27.12.11

Vida y miedo

Pero la máxima autonomía roza al mismo tiempo la máxima irresponsabilidad. La responsabilidad nos sirve para coger la vida por los cuernos y hacer todo cuanto esté en nuestra mano con ella y por ella, para no abstraernos, para no delegar, para saber que tenemos el control y la capacidad para hacer lo queramos, para hacer valer nuestra voluntad. Pero esa responsabilidad muere cuando se solidifica, cuando no fluye, cuando se vuelve atadura, constricción, agarrotamiento, remordimiento y, en última instancia, miedo, vértigo. Aquí, en coexistencia, toma el relevo la irresponsabilidad. Al final nada importa, no hay lugar para el reproche ni para el error porque el error no existe, no llega a cuajar. En cuanto hemos errado el error ha muerto, es pasado, y el pasado no existe como no existe el futuro, como no existe el tiempo. Ése es el Eterno Ahora, el estado sin tiempo en el que vivimos, no como sucesión, no como cuantificación del tiempo, ni siquiera como cualificación del mismo, no hay horizonte del ser porque no hay ser, porque no hay tiempo, porque no hay nada; o al revés, no hay ser porque hay ser, porque hay tiempo, porque hay todo. Si uno es tiempo no puede ser tiempo, ya que al serlo el tiempo desaparece, igual que el ser, igual que el todo. El todo, la nada, el tiempo, el ser no se tienen, no se conocen, se "son". Uno es tiempo y entonces, al mismo tiempo, lo conoce y lo ignora por completo; uno es el Ser y entonces lo es, perdiéndolo al mismo tiempo. La unidad de conciencia no deja lugar a ningún contenido o a todos, la unidad de conciencia sólo dejar lugar a la experiencia, a lo inefable. Más allá de ello volvemos al lenguaje que acaba forzándose en contradicción.

En cualquier caso el tiempo cuantificado debe ser destruido ya que ata al yo, le hace creer que es de una manera determinada, que tiene que rendir cuentas a la realidad, a un pasado, a un remordimiento que no puede existir y del cual emana el vértigo. El no-tiempo deja el hueco a la actitud gaya, sin pasado y sin futuro: sin superhombre, sin nada que vendrá, sin nada que anunciar, sin nada en que confiar, sin ninguna evolución posible, sin mirar a ninguna otra parte que no sea ahora. El ahora eterno como único límite vital, como devenir y ser, como lugar para la máxima responsabilidad e implicación y para la máxima irresponsabilidad y olvido, para saber afrontar la existencia pidiéndole y exigiéndole todo en cada momento (y hacerlo sin pavor) para luego dejar caer en la nada aquello hecho, aquello que se obró con la máxima responsabilidad pero que, una vez hecho, se dejó ir. Sólo así se fluye. El vértigo paraliza y es irreal, se corresponde con lo que vendrá, es decir, con lo que no es. Lo que será no es lo que es. Lo que está por venir es una quimera. Lo que ha venido también. No hay tiempo ni lugar para el vértigo ni para la muerte, la muerte nunca ha sido ni será: en vida somos vida, en la muerte seremos muerte. Si somos vida no hay tiempo para la muerte, nuestra unidad de consciencia nos absorbe en la vida y nos impide ser ni concebir otra cosa. Cuando seamos muerte seremos muerte, la unidad de consciencia en ese momento nos dejará en ella sin lugar para la vida. Al final el estado se evidencia idéntico: vida y muerte son lo mismo. Podrías preguntarme quién tiene consciencia tanto de una cosa como de la otra, pero no hay respuesta para eso. Nadie la tiene, porque, una vez más, si se es consciencia no se puede hablar de ella, no se puede desgajar ni escindir; en ese sentido, de nuevo, o no existe o es todo lo que existe. Y vuelta a empezar.

Al final todo esto es palabrería, porque el miedo es experiencia de miedo y el vértigo es experiencia de vértigo, por mucho que esté recubierto del mejor de los razonamientos. Con el no-miedo y el no-vértigo pasa lo mismo, simplemente se experimentan. Ahora bien, ¿quién está dispuesto a experimentar el no-miedo? ¿cuánto miedo, cuánto terror y cuánta paralización puede provocar asomarse a una vida en la que uno no posea miedo? ¿No es esto el miedo al miedo? ¿La parálisis por la parálisis? ¿La muerte a la muerte? Al final todo es un salto, un salto al vacío; y lo único que hay es confianza. Justo aquello que no tiene nombre, todo aquello que no tiene nombre, lo sin nombre más allá del nombre. Pero también más allá del silencio. ¿Qué es aquello que no es un 'qué'? ¿Cómo, cuándo y dónde tiene lugar lo que no tiene 'lo'? ¿No es acaso demasiado pensar esto? ¿No es acaso esto, pensar, demasiado?

1.11.11


CANADÁ


Estoy en un pueblo del Este de Canadá. Sentado en una cafetería  junto a un gran ventanal. En la puerta hay un land rover. Dentro espera a su dueño un golden retriever y una mujer vende manzanas a pocos metros. Al fondo, la vista de una montaña nevada rodeada de nubarrones grises. He hecho muchas fotos inverosímiles, como tú les llamabas. He pensado mucho en ti. Aquí también hace mucho frío.
Recuerdo aquella tarde en que buscamos un refugio al calor de una taza de té. Me coges las manos heladas mientras piensas si tendrías que habérmelo dicho hace unos días. “Te dejo”. Están los periódicos llenos de noticias terribles impresas frente a nuestros ojos. Tomé la cucharilla humeante y te dije “mira”. “Mira como hago desaparecer los titulares”, dejando caer unas gotas de agua caliente sobre el papel impreso que se desdibujaba. Y a aquella tarde sólo le faltaba una música de armónica de fondo. Paseamos por la plaza cuando las farolas se encendían en un anaranjado de cabaret. Te dije, “en Canadá no hay fuentes en las plazas de los pueblos”. “Ellos se lo pierden”. Me abrazaste pareciendo que se acababa el mundo o que el suelo se abriría de un momento a otro pero en su lugar hubo un silencio, una quietud tan molesta como si nos estuviese apuntando a las sienes un francotirador desde un tejado sombrío. Entonces llegó la bala. “Te dejo”.  
Y aquí estoy, esperando para hacerle una foto a la camarera, con mi nikon. Se sorprendió mucho cuando le dije que allá, en la mayoría de los pueblos, hay una fuente de piedra en las plazas.

9.10.11


AFG-Kabul-Jawed-Abed
Mayday

Los gatos allí nunca han llevado botas
Porque nunca han tenido siquiera todas sus patas”.
El año que le conocí,
fue el año en que se deshicieron los neveros
en las cumbres de las montañas que se ven
desde la ventana  del hospital.
Mi compañero de habitación, llamado Mayday.
Tocaba cada media hora el botón de las enfermeras.
Él decía que cuando las montañas se deshelaban
había un promedio de diez cuerpos de montañeros
que acababan en los ríos. Y de los ríos, al mar.
Tú te dormías en una silla a las tres de la madrugada
Y yo te veía desde la cama.

Decías: “Nadie está a salvo”
Todos en cualquier momento podemos acabar
En una camilla.
Mayday.  Estuvo en la guerra de Afganistán.
De allí no te traes un suvenir.
Dejas una parte de ti en aquellos caminos desiertos
Los niños piden deseos a las bombas de racimo
Igual que aquí con las estrellas fugaces.
De allí te vienes con un zumbido en las sienes
Con una carta de recomendación
Para el mejor pabellón psiquiátrico de tu ciudad.
No hables con él, me decías. Está loco.
Le ha trastornado la guerra.
Cuando se recupere de sus heridas en las piernas
Lo llevarán a un loquero, dijiste.
Mayday.
Leía libros de los hermanos Grimm.
Los gatos allí nunca han llevado botas
Porque nunca han tenido siquiera todas sus patas”.
Y decía que había visto a una mujer con burka
Revolviendo entre un montón de camisetas
En un mercadillo en Kabul
Para acabar llevándose una de Bob esponja.
Un día dejaste de venir
Y empezaste a enviarme cartas.
Que tal estás. Pronto saldrás de ahí.
Empezaste a estudiar Filosofía en la Universidad.
Los Filósofos serían los primeros en pillar sitio en un bunker.
Mayday. Él pensaba que su sangre no valía nada.
Que podía ser derramada y mezclada con los orines de un perro
En una calle sin asfaltar. Por eso me fui allí, decía.
Allí los niños han visto a sus padres
Comerse a los animales del zoo de la ciudad
Para no morirse de hambre.
Y nunca han visto un acuario.
Sólo tierra y polvo y piedras.
Mayday, había visto a varios niños
Saludando subidos a una roca
a los cazas que horas después
Bombardearon sus casas de Jalalabad.
Saldrás pronto. Te envío estos bombones.
La última noche que pasé entre esas cuatro paredes
Mayday se los comió todos.
Incluso el chocolate me sabe a pólvora, decía.
Hoy he visto en las noticias
El caso del hombre que apareció en una playa
Después de varios años perdido su rastro.
¿Sabes dónde había desaparecido?
En los Alpes Italianos
Practicando escalada.

12.9.11

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el hombre del maletín
entra en la sala
dice
"no hay de qué preocuparse"
y todos ríen
histéricamente
tiemblan
se agitan
y golpean sus cabezas
contra las paredes
y salen corriendo
a la calle
en la acera
convulsiona 
llueve hacia arriba
del suelo mana agua
que asciende
a nubes que se hinchan
consternadas
los pájaros repiten la señal
los postes eléctricos cantan
y el camarero te sirve
tu hígado en finas lonchas
y el quiosco vende limones
en las calles
que son el alcantarillado
que es un mapa
del infierno
de tu cerebro
de un loco
en la playa
la arena moja
el mar se inflama
el dulce amarga
sobre lenguas de fuego
las ideas nacen
muertas
ha sido niña, señora
no, espere
ha sido un porsche de tres puertas
felicidades
es negro
si quiere se lo pintamos
con sangre
y le ponemos un cerebro
de saldo
para que al no estar en casa
la pueda echar de menos
y llore agua destilada
y aceite hirviendo
y ácido
sobre mi alma
perdóname, quería decir
mi cuerpo
me lo has pisado
ya no me sirve 
te lo vendo
¿me lo compras?
no es mi talla 
sirvió bien
mientras duró
pero ahora falla
algo pica
dentro
en el cráneo
y no puedo rascarme
ayúdame
pero no apagues la vela
por favor
se consume
la mecha
y el maletín
se abre

y

todo

acaba

.




19.8.11

GOD-ZILA



La lluvia cayendo sobre el cristal delantero del Daewoo haciendo apenas visible la carretera. A unos cien metros, la entrada del puente de hormigón que conduce al centro de la ciudad se encuentra bloqueada por unas tres ambulancias. Es difícil ver a través de los cristales lo que estaba ocurriendo fuera. Las gotas rebotan sobre las lunas del coche y forman constelaciones caprichosas y diminutos regueros camino del motor. -Me gusta seguirlas con el dedo. Pienso que ellas siguen la trayectoria que yo les marque y no al revés. Como si tuviese un imán en la punta de mi índice. ¿Te has fijado en que cuando llueve tan fuerte, no hay ni un solo pájaro que salga a volar?-. Ella va sentada en el asiento del copiloto. De cuando en cuando frota con su mano sobre el cristal desde el interior para retirar el vaho que se forma. -Me temo que esto va para rato. Odio las esperas. No tengo paciencia-. Él, se desabrocha el cinturón de seguridad y da golpecitos con sus dedos sobre el cuentakilómetros. -No tengo paciencia. Con esta puta lluvia no se podría ver ni a Godzilla si estuviese en mitad del puente-.
En la parte trasera un bebé duerme arropado por una manta. Hay un bolso verde del que sobresale una cabeza de un gato o un oso de peluche. Ella, delante, se descalza y levanta sus largas y delgadas piernas de la alfombrilla hasta situarlas en el asiento replegadas. Apoya la barbilla sobre las rodillas. Luego mira hacia atrás, al bebé, unos segundos, para volver a su anterior posición.
-Tu madre se cree que soy una perturbada. Noté como me miraba cuando hablaba durante la comida. Piensa que soy una insignificante criatura perturbada. Esas cosas se notan-. Él pasa los dedos de su mano derecha por los ojos con suavidad. –Estoy cansado para hablar de paranoias-. Del puente llegan los sonidos de más coches, esta vez de policía. Hay una larga fila de vehículos esperando en la entrada del puente y la lluvia cae, ayudada por la ley de la gravedad, sobre los capós revelándose como una harmoniosa poetisa del goteo. Él enciende la radio y trata de sintonizar una emisora. -Me pregunto por qué no salimos ahí fuera a escudriñar un poco. Es como si la lluvia nos advirtiese de algo-, comenta ella, que le pasa una mano a él por la cabeza. -Vaaaale. Déjalo-, dice él, apartándola.
-Tú no lo sabes pero cuando me fui a la cocina, a por un poco de agua para el biberón del bebé, cuando estábamos ya en los postres, tu madre apareció allí a los pocos segundos. Me miraba sin decir nada, y yo abría el grifo y llenaba el biberón de agua y ella mirando, de brazos cruzados, sin decir ni una sola palabra; luego le miré a los ojos, sin rodeos, y le dije, con la mirada, “dime lo que sea que estás queriendo decirme”, y ¿sabes que me comentó?-.
Ella vuelve a poner las piernas en la alfombrilla y comienza a describir líneas sobre el cristal empañado de su ventanilla. -Me dijo que el bebé tiene marcas en los bracitos y en las piernas. Me dijo que ella cree que le aprieto demasiado cuando lo tomo en brazos-.
Alguien golpea sobre el cristal del asiento del conductor. Él abre la ventanilla hasta la mitad. Un joven empapándose bajo la lluvia vestido con un chaleco reflectante aparece ante ellos; su gesto es difícil de distinguir porque apenas puede abrir los ojos por la lluvia. Lleva una carpeta de cuero negro sobre la cabeza haciendo las veces de paraguas, como un improvisado tejado de pizarra. Les comenta que se han quedado sin existencias de sangre para transfusiones y que necesitan voluntarios para donantes. Les dice que si están dispuestos, se encaminen hacia la entrada del puente, junto a las ambulancias y allí les darán mas información. Habla de un choque múltiple y de un camión de gran tonelaje que se ha llevado por delante a varios coches y un autobús urbano. El agua ha entrado en el coche como si fuese lo que siempre hubiese querido hacer; como si la naturaleza se hubiese enojado por no poder deshacer con la lluvia la chapa de los vehículos, ni siquiera deslucir los colores de sus carrocerías. Él cierra la ventanilla. El joven continúa con su labor golpeando en las ventanillas de los demás vehículos. A unos metros, de algunos coches se pueden ver bajando algunas personas. Caminan esforzadamente bajo la lluvia implacable.  Una de ellas parece llevar encima una caja de cartón a modo de cobertizo protector. Él busca en la bolsa verde de la parte de atrás algo con lo que cubrirse pero no encuentra nada que se ajuste y mira la manta que abriga al bebé. Aún cuando se afana por no alterar su sueño retirándole la manta, éste se desvela al primer movimiento y comienza a llorar. Él coge al bebé por la cintura y lo mantiene en el aire unos segundos hasta que se lo pasa a ella que lo coge con delicadeza y comienza a hacerle monerías. Él se cubre con la manta del bebé y abre la puerta del coche. Antes de cerrarla, la mira a ella y ésta busca también la mirada de él pasando por alto los lamentos del bebé y los sonidos de las ambulancias, en una coreografía del espanto, los lamentos que se mimetizan como si el bebé imitase a la ambulancia y viceversa en una escalada simétrica; con la lluvia elevándose entre todos los sonidos presentes, como si la lluvia dijese yo estaba aquí antes, antes del accidente, antes de este puente, antes de que vosotros hubieseis siquiera llegado a ser una especie, una civilización. Antes del antes. La lluvia donando todo cuanto es; cayendo en vertical desde lo alto.
Él cierra la puerta dejando atrás el Daewoo varado en la autovía, junto a cientos de ojos agazapados detrás de ventanillas que se encharcan. Ella consigue calmar al bebé y lo recuesta sobre sus piernas. Observa unas marquitas en la cintura: Los cinco dedos de él impresionados como un logotipo. Una paz le recorre el espinazo. Ella baja la camiseta al bebé y trata de buscarle a él en mitad de la lluvia paralizante. –¡Papáaaa! ¿Donde ha ido papáaaa?-




4.8.11

EL SOBRE


Un equipo especializado en cine documental realiza un seguimiento de la actriz Martha Goudental para una producción de un canal temático internacional. Martha ha rodado con los más prestigiosos directores de cine; la primera entrevista tiene lugar en una habitación del Le Méridien de Cannes, donde se aloja -recién llegada de Burkina Faso- para recoger el premio a mejor actriz del festival de Cine de la ciudad Francesa por su papel de Mildred Zochynsk, una camarera inocentona que roba un niño a una familia de su barrio porque ella es infértil. Martha saluda afectuosamente al equipo y toma asiento en una butaca estilo art decó. Alguien del servicio del hotel entra con una bandeja y un zumo natural de pomelo. En la misma bandeja hay un sobre. El joven de servicio del hotel le dice que han dejado el sobre en recepción para ella.

Entrevistador: Queremos saber cómo una mujer como usted lo consigue…

Martha: ¿Conseguir que? ¿Una mujer como yo? Explíquese.

E: Recién llegada de Burkina Faso y a punto de recoger el premio a la mejor actriz… Resulta intenso. Esa transición no parece fácil.

MG: Oh, lo de Burkina Faso ha sido una experiencia desoladora. Todos esos pobres niños que no llegarán nunca a los seis años o quizás ni a los cinco. Me limito a ser embajadora de buena voluntad de la ONU. Denuncio con mi presencia una problemática como la hambruna y la falta de vacunación y de agua potable. Esas personas tienen una mirada decepcionada y les debemos justicia. Yo se la devuelvo al mundo. O algo así.

E: O algo así. Mucha gente la ha criticado por un video…

M.G: No. No me hablen de ese video... No me… No sé. (Alguien de su confianza se acerca y le dice algo al oído. Martha le despacha con elegancia y sigue explicándose). Yo tomé al niño en brazos y no sé de qué manera extraña, fue muy extraño, resulta embarazoso para mí expresarlo, hmmm…, algo muy orgánico, pero cuando lo tomé en brazos, el contacto físico con su desnutrición me abrumó y súbitamente mi cerebro envió una señal a mis brazos y lo dejé caer. No fue algo deliberado. Es algo más instintivo. Lo que ocurre es que no estamos preparados para reaccionar como especie ante lo imprevisible y ese fue un acto imprevisible, en pura esencia. Han editado el video y sé que circula por internet el video editado. Cuando el niño cae al suelo yo tardo unos diez segundos en reaccionar pero sé, porque me lo han confirmado, que el video lo han editado y lo que han hecho es ralentizar mi tiempo de reacción, ¿comprende?, para sabotearme y hacerme parecer un gusano. Así es. Sin más. Tengo la conciencia tranquila y eso es lo único que ha de importarme.

Durante la entrevista en la habitación Martha pide acceder a internet. El hotel dispone de wifi en la habitación y Martha, junto al equipo y otras personas de su confianza, visiona el video y hace comentarios sobre el mismo. Su gesto resulta confiado y sereno.

Una de las maquilladoras que está en la habitación no puede evitar cubrirse la cara cuando en el video, Martha Goudental suelta al niño que acaba de tomar en brazos y éste, con señales muy evidentes de desnutrición, cae en el suelo de una cabaña de adobe donde fue tomada la grabación, en un poblado de la etnia Lobi. Martha bebe su zumo de pomelo lentamente sin apartar la vista del video y hace algún comentario. Entre otras cosas señala que una actriz de su perfil público debe tener algún truquillo para los momentos de flaqueza. Martha nos cuenta la historia del sobre que dice que recibe en todas las habitaciones de hotel.

MG: … Uno por la mañana, en el desayuno, y otro a ser posible por las noches. Yo misma escribo lo que hay dentro del sobre. Es un ritual. Me organizo para que desde recepción colaboren conmigo en este pequeño ritual. Así, yo, a mí misma, me escribo algún mensaje de apoyo o alguna perla Zen o Taoísta, no sé, algo así, una frase que me inspire, una fórmula de autoelogio y, sí, me ocupo de que me lo envíen en un sobre allí donde esté. Vaya que si me ocupo. Las personas que forman parte de su equipo de confianza sonríen. Un joven cierra el video de youtube una vez visto y busca videos sobre la última película por la que Martha será galardonada con el premio del festival de Cannes esa misma noche. En una de las imágenes de la película de Martha Goudental aparece ella llorando frente a un escaparate mirando juguetes de bebés bajo una intensa lluvia. El joven congela esa escena pulsando en el video el botón que dice “pause”.

Martha Goudental lee para sí misma lo que dice el sobre que le han traído esta mañana en una bandeja junto a su zumo de pomelo. Nos mira y sonríe. Acaricia lentamente, en un gesto reflexivo e impostado, el reposa manos de la butaca art decó en la que está sentada. Le pedimos que nos lo enseñe si no es indiscreción. Martha apunta que es un proverbio Africano. La grabación de esta mañana termina con el momento en que la cámara recoge lo que aparece manuscrito en la tarjeta que Martha ha sacado de un sobre blanco: “"Siéntate a la orilla del río y verás pasar al cadáver de tu enemigo".

30.7.11

VELATORIO




El: He tenido un sueño espantoso.

Ella: Vaya.

El: Sí. Soñé que un avión de combate perseguía a una mujer con un niño en brazos.

Ella: Uff… Que cosas, ¿no?

Él: La mujer corría por la orilla de… de un río y el avión de combate se acercaba a ella y le disparaba. Ella iba regateando las balas con una precisión increíble. Y con el niño en brazos todo tapadito. Ni se le distinguía.

Ella: Como “Lara Croft” o algo así?

Él: Quien?

Ella: La de “Tomb Raider”

Él: ¿Que diantres es eso? No sé.

Ella: Una película. Basada en un videojuego.

Él: No sé. No sé. No la conozco. Era más como una escena salida de una película de Abbas Kiarostami.

Ella: Ah, ya.

Él: Qué.

Ella: Nada.

El: Kiarostami.

Ella: No sé de quién me hablas.

Él: Pues, es un director de cine.

(Pausa larga. Los dos miran fijamente de frente a una sala acristalada donde hay un féretro al descubierto. Dentro hay un varón joven; el féretro se encuentra rodeado por coronas de flores y dos grandes cirios).

El: Pienso que está a punto de levantarse. Que se hace el dormido. Joder, Ostia! Que cuando nos vayamos empezará a pestañear y a estirarse. Y veo al mismo tiempo todas esas coronas. Qué asco, no las soporto. Es turbador como unas flores pueden resultar tan desagradables. Pienso en esas personas que se afanan por confeccionarlas manualmente y se me revuelve el estómago. La de rosas rojas es la mía. La encargué esta mañana por internet. Aún recuerdo la página que decía: “entendemos este momento difícil y queremos con la luz, la belleza y el aroma, acompañarles en su duelo”. Joder. Belleza. ¿Dónde está aquí la belleza? Es la jodida antítesis de la belleza. No hay nada sublime en la muerte. Solo sufrimiento y desolación. Aquí donde me ves ya llevo encima cuatro pastillas para aligerar el día y sigo sintiendo una presión en el pecho. Puagh. (Él agacha la cabeza apoyando la cara en sus manos. Llora).

(Pausa corta).

Ella: Y si resulta que no era un bebé lo que… lo que la mujer, o sea, lo que la mujer portaba en brazos. Si dices que estaba tapadito; a lo mejor llevaba escondida una bomba de protones o algo así. Como una espía de las pelis que escapa. Si no por qué razón iba a perseguirle un avión de combate. Piénsalo. Yo lo veo así. Quiero verlo así, como una peli de aventuras. No sé. (Le cae una lágrima). ¿Salimos a fumar un cigarro y dejamos que se estire un ratito?

(Pausa larga. Ambos miran al féretro. Él se levanta de una silla y se acerca al cristal. Se deja caer sobre el cristal con los brazos estirados, derrotado).

(Telón).

21.7.11

FONDO SIN PAISAJE (I)

Ella: Me estaba preguntando…


Él: ¿?

Ella: … ¿Crees que hay alguna intención en la naturaleza?

(Larga pausa).

Él: ¿Has traído las entradas?

Ella: No me escuchas.

Él: Si te escucho pero podemos hablar de ello luego. (Mas bajo para que no se le oiga. Casi hablándole al oído a ella). Estamos en una cola esperando a entrar y no quiero que la gente piense…

Ella: ¿Que?

Él: Nada…

Ella: Que piense qué.

Él: Que somos una pareja de esas que lo intelectualiza todo.

Ella: Huh. Antes no me responderías algo así. Antes te hubieses excitado con mi pregunta.

Él: Excitarme. Veamos la película. Compremos palomitas como la gente normal.

Ella: Yo no quiero palomitas. Toma las entradas. Vete tu solo. (Ella se va de la fila).

Él: (aturdido. Le sigue después de unos segundos hasta sentarse en una butaca de un bar del hall donde esta ella. Ella saca un cigarrillo). Pero… O sea que esto se trata de nosotros. Y esperas a venir al cine, en la cola, para hacerme esta pregunta…

Ella: Olvídalo. Es más que todo eso. No quiero un discurso…

Él: Yo sólo hablo de actuar como los demás.

Ella: Me provocas extrañeza.

Él: La gente habla de futbol o de ropa o del tiempo. Eso es, del tiempo. Es un tema muy socorrido en la cola del cine.

Ella: Te avergüenzas de mí. La que siempre riza el rizo.

Él: No. No digas eso.

Ella: Tú quieres a otra. No a otra mujer, sino a otra idea de mujer. Mas… vulgar.

Él: Que haría yo con una mujer vulgar. Por favor. Entremos al cine, veamos la película, y al salir vayamos a cenar y hablemos del cosmos si es necesario.

Ella: Me estaba acordando de aquella cena. Con tus amigos. Que bochorno.

Él: Podemos entrar… podemos pasar a ver la…

Ella: Yo les empecé a hablar del efecto pigmalion, pero no pude entrar en detalles y, oh, es tan triste. ¿Recuerdas lo que dijo Laureen, la mujer de Arnold? Dijo: “A mi Arnold nunca me regala pintalabios”.

Él: Yo entraré sólo. ¿Quieres venirte conmigo? Por favor. Vente con tu caracolito.

Ella: Ella pensaba que pigmalion era un efecto que se conseguía con un determinado pintalabios. (Se cubre la cara con las manos). Una marca de pintalabios!

Él: Oh, vamooss!

Ella: Y entonces, tú, me diste un pisotón bajo la mesa y fingiste un ataque de tos. Todo para impedir que yo continuara. Como si creyeses que fuese a atacarla o burlarme de ella. No está en mi naturaleza. No me conoces. ¿Me conoces?

Él: No nos conocemos. (Finge un teatrillo). Mi nombre es Mur. La encuentro radiante. Le apetece venir al cine. (El la toma de la mano. Ella apaga su cigarro y se deja llevar por él. Ya en la cola, de nuevo para entrar, pasan unos segundos sin hablar).

Se oyen las conversaciones ajenas.

Otros: … (A) pues claro, me lo compré en una tienda genial! (B)Vamos a hacer un crucero y te puedes creer que aún no se ha comprado un bañador y yo ya tengo seis bikinis. (C)… Joder, yo no pago ochocientos euros por un chihuaha. Si todavía fuese un bull terrier…

Ella: (Se acerca al oído de él y le susurra) No puedes amar u odiar algo en otra persona a menos que refleje algo que amas u odias en ti mismo, caracolito.

(Telón)

18.7.11

Relatos efímeros (I)

         
          Marc se miró al espejo, sólo para darse cuenta de que en lugar de su cara habitual, veía una faz desconocida para él. Parpadeando repetidamente, escudriñando la pulida superficie de vidrio, llegó a la conclusión de que no sólo no estaba contemplando su cara, si no que no recordaba qué cara tenía antes, tan sólo sabía que la cara que se reflejaba en el espejo no era suya, nunca lo había sido antes. Lo sabía con una certeza total y avasalladora, como sabemos que una mano que nos toca no es la nuestra, aunque no pudiésemos recordar cómo es nuestra mano... pero, por qué no recordaba su cara habitual y cómo sabía que su rostro había cambiado? A un paso de la locura, Marc se percató de otra incoherencia en la imagen especular. Tanto tiempo mirando su cara le había abstraído de otro aspecto relevante de su situación actual. Sorprendido apartó la vista del espejo y miró a su alrededor, para adentrarse en un nuevo nivel de paranoia. Tampoco reconocía el lugar, una estancia aséptica hasta la náusea; completamente pintada de blanco, sólo contenía tres objetos: una cama y una silla (también blancos) y el espejo. Sin ventanas. Tan solo una puerta. Como buscando respuestas volvió a encararse con su imagen, pero el horror que expresaba la cara de aquel extraño hizo que desviase la mirada, y se dirigió a la puerta, que se abrió en el instante exacto en el que se disponía a girar el pomo. Dos hombres entran y cierran la puerta por dentro, con llave. “Buenos días, señor Kibayashi” dice uno. Marc, paralizado por la incomprensión y el miedo, calla. “No ha funcionado” dice el segundo. Mientras se llevan el cadáver, los hombres discuten si pintar la habitación de color salmón, para que resulte más cálida.

          Tess le levanta sobresaltada, en una habitación que no reconoce. En la habitación sólo hay tres objetos: una cama blanca, un espejo, y en el suelo un pequeño florero blanco con petunias color salmón.

[Por Working Class Hero y Visitante Q.]