¿Estás ya suficientemente loco para escribir?
David Shields afirma en “Hambre de realidad (Un manifiesto)"
que no le interesa la ficción pura. Incluso duda de si existe, la ficción pura.
Duda, también, de si existe el reportaje periodístico veraz.
Mirar es imponer la mirada sobre lo mirado. Las teleseries
como Los Soprano fascinan al presentar un marco minuciosamente realista en sus caracteres,
lugares, contextos, hábitats, para a continuación disolverlos, distorsionarlos,
retorcerlos bajo tramas nada veraces; es en ese choque donde se produce la
fricción y la chispa. Como construir un barco de madera en miniatura, perfecto en sus detalles, y vadearlo en un
charco.
El tono lo es todo. La trama, nada (salvo que seas el jodido
P.K. DICK).
Una novela es el subterfugio por antonomasia, la impureza
perfecta, el disfraz de última hora. La novela es el arte del supermercado, de
la calle, infestado de cucarachas, de baja producción, apto para ser reinventado
mil veces. El cine y la música pop necesitan de lo real productivo, de las
cifras, del oropel de lo físico. La novela solo de una mente dañada.
David Foster Wallace no escribe literatura; o no solo. Ya
nadie escribe literatura. La literatura es pieza museística, como la Ópera o
los Folletines. Se le llama literatura por convención, comodidad y ganas de no
liar las cosas. La literatura funcionaba por economía expresiva; por no decirlo
todo. Por enlazar elipsis y parecer que decía más de lo que decía. La
literatura era un anciano recordando su vida, sentado en el parque, alimentando
las palomas, el olor de sus ropas, sus cuencas húmedas, las manos como ramas
secas de árbol:. Y esos recuerdos solo eran invenciones y deseos. Nabokov
escribía tratados psicológicos subjetivos de personajes, visiones enjauladas en
un ojo con nombre y apellidos: su maestría consistía en lograr que pareciese la
realidad compartida, no un delirio solitario.
Los post modernistas tratan de ofrecer el pack completo, con
un ojo puesto en los media. Los media no son literatura y cualquier intento de
reflejar el input omnívoro de los media es otra cosa. Y esto es una cuestión de
historicidad, no de calidad.
El pop es un altavoz para que todos hablen. La implosión
deviene en una onda expansiva hacia dentro. Las partículas del mundo están
fabricadas por los media de una forma aún no aclarada. Toda la obra de Wallace
es un intento de puentear ese agujero negro entre el individuo y los media,
entre el yo y la iconosfera. Sus personajes conversan con media y media no
contesta, a su vez. O contesta
demasiado. Las capas de información no sustituyen al viejo significado: lo
aplastan.
Es un proyecto de intento de diálogo con las voces que salen
de debajo de las cosas como hormigas. Es un intento serio condenado al fracaso.
El pop es la lengua franca de los creadores que miran por la
ventana: es una actitud dicharachera, desprejuiciada, anti-elitista. También
una asunción de la imposibilidad de escribir de otra manera.
No es modernista hablar de Internet, o de grupos de pop, o
de media: eso sería costumbrismo.
La pereza de las etiquetas; les cuesta pulsar forward,
actualizarse, formatearse.
Es modernista, a día de hoy, usar el lenguaje de los media.
Los media han reescrito el código de nuestros cerebros.
Lo que no está tan claro es si se puede ser no-modernista:
retroceder por pura fuerza de voluntad.
Nadie escribía sobre calesas en el S.XVIII para resultar “a
tope de decimonónico”. La modernidad no es un deseo o una aspiración, es un
fondo dado.
La explosión conceptual nos hace redefinirnos como
glosadores, utilizadores, recicladores de una red semántica en metástasis. Las relaciones
entre personajes, la introspección psicológica, el “yo-creo-siento” son
sustituidos por la relaciones de los personajes con los media, la explosión
psicológica y los “¿yo-percibo?”
La duda como forma de conocimiento. La epifanía como
delirio. Llamarles a los santos locos y conectarse, enchufarse a la duplicidad
de puntos de vista, a árboles de decisión interminables.
La realidad no significa nada: es una exageración, una
hipérbole: nadie está a suficiente altura para verla, de existir.
La narrativa post
moderna inserta conceptos- sean tecnológicos, científicos, matemáticos,
sociológicos- en sus ficciones, como si estos estuviesen ya asimilados por un
público lego: en esa fricción- de anticipación- vive el disfrute del lector
avisado.
Todo es cuestión de avisos: de bromas, de estar en el ajo,
de camarillas, de acontecer en el mismo lugar mental.
El escritor que pretende ser (a) histórico, demodé, neutral,
retro, despoja sus textos de datos. Pretende que “la historia hable por sí
misma”, etc. Los datos son la piedra de toque de la narrativa contemporánea y
el uso de estos la decisión más importante que ha de tomar un escritor a la
hora de encarar su obra. El escritor que pretende obviar los datos, el saber
acumulativo, la cita descontextualizada, el patchwork, se olvida de que lo
espontáneo nunca acontece en los mimbres de lo buscado.
Si Hollywood realiza remakes de películas de hace treinta
años es porque entiende el valor del reciclaje: todo cambia para que todo siga
igual. La pura trama no es suficiente; todo es cuestión de tono (o de efectos
especiales)
Al igual que el público ya no acepta anticuados efectos
especiales; tampoco el lector acepta puntos de vista limitados: el narrador
debe saberlo todo, aunque no use este conocimiento previo. En un mundo saturado
de información, el novelista está obligado a tomar algún tipo de postura
axiomática, a atisbar la vastedad aunque solo sea para negarla. De no hacerlo,
bien podría escribir con una pluma de ganso, aquejado de demencia senil.
Nunca somos más grandes que nuestra época. El paradigma es
el agua del chiste de los peces de Wallace. Tratar de describir esa agua en la
que existimos, fue su ambición declarada.
Escribir es un dialogo con el signo de los tiempos y este
suele (auto) invitarse a la fiesta.
Los géneros no tiene alma: son putas que se venden por un
puñado de monedas. El intento de trascender el género es pura inmodestia,
alarde arrogante. El género solo se trasciende sin querer.
Los géneros son meros contenedores; quien trate de hacerlos
contenido, fracasará miserablemente.
La introspección psicológica ya no puede usarse como si las
personas viviesen en un mundo sin media. La psique humana fagocita todo
lenguaje y con él construye su propia interioridad. Imposibilidad de
desentrañar un procesador/receptor de mensajes simbólicos, sin hacer referencia
a los propios mensajes simbólicos dados.
Los media no son inocentes nunca: tampoco necesariamente
perversos. Los media somos todos; y algo más.
Usar un criterio de calidad artística según la capacidad subversiva
de una obra corre el riesgo de crear un mercado predispuesto y predestinado a
una teórica subversión: la subversión es un accidente, o no es.
La vanguardia no debe ser confundida con un valor por sí
mismo. La vanguardia auténtica no se siente como tal: es un producto de una
nueva expresividad, de una necesidad de decir lo que aún no se ha dicho, de
abrir nuevas vías y articular nuevos discursos. Todo arte es comunicación desplazada
y en ese desplazamiento crea nuevos estados de conciencia en el receptor. La
verdad riqueza deviene de ese desplazamiento. Lo estático es irrelevante.
Cualquier obra que necesite de un aparato explicativo mayor que ella misma, es
estática: necesita de demasiado y, por tanto, es demasiado poco.
El arte es una proyección individual que trasciende su
propia individualidad y crea comunicación y en ese crear significado compartido
es más individual que nunca: paradoja del artefacto.

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