21.12.15





¿Estás ya suficientemente loco para escribir?

David Shields afirma en “Hambre de realidad (Un manifiesto)" que no le interesa la ficción pura. Incluso duda de si existe, la ficción pura. Duda, también, de si existe el reportaje periodístico veraz.
Mirar es imponer la mirada sobre lo mirado. Las teleseries como Los Soprano fascinan al presentar un marco minuciosamente realista en sus caracteres, lugares, contextos, hábitats, para a continuación disolverlos, distorsionarlos, retorcerlos bajo tramas nada veraces; es en ese choque donde se produce la fricción y la chispa. Como construir un barco de madera en miniatura,  perfecto en sus detalles, y vadearlo en un charco. 

El tono lo es todo. La trama, nada (salvo que seas el jodido P.K. DICK).

Una novela es el subterfugio por antonomasia, la impureza perfecta, el disfraz de última hora. La novela es el arte del supermercado, de la calle, infestado de cucarachas, de baja producción, apto para ser reinventado mil veces. El cine y la música pop necesitan de lo real productivo, de las cifras, del oropel de lo físico. La novela solo de una mente dañada.

David Foster Wallace no escribe literatura; o no solo. Ya nadie escribe literatura. La literatura es pieza museística, como la Ópera o los Folletines. Se le llama literatura por convención, comodidad y ganas de no liar las cosas. La literatura funcionaba por economía expresiva; por no decirlo todo. Por enlazar elipsis y parecer que decía más de lo que decía. La literatura era un anciano recordando su vida, sentado en el parque, alimentando las palomas, el olor de sus ropas, sus cuencas húmedas, las manos como ramas secas de árbol:. Y esos recuerdos solo eran invenciones y deseos. Nabokov escribía tratados psicológicos subjetivos de personajes, visiones enjauladas en un ojo con nombre y apellidos: su maestría consistía en lograr que pareciese la realidad compartida, no un delirio solitario.
Los post modernistas tratan de ofrecer el pack completo, con un ojo puesto en los media. Los media no son literatura y cualquier intento de reflejar el input omnívoro de los media es otra cosa. Y esto es una cuestión de historicidad, no de calidad.

El pop es un altavoz para que todos hablen. La implosión deviene en una onda expansiva hacia dentro. Las partículas del mundo están fabricadas por los media de una forma aún no aclarada. Toda la obra de Wallace es un intento de puentear ese agujero negro entre el individuo y los media, entre el yo y la iconosfera. Sus personajes conversan con media y media no contesta, a  su vez. O contesta demasiado. Las capas de información no sustituyen al viejo significado: lo aplastan.
Es un proyecto de intento de diálogo con las voces que salen de debajo de las cosas como hormigas. Es un intento serio condenado al fracaso. 

El pop es la lengua franca de los creadores que miran por la ventana: es una actitud dicharachera, desprejuiciada, anti-elitista. También una asunción de la imposibilidad de escribir de otra manera.
No es modernista hablar de Internet, o de grupos de pop, o de media: eso sería costumbrismo.
La pereza de las etiquetas; les cuesta pulsar forward, actualizarse, formatearse.
Es modernista, a día de hoy, usar el lenguaje de los media. Los media han reescrito el código de nuestros cerebros.

Lo que no está tan claro es si se puede ser no-modernista: retroceder por pura fuerza de voluntad.
Nadie escribía sobre calesas en el S.XVIII para resultar “a tope de decimonónico”. La modernidad no es un deseo o una aspiración, es un fondo dado.

La explosión conceptual nos hace redefinirnos como glosadores, utilizadores, recicladores de una red semántica en metástasis. Las relaciones entre personajes, la introspección psicológica, el “yo-creo-siento” son sustituidos por la relaciones de los personajes con los media, la explosión psicológica y los “¿yo-percibo?”

La duda como forma de conocimiento. La epifanía como delirio. Llamarles a los santos locos y conectarse, enchufarse a la duplicidad de puntos de vista, a árboles de decisión interminables.
La realidad no significa nada: es una exageración, una hipérbole: nadie está a suficiente altura para verla, de existir. 

 La narrativa post moderna inserta conceptos- sean tecnológicos, científicos, matemáticos, sociológicos- en sus ficciones, como si estos estuviesen ya asimilados por un público lego: en esa fricción- de anticipación- vive el disfrute del lector avisado.
Todo es cuestión de avisos: de bromas, de estar en el ajo, de camarillas, de acontecer en el mismo lugar mental.

El escritor que pretende ser (a) histórico, demodé, neutral, retro, despoja sus textos de datos. Pretende que “la historia hable por sí misma”, etc. Los datos son la piedra de toque de la narrativa contemporánea y el uso de estos la decisión más importante que ha de tomar un escritor a la hora de encarar su obra. El escritor que pretende obviar los datos, el saber acumulativo, la cita descontextualizada, el patchwork, se olvida de que lo espontáneo nunca acontece en los mimbres de lo buscado.

Si Hollywood realiza remakes de películas de hace treinta años es porque entiende el valor del reciclaje: todo cambia para que todo siga igual. La pura trama no es suficiente; todo es cuestión de tono (o de efectos especiales)

Al igual que el público ya no acepta anticuados efectos especiales; tampoco el lector acepta puntos de vista limitados: el narrador debe saberlo todo, aunque no use este conocimiento previo. En un mundo saturado de información, el novelista está obligado a tomar algún tipo de postura axiomática, a atisbar la vastedad aunque solo sea para negarla. De no hacerlo, bien podría escribir con una pluma de ganso, aquejado de demencia senil.

Nunca somos más grandes que nuestra época. El paradigma es el agua del chiste de los peces de Wallace. Tratar de describir esa agua en la que existimos, fue su ambición declarada.
Escribir es un dialogo con el signo de los tiempos y este suele (auto) invitarse a la fiesta.
Los géneros no tiene alma: son putas que se venden por un puñado de monedas. El intento de trascender el género es pura inmodestia, alarde arrogante. El género solo se trasciende sin querer.
Los géneros son meros contenedores; quien trate de hacerlos contenido, fracasará miserablemente.
La introspección psicológica ya no puede usarse como si las personas viviesen en un mundo sin media. La psique humana fagocita todo lenguaje y con él construye su propia interioridad. Imposibilidad de desentrañar un procesador/receptor de mensajes simbólicos, sin hacer referencia a los propios mensajes simbólicos dados.

Los media no son inocentes nunca: tampoco necesariamente perversos. Los media somos todos; y algo más.

Usar un criterio de calidad artística según la capacidad subversiva de una obra corre el riesgo de crear un mercado predispuesto y predestinado a una teórica subversión: la subversión es un accidente, o no es.

La vanguardia no debe ser confundida con un valor por sí mismo. La vanguardia auténtica no se siente como tal: es un producto de una nueva expresividad, de una necesidad de decir lo que aún no se ha dicho, de abrir nuevas vías y articular nuevos discursos. Todo arte es comunicación desplazada y en ese desplazamiento crea nuevos estados de conciencia en el receptor. La verdad riqueza deviene de ese desplazamiento. Lo estático es irrelevante. Cualquier obra que necesite de un aparato explicativo mayor que ella misma, es estática: necesita de demasiado y, por tanto, es demasiado poco.
El arte es una proyección individual que trasciende su propia individualidad y crea comunicación y en ese crear significado compartido es más individual que nunca: paradoja del artefacto.









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