Me
despierto.
Hace un
momento estaba dormido y ahora estoy despierto y quizás ese será mi mayor
cambio hoy. Me despierto, sí, pero no abro los ojos: los mantengo cerrados. Sé
qué voy a ver si los abro. Y tan solo quiero retrasar la visión de mi cuarto,
sucio y desordenado, iluminado por la luz de un sol que entra gracias a una
persiana rota que no sé arreglar.
Me
despierto y no abro los ojos, para que el mundo siga siendo oscuridad y calma.
Abro los
ojos y veo mi habitación, sucia y desordenada. Me duele la cabeza y mi aliento
se derrama, fétido, por mi boca. Logro sentarme en la cama y pongo los pies en
el suelo, pisando un libro abierto. Enciendo un cigarrillo, aplicando la llama
de un mechero bic verde al extremo donde no hay filtro; chupo con ansia del
otro extremo.
Fumo.
La
ventana de persiana rota me informa que luce un sol abrasador, amarillo y
despótico. Lo normal en un 8 de agosto. Es mi cumpleaños. Cumplo 37 años. Me
llamo Juan Flores Ladera. De niño mis compañeros se reían de mis apellidos y me
ponía motes.
Juanito
Florecilla.
Juan
Floripondio.
Juan
Ladera Marica.
No eran
muy ingeniosos. Años después, en una reunión de ex alumnos, descubrí que:
·
3 eran reponedores de gasolina
·
4 eran adictos a la heroína.
1 a la metadona
·
8 camareros
·
2 testigos de Jehová. 1
mormón. 2 legionarios de Cristo.
·
4 comerciales de: tuberías,
canalones, muebles de cocina y productos de limpieza
·
14 amas de casa. 1 cajera de
Supermercado.
Yo soy
aspirante a escritor y trabajo eventualmente en una empresa de limpieza y
mantenimiento. Me ayuda a pagar el alquiler, las facturas y algún libro de vez
en cuando. Y cigarrillos.
Voy al
baño y me miro: la cara del otro lado me mira, indiferente, siendo una buena
imitación de mí. Me lavo los dientes, rápida y eficazmente. Escupo el agua y
los restos de pasta de dientes y me desnudo. Me ducho y el chorro de agua
caliente me hace pensar que todo irá bien. El agua caliente siempre me trae
pensamientos positivos. Calientes y positivos.
Me
visto, vaqueros y una camiseta blanca. Chequeo mi teléfono móvil: ningún Whatsapp
nuevo. Las caras de mis contactos escrutan la nada, perdidos en la esfera
virtual. Vivo solo, sin mascotas o compañeros de piso. Creía que me gustaba la
soledad; que iba conmigo, pero a estas alturas empiezo a...sentirme solo. Llevo
3 años viviendo solo. Antes vivía con mi novia. Con mi ex novia. Clara. Hasta
que me dejó y se marchó. Llevábamos juntos 8 años y aún me avergüenza recordar
cómo le supliqué. Cómo estuve casi un año enviándole mensajes de texto, de
Whatsapp, e-mails, mensajes de Facebook, cartas de toda la vida de papel y boli
y desesperación….todo fue inútil. Al principio Clara me contestaba amablemente.
Luego empezó a contestarme de forma neutral. Al final me amenazó con
denunciarme por acoso y me rogó que la dejase en paz. Yo le contesté que la
quería. Ella no me contestó y, reuniendo todo mi valor, bloqueé su cuenta de
Facebook, borré su dirección de e-mail, su número de teléfono (que sabía de
memoria, igualmente), su Twitter, tiré a la papelera su nueva dirección de
correo…un día, hace 2 meses, me crucé con ella por la calle. Iba con un chico
moreno, musculado y lleno de tatuajes, y el chico no era yo. Clara tampoco
parecía Clara. Se había cortado el pelo y en sus ojos había una nueva luz que
interpreté como la luz de la felicidad. Estaba radiante. Yo estaba borracho. El
chico moreno estaba tatuado. Me saludó, Clara, y su sonrisa era una mariposa hermosa
según salía de su boca, se transformó en un escorpión venenoso al alcanzar mi
cara. Me dio 2 besos, sin llegar a tocarme de verdad, y me presentó al moreno.
El moreno me dio la mano, sin sonreír, y sus ojos decían claramente “pringado.
O sea, ¿este? Pfeeeee”, pero su boca solo dijo “encantado”. No parecía
encantado. Parecía hostil y lejano e indiferente y aburrido. Me tambaleé un
rato mientras la pareja me miraba y nadie decía nada. El silencio pasó, entre
los tres, chillando “INCOMODO-INCOMODO-PERO-QUE-INCOMODO-SOY”, con voz de tenor
de Ópera. Yo pensaba en cuántas cervezas había bebido. Hacía una cartografía de
las bebidas que había consumido en las últimas horas. Clara y su nuevo novio se
despidieron de mí y me quedé parado en
la calle, como un monumento etílico al desamor. Luego entré en otro bar y añadí
más alcohol y mi borrachera se hizo fuerte en mi interior. Mi borrachera sustituyó la tienda de campaña
por una mansión con yacusi y piscina, dentro de mí.
Al día siguiente me desperté en un portal en
el que nunca había estado, ni debería haber estado ni creo que vuelva a estar.
El
portal siguió llamándome durante mucho tiempo: pero fui firme y claro y le dije
que lo sentía. Que había sido cosa de una sola noche.
Que no
quería hacerle daño.
Hago un
café y enciendo más cigarrillos, mientras espero que el café suba, negro y
caliente, y pueda introducirlo en mi interior. Por las mañanas necesito el
golpe mullido y experto de la cafeína. La cafeína sabe qué necesito, dónde lo
necesito, pero ignora el por qué lo necesito. Solo cumple su función, sin
preguntarse por qué aviva mi sistema nervioso y lo pone en marcha. Soy un tipo
nervioso, siempre lo he sido, pocas
veces logro sentirme relajado. De niño no paraba quieto y mis padres y mis
profesores solían mirarme, pensando que no me daba cuenta, como si fuese una
máquina estropeada que ejecutaba funciones no pedidas y traqueteaba cuando
debería estar quieta. Muy pronto sentí que era una decepción para los demás.
Mis notas en el colegio eran de una mediocridad abrumadora. Era desordenado y
el caos me seguía como una sombra. Cuando llegó el momento de decidir una
profesión, una carrera, me matriculé en Filosofía. Me pasé 5 años aprendiendo
sobre la Nada, el Ser y la Nada, la Nada y el Ser y el Ser siendo Nada.
Descubrí que aquel sujeto de bigote de morsa y mirada penetrante se llamaba
Friedrich Nietzsche y que había anunciado la muerte de Dios. Dios estaba muerto
y el paro nos esperaba a todos y cada uno de nosotros, mientras discutíamos si
la existencia precede a la esencia o era al revés. Dios estaba muerto, pero
nuestro futuro laboral no tenía mucho mejor aspecto. En la sección de ofertas
laborales del periódico no aparecían anuncios pidiendo un especialista en
Wittgenstein, con conocimientos de Escolástica Medieval y manejo de Office. El
futuro planeaba, por entonces, sobre nuestras cabezas llenas de Kant y Hegel,
con las alas rotas y el motor ardiendo. Y así fue: la sorpresa fue que no hubo
sorpresa. Me licencié y no encontré ningún trabajo vagamente relacionado con la
Filosofía. Un día me llamarón por teléfono y me citaron para una entrevista
laboral, en una empresa de limpieza. Llegué a la dirección de “Limpio e
Higiénico S.L.” con 3 horas de adelanto. Paseé por las inmediaciones hasta que
llegó el momento de entrar. Una secretaria me hizo pasar a un pequeño despacho.
Al rato entró un señor bajito, de fino bigote, calvo, parecía una reliquia de
las películas de la transición que veía de niño. Hasta dudé de si no habría
viajado en el tiempo, hasta 1972, el Caudillo estuviese en el poder y Alfredo
Landa persiguiese suecas ligeras de ropa en la Costa Brava. El anacronismo
humano se presentó como Señor Buenaventura y me hizo varias preguntas.
¿Toma usted drogas?
No (sí)
¿Cree
que limpiar escaparates es una labor por debajo de sus capacidades? No (no sabía
lo era; no lo creía)
¿Le
gusta trabajar en equipo? Sí (No)
¿Considera
más importante la disciplina o la puntualidad?
Ambas,
pero si tengo que quedarme con una, diría….la disciplina. Abarca, de alguna
manera, a la puntualidad. Como que la subsume (la palabra subsumir fue un claro
error, Buenaventura arrugó su bigotillo con indudable disgusto)
¿Ha escuchado la expresión “tan limpio que los
pájaros se golpean contra el cristal”?
Por
supuesto, continuamente (jamás).
El señor
Buenaventura me miró atentamente, dejando que sus dos ojos se llenasen de mí
hasta rebosar.
Contratado,
dijo.
Desde
entonces trabajo 4 días a la semana limpiando escaparates de tiendas con
Miguel, mi compañero. Miguel tiene casi 80 años y por algún motivo continúa
trabajando. Miguel nunca habla. Cuando le pregunté a Dolores, la secretaría de
la empresa, si era mudo, Dolores me dijo que no. Que había jurado voto de
silencio, hacía muchos años.
Miro la
pantalla del ordenador, coagulada de archivos, fotos y símbolos de programas de
ordenador. Está todo hecho un desastre aquí dentro, pienso. Debería borrar
cosas. Poner otras en su lugar adecuado. Limpiar todo este barullo. Luego miro
los calcetines y papeles que hay en el suelo de mi pequeño salón y se me quitan
las ganas de ordenar dentro de mi ordenador. Me parece inmoral ordenador el
ordenador y dejar lo de fuera desordenado. La realidad debería ir primero,
pienso. Luego pienso si lo de fuera es más real que lo que hay dentro del
ordenador. No dentro, sino adherido virtualmente. Me resulta complicado
conceptualizar la cuestión. Bebo de mi segunda taza de café, para que la
cafeína haga sus cosas dentro de mi cuerpo, agite mi sistema nervioso, lo
sacuda y llene de energía y dinamismo. Enciendo otro cigarrillo, para acompañar
el café, y que juntos, la cafeína y la nicotina, esas primas químicas, hagan
sus cosas mezclándose, potenciando sus efectos en mi interior. Entro en
Internet, pero no entro realmente en ningún sitio ¿Me conecto? No encuentro la
palabra. Abro mi cuenta de Facebook y el pequeño cuadrado, situado en la
esquina izquierda de mi cuenta de Facebook, soy yo: mi foto, me mira con cara
seria y preocupada. Me miro a mí mismo, encerrado en un pequeño cuadrado
virtual, con mirada seria y preocupada. Me pregunto en qué estaría pensando,
cuando me saqué esa foto. Esa foto me la saqué ayer, justo en el sitio donde
estoy ahora mismo, en esta silla, delante del ordenador. Levanté mi teléfono móvil
e hice clic en una pestaña con forma de cámara de fotos. Luego miré el
resultado: era yo mirando a mi teléfono móvil. Luego la puse como foto de
perfil. Pero no recuerdo qué pensaba ayer, mientras me sacaba la foto. Se
llaman selfies, sí-mismos, y la gente los usa constantemente. La gente se saca
fotos a sí misma, selfies, y algunos de esas fotos las usan como fotos de
perfil de sus cuentas de Facebook, y otras, no. A veces la gente también se
saca fotos desnuda, posando sensualmente, eróticamente, y se las manda a sus
parejas o conocidos con los que desean tener algún tipo de relación sexual. Las
parejas o conocidos abren entonces las fotos, sin saber qué son, y se alegran
viendo a sus parejas o conocidos desnudos, insinuándose sexualmente, solo para ellos.
Miro mi
pantalla de ordenador, sin pensar en nada. Dejo que los puntos y símbolos y
gráficos de mis archivos y fotos de mi escritorio me hipnoticen.
Pienso
en mi vida. En cómo se arrastra penosamente hacia su final, día tras día.
Pero ni
siquiera siento desesperación. Bostezo; una vez leí que bostezamos para ingerir
oxígeno extra y no dormirnos cuando tenemos sueño, pero no sé si es verdad.
Quizás debería buscarlo en Google.
Miro mi
cuenta de Facebook. Es mi cuenta y me hace sentir que existo. Miro cuentas de
otras personas. Las de mis amigos primero, luego las de mis conocidos, luego
las de conocidos de conocidos y, al final, miro chicas que no son mis amigas de
Facebook, porque son guapas o tienen fotos en bikini.
Vuelvo a
bostezar. Enciendo otro cigarrillo. Me miro en una pantalla, en una imagen
donde miraba a otra pantalla.
De
repente un anuncio aparece en mitad de la pantalla, tapando lo que estaba
mirando. No leo las letras y casi no me fijo en la cara sonriente que me sonríe
o, al menos, sonríe a quien sea que esté mirando la pantalla, en el molesto
anuncio. Automáticamente clico en la pequeña X de la esquina del anuncio. El
anuncio desaparece y puedo, de nuevo, ver el muro de Facebook. Un conocido
aparece en una foto y miro la foto. Mi conocido aparece sonriendo y pasando su
brazo por la espalda de una chica que está a su lado, muy pegada, también
sonriendo y pasándole a su vez su brazo por la cintura a mi conocido. La chica
es muy guapa: sus rasgos ondulan, suavemente, hasta estabilizarse en una
morfología erótica y atractiva; atractivamente erótica.
La foto
de mi conocido tiene 83 Me Gusta.
La foto
de mi conocido Le Gusta a Adrián Alfares, Pitita De, Country 38, Yo de Tú No lo
Haría y 80 personas más.
Hay 19
comentarios, bajo la foto de mi conocido con la chica eróticamente atractiva.
El primero, leo, “Vaya PAREJONA!!!!!!!!!!, para cuando niños?? Wapos!!!!!!!”, y
está escrito por María Arce Pedrada. La foto de perfil de María Arce Pedrada
muestra a una chica no muy agraciada, sonriendo mucho, con un gorro rojo, gafas
de sol tintadas y nieve a su espalda. Pienso que debería poder haber una forma,
en Facebook, de darle a Me Gusta a los Me Gusta de otras personas. Algo sucede
y me encuentro pensando que ojalá mi conocido y la chica atractivamente erótica
se cayesen por la barandilla de madera que hay a sus espaldas, en la foto de mi
conocido. Que sus cuerpos ahora sonrientes y enamorados se despeñasen, de
alguna forma, por la ladera de cortantes piedras, y pereciesen en lo fondo del
barranco. Me arrepiento al momento. Me pregunto de donde ha salido ese vil
pensamiento.
Le doy a
Me Gusta a la foto de mi conocido. Me congratulo de su felicidad. Me alegro por
él, sentado en una silla, enfrente de mi ordenador, vicariamente.
Ahora la
foto tiene 84 Me Gusta. Todo va bien, me digo.
Quizás
debería escribir un e-mail a la empresa Facebook y proponerle mi idea de los Me
Gusta en otros Me Gusta. Veo, en mi cabeza, un Me Gusta con más Me Gusta. A
Pedro Somosierra Le Gusta la foto de Paquito Bombero y a 89 personas Les Gusta
el Me Gusta de Pedro Somosierra. Veo una legión de Me Gusta Gustando a más Me
Gusta. Una orgía de Me Gusta llenándolo todo. El anuncio de antes vuelve a
aparecer y vuelve a interrumpir mi visión del muro de Facebook. Esta vez sí leo
su contenido, enfadado, impaciente. No sé por qué leo.
Leo.
“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
ENHORABUENA, ES USTED NUESTRO VISITANTE
NÚMERO 300.001! HA GANADO NADA MENOS QUE 30.OOO EUROS!!!!!!!”
Hay más
letras, en mayúsculas, con muchos signos de exclamación, pero no las leo. Clico
en la esquina del anuncio, en la X.
El
anuncio desaparece: no he ganado 30.000 Euros.
No soy
el visitante número 300.001 de ninguna página de Internet.
Quizás
tenga un virus. No yo, el ordenador.
Antes, hace mucho tiempo, muchos años, los virus mataban a gente. A gente real.
La gente se moría por culpa de los virus, languidecía y rápidamente perdía la
vida. En otros sitios lejanos, otros países, la gente sigue muriéndose por
culpa de los virus. Pero aquí los virus que nos preocupan atacan a los
ordenadores. Los ordenadores se vuelven locos y dejan de ejecutar sus programas
y subprogramas adecuadamente. Los ordenadores enferman y tienen fiebre y
empiezan a comportarse de forma extraña y bizarra.
El
anuncio vuelve a aparecer y esta vez me cabreo de verdad. Estoy cabreado y mi
teléfono móvil hace el ruido que hace cuando alguien usa su propio teléfono
para llamarme. Lo miro, miro la hora, las 10:20 A.M., y nadie me llama nunca a
las 10:20 A.M. Miro la pantalla, un número aparece, al lado de una figurita más
pequeña en forma de teléfono verde. Que la llamada sean dígitos me indica que:
a) es un número que no tengo memorizado en el directorio. No es mi jefe, ni mi
madre, ni mi hermano, ni un amigo, ni un familiar lejano que ha decidido que
ahora que el cáncer lo consume va a legarme todas sus posesiones, ni nadie que,
básicamente, conozca, y b) se trata de un teléfono fijo, con un prefijo que
desconozco.
Los
prefijos se usan para situar geográficamente un número de teléfono fijo.
Los
teléfonos fijos son los dinosaurios de la comunicación: pasados, pesados,
incómodos, a punto de extinguirse, les resulta difícil desplazarse.
Los
teléfonos móviles son como pajaritos exóticos: livianos, dinámicos, aletean y
van a todas partes. Nadie sabe desde dónde llamas, con ellos. No necesitan
prefijo.
El
prefijo es 91. Me suena. El teléfono insiste, no el mío, otro diferente que no
está aquí.
Alguien
realmente desea hablar conmigo: reacciono a la desesperación del que llama y pienso
en si debería contestar.
No
contesto.
Clico la
X de la esquina y el anuncio desaparece. Aparece de nuevo a los pocos segundos.
Me cabreo más. Clico la X de la esquina y clico la X de la página y aparece mi
viejo, desordenado escritorio. Me tranquiliza la abigarrada geografía que lo
puebla. Me fijo en una foto del escritorio. Estoy en una playa, en la foto,
entrecerrando los ojos por el sol, con un cigarrillo en la mano. Ahora también
tengo un cigarrillo en la mano. Pero no entrecierro los ojos ni luzco
bronceado.
Solo un
cigarrillo me une a mi pasado. Un cigarrillo que se consume, además. Aplasto el
consumido cigarrillo en el cenicero, junto a muchos otros cigarrillos
consumidos.
Aplasto
mi pasado, que deja de humear y de consumirse. Mi pasado desaparece y vuelve de
nuevo al pasado al que pertenece.
Tomo aire.
Respirar:
inspirar, espirar. Pienso si hay algo por el medio, entre inspirar y espirar: probablemente
no.
Probablemente
es como abrir y cerrar: dos acciones inversas, la una el reverso perfecto de la
otra. Sin nada entremedias.
Abro
internet de nuevo. Me conecto de nuevo: la barra de Google me ofrece, toda blanca y vacía, un mundo de
posibilidades infinito. Un infinito mundo de infinitas posibilidades ante mí.
Me mareo
un poco ante el infinito mundo de posibilidades ante mí y bendigo la época que
me ha tocado vivir.
Puedo
pedir lo que se me plazca, en la red: comprar una segadora, si me place.
Encargar un juego de té completo.
Puedo
escribirles a otras personas. Otras personas pueden escribirme a mí, a su vez.
Nos comunicaríamos, entonces, y la distancia no sería un problema o
inconveniente de ninguna clase.
Puedo
comunicarme con un empresario Chino, si quiero.
Puedo
comunicarme con un analista de sistemas informáticos Ucraniano. Con un
jardinero Checo. Con una ama de casa de las Islas Caimán.
La red
me ofrece una serie de infinitas posibilidades y yo solo debo elegir una de
ellas.
Soy un
monarca todopoderoso y mi reino se extiende en la pantalla de un ordenador.
Mis
dedos pueden clicar y enchufarme al mundo.
Si
hubiese nacido en la Baja Edad Media ya habría sobrepasado mi esperanza de vida
en 3,8 años. No tendría dientes. Me mataría a trabajar en el campo, sin seguro
médico. No podría entrar en una página de contactos y tratar de quedar con una
desconocida para tener sexo casual y sin obligaciones. Me pasaría la vida con
la misma mujer, mientras ambos nos caemos a pedazos y trabajamos de sol a sol,
sin seguro dental.
Escribo
en la blancura del buscador “F” y aparece automáticamente, debajo:
Facebook
Fb
Flipar
Forúnculo
Fandango
Clico,
con autoridad, “Facebook”: se abre mi cuenta de Facebook.
El
teléfono vuelve a hacer el sonido que indica que alguien me está llamando y mi
atención se divide entre la página de Facebook recién abierta y el teléfono
móvil sonando.
Mi
atención se estira todo lo que puede y casi se rompe, por la tensión.
Debo
ocuparme de un solo asunto.
Miro
Facebook.
No
contesto al teléfono. Son las 10: 30 A.M y nadie me llama a esa hora, pero la
persona que llama no lo sabe y me llama a esa hora.
Me
cabreo un poco. Clico el símbolo de un teléfono rojo pequeño en la pantalla de
mi teléfono grande de verdad. Corto la llamada y el teléfono enmudece. He
colgado a la persona que me llamaba insistentemente. Le he mandado un mensaje
con ello: deja de molestar. No quiero hablar contigo. Espero y deseo que la
persona que llama entienda mi mensaje y deje de llamar.
El
anuncio aparece de nuevo y curiosamente no me cabreo. Me lo esperaba, de alguna
manera.
Leo.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PONGASE
EN CONTACTO CON NOSOTROS INMEDIATAMENTE PARA FACILITARNOS SU NÚMERO DE CUENTA
CORRIENTE Y LE INGRESAREMOS INMEDIATAMENTE SUS 30.OOO EUROS. NO ES UNA BROMA.
REPETIMOS: NO ES UNA BROMA, JUAN FLORES LADERA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Yo soy
Juan Flores Ladera. No me voy a poner en contacto con nadie. No he ganado
30.000 euros. Quizás no sea una broma, solo una especie de estafa inocente e
idiota. Al final del anuncio hay un número de teléfono y sus números encienden
una chispa en la yesca de mi cerebro y se enciende el fuego de la memoria. El
número me suena.
El
número es 91 88 66 22.
Miro la
pantalla de mi móvil y aparece 91 88 66 22, en Llamadas Perdidas. Pero no son
Llamadas Perdidas. No perdí las llamadas, las ignoré: son Llamadas Ignoradas.
No es que ahora esté buscando desesperadamente mis Llamadas Perdidas: están
dentro de mi móvil. No están perdidas.
Ahora sé
quien me estaba llamando. Miro el anuncio, pero ya he leído todo el texto
mayúsculo, situado entre exclamaciones. Los palos alargados de las
exclamaciones son rectos y perfectos y alzan una fascinación sobre las
palabras.
Hoy no
tengo que trabajar y recuerdo que vivo en una ciudad grande, llena de personas
y actos culturales y cines y diversiones. Pienso que debería ocuparme en buscar
la forma de pasar mi tiempo libre y desocupado. Pienso que debería empezar a
hacer las gestiones necesarias para divertirme. Pienso que debería investigar y
gestionar adecuadamente mi tiempo libre de hoy. Clico en la X del anuncio para
cerrarlo y el teléfono suena. No necesito mirar qué número aparece en la pantalla.
Desisto y como tantas veces, rendirse no trae la inacción. Me rindo y hago algo:
aprieto el símbolo del pequeño teléfono verde y nace una línea. Un puente
colgante me conecta con alguien y ambos nos balanceamos en él. Somos
equilibristas en la cuerda floja. Un precipicio se abre a nuestros pies y la
negrura del fondo es lóbrega y eterna. Eternamente lóbrega.
- ¿Sí?- hablo situando el teléfono al lado de
mi cara. Me embarga una sensación de intimidad con el teléfono. El teléfono
acaricia los pelos de mi barba, en la zona de la cara que toca el teléfono. La
carne y el plástico y el níquel se tocan
y se dicen cosas. Pero no sé qué cosas se dicen.
- ¿Hola? ¿Es usted Juan Flores Ladera?- la voz
que sale del teléfono es de género femenino. La voz que sale del teléfono suena
como si llevase un vestido rojo, zapatones de tacón y perfume.
Me
siento intimidado por la feminidad de la voz.
- Sí: soy Juan Flores Ladera. Y no he ganado 30.000 euros, ni soy
el visitante 300.001 de ninguna página Web, ni voy a darle mi número de cuenta
corriente para que me ingresen los 30.000 Euros- Me escucho a mí mismo y me
puntúo de cero a diez, en las casillas de Seguridad, Aplomo, Firmeza y
Asertividad.
Seguridad:
8
Aplomo:
7
Firmeza:
9
Asertividad:
10
No está
mal. Nada mal. Me he mantenido Seguro, Aplomado, Firme y Asertivo.
-Pero, Señor Flores. Ha ganado…
-Mire, estoy muy ocupado. De verdad. Parece
usted una buena persona, tratando de hacer su trabajo, que es que incautos le
den sus números de cuenta para vete a saber qué. Seguramente todo esto no haya
sido idea suya, pero voy a colgar- cuelgo. Lo que digo se convierte en lo que
hago: la coherencia de ello me sume en un lago de placer. Decido empezar a
hacer las cosas que digo, justo después de decirlas, más a menudo.
Abrazar
el peluche de la coherencia. Elegir el camino recto.
Dejo el
teléfono en la mesa. En mi Facebook hay un 1 en rojo, en la bandeja de
mensajes. El teléfono dice ping: un mensaje de texto ha llegado. Veo el
mini-sobre, el sobre de tamaño ínfimo, en la pantalla. Un sobre que David El
Gnomo podría haber cerrado con su lengua de gnomo y llevado con sus pequeñas
piernas a una oficina de correos del tamaño de una casita de muñecas.
No sé qué mensaje abrir primero. Han llegado
muy juntos, casi al mismo tiempo. Enciendo un cigarrillo, porque me apetece y
para ayudarme a reflexionar: fumo.
Termino
de fumar.
Abro el
mensaje de texto, apretando con mi dedo el sobre ridículamente pequeño de la
pantalla del teléfono. Pienso que tocamos más a las máquinas, que clicamos más sus
superficies, de los que nos tocamos los unos a los otros. Ya nadie se abraza,
pienso, pero al momento sé que eso no es cierto. La gente se abraza todo el rato,
todo el tiempo. Se abrazan en la calle, en la televisión las personas
prácticamente se fusionan, constantemente, con grandes y amorosos abrazos.
Deseo que alguien me abrace ahora. Que alguien esté conmigo aquí y me achuche.
Pero no hay nadie. Clara me viene a la cabeza. Luego su nuevo novio tatuado y
moreno me viene a la cabeza. Se acuestan en mi cabeza. Tienen sexo bueno y
salvaje en mi cabeza. Tengo ganas de llorar.
“Señor
Flores. Soy Sara, la secretaria de Ramón Ortega, dueño de la empresa
“Innovaciones Alucinantes en la Red S.L.”. Y necesito desesperadamente ponerme
en contacto con Usted o, que al menos, que me dé su número de cuenta. Estoy
desesperada. Necesito ingresarle su dinero o mi jefe me despedirá. Usted ha
ganado su premio. No hay trampa de ninguna clase. Hable conmigo, Me llamo Sara
Tejada Blanco”, dice el mensaje de texto.
Abro mi
bandeja de Facebook y el 1 en rojo desaparece: ahora estoy en el mensaje. Leo
el remitente: Innovaciones Alucinantes en la Red S.L.
Leo el
mensaje: el mensaje es exactamente igual al que ahora descansa, recuperándose
del esfuerzo de ser leído por mí, en mi teléfono móvil.
Los 2
mensajes son exactamente iguales y solo leo el segundo mensaje por encima.
Compruebo que son iguales y no gasto mi tiempo releyendo lo mismo otra vez. El
tiempo es oro, dicen.
El
tiempo no es oro, pienso: el tiempo es tiempo.
Son las
11: 05 A.M. Decido salir a dar un paseo. Decido salir de Internet. Salgo de
Internet presionando varios botones de mi teclado. Cierro la página de
Facebook. Apago mi ordenador. Mi teclado es negro y bonito y serio: ejecuta las
órdenes que le doy.
Me pongo
una chaqueta fina de color negro y salgo de mi piso.
Bajo
dentro del ascensor. El ascensor es marrón y huele a perro mojado y a pis seco.
No me tapo la nariz y dejo que ambos olores le digan a mi cerebro: hola.
Saludan a mi cerebro y mi cerebro frunce la nariz, asqueado.
Salgo
del ascensor. Salgo a la calle. En la calle el calor trata de quemar mi piel.
Ve mi blanca y pálida piel y trata que
se vuelva roja. Nunca me pongo moreno. Solo me quemo y mi piel se pone roja y
me duele, al acostarme. Busco las sombras y las sombras se apartan de mí,
cruzan la calle y me sacan la lengua desde allí. Es una conspiración entre el
sol y las sombras: ambos quieren que mi piel se queme y se ponga roja.
Camino
sin destino, despacio, con las manos en los bolsillos y los bolsillos en los
pantalones. Todo encaja. Los coches ascienden la calle, que es una pendiente
hacia arriba. Los coches suben con esfuerzo, hasta perderse de vista. Noto algo
extraño pero no sé de qué se trata. La gente me mira, me parece. Pienso que tal
vez, desde la última vez que evalué mi propia cordura, haya habido algún
cambio. Quizás algo se ha roto dentro de mi cerebro y mi cerebro vea cosas que
no están ahí. Como si tuviese una película en él, solo para mí. Un film que no
corresponde con lo de fuera. Paranoia, me digo.
La
paranoia es creer que el Universo conspira contra uno.
La
paranoia es creer que el pájaro que te cago encima, en tu chaqueta nueva, lo
hizo adrede: porque eras tú.
La paranoia
te hace creer que ese pájaro, unas horas antes, tumbado en la cama de un
sórdido motel del centro, fumaba y estudiaba tu foto. Miraba tu foto y memorizaba
las líneas de tu rostro: eras su objetivo.
Alguien
había contratado a ese pájaro y le había dado una fuerte suma de dinero. Le
había dado tu foto para que te cagase encima. Para que fueses su objetivo.
Un
pájaro-sicario.
Quizás
me haya vuelto un paranoico esquizofrénico.
La
esquizofrenia significa “mente dividida”. Tener 2 mentes al mismo tiempo.
Debe ser
confuso, decido.
Luego
decido que no es en absoluto confuso. Que todo es muy claro: me asusto. Me
pregunto, si es que realmente me he vuelto loco de atar, cuando ha sido.
¿Esta
mañana al levantarme?
¿Esta
mañana un rato después de levantarme?
¿Ayer
por la noche al acostarme?
Recuerdo
que anoche me sentía un poco esquizofrénico paranoide. Ahora que lo pienso.
Quizás fue en ese momento.
No creo
que tenga importancia cuando haya sido. El momento exacto en que mi mente se
dividió en dos. Entonces me digo a mí mismo que debo estar muy atento a todo, a
todos, a mí mismo, para confirmar si me he vuelto loco. Pienso que quizás no
sea buena idea. Que será peor.
Que será
como alimentar el fuego de la locura: echar más leños a la hoguera de la
esquizofrenia.
Pero la
gente sí me mira. Veo sus ojos mirándome. Y como me miran, yo les miro a ellos.
Nos miramos, al pasar. Luego ellos siguen su camino y yo, el mío. Son caminos
diferentes.
Me doy
cuenta de algo más: me sonríen. Sus caras se relajan al verme. Sus ojos se
avivan como ascuas al verme. Sus bocas dicen: hola. Yo no digo hola con mi
boca. Me siento como si fuese el protagonista de la película “El Show de
Truman”. Vi “El show de Truman” con Clara. En casa, no en el cine. El cine es
grande y hay otras personas. Nuestro piso era pequeño y no había otras
personas: solo ella y yo. Recuerdo que Clara vestía un jersey viejo lleno de
renos. Los renos también miraban “El Show de Truman” y parecía gustarles.
La
historia del “El Show de Truman”: Truman es un hombre normal en un pueblo
normal. La gente conoce a Truman y Truman conoce a la gente. Todos se dicen
hola con la boca, unos a otros. Pero un día un satélite cae del cielo. Unos
extraños hombres se llevan el satélite roto. Truman escucha cosas extrañas en
la radio de su coche. Truman se da cuenta de que todos mienten y fingen. Su
esposa miente y finge. Su mejor amigo miente y finge. Su madre miente y finge.
Su jefe miente y finge.
Truman
descubre que vive en un plató de un programa de televisión. El plató de televisión
tiene la forma de su pueblo. Todos son actores. Él no es actor. Todo el mundo
ve su programa. Algunos incluso ven su programa metidos en la bañera. Truman
nunca ha salido del plató de televisión en forma de pueblo. Truman se siente
mal y se escapa del plató de televisión. El director del programa no quiere que
Truman se vaya y trata de retenerlo: lanza tormentas de mentira contra la barca
de vela de Truman, pero Truman esquiva las tormentas de mentira y sale al
exterior. La película se acaba.
Clara
dijo que la película era interesante porque un actor interpretaba a un hombre
que no sabía que estaba en un programa de televisión: dijo que era todo muy meta.
Que al terminar la película el actor de verdad dejaría de ser Truman pero
siempre se sentiría, desde entonces, un poco Truman, en el fondo. Que llevaría
a Truman consigo por toda la eternidad.
Yo dije
que el actor era Jim Carrey. Que Jim Carrey ya tenía bastantes problemas
encima. Que los problemas lo surcaban como si él fuese el mar y los problemas
barcos de vela.
Jim
Carrey sufre Depresión Clínica, le dije a Clara.
Clara me
miró.
Jim
Carrey siente a veces que la vida es un amasijo de pena y sinsentido aliñada
con desesperación, le dije a Clara.
Jim Carrey
hace reír a todo el mundo mientras siente que la vida es un amasijo de pena y
sinsentido aliñada con desesperación, le dije a Clara.
Jim
Carrey cuenta chistes y todo el mundo se muere de la risa mientras él desea
morirse de verdad, le dije a Clara.
Clara no
dijo nada: me miró con tristeza. Como si yo también fuese triste. Como si yo
también sufriese de Depresión Clínica.
Como si
fuese Truman y nuestro salón un plató de televisión con forma de salón.
Mi
teléfono móvil hace ping en mi bolsillo, pero no lo saco y pulso con mi dedo el
pequeño sobre de su pantalla para leer mi mensaje.
Una
señora mayor me sonríe al pasar. Yo no le sonrío al pasar.
Una niña
de ocho años me sonríe al pasar. Trato de sonreírle pero una mueca desfigura mi cara: mi cara
actúa por su cuenta y no tiene ganas de sonreír. Mi cara está paralizada. Se ha
estropeado en la posición Apagado y solo muestra un gesto neutro y mortecino.
Pienso que me gustaría que mi cara sonriese.
Llego a
la biblioteca de la ciudad. La biblioteca se alza sobre el asfalto, alcanza los
tres pisos y está llena de libros.
La
primera planta es la sección infantil y juvenil: nunca entro ahí. No soy un
niño ni un joven. No tengo hijos ni jóvenes a mi cargo. Ningún familiar se
estaba muriendo de una enfermedad grave y me pidió, llorando, que cuidase de
sus hijos cuando él no estuviese. Ningún familiar chocó con su coche contra un
camión y dejó a sus hijos huérfanos y tuve que hacerme cargo de ellos.
Nunca me
acosté con una mujer sin tomar medidas, ni puse mi semilla en ella y 9 meses
después tuvimos un hijo al que pueda llevar a la sección infantil y juvenil de
la biblioteca.
Soy un
humano que no ha legado su código genético: eso es egoísmo. Eso es como decir
que me resulta indiferente la pervivencia de mi propia especie: la especie
humana.
No he
puesto mi granito de arena. No he colaborado. No he puesto mi semillita, un
mini yo de semen, en la tierra fértil que es la vagina de una mujer: si todo el
mundo fuese tan egoísta y desconsiderado como yo, la humanidad se agotaría.
La
humanidad sería como un lecho de un río que se va secando, hasta que solo queda
un hilillo de agua.
El
hilillo de agua puede penetrar a otro hilillo de agua, que está muy cerca de
él, procedente de otro río que también se está secando. Juntos pueden crear un
tercer hilillo de agua, que creará más hilillos de agua, hasta que el río
vuelve a su cauce.
Si yo
fuese ese último hilillo de agua, dejaría que el sol evaporase mi cuerpo.
Estaría demasiado ocupado pensando en mí mismo, viendo películas y mirando mi
ombligo.
El mundo
se quedaría seco y sin agua, por mi culpa.
La
sección infantil y juvenil es un misterio para mí. Los niños y jóvenes entran y
salen de ella. Los libros infantiles y juveniles son un misterio para mí.
En el
segundo piso están los libros sobre ciencias. Nunca entro, tampoco. No sé nada
sobre ciencia. La ciencia es precisa y clínica. Pienso en ciencia y veo una
sala de operaciones quirúrgicas donde hombres cortan y examinan el mundo.
El mundo
se revuelve de dolor. Los científicos siguen estudiándolo, hasta que pierden a
su paciente: el mundo muere. La luz de la sala es fría. La luz de la sala es
como nieve hecha luz.
Como si
alguien hubiese metido puñados de nieve en un saco y los hubiese transformado
en luz fría.
Veo
científicos metiendo sus puñados de nieve en un saco, para iluminar operaciones
quirúrgicas científicas.
Nunca
entro en la sección de ciencia. Los libros de ciencia deberán pasar sin mí.
Voy a la
tercera planta: la de literatura. Me gusta la literatura porque es mentira.
Todo es mentira, en la tercera planta. Libros llenos de historias inventadas.
Nadie muere, ni nace, ni sufre ni se alegra.
Los
cánceres son de mentira. Los accidentes son de mentira.
Por cada
uno de los libros de la tercera planta, un hombre se sentó en una silla: su
cerebro le decía cosas y él las apuntaba. Inventaba cosas hasta que eran
suficientes para un libro. Ahora sus mentiras están en la tercera sala. Entro
en la tercera sala. Antes he tenido que subir las escaleras. En las escaleras
había una chica: una chica joven y morena. Es hermosa y baja las escaleras y
las escaleras la dejan bajar.
Las
escaleras no son hermosas: solo son peldaños unidos unos a otros. Solo me
parecerían hermosas si fuese una termita hambrienta.
No soy
una termita hambrienta. Solo piso los peldaños porque hacen que mis pies
asciendan. Mis pies me sitúan en la tercera planta. Miro los libros y sus
títulos.
Libros
que veo:
“Verónica decide morir”, de Paulo Coelho.
“Verónica decide morir”, de Paulo Coelho.
“Tus
zonas erróneas”, de Wayne Dyer.
“Haciéndote
cargo de ti mismo”, de Digus Freger
“El
poder del ahora”, de Eckhart Tolle
No
conozco ninguno de esos títulos. Miro un cartel y el cartel me informa de la
sección en la que estoy: “Manuales de Autoayuda”.
Me
parece una buena idea: auto-ayudarme. Preferiría que alguien me ayudase. Auto-ayudarme
suena un poco a falso.
Suena a
esforzarse. La palabra ayuda suena a que alguien hace cosas por ti. Cosas que
tú no quieres hacer. De todas formas, decido, auto-ayudarme me vendría bien.
Decido
que necesito algo de ayuda para mí mismo: solo me tengo a mí mismo. Decido
ayudarme. Ojeo los libros.
Leo los
títulos de los capítulos de los libros.
Leo.
“Cómo
hacer que los demás piensen como tú”
“Cómo
presentarte ante los demás como una persona sana e independiente”
“Cómo
influir a los demás sin que sepan que les estás influyendo”
Leo.
“Cómo
influirte a ti mismo sin saber que te estás influyendo a ti mismo”
“Cómo
ser una persona maravillosa todo el tiempo”
“Cómo
superar un cáncer terminal sin perder la sonrisa”
“Cómo
conquistar el aprecio y el respeto de todo el mundo sin esforzarte ni comprar
regalos”
“Cómo
ser independiente y no volver a necesitar a otro ser humano nunca más”
“Cómo
sobrevivir a un holocausto nuclear sin dejar de lado tu yo interior”
“Supera
tus traumas: una guía para perdonar genocidas”
“Lo
tienes, pero no sabes dónde lo has dejado: recupera tu niño de 2 años interior”
“Asesinato:
no es la solución. Entiende a tu pareja Bipolar y reíros juntos de sus pequeñas
locuras”
Leo
“Cómo
superar el pánico a la ablación”
“11-S.
Cómo olvidarlo y dejar de pensar en todas las víctimas cayendo al vacío,
enfrentadas a la difícil decisión de morir ardiendo por las llamas o explotando
sus cuerpos contra el asfalto”
“Aprende
a usar la eutanasia emocional: deja atrás tu desamor y aprende que cualquiera
puede llenar el hueco vacío de tu corazón sin importar su credo, estado civil,
historial psiquiátrico, edad, ideología, altura, peso, aspecto fácil o número
de miembros amputados”
“Vive el
AHORA ahora”
Leo
“Cómo
vivir cada día como si mañana fuese a haber un Holocausto centrado en tu raza o
credo”
“Cómo
influir a la gente, hacer amigos, provocar envidia y ligarte a la mujer de tu
mejor amigo y que este siga jugando contigo al squash”
“El
poder Del AHORA: cómo no desperdiciar ni un solo segundo de tu vida y hacer que
todos y cada uno de ellos sean inolvidables y eternos”
“El
AHORA ayer: cómo hacer las paces con tu pasado y usar el poder del AHORA en él”
“Sí, te
violaron ¿Y? La resilencia no es una región turística Italiana: descúbrela”
La chica
guapa que antes bajaba las escaleras aparece a mi lado.
Estamos
en la sección de autoayuda. La chica ha debido volver a subir las escaleras que
antes bajaba: porque ahora está aquí.
Pasa
algo extraño.
La chica
se ha pegado a mi cuerpo; roza mi brazo: mi brazo roza el suyo. Su brazo es
caliente y firme. Hay mucho espacio en la sección de autoayuda, pero la chica
se ha pegado a mí. Ha invadido mi E.P.
E.P. es
mi Espacio Personal. Todos tenemos un Espacio Personal. Un país imaginario que
nos circunda. Una zona que nos aísla y nos protege los unos de los otros,
hábilmente diseñada para no tocarnos entre nosotros.
Porque
tocarnos sería terrible.
Quizás
la chica no se dé cuenta de que está invadiendo mi E.P. Me aparto un poco para
que no se sienta incómoda: nuestros E.Ps se separan e individualizan de nuevo.
La chica se acerca a mí: nuestros E.Ps son uno solo de nuevo.
La chica
alcanza un libro y su brazo frota el mío, al hacerlo. Huele a madreselva y jazmín.
Yo huelo a sudor y a tabaco rancio. La chica viste un pantalón vaquero cortado
a la altura de sus muslos: sus piernas son largas y esbeltas y morenas.
Sus
piernas deben llevarla allá donde quiera ir.
Lleva
una camiseta blanca ceñida. Sus pechos se translucen un poco, debajo. La
geografía de sus pechos es rotunda y escarpada. Dos laderas iguales apuntando
al cielo. Su cara es un ovalo perfecto dividido por una nariz respingona, en el
medio.
La nariz
respira. Me sonríe, la nariz.
Me mira
y me sonríe, la chica.
A mí.
Me siento como si estuviese en una película
porno. Una película porno de las antiguas, de las que tenían argumento y
escenas de transición no-sexuales. Es lo que parece esto ahora: una de las
escenas de transición no-sexuales. Es agradable, pero me asusta.
Tengo
miedo de la chica.
La biblioteca ahora parece otra: un escenario
donde cualquier cosa puede suceder.
Miro los
libros de autoayuda. Auto-ayudadme, les
suplico mentalmente. Los libros de autoayuda no me auto-ayudan. Se quedan muy
quietos, en sus estanterías.
No sé
cómo auto-ayudarme.
Cojo uno
de los libros. Me sorprendo pensando que quiero que la chica sexualmente
deseable se ponga normal y se vaya. Me sorprendo deseando que todo sea normal y
como siempre: lo normal es que las chicas sexualmente deseables que me cruzo en
la biblioteca permanezcan a muchos metros de mi E.P.
Lo
normal es que las chicas sexualmente deseables protejan su E.P. personal con
uñas y dientes.
Cojo un
libro para disimular. Para que todo vuelve a ser como antes. Para que todo
vuelva a ser deprimente y triste y miserable como antes: me encuentro deseando
que las chicas vuelvan a permanecer a muchos metros de distancia de mi E.P.
He
cogido “El poder del AHORA”: quizás sea una señal. Me concentro.
Pido en
silencio que el poder del AHORA me ayude. Me concentro.
Veo un
AHORA, creciendo en mi cabeza. Llenando mi cabeza. Mi cabeza es AHORA.
Yo soy
AHORA. El tiempo es AHORA. Los relojes se paran en AHORA.
La chica
me sonríe. Sus senos me sonríen, señalando al cielo.
Sus
senos no son AHORA.
Ni su
boca.
Ni su
piel de plástico y porcelana.
Ni su
pelo.
Ni sus
piernas, tan eficientes y torneadas y saludables y morenas.
La chica
se pega aún más a mí, de alguna manera: nuestros E.P.S. toman una copa e
intiman. Nuestros E.P.S. se van a vivir juntos a un piso de protección oficial
y los domingos dan románticos paseos por un polígono industrial cercano.
Se me
cae de las manos “El poder del AHORA”: el AHORA estalla y se rompe en mil
pedazos de pequeños AHORAS. Hay AHORAS por todas partes, ahora.
Pisamos
los pequeños AHORAS, rotos.
- ¿Quieres
venir a mi casa a tomar un café?- dice la chica. ME dice la chica.
- ¿AHORA?-
me oigo decir a mí mismo.
No hay
nadie más en la sección de libros de Autoayuda de la biblioteca. Todos están en
la sección de libros de No Autoayuda: no quieren auto- ayudarse. Viven sin
ayudarse a sí mismos, chapoteando felices en su ausencia de cuidados. Felices
de no acunar sus bebés interiores: sus yoes interiores sin podar crecen como
hierba de San Juan.
La chica
habla y dice que se llama Clara 2. La chica no ha podido decir eso. Clara 2 no
es un nombre. Solo sería un nombre adecuado si ella fuese una especie de robot.
Como
R2d2.
Intento
no pensar en Star Wars.
Pienso en Star Wars.
No hay que pensar en Star Wars, cuando una
mujer sexualmente deseable te habla, o te mira, o está cerca.
Todo el
mundo lo sabe.
Es
inútil: C-3PO ya ha entrado en mi cabeza y hace “TOC TOC ¿hay alguien ahí?”,
con sus nudillos metálicos y dorados.
Erredós-Dedós
hace BIP BIP BIP.
Clara 2
no ha podido decir que se llama Clara 2: pienso que estoy sufriendo una
alucinación auditiva.
Mi mente
dividida y esquizofrénico-paranoide escucha cosas por su cuenta.
Mi mente
loca crea cosas porque sí.
Mi mente
ya no es una estación repetidora, un reproductor de la realidad: se ha puesto
creativa.
Se ha
aburrido de hacerme llegar la realidad circundante. Rellena espacios. Adereza
las cosas con el aliño de la psicosis.
La chica
que no ha dicho que se llama como mi ex novia +2 y yo bajamos las escaleras de
la biblioteca. Salimos de ese templo del saber. Los libros agitan sus hojas y
se despiden de nosotros.
La chica
me sigue sonriendo. Andamos. La gente nos sonríe: la chica les sonríe a la
gente que nos sonríe y estos nos sonríen un poco más.
Flotamos
en sonrisas. Las sonrisas son un gran lago que nos baña. Un líquido amniótico.
Nos espolvorean con sonrisas.
La chica
dice que justo vive al lado de la biblioteca. Y que ya hemos llegado: señala un
portal.
Sonríe.
Saca las llaves. Abre la puerta del portal. Subimos y abre la puerta de su
piso.
Ponte
cómodo, dice. Voy a ponerme cómoda, dice.
Me deja
en un salón enorme. Mira los libros y películas y discos, si quieres, dice. Y
se va, a ponerse cómoda.
Miro los
discos y películas y libros: están todos mis preferidos. Los que más me gustan.
Mis
escritores preferidos.
Mis
directores preferidos.
Mis
músicos preferidos.
Me
siento en su sofá y es comodísimo. Me siento cómodo y me alegra porque la chica
dijo que me pusiese cómodo: lo estoy cumpliendo.
Enciendo
un cigarrillo y en vez de sentirme débil, culpable y temeroso del cáncer de
pulmón, solo siento placer. El sofá se hunde, suavemente, bajo mi culo.
La chica
vuelve. Se ha puesto un vestido que termina muy muy pronto. Más que un vestido,
es un anuncio de vestido. Parece que en cualquier momento el vestido va a decir
“y ahora viene el vestido. Yo solo soy un adelanto”. Es un tráiler del vestido.
Todo cinética, explosiones, tiroteos y emoción.
Estoy
cómoda, dice la chica.
Estoy
cómodo yo también: estamos cómodos.
Pone uno
de los discos y resulta que es el preferido de mis preferidos. Se agacha para
ponerlo: su culo es un paisaje verde, lleno de vaquitas, flores, prados y ríos
claros. Mi sofá es un mirador. Suena mi disco preferido y la chica me prepara
una bebida: vodka con naranja. Me pregunta si me gusta y resulta que es mi
bebida favorita de todas.
Se
sienta a mi lado. Aspiro su perfume. Tenemos una conversación interesante y
profunda. Nos gustan las mismas cosas. Sintonizamos de verdad. No hay silencios
incómodos. Los silencios son cómodos: se posan en nuestros labios, tranquilos y
serenos. El aire entre nosotros es nuevo y fresco.
¿Nos
estamos enamorando un poco o es mi esquizofrenia paranoide inventando
sensaciones, viviendo su vida loca dentro de mi cabeza?
La chica
toma la iniciativa. No solo la toma: la asalta. Me besa. Un beso son dos labios
uniéndose bajo la égida del deseo. Sus labios son húmedos y calientes.
Le toco
los pechos. Le toco todo lo demás. Su cuerpo es barro nutritivo y mis manos se
hunden en él hasta el fondo. Mis manos se curan, ahí dentro.
Hacemos
el amor no sería correcto para describir que hacemos: el amor nos hace a nosotros.
Nos cambia y mejora. Nos formatea en una versión 2.0. Salimos de sus fauces embellecidos
y hermosos.
Estamos
desnudos y fumamos cigarrillos lánguidamente, muy lejos de cualquier dolor o
pena. Mi semen se escurre entre sus muslos. Sus fluidos gotean de mi miembro
agotado y feliz. Siento que podría
escuchar los 40 Principales y que ello no estropearía este momento. Ni siquiera
eso.
Si mi
pene es feliz, yo soy feliz. La felicidad es un pene feliz, abastecido y
mimado.
La
felicidad y el pene están interrelacionados de la siguiente forma:
- Pene
contento: felicidad
- Pene
triste: no felicidad
La
sencillez lo aclara todo: convierte el mundo en una fiesta llena de invitados
que se dicen te quiero y beben champán del caro.
La chica
me mira, con sus ojos almendrados. Tiene las pupilas dilatadas y eso significa
que le gusto mucho.
La chica
me dice que me quiere. Que se está enamorando de mí. Le digo lo mismo porque lo
siento, no porque ella lo haya dicho primero.
Hablamos
de más cosas profundas e interesantes. Volvemos a follar y es aún mejor que la
primera vez: nuestros cuerpos empiezan a conocerse de verdad. La primera vez se
decían “hola, ¿qué tal?” y ahora ya se tutean. Sus pezones y mi boca sellan
pactos secretos. Sus pechos son nata líquida y se derrama sobre mí. Su sexo es
el estribillo perfecto de la canción perfecta sonando en el momento perfecto.
Su trasero, agua fresca cayendo de la cascada más hermosa del mundo, bajo un
atardecer de primavera fotografiado por el mejor fotógrafo del mundo.
Su
cuerpo es un templo a profanar. Soy un diablo menor y profano: profano mucho.
Profano todo lo profanable allí. Pero no hay castigo: DIOS mira mi profanación
y dice que todo está bien.
Me meo
en el agua bautismal del templo y está bien.
Destrozo
las vidrieras góticas a pedradas y está bien.
Tiró el
Jesús en su cruz y está bien.
Quemo el
púlpito con gasolina y está bien.
Hago
heridas en nuestros cuerpos que no sangran ni duelen. Heridas buenas, que curan
todo. Heridas curativas.
Penetro
todo lo penetrable.
Las
horas pasan y por una vez no son algo a olvidar: son libros incunables. Son
destellos eléctricos. Al final debo irme, para que cuando vuelva a verla, sea
todo más emocionante. Nos decimos adiós
con un beso. Me da su teléfono: se lo devuelvo. Solo necesito su número, para
llamarla. Me da su número. La confusión nos hace mucha gracia. Tenemos el mismo
sentido del humor.
Somos
almas gemelas. La mitad que nos faltaba. Mi otra mitad está buenísima, pienso,
mientras bajo las escaleras que me llevan a la calle. Estoy en la calle y la
camino.
Cómo
caminar: poner un pie y luego otro. Avanzar. Estoy avanzando en la vida, está
claro. La gente me sonríe y, esta vez, les devuelvo las sonrisas: se las cojo
de la boca, recién nacidas, pequeñas, abriendo sus pequeños ojillos de
sonrisas-bebés, las estiro hasta hacerlas más grandes y se las devuelvo.
Mi
teléfono suena. Contesto sin pensar. Descuelgo y hablo: es Sara Tejada Blanco
- Hola
vieja amiga- le digo
-
¿Hola?- titubea. Esperaba una bofetada verbal y obtiene una caricia de mis
labios.
- ¿Mi
número de cuenta, verdad? Es el 2227397254-0938-00. Banco Sinentender.
Hay un
silencio y luego más palabras. Las palabras acuchillan el silencio, que se
muere desangrado.
-
¡Muchas gracias, Señor Flores!
-
Llámeme Juanito Florecilla, o Juan Floripondio, o Juan Ladera Marica. Que ya
hay una confianza.
-
¿Perdón?
-Perdonada.
Me tienta
contarle a Sara Tejada que me acabo de
enamorar, pero no digo nada. La discreción siempre ha sido mi debilidad.
- No
sabe cómo se lo agradezco Señor Juanito Florecilla. Mi jefe, el Señor Ortega,
no para de dar vueltas y llorar en su despacho. Es usted la sexta persona que
gana nuestro premio y ninguno ha querido aceptar el dinero. El señor Ortega no
para de decir, desesperado, que no estamos cumpliendo nuestra promesa. Que no
estamos entregando nuestros premios. Que una empresa seria y prospera dedicada
a Internet debe dar dinero a los visitantes número 100.000, 200.000, etc. Temía
que cayese en una depresión clínica, si nadie aceptaba el premio. Como Jim
Carrey, ¿sabe?
- ¡Sí!
Jim Carrey sufre una depresión clínica. Poca gente lo sabe.
-
Efectivamente, Señor Juan Floripondio ¡Es usted muy culto!
- Oh,
por favor, es usted muy amable, Señorita Tejada.
- ¿Sabe,
Señor Juan Ladera Marica? No debería contarle esto, pero es que su voz me
inspira tanta confianza….tengo un pequeño problema. Verá, soy ninfómana, aparte
de secretaria en Innovaciones Alucinantes en la Red S.L. Me da mucha vergüenza
y apuro contárselo.
- No se
preocupe. Yo, hasta ahora, no he hecho otra cosa en la vida que cagarla-
confieso.
- Oh,
qué comprensivo es usted ¿Le gustaría que tuviésemos una cita?
Me quedo
pensativo: hasta el teléfono parece reflexionar conmigo. Me acabo de enamorar y
tal vez no sea muy adecuado quedar con ninfómanas. Luego recuerdo que Clara 2
me dijo que lo que más le apetecería sería hacer un trío, conmigo y otra mujer,
antes de irme de su piso hace un momento.
- ¿Le
importaría que me acompañase otra mujer en nuestra cita, Señorita Tejada?
- En
absoluto, en absoluto, estaría verdaderamente encantada. Quería avisarle de que
mis medidas son 60-90-60. Espero que eso no sea un problema, hay gente que no
lo encuentra nada atractivo, mis medidas.
- Oh, no
se preocupe. En absoluto será un problema.
Concertamos
la cita para el día siguiente y colgamos. Antes, Sara me dice que me ingresará
el premio en mi cuenta, inmediatamente. Y me pregunta si me gustan los ligueros
negros y eróticos.
Me
gustan los ligueros negros y eróticos, le confirmo.
Le mando
un mensaje de texto a Clara 2, preguntándole si le apetece un cita con Sara:
“Claro! Te quiero! ;)”, me contesta.
No
entiendo muy bien qué me pasa. Pero por una vez en la vida no tengo ganas de
pensar.
El
teléfono suena de nuevo. Contesto. Es mi jefe, el Señor Buenaventura.
Me
cuenta que se ha equivocado. Que este mes ya hemos limpiado todas las
cristaleras que había que limpiar. Que el resto del mes nos lo da libre. Me
cuenta también que el Sindicato de Limpiacristales ha presionado a la patronal
de Jefes de Limpiacristales y han acordado subirnos el sueldo en un 300 por
ciento. Y darnos una prima de 1000 euros, también. “La verdad es que os lo
merecéis, mecachis”, dice. Nos despedimos de forma cordial.
Me voy a
mi casa. Entro en mi casa y ya no me parece vacía y fría. Me parece un sitio
agradable. Limpio y saco la basura. Friego el suelo y queda limpio. Ordeno y
casa cosa queda en su sitio preciso. Limpio las ventanas, para poder ver el sol
apagándose y presentando la noche, con sus últimos y benefactores rayos.
Mi
teléfono hace ping: un mensaje de texto. Lo abro.
Leo.
“Hola:
soy clara 1. Supongo que te extrañará que te escriba, después de tanto tiempo.
Es normal. Sé que te hice mucho daño. Y me he dado cuenta de que aún te quiero.
Ya no me gusta mi novio moreno y tatuado, que te miraba fríamente y pensaba
“pfee, ¿este pringado?”. Me he dado cuenta de que tú eres mil veces más hombre
que él. O tal vez un millón de veces. Es incalculable, de hecho, lo mucho más
hombre que eres. Sin duda. Me gustaría verte. Mucho. Me gustaría que me perdonases
por abandonarte así. Solo pienso en compensarte, de alguna manera. Y no sé
cómo: solo sé que haría lo que fuese para volver a estar contigo. Repito:
LO-QUE-SEA. Tu Clara 1, con amor. Escríbeme, por favor. Te amo.”
Termino
de leer: ya no leo. Ya he leído. Ahora pienso.
Estoy
sorprendido y confuso. Estoy confusamente sorprendido.
Le
contesto, tecleando en mi teléfono móvil.
Tecleo.
“Hola,
Clara 1: me siento confusamente sorprendido. Hace ya tanto tiempo que no
hablábamos… no sé qué decir ¿Te apetecería unirte a una cita abierta? Quizás
sea un primer paso para retomar nuestra relación. De momento somos yo, una
secretaria ninfómana y una chica de la que-me temo-me esté enamorando y con la
que me acosté hoy mismo. No sé. No es una forma muy ortodoxa de intentarlo de
nuevo…pero es lo que te puedo ofrecer ahora mismo. Tuyo siempre, Juan”
A la
décima de segundo mi teléfono hace ping.
Leo.
“ME
ENCANTA LA IDEA: CLARO!!!!!!!!!!!!!!. Por cierto, me he operado los pechos,
para aumentarlos...espero que no sea un problema. Un beso, cielín”
Tecleo. Contesto.
“No hay
problema, con el tema pechos aumentados. No te preocupes. Te esperamos. Un
beso”
Dejo el
teléfono en la mesa, pero vuelve a sonar: una llamada esta vez. Alguien llama.
Contesto.
- Hola.
Sé que es un poco tarde. Le llamo de la Editorial Planetoide.
-¿Planeta?
- No,
no. Editorial Planetoide ¿Planeta? Ja ja, que nombre para un editorial. No sea
ridículo.
-Perdón.
-Perdonado.
Le llamaba para saber si estaría usted interesado en que editásemos la novela
que nos mandó hace 5 años. Verá: hubo una confusión. Se traspapeló y nadie pudo
leerla. Hace unos días un becario la encontró en el sótano. Ni que decir tiene
que nos ha encantado. La hemos leído todos en la editorial. La señora de la
limpieza hasta lloró con ella. Y eso que es rumana y no entiende muy bien el
castellano. Nos sorprendimos al saber que aún no la había publicado con otra
editorial. Nos sorprendimos y alegramos, claro. Menuda obra maestra, si me
permite decirle. “La vida es un matadero cruel e inhumano sin salida” nos ha
robado el corazón.
Hablaba
de mi novela. La novela en la que había estado trabajando años y más años. Años
de mirar la pantalla del ordenador, fumando bajo la sombra de cada frase.
Preguntándome si no era un farsante sin talento. Devanándome los sesos en pos
de la genialidad.
La envié
a un montón de editoriales y todas me rechazaron. Una incluso me pidió que, por
favor, no volviese a enviar nada más. Que por favor no.
Mi
novela no publicada. Me llamaban de la editorial más importante del país.
La mujer
de Editorial Planetoide empezó a soltar cifras.
Cifras
de Euros.
De
copias vendidas.
De
royalties.
De derechos
de autor.
De
cineastas interesados en llevarla a la gran pantalla.
Me
cuenta que gente importante ha leído mi novela.
Digo que
sí a todo.
Me cita
para el día siguiente. Para cerrar el acuerdo, dice. Colgamos.
Ya no
hablo por teléfono.
Mi
novela. La niña de mis ojos: “La vida es un matadero cruel e inhumano sin
salida”. Mi aportación a la Humanidad. Mi Legado.
Enciendo
un cigarro. Enciendo mi ordenador: uno echa humo y el otro, no.
Entro a
mi cuenta del Facebook. Tengo muchas Notificaciones. Clico y las abro: todos
likes a mis cosas. A todo el mundo, de repente, le encantan mis fotos y
escritos.
Le gusta
a la gente. A mis amigos de Facebook. Me siento acompañado por toda esa gente,
que se tomó la molestia de darle a Me Gusta a mis cosas.
Me
validan: ¿Juan Flores Ladera? ME GUSTA.
Les
GUSTO. Y a mí me gustan ellos.
Tengo un
mensaje, también: un 1 rojo.
Clico y
abro mi mensaje.
Leo
“Hola,
Juan: SOY DIOS. Uy, perdona las mayúsculas. Tengo los dedos como chorizos y me
hago lío con las teclas. Te preguntaría cómo estás, pero ya lo sé. YO LO SÉ
TODO. Jo, perdona: le di a Bloq Mayús, otra vez. Cualquier día os mando de nuevo
a la Edad de Piedra y os quedáis sin teclados. Ja Ja Ja. Es broma. Te escribo
porque…es difícil de explicar.
Verás:
la cagué un poco. Hace tiempo. O sea. Creé todo-lo-que-existe. Y estaba
bastante bien. La Creación y eso. Pero con el tiempo comencé a aburrirme de
ella. Los animales y los vegetales son un poco aburridos. No me malinterpretes.
Me gustan los gatitos y los cachorritos como a cualquiera. No soy un monstruo
inhumano.
Pero la
cagué. Me aburría e introduje la Conciencia en el mundo.
Fue un
experimento. Pero la cosa se salió de madre. La conciencia fue mi caballo de
Troya.
La
conciencia, tarde me di cuenta, es la infelicidad. Traté de modificar el tema. Arreglar la
cagada: aumentar vuestra inteligencia hasta casi igualar la mía.
Menuda
monté. Ahí se lió la de DIOS. Ja ja ja.
Bueno,
el caso es que quiero enmendar el tema. Y te he elegido a ti. Escaneé tu
cerebro, en busca de tus deseos. Los estoy cumpliendo uno a uno. Eres una
especie de experimento, dentro de un experimento mayor. La verdad es que todo
es un experimento: hasta yo mismo. Yo soy mi propio experimento. No quiero
explicártelo porque me temo que tu humana cabeza explotaría. Daría vueltas y
vueltas y terminaría explotando. Los humanos aún no lo sabéis, pero hay ideas
que os pueden matar. Lo que llamáis cáncer solo son ideas demasiado grandes
para vuestras cabezas. Ideas que ocupan demasiado espacio. En fin. Te he
mandado una solicitud de amistad en Facebook. Para que me vayas contando cómo
va la cosa, ahora que todos tus deseos más secretos y recónditos se cumplen.
Míralo como un experimento. Tú eres mi experimento. Solo quiero calmar a la Conciencia,
esa bestia insaciable.
Un
saludo!
DIOS.
Joder, las mayúsculas de nuevo”
Miro el
ordenador. No sé si el ordenador me devuelve la mirada. Está ocupado siendo un
ordenador. Haciendo sus cosas de ordenador.
Me
pregunto cómo será ser un ordenador.
Trato de
ser como el ordenador: me quedo muy quieto y computo cosas.
Soy
feliz computando cosas.
Miro el
muro de Facebook de DIOS: sus fotos en la playa. Fotos de la creación. Fotos de
DIOS en terrazas de bar, en bañador en la playa, con chicas, haciendo la uve
con los dedos.
Le doy a
ME GUSTA a las fotos de DIOS.
La foto
de perfil de DIOS es un gatito blanco.
DIOS es
un buen tío, pienso. Solo la cagó un poco, pienso. Pero quiere arreglarlo,
pienso.
Quiere
hacerme feliz.
Soy su
experimento: su experimento dentro de otro experimento.
Me voy a
la cama. Soy un experimento dentro de otro experimento.
Creo que
mi cerebro se está terminando de dividir. Como Pangea, el Continente Original,
mi cerebro se está fragmentando en más continentes.
Europa.
Asia. Ahí viene Oceanía. América es mi Lóbulo Parietal y Occipital y los indios
nativos corretean lanzando flechas y lanzas por él.
África
se desgaja también: la selva la cubre de un manto verde y salvaje.
Me
arropo y cierro los ojos. La oscuridad es negra y adorable y susurra “todo irá
bien”.
Soy un
experimento dentro de un experimento: me duermo.
Me
duermo.
Soy
feliz.

