El hombre
pisó el acelerador y el camión lanzó un rugido más propio de un animal salvaje
que de una creación humana. La carretera se desenrollaba cuesta abajo en su
topográfico abrazo con la montaña. Apenas había otros vehículos y el hombre,
tocado con una gorra verde y vistiendo una camisa de franela también verde,
sujetaba laxamente el enorme volante tapizado de plástico negro mientras sus
ojos escrutaban anoréxicamente el horizonte. Llevaba trece horas seguidas sin
bajarse del vehículo, maniobrando por puertos de montaña y valles desnudos de verde,
la radio consagrada a una emisora de rock clásico en rotación rápida- los
mismos temas repetidos cada hora creando una sensación de monotonía y déjà vu-,
sus miembros cada vez más agarrotados y la ya familia sensación de automatismo
con la que cambiaba de marcha o giraba el camión incrementándose cada vez más.
Decidió parar en la estación de
servicio que había al terminar la montaña, tomar un café fuerte,
doble, fumar tres o cuatro cigarrillos seguidos paseando por la explanada
ocupada por otros camiones, dormir un sueño ligero sin sueños- apenas una desconexión
robótica de su vigilia- y continuar trayecto hasta su destino, a 1.500
Kilómetros de donde ahora mismo se encontraba. Encendió otro cigarrillo, sin
ganas, con la sensación habitual de autodestrucción y dejadez que fumar evocaba
en él. El humo llenó rápidamente el habitáculo como si alguien agitase un
incensario.
Eran las
tres de la tarde, anunció el locutor en cuanto el estándar de rock mastodóntico
cesó en su último y estridente acorde. El hombre no prestaba atención a la
radio y el sonido sin registrar se iba a hacer compañía al traqueteo del viejo motor,
estímulos basales a los que se había habituado.
Había veces
que el hombre creía escuchar el latido de su corazón y, en esas ocasiones y por
algún motivo que era incapaz de descifrar, le embargaba una paz que asociaba
vagamente con el concepto del zen. Imágenes de serenidad y de monjes budistas
de cráneos desprovistos de pelo y ataviados con hábitos naranjas meditando en
un jardín minúsculo y minimalista alrededor de una fuente de la que manaba un
hilillo de agua acudían a él. Entonces se sentía redimido y ajeno a la
carretera siempre igual, al interior rectangular de la caja del camión, al olor
a tapicería y nicotina y a su propio sudor, al roce áspero de los pantalones de
tela vaquera y a las piernas enfundadas
en él que manejaban alternativamente los pedales, al cristal tachonado de un número cada vez mayor de mosquitos que
perdían la vida al impactar sus cuerpos prácticamente invisibles y dejaban motas
de sangre y materia imperfectamente circulares- formando un mosaico de muertes microscópicas
que nunca se convertían en un hecho dramático para el hombre, que no asociaba
la muerte con el enjambre de aplastados mosquitos-, a su cotidiana sensación de
suciedad en los dientes por culpa del tabaco y la procastinación de una visita
a un dentista, a los propios cigarrillos
y la adicción vagamente angustiante que conllevaban y, sin embargo, todas
aquellas cosas eran él mismo, más que nunca, y se sentía en comunión con su
propia vida, con el hecho de dedicarse a conducir un camión . Y su propio
corazón le resultaba ajeno también, de un misterio arrebatador dentro de su
sencillez, allí en su pecho, bombeando una y otra y otra vez tan solo para que
siguiese vivo.
Era
entonces, en esos momentos de encuentro consigo mismo, imbuido en un plano de
conciencia que asociaba con santones también e, incongruentemente, con personas
moribundas, cuando le venían a la cabeza recuerdos de su infancia y de su vida
adulta que no tenían la menor relevancia. Tales recuerdos se presentaban en
forma de fogonazos visuales, de una calidad casi cinematográfica, bañados en
vivos y cálidos colores como los que veía en algunas películas históricas
especialmente cromáticas y evocadoras, y le parecía que los recuerdos eran tal
y como habían sucedido realmente. Tenían un aspecto tan real y cotidiano, se
trataba de episodios tan poco memorables, que no creía que se los pudiese haber
simplemente inventado. Y siempre recordaba cosas que había olvidado hacía mucho
o que no siquiera tenía conciencia de que hubiesen sucedido. Se veía, por
ejemplo, bebiendo un vaso de agua en la cocina una tarde de verano, siendo
niño. La progresión entera, desde que entraba en la cocina de sus padres, se
ponía de puntillas para alcanzar la alacena encima del fregadero donde estaban
los vasos y las tazas y cogía uno de aquellos vasos desteñidos por la cal,
levantaba la palanca de color plateado del grifo y observaba el líquido
ascendiendo en el vaso. Y, al mismo tiempo, se sentía como aquella precisa tarde, su niñez llena de
confusos pensamientos deshilvanados sobre el hecho de existir, de tener una
conciencia implacable que no paraba nunca de registrar hechos y observaciones,
juzgando cada minuto que pasaba y asociándolo a un análisis más grande y vasto
según el cual estar vivo era algo aterrador y misterioso; todo eso volvía a él.
El hombre entonces, de alguna manera, contraponía tal sensación regresiva a su
actual visión del mundo, mucho más acabada y delimitada, y tal comparación
solía traerle una sensación de serenidad, al darse cuenta de lo mucho que había
evolucionado desde entonces. Y no porque considerase que ahora fuese más feliz
o tuviese una percepción más conveniente y adecuada de la vida, sino porque tal
evolución le parecía en sí misma positiva. El hombre no era consciente de tales
análisis, ya que en tal estado de introspección apenas tenía la sensación de
estar pensando del modo habitual y se trataba más bien de percepciones
desprovistas de cualquier tipo de consciencia intelectual. Cuando tales introspecciones
terminaban, no lo hacían de tal forma que el hombre volviese en sí, a su estado
habitual, y pudiese analizar qué acababa de sucederle, pues, en realidad, el
hombre difícilmente era consciente de haber estado embebido en algún recuerdo y
totalmente ajeno al mundo exterior. Tales automatismos desaparecían tan
sigilosa e inopinadamente como habían surgido, devolviéndole al mismo punto de
partida, antes de entrar en el trance reminiscente.
La estación
de servicio apareció y la anterior geografía
escarpada se convirtió en una llanura de tierra rojiza y setos azarosamente
diseminados. El hombre estacionó, apagó el motor y el silencio lo envolvió. Pensó
en cómo a veces la ausencia es presencia y aspiró el aire viciado del interior
del camión. Otros dos camiones estaban aparcados en las inmediaciones de la gasolinera,
al lado de la cafetería, cuyos surtidores relucían a la luz del sol. El hombre
bajó de la cabina y sus piernas crujieron entumecidas.
La
cafetería era un conjunto de mesas y sillas envueltas en sombras, dos hombres
en la barra permanecían en silencio, doblados sobre sus tazas de café, y el
empleado del otro lado de la barra le preguntó qué deseaba tomar.
El café le
resultó agrio y al tercer sorbo salió a fumarse un cigarrillo a la puerta.
Desde allí divisaba su camión, empequeñecido por la distancia, como si no fuera
suyo, tan solo un camión anónimo y ajeno, perteneciente a algún otro. El hombre
fantaseó con que era un padre de familia, de una familia que estaba ahora
dentro del bar, los niños alborotando, la mujer regañándoles cariñosamente, y
él había salido a fumar un cigarrillo antes de continuar hacia su destino de
vacaciones en algún lugar al lado del mar. Ella se le apareció entonces y en la
imagen ocre de su recuerdo le miraba con los ojos muy abiertos, jugando con las
migas de pan de la mesa de mantel de papel le hablaba lenta y pausadamente. Le
explicaba por qué no podían seguir juntos y el hombre recordaba una lágrima
bajando de uno de los ojos de ella, solo uno, como en las películas, durante un
instante, hasta que otra lágrima rezagada apareció en su otro ojo, y él deseó
que dejase de llorar y de sufrir y trató de decir algo que la consolase, sin
ser capaz de abrir la boca. Desde entonces le parecía que llevaba dos vidas;
esta de ahora en la que fumaba en la puerta de una estación de servicio,
conducía un camión, volvía a su casa solitaria, se tumbaba en el sofá y miraba
el techo. Y otra en la que aún estaban
juntos y ella estaba sentada a su lado en el sofá o cocinaba en la cocina con
la radio puesta y su ropa colgaba de las perchas del armario de la habitación
al lado de las del hombre, manga con manga. Ambas realidades le parecían igual
de posibles y solo en una de ellas debía encargarse de las cosas, ponerlas en
marcha, saltar de un momento a otro sin descanso, mientras que en su ensoñación
sucedían las cosas porque sí; tan solo se trataba de sensaciones y sentimientos
que acudían sin esfuerzo a él, intangibles y plenas. En su vida paralela iban
juntos al río o a la playa y se bañaban para al final tumbarse boca arriba y
mirar el cielo, dejando que sus cuerpos se secasen al sol.
Se subió de
nuevo a la cabina del camión y el cuero del asiento acolchó su cuerpo. Prolongó
la inmovilidad no encendiendo el vehículo, dejando las llaves tintineando en el
contacto unos instantes más, sin saber por qué.
Ha decidido
no dormir y esa decisión le anima brevemente, por lo que tiene de arriesgada y
atrevida. Nota su propio cuerpo desvanecerse por el cansancio, desprenderse de
su cerebro y quejarse por la decisión de no dormir. Y de repente, bruscamente,
gira el contacto y el pequeño universo del
interior del vehículo se pone en marcha, traquetea inútilmente hasta que mete
la primera y pone el camión en movimiento. El movimiento, de alguna manera, es
igual a la inmovilidad, piensa, pues ambos estados poseen su propia dinámica
estática, igual a sí misma, y cuando entra acelerando en la vía rápida es como
si nunca la hubiese abandonado.
Hay más
coches ahora, turismos que lo adelantan forzando el motor, dejando ver unidades
familiares: parejas delante y niños detrás, cuyas cabezas ve cuando por fin se
colocan delante en su mismo carril; matas de pelo minúsculas y frágiles, a
veces con gorras, y el hombre se le ocurre de pronto lo frágiles que parecen
esas cabezas y todo lo que un accidente podría hacer con ellas. Dentro de poco
empezará otro puerto de montaña, pero de momento la carretera discurre recta y
el hombre puede mantener las manos fijas en el volante, con los brazos
completamente estirados para evitar el agarrotamiento, y dejar que la inercia
haga el trabajo por él. Se ha olvidado de encender la radio, de girar el dial
para que suenen programas a los que no prestar atención.
Comienza a
ensimismarse, a dejar atrás la angustia inherente al hecho de conducir, a abandonar el plano de existencia en el que
tan solo mira a través del cristal manchado de insectos aplastados, posa las
manos en el volante y pisa los pedales que le hacen frenar o acelerar, y viaja
a otro sitio donde no necesita hacer nada. Donde los átomos y moléculas que lo
componen chisporrotean y reconfiguran posibilidades, hipótesis, cálculos
intuitivos sobre sus deseos y fantasías. O, simplemente, donde permanece a
salvo de lo material, del mundo, de la necesidad de cubrir distancias y entregar su carga en una nave industrial.
Donde ella esté o no esté sin que sea motivo de tristeza o vacío, y él emerja
de ese mundo paralelo y privado sin la necesidad de cuestionar cada minutos que
pasa, cada cambio de paisaje, cada pueblo quieto que extiende sus hiperbólicas
formas sobre el borde de la carretera con sus tejados y sus antenas parabólicas.
Poco a poco va perdiéndose allí, dentro de su cabeza, donde su ser íntimo despliega
ritmos de pensamientos arbitrarios, libres e irresponsables como motas de polvo
agitadas por una repentina corriente. El hombre se introduce en sí mismo, se
aleja a base de penetrar en aquella parte de sí que tan solo observa lo
exterior sin juzgar ni sufrir, como un ojo siempre abierto y suspendido a
varios centímetros de su cabeza: él y no él. Él expurgado de inexorables decisiones
o puntos de vista; tan solo una presencia extremadamente consciente de ser una
presencia. El hombre había leído una vez que Duchamp, el artista, declaró que
se dedicaba tan solo a respirar. Había subrayado esa frase con un bolígrafo y
arrancado la página de la revista. Algo de esa contestación le pareció revelador,
algo que no sabía cómo conceptualizar pero que le resultaba familiar, propio.
Él podría decir que se dedicaba a conducir. Compró varios libros con
reproducciones de la obra de Duchamp. Su preferida era la obra del urinario y
esta creció hasta convertirse en los urinarios que usaba en baños en estaciones
de servicio de todo el país, en los coches que se cruzaba, en las propias
estaciones de servicio, en los postes de teléfono como pulgares de madera
levantados hacia el cielo abierto, cada cosa que veía se transformaba en arte,
en creaciones humanas llenas de propósito y funcionalidad. Duchamp le había
devuelto algo que siempre había estado ahí.
El hombre entró en uno de sus habituales
trances, y aunque exteriormente nada había cambiado, ahora había dos versiones
del hombre, y si en una conducía impasible, en la otra tenía ocho años, estaba
en su cuarto, su gato Simón dormía ovillado a su lado y él leía un tebeo, hipnotizado
por las viñetas llenas de bocadillos con palabras dentro. En el tebeo el
protagonista se subía a un cohete
espacial y despegaba de la tierra dejando una estela de fuego y humo tras de sí,
hasta que en la siguiente viñeta aparecía mágicamente inmerso en estrellas sobre un fondo negro: el espacio.
Ojalá aparecieran extraterrestres en la historia, deseó, de color rojo tal vez,
grandes cabezas y armados con pistolas de rayos X letales. Aún así, le gustaba
ese negro espacial empapando las viñetas como tinta china. Acarició la cabeza
de Simón y pasó la página.
El hombre
pisó ligeramente el freno, anticipándose a la pendiente de la carretera. Había
coronado el puerto y comenzaba el descenso, pero el camión no obedeció. Notó al
instante, intuitivamente, que la presión de su pie sobre el pedal no estaba
siendo transmitido a las pastillas de freno; el camión no deceleraba. Veía
delante de sí la primera de la serie de cerradas curvas que sabía que le quedaban por delante.
Le pareció un tipo de velocidad diferente, al estar disociada de su control, y
él mismo se sintió como un bulto, no muy diferente de la carga que llevaba
detrás: apenas un objeto atrapado en un cubículo metálico y zarandeado por fuerzas
inerciales más grandes que su comprensión. Se acercaba la curva, donde la
carretera dejaba de verse, aunque él sabía que continuaba del otro lado, oculta
por la pared de la montaña cortada en roca viva color azafrán, y volvió a pisar
el freno con una tranquilidad impropia- apenas su pie se hundiéndose un tanto
en el pedal-, dejó de asir tan fuerte el volante, sus dedos se relajaron de su
abrazo con el plástico que lo recubría y reclinó la espalda en el asiento como
si estuviese en el cine y las luces se hubiesen apagado por fin. Iba a
intentarlo, a pesar de que el velocímetro marcaba 120 Km/h y seguía culebreando
hacia la derecha, donde los números se terminaban: el fin de la velocidad, el
principio del caos, el abandono de la medición. El hombre sabía que aunque
lograse dar la curva, le esperaba otra aún más cerrada a escasos metros.
En realidad
se tardaba media hora larga en terminar el puerto de montaña, zigzagueando y
frenando hasta casi detenerse del todo y girar ciento ochenta grados el volante
en cada una de las curvas. Recordó que la rampa de emergencia estaba a más o
menos un kilómetro de allí, y que el principio del descenso era el más complicado
y tortuoso del tramo.
El camión
atravesó la mediana, y mientras planeaba unos décimas de segundo debido a la
inercia, el hombre se sintió ligero como una pluma, ingrávido, intuyendo más
que percibiendo las ruedas del camión sin nada a lo que asirse, anticipando la caída
en lo más profundo del estómago. Así que despeñarse al vacío en un camión de
varias toneladas era esto: un abandono gradual de la física cotidiana que
conllevaba la aceptación de la falta de control, el abrazo de la inexorabilidad
del azar. El hombre ya no era el hombre y solo podía ( )
El cinturón
de seguridad impidió que atravesase el parabrisas y su rostro quedó casi pegado
a él. Justo delante de sus ojos un mosquito aplastado formaba un círculo
informe en el cristal, el cinturón de seguridad se tensaba sobre su plexo
solar, el mundo al revés, convertido en un astronauta libre de gravedad, le
pareció distinguir una de las alas en el manchurrón verduzco, o al menos, un
trozo de ella. La muerte del mosquito había pintado aquella mota, su cuerpo
destrozado, y por fin el hombre asoció aquellas manchas del cristal con el fin
de una vida. Aunque se tratase de un simple
mosquito, el hombre se sintió sinceramente conmovido: en todos aquellos años en
la carretera jamás había dedicado ni un solo pensamiento a aquella carnicería
en su propio parabrisas. Los restos del mosquito eran como el urinario de
Duchamp, una obra de arte cotidiana y perfecta. En el otro lado el suelo se
acercaba cada vez más rápido y aunque sabía que era él quien se acercaba cada
vez más rápido al suelo, se permitió ese último destello de antropocentrismo.
Y entonces,
aún entonces, cuando el camión se quedó inmóvil por fin, y cesó de zarandearse
y de crujir y de estremecerse, rigurosamente aplastado por los metros de caída
y la voracidad del terraplén que lo reclamaba como suyo, por la dureza infinita
del suelo cuajado de capas y más capas de tierra y metal, el hombre se alegró y
su cuerpo destripado y con órganos enteros fuera de él y la vida, su vida,
escapándose quién sabe a dónde, y los hierros y el vidrio entrando por muchos
orificios, en el fondo de aquel barranco, en aquella cabina deshecha ,
consideró que el despegue había sido un éxito y se maravilló de aquellas
estrellas tachonando vorazmente el espacio negro en el exterior, mientras su
cohete se dirigía hacia su misterioso destino más allá de todo lo conocido, y
una sonrisa como una herida se abrió en su rostro, y un dulce calor lo embargó
muy dentro, y admiró las vistas con sincero sobrecogimiento, y Simón, su fiel
gato, le lamió un pequeño hilo de sangre
de una brecha que se había abierto en la frente no sabía cómo, suponía que
durante el traqueteo del despegue, con su lengua húmeda haciéndole cosquillas,
y supo que todo iría bien con tal de que siguiese subiendo y subiendo, cada vez
más alto, cada vez más rápido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario