2.11.15

Y si el polvo....?






Un libro, quizás, debería ser la medida de nuestra ignorancia. Alumbrar una parte del mundo que ya conocíamos y revelar el oscuro resto, ese mar de ignorancia personal, de desidia privada, de desorden agrupado. La literatura como enser perfectamente fútil, en la medida que solo nos hace ensanchar más y más la posibilidad, la posibilidad como una gangrena, un cáncer intratable que devora nuestro cerebro, lentamente, día tras día en los que nos perdemos en un universo de potencialidad y cifra pues, la cifra, es el resultado de una mente ociosa e improductiva. Sí, nuestras vidas se apañan bastante bien sin cifras, sin hipótesis magnéticas sobre lo posible, sin versátiles puzles llenos de invenciones y medias verdades, sin el resonante punto de vista de un individuo que fantasea y crea laminados cauces de significado y sentido no comprobado. Nos levantamos, desayunamos, trabajamos, jugamos y nos enamoramos sin deber nada al Dios de las cifras, los datos, la ensaimada de descripciones, el vergel denotativo de la narración, el plúmbeo zafiro de los adjetivos como alas insertadas sobre las cosas. Respiramos e inspiramos sin tener por qué traducir nuestra esencia en conceptos y abstracciones como jaulas de rejas titilantes.
Las palabras como moléculas formando oraciones de síndromes, y los signos clínicos las comas y puntos que fragmentan nuestra enfermedad vertida, vomitada sobre papel. El primer amor alumbrado e inventado en una narración de fuegos artificiales y fatuos. Las carreteras, en los libros, metáforas rectilíneas y, por ello mismo reconfortantes, de adioses y holas y giros y mutaciones y permutaciones de la experiencia, y no como esas superficies asfaltadas y ornamentadas de señales de tráfico ridículas, no como ese espacio prefijado, marcado, ribeteado por quita miedos de borde capaz de seccionar una pierna sin esfuerzo. Los rostros dejan de ser el poso inmediato y tangible de las personas, esa oscura tranquilidad en la que nos reflejamos, un pasaporte enmarcado en pelo y ángulo de ojos brillantes en cuyo fondo percibimos un igual y le dejamos conducirnos a sitios, traer a nuestros hijos al mundo, explorar nuestros cuerpos manchados por la enfermedad, arreglar nuestros vehículos hurgando en sus tripas cromadas y empapadas de grasa y aceite. Dejan de ser caras, y se transforman en mapas, señalizaciones, balizas, artificios topográficos de ningún lugar y de todos, componentes de tecnología cárnica donde el espíritu es invadido por descargas de cifras y más cifras. Usamos las cifras, ceros y unos, para enmarcar un estallido de cólera, una tarde de domingo sentados en la terraza mientras el sol se enciende cada vez más- ¿parará algún día?- en el que la muerte parece un asunto digno de los dominicales esparcidos a nuestros pies, una epifanía en la hora del café en la oficina donde algo relacionado con la dulzura del brebaje  nos recuerda que aún debemos rellenar algunos años más antes de…

Sí, la literatura, en contra de lo que suele decirse, es pura ciencia, armada de hipótesis y conexiones, de datos y ecuaciones. Solo en la literatura las causas se concatenan, inexorablemente lógicas, y es la vida real la que a veces nos sorprende un conocido que termina con su matrimonio y se siente indiferente, o mejor incluso. ¿Se imaginan algo así en el claro y luminoso y omnívoro mundo de la ficción? ¿Esa oportunidad desechada, esa negación del drama, esa postración del espíritu a favor de la homeóstasis?
La gente nace y muere, y vive por en medio. Se enamoran y traen otros seres al mundo. Plantan árboles y decoran el salón. En algunas partes del mundo los disparos suenan y no evitan los cuerpos, las balas, que se alojan en ellos tomándolos como huéspedes, encharcándoles con su cuerpo de metal. Y, en cambio, los escritores vagabundean en los restos, los charcos de tinta de periódicos aplastados en el suelo, los vagones de trenes de asientos aún calientes y residuos de los viajeros con prisa por salir, los corrales abandonados y cercados por una malla de alambre y las plumas en la tierra fangosa. Los escritores husmean en las copas mediadas situadas en barras de discotecas de música desbordante de sonido, en los servicios siempre iguales de iguales paredes blancas y urinarios como setas adosados a ellas, en la indescriptible necesidad de los cuerpos danzantes, perlados de sudor, tan vivos que desean algo de muerte dentro, agitándose y contoneándose rítmicamente y elevando los brazos al unísono como para ser vistos desde arriba, desde algún arriba que no existe, que es solo techo y hormigón encerrándolos y aplastando sus miradas nacientes para que se queden en sus iris dilatados. Los escritores vadean las corrientes migratorias en la gran ciudad, ayudados por mapas de metro y guías turísticas plastificadas, destripan los centros neurálgicos donde la información nace para expandirse y no perdurar, fagocitan las mesas de los despachos cuajadas de documentos y memorándums que nadie entiende realmente, hackean ordenadores personales reflectando  los momentos muertos donde su usuario compone una versión de sí mismo expuesta e indecorosa, los vídeos pornográficos, los juegos de cartas on-line, las fotos familiares sonriendo a vete a saber qué pervertido, qué intruso fijando sus acerados ojos sobre ellas, creyendo que puede llegar a comprender al hombre que se masturba, sentado en su silla ergonómica, admirando una pantalla muerta pero reluciente, asistiendo a la homilía de la privacidad compartida, al vago afán de conexión  del semen coagulándose sobre su pene ya en retirada sobre los sísmicos movimientos de una felación videodifundida,  y donde otros como él, diferentes pero iguales, también verterán su propia simiente.
Los escritores llegan a las fiestas cuando estas ya han terminado y todos duermen esparcidos por las esquinas, y aíslan la basura llena de botellas y colillas, de preservativos y pañuelos de papel biodegradable, de compresas manchadas de menstruo y cajas de galletas, y con todo ello componen un relato de lo ocurrido, de los amores naciendo y muriendo, de las vibraciones de miradas que se desovan sobre otro, de la amargura de un pensamiento lúcido de las tres de la mañana sobre la propia vida, hasta que la ebriedad ahoga toda sabiduría no deseada y uno se sirve otra copa para lanzarse definitivamente sobre la pira de la inconsciencia indolora,  de las canciones sonando algo más tristes de lo habitual, como si supiesen algo que el resto no sabemos y adaptasen sus ondulaciones a la atmósfera ritual sobre la que despliegan sus mantras. Pero con todo ello, los escritores perderán cualquier intersticio, cualquier movimiento no registrado sobre los detritus, los pasos que deambulan por las habitaciones admirando las fotos familiares sobre las mesas de noche, el tacto como preámbulo de otra cosa de una piel dormida, la dulzura de abrazarse uno mismo apoyado en la cocina henchido de amistad y camaradería y la copa olvidada en la formica, el sol anunciándose por el anuncio que es la ventana singular y más allá la carretera donde los primeros coches pasan, como naciendo allí mismo, animales de metal y cromo, partiendo a pintar con sus discretos y estilizados esqueletos el cuadro de una autopista atestada. 

Los verás haciendo eses, embriagados creyendo que han dejado testimonio veraz, cuchicheando entre sí como cucarachas, emborronando cuadernos trufados de tonterías, mientras la vida, la verdadera vida, ríe y sigue adelante, componiendo sinfonías anodinas, olas que besan la playa con labios salados, granos de arena que se deshacen a razón de un milímetro por año, nubes que se disfrazan de otras nubes hasta desparecer nadie sabe dónde, desiertos que juegan con el horizonte a esconderse, perros tumbados en camas mirando llover por la ventana y sintiendo en la densidad de su pelaje la frialdad que conllevan esas perlas translúcidas. 

Una multitud saliendo por la boca del metro y diseminando su calor, uniéndolo a otros , en las calles. Los semáforos imperativos charlando con los peatones que se miran arracimados en dos grupos, y un niño en la esquina siente la ilusión de que cuando se ponga verde, los dos grupos se abalanzarán, uno sobre el otro, con lanzas y espadas. Las palomas levitando levemente para los mendigos de latas oxidadas y carteles conmemorativos de su miseria, faquires con alas mostrando trucos para hacer reír a quien no comerá hoy. El traslado de un libro por manos de curiosos, aquí y allí, de sección en sección, llevado en volandas de manos descuidadas pero cariñosas, hasta que al final del día el librero lo pone de nuevo en su sitio, y la jornada termina y cierra la librería. Y sus pasos se pierden, en las calles.

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