Pero la máxima autonomía roza al mismo tiempo la máxima irresponsabilidad. La responsabilidad nos sirve para coger la vida por los cuernos y hacer todo cuanto esté en nuestra mano con ella y por ella, para no abstraernos, para no delegar, para saber que tenemos el control y la capacidad para hacer lo queramos, para hacer valer nuestra voluntad. Pero esa responsabilidad muere cuando se solidifica, cuando no fluye, cuando se vuelve atadura, constricción, agarrotamiento, remordimiento y, en última instancia, miedo, vértigo. Aquí, en coexistencia, toma el relevo la irresponsabilidad. Al final nada importa, no hay lugar para el reproche ni para el error porque el error no existe, no llega a cuajar. En cuanto hemos errado el error ha muerto, es pasado, y el pasado no existe como no existe el futuro, como no existe el tiempo. Ése es el Eterno Ahora, el estado sin tiempo en el que vivimos, no como sucesión, no como cuantificación del tiempo, ni siquiera como cualificación del mismo, no hay horizonte del ser porque no hay ser, porque no hay tiempo, porque no hay nada; o al revés, no hay ser porque hay ser, porque hay tiempo, porque hay todo. Si uno es tiempo no puede ser tiempo, ya que al serlo el tiempo desaparece, igual que el ser, igual que el todo. El todo, la nada, el tiempo, el ser no se tienen, no se conocen, se "son". Uno es tiempo y entonces, al mismo tiempo, lo conoce y lo ignora por completo; uno es el Ser y entonces lo es, perdiéndolo al mismo tiempo. La unidad de conciencia no deja lugar a ningún contenido o a todos, la unidad de conciencia sólo dejar lugar a la experiencia, a lo inefable. Más allá de ello volvemos al lenguaje que acaba forzándose en contradicción.
En cualquier caso el tiempo cuantificado debe ser destruido ya que ata al yo, le hace creer que es de una manera determinada, que tiene que rendir cuentas a la realidad, a un pasado, a un remordimiento que no puede existir y del cual emana el vértigo. El no-tiempo deja el hueco a la actitud gaya, sin pasado y sin futuro: sin superhombre, sin nada que vendrá, sin nada que anunciar, sin nada en que confiar, sin ninguna evolución posible, sin mirar a ninguna otra parte que no sea ahora. El ahora eterno como único límite vital, como devenir y ser, como lugar para la máxima responsabilidad e implicación y para la máxima irresponsabilidad y olvido, para saber afrontar la existencia pidiéndole y exigiéndole todo en cada momento (y hacerlo sin pavor) para luego dejar caer en la nada aquello hecho, aquello que se obró con la máxima responsabilidad pero que, una vez hecho, se dejó ir. Sólo así se fluye. El vértigo paraliza y es irreal, se corresponde con lo que vendrá, es decir, con lo que no es. Lo que será no es lo que es. Lo que está por venir es una quimera. Lo que ha venido también. No hay tiempo ni lugar para el vértigo ni para la muerte, la muerte nunca ha sido ni será: en vida somos vida, en la muerte seremos muerte. Si somos vida no hay tiempo para la muerte, nuestra unidad de consciencia nos absorbe en la vida y nos impide ser ni concebir otra cosa. Cuando seamos muerte seremos muerte, la unidad de consciencia en ese momento nos dejará en ella sin lugar para la vida. Al final el estado se evidencia idéntico: vida y muerte son lo mismo. Podrías preguntarme quién tiene consciencia tanto de una cosa como de la otra, pero no hay respuesta para eso. Nadie la tiene, porque, una vez más, si se es consciencia no se puede hablar de ella, no se puede desgajar ni escindir; en ese sentido, de nuevo, o no existe o es todo lo que existe. Y vuelta a empezar.
Al final todo esto es palabrería, porque el miedo es experiencia de miedo y el vértigo es experiencia de vértigo, por mucho que esté recubierto del mejor de los razonamientos. Con el no-miedo y el no-vértigo pasa lo mismo, simplemente se experimentan. Ahora bien, ¿quién está dispuesto a experimentar el no-miedo? ¿cuánto miedo, cuánto terror y cuánta paralización puede provocar asomarse a una vida en la que uno no posea miedo? ¿No es esto el miedo al miedo? ¿La parálisis por la parálisis? ¿La muerte a la muerte? Al final todo es un salto, un salto al vacío; y lo único que hay es confianza. Justo aquello que no tiene nombre, todo aquello que no tiene nombre, lo sin nombre más allá del nombre. Pero también más allá del silencio. ¿Qué es aquello que no es un 'qué'? ¿Cómo, cuándo y dónde tiene lugar lo que no tiene 'lo'? ¿No es acaso demasiado pensar esto? ¿No es acaso esto, pensar, demasiado?
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