25.1.16

LAS HOGUERAS

Se supone que todas las historias tienen un principio, pero no sabría situar el de esta. Cuando todo empezó el pasado se difuminó y las cosas parecía que siempre habían sido así, como fueron entonces .Como si el pueblo siempre hubiese estado cercado por el fuego, por aquellas llamas que todo lo consumían, por el humo negro carbón que impedía ver las llanuras que  lo circundaban, por la lluvia de cenizas ascendiendo al cielo y dibujando extrañas composiciones que crepitaban como un nuevo lenguaje a aprender.
Solíamos pasarnos los días solos, mi hermano y yo. Cerrábamos todas las puertas, usando sus muchos cerrojos y cadenas que nos aislaban del exterior, y tomábamos posesión de la casa con nuestros juegos. Acampábamos en el salón con una imaginaria tienda de campaña, escuchando los supuestos sonidos de un quimérico bosque, conteniendo la respiración para poder distinguir el aullido de lobos inventados. Apilábamos la cubertería encima de la mesa hasta vaciar las estanterías para dibujar en ellas figuras en el polvo, con nuestros dedos a modo de lápices. Mirábamos por las ventanas los jardines de nuestros vecinos y oíamos sus voces diluyéndose en el aire.
Nuestros padres trabajaban casi todo el día y yo, como era el mayor de los dos, recibía apresuradas instrucciones de mi madre, sobre el cuidado de la casa, sobre cerrar el gas, sobre cómo calentar la cena y fregar los platos. Yo asentía a todo mientras mi hermano gesticulaba burlón, sin que mi madre lo viese, situado a su espalda. Luego mis padres se marchaban a la ciudad y nos dejaban solos; solos y salvajes y el silencio nos hablaba.
Mi hermano solía traer las novedades del exterior, gracias a alguna conexión con el mundo de la que yo carecía. Me contaba cómo se llamaban los vecinos de la casa de al lado, recitaba los acontecimientos del día con susurros delicados, como si lo que describía pudiese desaparecer si levantaba la voz . El pueblo parecía no tener secretos para él y conocía cada esquina del mismo. Antes de que todo empezase, un poco antes de hecho, cuando me desgranaba qué había pasado en el pueblo ese día, comencé a advertir un nerviosismo impropio de él. Su tono había cambiado y me lo solía encontrar mirando fijamente por la ventana de la habitación de mis padres, la que permitía observar los techos uniformes de las casa de alrededor creando un mar de tejas y chimeneas.
- Pronto empezará- decía entonces, sin mirarme, y yo reprimía un escalofrío.
Nuestros padres volvían a casa más tarde cada día. Los oíamos abrir la puerta, subir las escaleras musitando entre ellos códigos secretos, mientras permanecíamos en nuestras camas convertidos en dos bultos, asustados sin saber de qué.
Creo que fue un lunes cuando papá y mamá no volvieron. Cuando la noche se había consumido y el día se insinuaba a través de la ventana, nos levantamos y procedimos a inspeccionar el resto de la casa. Su cama sin usar resplandecía con la energía de las cosas que han perdido su función habitual para convertirse en un recuerdo fugaz y, mi hermano, con una dulzura del todo ajena a él, acarició las sábanas perfectamente estiradas que solían tapar a nuestros padres. Abrimos todos los cajones de los armarios, buscando alguna pista, alguna explicación a su ausencia, pero solo encontramos baratijas, recetas médicas para desconocidas enfermedades garabateadas con prisa, pulseras de mi madre de colores de plástico, el reloj de mi padre imperturbable marcando los minutos que formarían horas, y de nuestra apresurada inspección concluimos que no conocíamos a nuestros propios padres. Que quizás se estaban muriendo de la suma de pequeñas enfermedades que trataban de mantener a raya con aquellos medicamentos sin etiqueta, apilados en los cajones como hojarasca.
Su ausencia nos liberó y a las pocas horas habíamos pintado las paredes con salsa de tomate, roto la mesa de cristal de la sala, usado los colchones para saltar sobre ellos sin descanso, descolgado todos los cuadros de la pared que apilamos en una esquina. Vimos la televisión comiendo helado de chocolate y las imágenes nos hipnotizaban por su rapidez y urgencia; parecían sintetizar nuestro nuevo estado, remitir a nuestros cuerpos desnudos-nos habíamos desnudado hacía horas- y libres.
El segundo día mi hermano me despertó de mi sueño sin sueños, tumbado a lo largo del sofá del salón, aún desnudo y con los labios manchados de helado de chocolate.
- Ya ha empezado. Ven- dijo arrastrándome hacia la ventana.
Por todas partes penachos de humo ascendían hacia el cielo y, al principio, creí que se trataba de chimeneas.
- Las casas están ardiendo- dijo mi hermano leyéndome el pensamiento-. Las están quemando.
- ¿Quién?- pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
- Ellos- su dedo recorrió el cristal, trazando alguna extraña trayectoria en él; quizás un hechizo que tratase de conjurar la destrucción de fuera, de devolver las casas quemadas a su estado anterior, de resituar la materia de nuevo a su condición sólida y no a los montones de herrumbre calcinada que formaba dispersos acúmulos de formas de vida diríase que primitivas, anteriores a cualquier potencialidad funcional: cocinas de diseño moderno transformadas en humo y negros tizones, salones alfombrados con caras alfombras de exóticos países rociadas con gasolina y consumidas por las llamas indiferentes, coches fundiéndose con el propio asfalto en un abrazo cálido y profano.
Bajamos de nuevo al salón y conectamos la televisión; todo seguía igual. Encontramos un canal especializado en dibujos animados, donde animales humanizados se perseguían unos a otros por motivos que no logré discernir, y miramos la cinética de las explosiones de mentira de la pantalla.
Mi hermano llevaba días sin dormir, como si hubiese logrado transformar la necesidad de sueño en un comportamiento voluntario que podía postergarse o, incluso, ignorarse. Sus ojos permanecían inyectados en sangre, sitiados por oscuras ojeras, solo parecían mirar las cosas que estaban a punto de desaparecer. Desaparecía por la noche, saliendo sin hacer más ruido que su el que dejaba su ausencia en la casa, la soledad a la que me condenaba en las horas sin más luces que las hogueras de fuera que miraba con terror, y volvía por la mañana con las últimas novedades; qué casas habían ardido, qué carreteras permanecían cortadas, qué parques habían sido concienzudamente rociados con líquido inflamable. Luego de dar el parte, se encerraba en el cuarto de baño y se duchaba, ritualmente, deshaciéndose de la ropa que apestaba a humo, envolviéndose con el batín de nuestro padre. El batín le quedaba tan grande que arrastraba su parte inferior por toda la casa, con su cuerpo bajo los pliegues del mismo a punto de desaparecer y ser engullido por él. Había perdido la cuenta de los días, la comida del frigorífico se  terminaba y la vajilla sucia abarrotaba la pileta.
Sucedió em un día soleado, que luchaba contra el invierno a base de rayos de sol y haces de luz cristalina que lograban calmar mi ansiedad, cuando un perro en llamas atravesó nuestro jardín, mientras yo estaba echado con los ojos cerrados en una de las tumbonas, para luego saltar limpiamente la alambrada que rodeaba nuestro pequeño cuadrado de hierba mal cuidada. Me quedé mirando cómo desparecía por el camino que serpenteaba entre las casas vecinas, llameando en una unión perfecta entre biología y fuego; esa noche no logré dormir imaginando el dolor del perro, su muerte pulsátil con millones de dolores naciendo en la achicharrada carne, el pelo consumiéndose como una tea, el inevitable cese de su ciega carrera sin objeto que lo desplomaría aún vivo,  aspirando con su fino olfato cánido el olor de su cuerpo fundiéndose, apelmazándose y retorciéndose hasta quedar inmóvil en el asfalto.
- Quizás nuestros padres no eran nuestros padres- mi hermano, vestido con el batín de mi padre, me miró con una fría cólera. Creía saber lo que sentía y su sensación de estafa llenaba la casa tanto como sus extrañas maquinaciones y su actividad de testigo de lo que estaba sucediendo; yo, mientras tanto me sumía en la perplejidad, renunciando a buscar un sentido a todo aquello. Creía entender que lo que decía era extensible al hecho de que quizás tampoco fuéramos hermanos y nuestro parentesco fuera una ilusión, una alucinación en la que nos abismábamos para tolerar nuestra orfandad.
- Quizás ni siquiera hemos nacido- siguió mi hermano y entonces supe que la locura lo había secuestrado.
Nuestro vecino salió al jardín y comenzó a quemar objetos, sistemática y concienzudamente, en un barril. Quemaba las cosas, que iba extrayendo de la casa, como si fuese un acto creativo y no una destrucción de lo que hasta ahora había constituido su vida. A veces le ayudaban sus dos hijos, que correteaban entonces a su lado con cuadernos, jarrones, libros, lámparas, y las introducían en el barril mirando como el fuego crepitaba. La madre, en cambio, nunca salía, y yo me la imaginaba mirando desde la casa, quizás fumando pensativa, unida a los suyos gracias a su cigarrillo ardiendo: el fuego comenzaban a ser lo único que los habitantes del pueblo teníamos en común. Quemar todo era la única cohesión que nos quedaba. Una comunidad articulada en torno a su propia desaparición.
La televisión dejó de emitir y tan solo retransmitía nieve, puntos aleatorios, una neblina visual que mi hermano no dejaba de observar. Yo imaginaba que él sí veía personas, paisajes, ciudades, en los canales muertos y la estática autista del aparato. Encendí la radio, para diagnosticar la magnitud del silencio que nos asaltaba, y escuché a alguien respirando. Alguien enfrente de un micrófono callaba y tan solo su respiración se difundía en las ondas. Permanecí horas con la vieja radio portátil de mi madre en el regazo, oyendo la respiración del desconocido. Quizás no lograse decir nada, pero tampoco hundirse en el silencio, y tan solo pudiese dejar constancia de su existencia filtrando el sonido de sus pulmones.
Cuando olvidé el nombre de mi hermano me sentí aliviado. Él ya solo era el otro habitante de las sombras que una vez habían sido nuestra casa, ocupado en la muerte que olía su alrededor, deleitándose con la podredumbre y las ruinas. Quizás no hubiésemos sido hermanos o quizás habíamos perdido ese vínculo, retornado a un estadio anterior de la humanidad en el cual los hermanos tan solo se olfateaban con recelo y suspicacia, rivalizando por sobrevivir . En realidad su falta de nombre era un renacimiento, al igual que su mínima necesidad de dormir o comer. Se estaba convirtiendo en algo diferente y su anterior nombre ya no le pegaba con sus felinos y animalescos movimientos que le hacían recorrer la casa una y otra vez, patrullándola y defendiendo un perímetro tan solo visible para él.
Primero fue el humo, la antesala al calor y al fuego mismo, desperté y supe que la casa estaba ardiendo. Salí de la habitación y bajé las escaleras notando la capacidad de la madera del suelo para quemarse con mis pies descalzos. Mi hermano estaba en medio de un círculo de fuego en el salón. Debía haber rociado el suelo con algún líquido inflamable y me miró a través de las llamas, que hacían ondular su imagen como un espejismo en un desierto. Salí de casa descorriendo los cerrojos y corrí por la carretera, hasta que dejé de reconocer la cartografía que formaban las casas. Entonces me paré a recuperar el resuello, abrazado a mi mismo por el frío de la noche.
Caminé hasta dejar atrás el pueblo y las casas comenzaban a espaciarse. Algunas se quemaban estáticamente, como si el fuego les otorgase una cualidad intemporal. Parecía que jamás se iban a apagar y que continuarían ardiendo por siempre. Sin embargo, no vi a otro ser humano, y cuando llegué al bosque el día comenzaba a florecer, rompiendo suavemente las capas de noche que coagulaban el cielo. Fue entonces cuando me paré, al lado de un centenario olmo, y miré al cielo. Me imaginé que alguien nos miraba desde arriba y podía ver la luz del fuego quemándolo todo, los focos de luz y brasas horadando la superficie terrestre, el mundo como una piel llena de puntos rojos estallando en su epidermis. Me invadió la suave y cálida paz de la aceptación. Era un ente minúsculo y descalzo deslizando manojos de pensamientos, demasiado grandes para mi cabeza, hacia arriba, hacia aquel ser que al fin podía vernos, reparar en nuestra insignificante existencia gracias al estallido de las cosas ardiendo y, cuando todo terminase, nos volvería a olvidar de nuevo. No albergaba esperanzas de que nos recordase en el futuro. Este era nuestro momento, fugaz y perecedero como nosotros mismos, criaturas de lo finito, habitantes de una isla que sería tragada por el mar de la nada. Nuestro mensaje era de tranquila desesperación y, luego, nos reuniríamos con los agujeros negros y las enanas blancas, con toda la materia silenciosa del Universo distante.

Me senté apoyando mi espalda en el roble y cerré los ojos. Las sombras del árbol descendían hasta posarse en mi cabeza como tentáculos inmateriales. Nos habíamos dado cuenta de que el mundo no era más que energía y combustible a quemar, aunque ignorábamos qué fuerzas pondríamos en marcha con nuestros actos, incapaces de ver el cuadro completo, de tener la perspectiva suficiente para discernir nuestro papel en ello.  Sé que en algún momento me dormí, acunado por el viento que usaba las ramas del roble como instrumento en el cual tañer su música, pero lo que ignoro es si he vuelto a despertarme. Lo que ignoro, de hecho, es si hay alguna diferencia entre estar despierto o dormido ahora, o si la frontera entre ambos estados no es más que un frágil puente que se derrumba sin remedio

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