23.11.16

A propósito de Ghost in the Shell.




Contaba Donald Richie, en su libro 100 años de cine japonés, que a un director clásico del cine alemán, al mostrarle una película japonesa, le pareció un desastre porque mezclaba géneros sin ningún sentido. Una verdadera tragedia no podía incluir elementos cómicos de aquella forma, decía. Leer ésto me hizo pensar que, en efecto, en el cine japonés y asiático en general, en el género que llamamos drama, no solamente se mezcla de forma muy habitual con comedia, sino que me atrevo a decir que -en general- es donde más y mejor se hace. Visto el tono del trailer del remake made in USA de Ghost in the Shell, me juego lo que sea a que el primer canario que va a morir por la infiltración de grisú hollywoodiense, será la comedia que, aunque escasa, tan bien traída estaba en la original japonesa. Con el tono sombrío cool tecnoseriote que le meten, me temo que lo único que veremos, en vez de Tachikomas haciendo el mono serán, como mucho, frases one-liners vacías para lucir primeros planos, con sonrisillas socarronas estomagantes. Tiempo al tiempo.
Pero no hay que ser hater porque sí, y como me decía con razón otro firmante de este blog acerca de la futura secuela de Blade Runner, la original siempre estará ahí, y bien cierto que es. Tampoco estoy en contra de que se hagan remakes, pese a que comparto ese lugar común de que son bastante "innecesarios", pero vaya, frente a crímenes contra el cine como el remake USA de Wicker Man -que merece mucho la pena ver única y exclusivamente por, lo has adivinado, Nicolas Cage- surgen sorpresones como el remake de Teniente Corrupto, de Abel Ferrara, dirigido por Werner Herzog -protagonizado por otro Cage en estado de gracia- y claro, uno ya solo con ese ejemplo se tiene que callar para siempre en el tema remakes, o empezar a poner asteriscos en sus argumentos de ahí en adelante. Además, bien es sabido que los estadounidenses no son muy dados a ver cine en idiomas bárbaros extraimperiales, así que las adaptaciones están, siempre han estado, a la orden del día, y, si no se ha hecho ya , no veo por qué los refritos no podría ser tratado como una especie de género en si mismo, aunque fuera por un criterio meramente cuantitativo. Tiene interés la cosa, pero quedará para otra.
Por sacármelo pronto de encima, detalles del trailer que dan cierta esperanza, que me intrigan con cierto interés: Takeshi Kitano, la aparición fantasmal del multifacético Tricky, que el villano lo encarne Michael Pitt. Todo eso, en principio, manita arriba.
Peor asunto ya las escenas de acción. Siento terror absoluto al ver a Johansson caminando a cámara lenta por una pared mientras dispara. Lo que me lleva a otra reflexión, la superioridad aplastante del cine asiático en el diseño de las escenas de acción, -principalmente las que no sean de tiros-. Por razones que todavía no logro comprender, a estas alturas del juego todavía es dificilísimo encontrar un director occidental que sea capaz de rodar mínimamente a derechas algo que implique acción, sin poner la cámara demasiado cerca, sin cortes estroboscopicamente mareantes en el montaje, sin recurrir a ralentizar la acción o acelerarla porque, oye, en matrix quedaba medio bien, ¿no?
Pero. El guión. Lo que se intuye que van a hacer con el guión. El original de la película original son los comics de Masamune Shirow, dibujante y guionista de una obra apasionada hasta lo obsesivo por la tecnología y el futuro, una maravilla y uno de los puntales del cyberpunk, iniciado en 1989. En el primer recopilatorio de historias encontramos un comic denso pero equilibrado entre el thiller político, la acción policial y algo de erotismo, atravesado todo por cuestiones tecnológicas y ambientado en un futuro medio distópico aunque sociopolíticamente plausible que parece sacado casi directamente de Blade Runner en lo estético, lleno de entramados de organismos políticos y policiales, megacorporaciones, organizaciones terroristas, espionaje, peleas internacionales por recursos primarios. Tal es la cantidad de notas con información y aclaraciones sobre cuestiones informáticas, de inteligencia artificial, ficción especulativa y filosofía, etc que el propio autor, en una nota introductoria, recomienda al lector hacer una primera lectura sin detenerse a leer las notas por la posibilidad de que se pierda*.



De ese material el director Mamoru Oshii adapta una de las tramas, sintetizando y codificando de forma magistral en la traslación al cine, creando uno de los hitos históricos de la animación japonesa, con un trabajo de guión muy fiel al espíritu original de la obra. Es decir, que la película original ya era un remake, bien efectuado, que perdía en densidad y complejidad de forma necesaria y justificada. Pero los rasgos del trailer apuntan a un guión que va a resaltar justo lo menos importante de las obras originales, esto es, si antes se utilizaba la historia para hablar de los temas que le interesan a los autores, ahora parece que los temas van a ser solo un decorado de ciencia ficción de segunda mano sobre el que se va a imponer la historia heroica de una protagonista en busca de venganza y de su pasado, elementos totalmente ausentes en las obras originales, pero que encajan a la perfección en los estilemas del cine de acción -no solo pero también- hollywoodienses. De ahí el sentido de este post y lo justificado de ser un hater de la película ya desde el mismo trailer, que todo apunta a la reconversión de una obra amplia y polisémica en un síntoma más de una cultura maníaca del yo.

*el segundo tomo, Manmachine Interface, que recopila 11 capítulos dibujados por entregas de 1991 a 1997, se vuelve notablemente más farragoso al tener capítulos que son, casi literalmente, pequeños ensayos ilustrados sobre tecnología, robótica, inteligencia artificial...

22.11.16

EN EL VACÍO, EL ESPACIO.






El hombre pisó el acelerador y el camión lanzó un rugido más propio de un animal salvaje que de una creación humana. La carretera se desenrollaba cuesta abajo en su topográfico abrazo con la montaña. Apenas había otros vehículos y el hombre, tocado con una gorra verde y vistiendo una camisa de franela también verde, sujetaba laxamente el enorme volante tapizado de plástico negro mientras sus ojos escrutaban anoréxicamente el horizonte. Llevaba trece horas seguidas sin bajarse del vehículo, maniobrando por puertos de montaña y valles desnudos de verde, la radio consagrada a una emisora de rock clásico en rotación rápida- los mismos temas repetidos cada hora creando una sensación de monotonía y déjà vu-, sus miembros cada vez más agarrotados y la ya familia sensación de automatismo con la que cambiaba de marcha o giraba el camión incrementándose cada vez más.

 Decidió parar en la estación de servicio que había al terminar la montaña, tomar un café fuerte, doble, fumar tres o cuatro cigarrillos seguidos paseando por la explanada ocupada por otros camiones, dormir un sueño ligero sin sueños- apenas una desconexión robótica de su vigilia- y continuar trayecto hasta su destino, a 1.500 Kilómetros de donde ahora mismo se encontraba. Encendió otro cigarrillo, sin ganas, con la sensación habitual de autodestrucción y dejadez que fumar evocaba en él. El humo llenó rápidamente el habitáculo como si alguien agitase un incensario.


Eran las tres de la tarde, anunció el locutor en cuanto el estándar de rock mastodóntico cesó en su último y estridente acorde. El hombre no prestaba atención a la radio y el sonido sin registrar se iba a hacer compañía al traqueteo del viejo motor, estímulos basales a los que se había habituado.

Había veces que el hombre creía escuchar el latido de su corazón y, en esas ocasiones y por algún motivo que era incapaz de descifrar, le embargaba una paz que asociaba vagamente con el concepto del zen. Imágenes de serenidad y de monjes budistas de cráneos desprovistos de pelo y ataviados con hábitos naranjas meditando en un jardín minúsculo y minimalista alrededor de una fuente de la que manaba un hilillo de agua acudían a él. Entonces se sentía redimido y ajeno a la carretera siempre igual, al interior rectangular de la caja del camión, al olor a tapicería y nicotina y a su propio sudor, al roce áspero de los pantalones de tela vaquera y a  las piernas enfundadas en él que manejaban alternativamente los pedales, al cristal tachonado de  un número cada vez mayor de mosquitos que perdían la vida al impactar sus cuerpos prácticamente invisibles y dejaban motas de sangre y materia imperfectamente circulares-  formando un mosaico de muertes microscópicas que nunca se convertían en un hecho dramático para el hombre, que no asociaba la muerte con el enjambre de aplastados mosquitos-, a su cotidiana sensación de suciedad en los dientes por culpa del tabaco y la procastinación de una visita a un dentista,  a los propios cigarrillos y la adicción vagamente angustiante que conllevaban y, sin embargo, todas aquellas cosas eran él mismo, más que nunca, y se sentía en comunión con su propia vida, con el hecho de dedicarse a conducir un camión . Y su propio corazón le resultaba ajeno también, de un misterio arrebatador dentro de su sencillez, allí en su pecho, bombeando una y otra y otra vez tan solo para que siguiese vivo.


Era entonces, en esos momentos de encuentro consigo mismo, imbuido en un plano de conciencia que asociaba con santones también e, incongruentemente, con personas moribundas, cuando le venían a la cabeza recuerdos de su infancia y de su vida adulta que no tenían la menor relevancia. Tales recuerdos se presentaban en forma de fogonazos visuales, de una calidad casi cinematográfica, bañados en vivos y cálidos colores como los que veía en algunas películas históricas especialmente cromáticas y evocadoras, y le parecía que los recuerdos eran tal y como habían sucedido realmente. Tenían un aspecto tan real y cotidiano, se trataba de episodios tan poco memorables, que no creía que se los pudiese haber simplemente inventado. Y siempre recordaba cosas que había olvidado hacía mucho o que no siquiera tenía conciencia de que hubiesen sucedido. Se veía, por ejemplo, bebiendo un vaso de agua en la cocina una tarde de verano, siendo niño. La progresión entera, desde que entraba en la cocina de sus padres, se ponía de puntillas para alcanzar la alacena encima del fregadero donde estaban los vasos y las tazas y cogía uno de aquellos vasos desteñidos por la cal, levantaba la palanca de color plateado del grifo y observaba el líquido ascendiendo en el vaso. Y, al mismo tiempo, se sentía como  aquella precisa tarde, su niñez llena de confusos pensamientos deshilvanados sobre el hecho de existir, de tener una conciencia implacable que no paraba nunca de registrar hechos y observaciones, juzgando cada minuto que pasaba y asociándolo a un análisis más grande y vasto según el cual estar vivo era algo aterrador y misterioso; todo eso volvía a él. El hombre entonces, de alguna manera, contraponía tal sensación regresiva a su actual visión del mundo, mucho más acabada y delimitada, y tal comparación solía traerle una sensación de serenidad, al darse cuenta de lo mucho que había evolucionado desde entonces. Y no porque considerase que ahora fuese más feliz o tuviese una percepción más conveniente y adecuada de la vida, sino porque tal evolución le parecía en sí misma positiva. El hombre no era consciente de tales análisis, ya que en tal estado de introspección apenas tenía la sensación de estar pensando del modo habitual y se trataba más bien de percepciones desprovistas de cualquier tipo de consciencia intelectual. Cuando tales introspecciones terminaban, no lo hacían de tal forma que el hombre volviese en sí, a su estado habitual, y pudiese analizar qué acababa de sucederle, pues, en realidad, el hombre difícilmente era consciente de haber estado embebido en algún recuerdo y totalmente ajeno al mundo exterior. Tales automatismos desaparecían tan sigilosa e inopinadamente como habían surgido, devolviéndole al mismo punto de partida, antes de entrar en el trance reminiscente.

La estación de servicio apareció  y la anterior geografía escarpada se convirtió en una llanura de tierra rojiza y setos azarosamente diseminados. El hombre estacionó, apagó el motor y el silencio lo envolvió. Pensó en cómo a veces la ausencia es presencia y aspiró el aire viciado del interior del camión. Otros dos camiones estaban aparcados en las inmediaciones de la gasolinera, al lado de la cafetería, cuyos surtidores relucían a la luz del sol. El hombre bajó de la cabina y sus piernas crujieron entumecidas.

La cafetería era un conjunto de mesas y sillas envueltas en sombras, dos hombres en la barra permanecían en silencio, doblados sobre sus tazas de café, y el empleado del otro lado de la barra le preguntó qué deseaba tomar.

El café le resultó agrio y al tercer sorbo salió a fumarse un cigarrillo a la puerta. Desde allí divisaba su camión, empequeñecido por la distancia, como si no fuera suyo, tan solo un camión anónimo y ajeno, perteneciente a algún otro. El hombre fantaseó con que era un padre de familia, de una familia que estaba ahora dentro del bar, los niños alborotando, la mujer regañándoles cariñosamente, y él había salido a fumar un cigarrillo antes de continuar hacia su destino de vacaciones en algún lugar al lado del mar. Ella se le apareció entonces y en la imagen ocre de su recuerdo le miraba con los ojos muy abiertos, jugando con las migas de pan de la mesa de mantel de papel le hablaba lenta y pausadamente. Le explicaba por qué no podían seguir juntos y el hombre recordaba una lágrima bajando de uno de los ojos de ella, solo uno, como en las películas, durante un instante, hasta que otra lágrima rezagada apareció en su otro ojo, y él deseó que dejase de llorar y de sufrir y trató de decir algo que la consolase, sin ser capaz de abrir la boca. Desde entonces le parecía que llevaba dos vidas; esta de ahora en la que fumaba en la puerta de una estación de servicio, conducía un camión, volvía a su casa solitaria, se tumbaba en el sofá y miraba el techo. Y otra en la que aún  estaban juntos y ella estaba sentada a su lado en el sofá o cocinaba en la cocina con la radio puesta y su ropa colgaba de las perchas del armario de la habitación al lado de las del hombre, manga con manga. Ambas realidades le parecían igual de posibles y solo en una de ellas debía encargarse de las cosas, ponerlas en marcha, saltar de un momento a otro sin descanso, mientras que en su ensoñación sucedían las cosas porque sí; tan solo se trataba de sensaciones y sentimientos que acudían sin esfuerzo a él, intangibles y plenas. En su vida paralela iban juntos al río o a la playa y se bañaban para al final tumbarse boca arriba y mirar el cielo, dejando que sus cuerpos se secasen al sol.
Se subió de nuevo a la cabina del camión y el cuero del asiento acolchó su cuerpo. Prolongó la inmovilidad no encendiendo el vehículo, dejando las llaves tintineando en el contacto unos instantes más, sin saber por qué.

Ha decidido no dormir y esa decisión le anima brevemente, por lo que tiene de arriesgada y atrevida. Nota su propio cuerpo desvanecerse por el cansancio, desprenderse de su cerebro y quejarse por la decisión de no dormir. Y de repente, bruscamente, gira el contacto y el pequeño universo  del interior del vehículo se pone en marcha, traquetea inútilmente hasta que mete la primera y pone el camión en movimiento. El movimiento, de alguna manera, es igual a la inmovilidad, piensa, pues ambos estados poseen su propia dinámica estática, igual a sí misma, y cuando entra acelerando en la vía rápida es como si nunca la hubiese abandonado.

Hay más coches ahora, turismos que lo adelantan forzando el motor, dejando ver unidades familiares: parejas delante y niños detrás, cuyas cabezas ve cuando por fin se colocan delante en su mismo carril; matas de pelo minúsculas y frágiles, a veces con gorras, y el hombre se le ocurre de pronto lo frágiles que parecen esas cabezas y todo lo que un accidente podría hacer con ellas. Dentro de poco empezará otro puerto de montaña, pero de momento la carretera discurre recta y el hombre puede mantener las manos fijas en el volante, con los brazos completamente estirados para evitar el agarrotamiento, y dejar que la inercia haga el trabajo por él. Se ha olvidado de encender la radio, de girar el dial para que suenen programas a los que no prestar atención.

Comienza a ensimismarse, a dejar atrás la angustia inherente al hecho de  conducir,  a abandonar el plano de existencia en el que tan solo mira a través del cristal manchado de insectos aplastados, posa las manos en el volante y pisa los pedales que le hacen frenar o acelerar, y viaja a otro sitio donde no necesita hacer nada. Donde los átomos y moléculas que lo componen chisporrotean y reconfiguran posibilidades, hipótesis, cálculos intuitivos sobre sus deseos y fantasías. O, simplemente, donde permanece a salvo de lo material, del mundo, de la necesidad de cubrir distancias y  entregar su carga en una nave industrial. Donde ella esté o no esté sin que sea motivo de tristeza o vacío, y él emerja de ese mundo paralelo y privado sin la necesidad de cuestionar cada minutos que pasa, cada cambio de paisaje, cada pueblo quieto que extiende sus hiperbólicas formas sobre el borde de la carretera con sus tejados y sus antenas parabólicas. Poco a poco va perdiéndose allí, dentro de su cabeza, donde su ser íntimo despliega ritmos de pensamientos arbitrarios, libres e irresponsables como motas de polvo agitadas por una repentina corriente. El hombre se introduce en sí mismo, se aleja a base de penetrar en aquella parte de sí que tan solo observa lo exterior sin juzgar ni sufrir, como un ojo siempre abierto y suspendido a varios centímetros de su cabeza: él y no él. Él expurgado de inexorables decisiones o puntos de vista; tan solo una presencia extremadamente consciente de ser una presencia. El hombre había leído una vez que Duchamp, el artista, declaró que se dedicaba tan solo a respirar. Había subrayado esa frase con un bolígrafo y arrancado la página de la revista. Algo de esa contestación le pareció revelador, algo que no sabía cómo conceptualizar pero que le resultaba familiar, propio. Él podría decir que se dedicaba a conducir. Compró varios libros con reproducciones de la obra de Duchamp. Su preferida era la obra del urinario y esta creció hasta convertirse en los urinarios que usaba en baños en estaciones de servicio de todo el país, en los coches que se cruzaba, en las propias estaciones de servicio, en los postes de teléfono como pulgares de madera levantados hacia el cielo abierto, cada cosa que veía se transformaba en arte, en creaciones humanas llenas de propósito y funcionalidad. Duchamp le había devuelto algo que siempre había estado ahí.

 El hombre entró en uno de sus habituales trances, y aunque exteriormente nada había cambiado, ahora había dos versiones del hombre, y si en una conducía impasible, en la otra tenía ocho años, estaba en su cuarto, su gato Simón dormía ovillado a su lado y él leía un tebeo, hipnotizado por las viñetas llenas de bocadillos con palabras dentro. En el tebeo el protagonista se subía a  un cohete espacial y despegaba de la tierra dejando una estela de fuego y humo tras de sí, hasta que en la siguiente viñeta aparecía mágicamente inmerso en  estrellas sobre un fondo negro: el espacio. Ojalá aparecieran extraterrestres en la historia, deseó, de color rojo tal vez, grandes cabezas y armados con pistolas de rayos X letales. Aún así, le gustaba ese negro espacial empapando las viñetas como tinta china. Acarició la cabeza de Simón y pasó la página.

El hombre pisó ligeramente el freno, anticipándose a la pendiente de la carretera. Había coronado el puerto y comenzaba el descenso, pero el camión no obedeció. Notó al instante, intuitivamente, que la presión de su pie sobre el pedal no estaba siendo transmitido a las pastillas de freno; el camión no deceleraba. Veía delante de sí la primera de la serie de cerradas  curvas que sabía que le quedaban por delante. Le pareció un tipo de velocidad diferente, al estar disociada de su control, y él mismo se sintió como un bulto, no muy diferente de la carga que llevaba detrás: apenas un objeto atrapado en un cubículo metálico y zarandeado por fuerzas inerciales más grandes que su comprensión. Se acercaba la curva, donde la carretera dejaba de verse, aunque él sabía que continuaba del otro lado, oculta por la pared de la montaña cortada en roca viva color azafrán, y volvió a pisar el freno con una tranquilidad impropia- apenas su pie se hundiéndose un tanto en el pedal-, dejó de asir tan fuerte el volante, sus dedos se relajaron de su abrazo con el plástico que lo recubría y reclinó la espalda en el asiento como si estuviese en el cine y las luces se hubiesen apagado por fin. Iba a intentarlo, a pesar de que el velocímetro marcaba 120 Km/h y seguía culebreando hacia la derecha, donde los números se terminaban: el fin de la velocidad, el principio del caos, el abandono de la medición. El hombre sabía que aunque lograse dar la curva, le esperaba otra aún más cerrada a escasos metros.

En realidad se tardaba media hora larga en terminar el puerto de montaña, zigzagueando y frenando hasta casi detenerse del todo y girar ciento ochenta grados el volante en cada una de las curvas. Recordó que la rampa de emergencia estaba a más o menos un kilómetro de allí, y que el principio del descenso era el más complicado y tortuoso del tramo.

El camión atravesó la mediana, y mientras planeaba unos décimas de segundo debido a la inercia, el hombre se sintió ligero como una pluma, ingrávido, intuyendo más que percibiendo las ruedas del camión sin nada a lo que asirse, anticipando la caída en lo más profundo del estómago. Así que despeñarse al vacío en un camión de varias toneladas era esto: un abandono gradual de la física cotidiana que conllevaba la aceptación de la falta de control, el abrazo de la inexorabilidad del azar. El hombre ya no era el hombre y solo podía (   )

El cinturón de seguridad impidió que atravesase el parabrisas y su rostro quedó casi pegado a él. Justo delante de sus ojos un mosquito aplastado formaba un círculo informe en el cristal, el cinturón de seguridad se tensaba sobre su plexo solar, el mundo al revés, convertido en un astronauta libre de gravedad, le pareció distinguir una de las alas en el manchurrón verduzco, o al menos, un trozo de ella. La muerte del mosquito había pintado aquella mota, su cuerpo destrozado, y por fin el hombre asoció aquellas manchas del cristal con el fin de una vida. Aunque se tratase de un  simple mosquito, el hombre se sintió sinceramente conmovido: en todos aquellos años en la carretera jamás había dedicado ni un solo pensamiento a aquella carnicería en su propio parabrisas. Los restos del mosquito eran como el urinario de Duchamp, una obra de arte cotidiana y perfecta. En el otro lado el suelo se acercaba cada vez más rápido y aunque sabía que era él quien se acercaba cada vez más rápido al suelo, se permitió ese último destello de antropocentrismo.


Y entonces, aún entonces, cuando el camión se quedó inmóvil por fin, y cesó de zarandearse y de crujir y de estremecerse, rigurosamente aplastado por los metros de caída y la voracidad del terraplén que lo reclamaba como suyo, por la dureza infinita del suelo cuajado de capas y más capas de tierra y metal, el hombre se alegró y su cuerpo destripado y con órganos enteros fuera de él y la vida, su vida, escapándose quién sabe a dónde, y los hierros y el vidrio entrando por muchos orificios, en el fondo de aquel barranco, en aquella cabina deshecha , consideró que el despegue había sido un éxito y se maravilló de aquellas estrellas tachonando vorazmente el espacio negro en el exterior, mientras su cohete se dirigía hacia su misterioso destino más allá de todo lo conocido, y una sonrisa como una herida se abrió en su rostro, y un dulce calor lo embargó muy dentro, y admiró las vistas con sincero sobrecogimiento, y Simón, su fiel gato, le lamió un pequeño  hilo de sangre de una brecha que se había abierto en la frente no sabía cómo, suponía que durante el traqueteo del despegue, con su lengua húmeda haciéndole cosquillas, y supo que todo iría bien con tal de que siguiese subiendo y subiendo, cada vez más alto, cada vez más rápido.