
La chica que no ha dicho que se llama como mi ex novia +2 y yo bajamos las escaleras de la biblioteca. Salimos de ese templo del saber. Los libros agitan sus hojas y se despiden de nosotros.
La chica me sigue sonriendo. Andamos. La gente nos sonríe: la chica les sonríe a la gente que nos sonríe y estos nos sonríen un poco más.
Flotamos en sonrisas. Las sonrisas son un gran lago que nos baña. Un líquido amniótico. Nos espolvorean con sonrisas.
La chica dice que justo vive al lado de la biblioteca. Y que ya hemos llegado: señala un portal.
Sonríe. Saca las llaves. Abre la puerta del portal. Subimos y abre la puerta de su piso.
Ponte cómodo, dice. Voy a ponerme cómoda, dice.
Me deja en un salón enorme. Mira los libros y películas y discos, si quieres, dice. Y se va, a ponerse cómoda.
Miro los discos y películas y libros: están todos mis preferidos. Los que más me gustan.
Mis escritores preferidos.
Mis directores preferidos.
Mis músicos preferidos.
Me siento en su sofá y es comodísimo. Me siento cómodo y me alegra porque la chica dijo que me pusiese cómodo: lo estoy cumpliendo.
Enciendo un cigarrillo y en vez de sentirme débil, culpable y temeroso del cáncer de pulmón, solo siento placer. El sofá se hunde, suavemente, bajo mi culo.
La chica vuelve. Se ha puesto un vestido que termina muy muy pronto. Más que un vestido, es un anuncio de vestido. Parece que en cualquier momento el vestido va a decir “y ahora viene el vestido. Yo solo soy un adelanto”. Es un tráiler del vestido. Todo cinética, explosiones, tiroteos y emoción.
Estoy cómoda, dice la chica.
Estoy cómodo yo también: estamos cómodos.
Pone uno de los discos y resulta que es el preferido de mis preferidos. Se agacha para ponerlo: su culo es un paisaje verde, lleno de vaquitas, flores, prados y ríos claros. Mi sofá es un mirador. Suena mi disco preferido y la chica me prepara una bebida: vodka con naranja. Me pregunta si me gusta y resulta que es mi bebida favorita de todas.
Se sienta a mi lado. Aspiro su perfume. Tenemos una conversación interesante y profunda. Nos gustan las mismas cosas. Sintonizamos de verdad. No hay silencios incómodos. Los silencios son cómodos: se posan en nuestros labios, tranquilos y serenos. El aire entre nosotros es nuevo y fresco.
¿Nos estamos enamorando un poco o es mi esquizofrenia paranoide inventando sensaciones, viviendo su vida loca dentro de mi cabeza?
La chica toma la iniciativa. No solo la toma: la asalta. Me besa. Un beso son dos labios uniéndose bajo la égida del deseo. Sus labios son húmedos y calientes.
Le toco los pechos. Le toco todo lo demás. Su cuerpo es barro nutritivo y mis manos se hunden en él hasta el fondo. Mis manos se curan, ahí dentro.
Hacemos el amor no sería correcto para describir que hacemos: el amor nos hace a nosotros. Nos cambia y mejora. Nos formatea en una versión 2.0. Salimos de sus fauces embellecidos y hermosos.
Estamos desnudos y fumamos cigarrillos lánguidamente, muy lejos de cualquier dolor o pena. Mi semen se escurre entre sus muslos. Sus fluidos gotean de mi miembro agotado y feliz.  Siento que podría escuchar los 40 Principales y que ello no estropearía este momento. Ni siquiera eso.
Si mi pene es feliz, yo soy feliz. La felicidad es un pene feliz, abastecido y mimado.
La felicidad y el pene están interrelacionados de la siguiente forma:
- Pene contento: felicidad
- Pene triste: no felicidad
La sencillez lo aclara todo: convierte el mundo en una fiesta llena de invitados que se dicen te quiero y beben champán del caro.
La chica me mira, con sus ojos almendrados. Tiene las pupilas dilatadas y eso significa que le gusto mucho.
La chica me dice que me quiere. Que se está enamorando de mí. Le digo lo mismo porque lo siento, no porque ella lo haya dicho primero.
Hablamos de más cosas profundas e interesantes. Volvemos a follar y es aún mejor que la primera vez: nuestros cuerpos empiezan a conocerse de verdad. La primera vez se decían “hola, ¿qué tal?” y ahora ya se tutean. Sus pezones y mi boca sellan pactos secretos. Sus pechos son nata líquida y se derrama sobre mí. Su sexo es el estribillo perfecto de la canción perfecta sonando en el momento perfecto. Su trasero, agua fresca cayendo de la cascada más hermosa del mundo, bajo un atardecer de primavera fotografiado por el mejor fotógrafo del mundo.
Su cuerpo es un templo a profanar. Soy un diablo menor y profano: profano mucho. Profano todo lo profanable allí. Pero no hay castigo: DIOS mira mi profanación y dice que todo está bien.
Me meo en el agua bautismal del templo y está bien.
Destrozo las vidrieras góticas a pedradas y está bien.
Tiró el Jesús en su cruz y está bien.
Quemo el púlpito con gasolina y está bien.
Hago heridas en nuestros cuerpos que no sangran ni duelen. Heridas buenas, que curan todo. Heridas curativas.
Penetro todo lo penetrable.
Las horas pasan y por una vez no son algo a olvidar: son libros incunables. Son destellos eléctricos. Al final debo irme, para que cuando vuelva a verla, sea todo más emocionante.  Nos decimos adiós con un beso. Me da su teléfono: se lo devuelvo. Solo necesito su número, para llamarla. Me da su número. La confusión nos hace mucha gracia. Tenemos el mismo sentido del humor.
Somos almas gemelas. La mitad que nos faltaba. Mi otra mitad está buenísima, pienso, mientras bajo las escaleras que me llevan a la calle. Estoy en la calle y la camino.
Cómo caminar: poner un pie y luego otro. Avanzar. Estoy avanzando en la vida, está claro. La gente me sonríe y, esta vez, les devuelvo las sonrisas: se las cojo de la boca, recién nacidas, pequeñas, abriendo sus pequeños ojillos de sonrisas-bebés, las estiro hasta hacerlas más grandes y se las devuelvo.
Mi teléfono suena. Contesto sin pensar. Descuelgo y hablo: es Sara Tejada Blanco
- Hola vieja amiga- le digo
- ¿Hola?- titubea. Esperaba una bofetada verbal y obtiene una caricia de mis labios.
- ¿Mi número de cuenta, verdad? Es el 2227397254-0938-00. Banco Sinentender.
Hay un silencio y luego más palabras. Las palabras acuchillan el silencio, que se muere desangrado.
- ¡Muchas gracias, Señor Flores!
- Llámeme Juanito Florecilla, o Juan Floripondio, o Juan Ladera Marica. Que ya hay una confianza.
- ¿Perdón?
-Perdonada.
Me tienta contarle a  Sara Tejada que me acabo de enamorar, pero no digo nada. La discreción siempre ha sido mi debilidad.
- No sabe cómo se lo agradezco Señor Juanito Florecilla. Mi jefe, el Señor Ortega, no para de dar vueltas y llorar en su despacho. Es usted la sexta persona que gana nuestro premio y ninguno ha querido aceptar el dinero. El señor Ortega no para de decir, desesperado, que no estamos cumpliendo nuestra promesa. Que no estamos entregando nuestros premios. Que una empresa seria y prospera dedicada a Internet debe dar dinero a los visitantes número 100.000, 200.000, etc. Temía que cayese en una depresión clínica, si nadie aceptaba el premio. Como Jim Carrey, ¿sabe?
- ¡Sí! Jim Carrey sufre una depresión clínica. Poca gente lo sabe.
- Efectivamente, Señor Juan Floripondio ¡Es usted muy culto!
- Oh, por favor, es usted muy amable, Señorita Tejada.
- ¿Sabe, Señor Juan Ladera Marica? No debería contarle esto, pero es que su voz me inspira tanta confianza….tengo un pequeño problema. Verá, soy ninfómana, aparte de secretaria en Innovaciones Alucinantes en la Red S.L. Me da mucha vergüenza y apuro contárselo.
- No se preocupe. Yo, hasta ahora, no he hecho otra cosa en la vida que cagarla- confieso.
- Oh, qué comprensivo es usted ¿Le gustaría que tuviésemos una cita?
Me quedo pensativo: hasta el teléfono parece reflexionar conmigo. Me acabo de enamorar y tal vez no sea muy adecuado quedar con ninfómanas. Luego recuerdo que Clara 2 me dijo que lo que más le apetecería sería hacer un trío, conmigo y otra mujer, antes de irme de su piso hace un momento.
- ¿Le importaría que me acompañase otra mujer en nuestra cita, Señorita Tejada?
- En absoluto, en absoluto, estaría verdaderamente encantada. Quería avisarle de que mis medidas son 60-90-60. Espero que eso no sea un problema, hay gente que no lo encuentra nada atractivo, mis medidas.
- Oh, no se preocupe. En absoluto será un problema.
Concertamos la cita para el día siguiente y colgamos. Antes, Sara me dice que me ingresará el premio en mi cuenta, inmediatamente. Y me pregunta si me gustan los ligueros negros y eróticos.
Me gustan los ligueros negros y eróticos, le confirmo.
Le mando un mensaje de texto a Clara 2, preguntándole si le apetece un cita con Sara: “Claro! Te quiero! ;)”, me contesta.
No entiendo muy bien qué me pasa. Pero por una vez en la vida no tengo ganas de pensar.
El teléfono suena de nuevo. Contesto. Es mi jefe, el Señor Buenaventura.
Me cuenta que se ha equivocado. Que este mes ya hemos limpiado todas las cristaleras que había que limpiar. Que el resto del mes nos lo da libre. Me cuenta también que el Sindicato de Limpiacristales ha presionado a la patronal de Jefes de Limpiacristales y han acordado subirnos el sueldo en un 300 por ciento. Y darnos una prima de 1000 euros, también. “La verdad es que os lo merecéis, mecachis”, dice. Nos despedimos de forma cordial.
Me voy a mi casa. Entro en mi casa y ya no me parece vacía y fría. Me parece un sitio agradable. Limpio y saco la basura. Friego el suelo y queda limpio. Ordeno y casa cosa queda en su sitio preciso. Limpio las ventanas, para poder ver el sol apagándose y presentando la noche, con sus últimos y benefactores rayos.
Mi teléfono hace ping: un mensaje de texto. Lo abro.
Leo.
“Hola: soy clara 1. Supongo que te extrañará que te escriba, después de tanto tiempo. Es normal. Sé que te hice mucho daño. Y me he dado cuenta de que aún te quiero. Ya no me gusta mi novio moreno y tatuado, que te miraba fríamente y pensaba “pfee, ¿este pringado?”. Me he dado cuenta de que tú eres mil veces más hombre que él. O tal vez un millón de veces. Es incalculable, de hecho, lo mucho más hombre que eres. Sin duda. Me gustaría verte. Mucho. Me gustaría que me perdonases por abandonarte así. Solo pienso en compensarte, de alguna manera. Y no sé cómo: solo sé que haría lo que fuese para volver a estar contigo. Repito: LO-QUE-SEA. Tu Clara 1, con amor. Escríbeme, por favor. Te amo.”
Termino de leer: ya no leo. Ya he leído. Ahora pienso.
Estoy sorprendido y confuso. Estoy confusamente sorprendido.
Le contesto, tecleando en mi teléfono móvil.
Tecleo.
“Hola, Clara 1: me siento confusamente sorprendido. Hace ya tanto tiempo que no hablábamos… no sé qué decir ¿Te apetecería unirte a una cita abierta? Quizás sea un primer paso para retomar nuestra relación. De momento somos yo, una secretaria ninfómana y una chica de la que-me temo-me esté enamorando y con la que me acosté hoy mismo. No sé. No es una forma muy ortodoxa de intentarlo de nuevo…pero es lo que te puedo ofrecer ahora mismo. Tuyo siempre, Juan”
A la décima de segundo mi teléfono hace ping.
Leo.
“ME ENCANTA LA IDEA: CLARO!!!!!!!!!!!!!!. Por cierto, me he operado los pechos, para aumentarlos...espero que no sea un problema. Un beso, cielín”
Tecleo. Contesto.
“No hay problema, con el tema pechos aumentados. No te preocupes. Te esperamos. Un beso”
Dejo el teléfono en la mesa, pero vuelve a sonar: una llamada esta vez. Alguien llama.
Contesto.
- Hola. Sé que es un poco tarde. Le llamo de la Editorial Planetoide.
-¿Planeta?
- No, no. Editorial Planetoide ¿Planeta? Ja ja, que nombre para un editorial. No sea ridículo.
-Perdón.
-Perdonado. Le llamaba para saber si estaría usted interesado en que editásemos la novela que nos mandó hace 5 años. Verá: hubo una confusión. Se traspapeló y nadie pudo leerla. Hace unos días un becario la encontró en el sótano. Ni que decir tiene que nos ha encantado. La hemos leído todos en la editorial. La señora de la limpieza hasta lloró con ella. Y eso que es rumana y no entiende muy bien el castellano. Nos sorprendimos al saber que aún no la había publicado con otra editorial. Nos sorprendimos y alegramos, claro. Menuda obra maestra, si me permite decirle. “La vida es un matadero cruel e inhumano sin salida” nos ha robado el corazón.
Hablaba de mi novela. La novela en la que había estado trabajando años y más años. Años de mirar la pantalla del ordenador, fumando bajo la sombra de cada frase. Preguntándome si no era un farsante sin talento. Devanándome los sesos en pos de la genialidad.
La envié a un montón de editoriales y todas me rechazaron. Una incluso me pidió que, por favor, no volviese a enviar nada más. Que por favor no.
Mi novela no publicada. Me llamaban de la editorial más importante del país.
La mujer de Editorial Planetoide empezó a soltar cifras.
Cifras de Euros.
De copias vendidas.
De royalties.
De derechos de autor.
De cineastas interesados en llevarla a la gran pantalla.
Me cuenta que gente importante ha leído mi novela.
Digo que sí a todo.
Me cita para el día siguiente. Para cerrar el acuerdo, dice. Colgamos.
Ya no hablo por teléfono.
Mi novela. La niña de mis ojos: “La vida es un matadero cruel e inhumano sin salida”. Mi aportación a la Humanidad. Mi Legado.
Enciendo un cigarro. Enciendo mi ordenador: uno echa humo y el otro, no.
Entro a mi cuenta del Facebook. Tengo muchas Notificaciones. Clico y las abro: todos likes a mis cosas. A todo el mundo, de repente, le encantan mis fotos y escritos.
Le gusta a la gente. A mis amigos de Facebook. Me siento acompañado por toda esa gente, que se tomó la molestia de darle a Me Gusta a mis cosas.
Me validan: ¿Juan Flores Ladera? ME GUSTA.
Les GUSTO. Y a mí me gustan ellos.
Tengo un mensaje, también: un 1 rojo.
Clico y abro mi mensaje.
Leo
“Hola, Juan: SOY DIOS. Uy, perdona las mayúsculas. Tengo los dedos como chorizos y me hago lío con las teclas. Te preguntaría cómo estás, pero ya lo sé. YO LO SÉ TODO. Jo, perdona: le di a Bloq Mayús, otra vez. Cualquier día os mando de nuevo a la Edad de Piedra y os quedáis sin teclados. Ja Ja Ja. Es broma. Te escribo porque…es difícil de explicar.
Verás: la cagué un poco. Hace tiempo. O sea. Creé todo-lo-que-existe. Y estaba bastante bien. La Creación y eso. Pero con el tiempo comencé a aburrirme de ella. Los animales y los vegetales son un poco aburridos. No me malinterpretes. Me gustan los gatitos y los cachorritos como a cualquiera. No soy un monstruo inhumano.
Pero la cagué. Me aburría e introduje la Conciencia en el mundo.
Fue un experimento. Pero la cosa se salió de madre. La conciencia fue mi caballo de Troya.
La conciencia, tarde me di cuenta, es la infelicidad.  Traté de modificar el tema. Arreglar la cagada: aumentar vuestra inteligencia hasta casi igualar la mía.
Menuda monté. Ahí se lió la de DIOS. Ja ja ja.
Bueno, el caso es que quiero enmendar el tema. Y te he elegido a ti. Escaneé tu cerebro, en busca de tus deseos. Los estoy cumpliendo uno a uno. Eres una especie de experimento, dentro de un experimento mayor. La verdad es que todo es un experimento: hasta yo mismo. Yo soy mi propio experimento. No quiero explicártelo porque me temo que tu humana cabeza explotaría. Daría vueltas y vueltas y terminaría explotando. Los humanos aún no lo sabéis, pero hay ideas que os pueden matar. Lo que llamáis cáncer solo son ideas demasiado grandes para vuestras cabezas. Ideas que ocupan demasiado espacio. En fin. Te he mandado una solicitud de amistad en Facebook. Para que me vayas contando cómo va la cosa, ahora que todos tus deseos más secretos y recónditos se cumplen. Míralo como un experimento. Tú eres mi experimento. Solo quiero calmar a la Conciencia, esa bestia insaciable.
Un saludo!
DIOS.
 Joder, las mayúsculas de nuevo”
Miro el ordenador. No sé si el ordenador me devuelve la mirada. Está ocupado siendo un ordenador. Haciendo sus cosas de ordenador.
Me pregunto cómo será ser un ordenador.
Trato de ser como el ordenador: me quedo muy quieto y computo cosas.
Soy feliz computando cosas.
Miro el muro de Facebook de DIOS: sus fotos en la playa. Fotos de la creación. Fotos de DIOS en terrazas de bar, en bañador en la playa, con chicas, haciendo la uve con los dedos.
Le doy a ME GUSTA a las fotos de DIOS.
La foto de perfil de DIOS es un gatito blanco.
DIOS es un buen tío, pienso. Solo la cagó un poco, pienso. Pero quiere arreglarlo, pienso.
Quiere hacerme feliz.
Soy su experimento: su experimento dentro de otro experimento.
Me voy a la cama. Soy un experimento dentro de otro experimento.
Creo que mi cerebro se está terminando de dividir. Como Pangea, el Continente Original, mi cerebro se está fragmentando en más continentes.
Europa. Asia. Ahí viene Oceanía. América es mi Lóbulo Parietal y Occipital y los indios nativos corretean lanzando flechas y lanzas por él.
África se desgaja también: la selva la cubre de un manto verde y salvaje.
Me arropo y cierro los ojos. La oscuridad es negra y adorable y susurra “todo irá bien”.
Soy un experimento dentro de un experimento: me duermo.

Me duermo.

Soy feliz.