Se
supone que todas las historias tienen un principio, pero no sabría situar el de
esta. Cuando todo empezó el pasado se difuminó y las cosas parecía que siempre
habían sido así, como fueron entonces .Como si el pueblo siempre hubiese estado
cercado por el fuego, por aquellas llamas que todo lo consumían
, por el humo
negro carbón que impedía ver las llanuras que lo circundaban, por la lluvia de cenizas
ascendiendo al cielo y dibujando extrañas composiciones que crepitaban como un
nuevo lenguaje a aprender.
, por el humo
negro carbón que impedía ver las llanuras que lo circundaban, por la lluvia de cenizas
ascendiendo al cielo y dibujando extrañas composiciones que crepitaban como un
nuevo lenguaje a aprender.
Solíamos
pasarnos los días solos, mi hermano y yo. Cerrábamos todas las puertas, usando
sus muchos cerrojos y cadenas que nos aislaban del exterior, y tomábamos
posesión de la casa con nuestros juegos. Acampábamos en el salón con una
imaginaria tienda de campaña, escuchando los supuestos sonidos de un quimérico
bosque, conteniendo la respiración para
poder distinguir el aullido de lobos
inventados. Apilábamos la cubertería encima de la mesa hasta vaciar las estanterías
para dibujar en ellas figuras en el polvo, con nuestros dedos a modo de
lápices. Mirábamos por las ventanas los jardines de nuestros vecinos y oíamos
sus voces diluyéndose en el aire.
imaginaria tienda de campaña, escuchando los supuestos sonidos de un quimérico
bosque, conteniendo la respiración para
poder distinguir el aullido de lobos
inventados. Apilábamos la cubertería encima de la mesa hasta vaciar las estanterías
para dibujar en ellas figuras en el polvo, con nuestros dedos a modo de
lápices. Mirábamos por las ventanas los jardines de nuestros vecinos y oíamos
sus voces diluyéndose en el aire.
Nuestros
padres trabajaban casi todo el día y yo, como era el mayor de los dos, recibía
apresuradas instrucciones
de mi madre, sobre el cuidado de la casa, sobre
cerrar el gas, sobre cómo calentar la cena y fregar los platos. Yo asentía a
todo mientras mi hermano gesticulaba burlón, sin que mi madre lo viese, situado
a su espalda. Luego mis padres se marchaban a la ciudad y nos dejaban solos;
solos y salvajes y el silencio nos hablaba.
de mi madre, sobre el cuidado de la casa, sobre
cerrar el gas, sobre cómo calentar la cena y fregar los platos. Yo asentía a
todo mientras mi hermano gesticulaba burlón, sin que mi madre lo viese, situado
a su espalda. Luego mis padres se marchaban a la ciudad y nos dejaban solos;
solos y salvajes y el silencio nos hablaba.
Mi
hermano solía traer las novedades del exterior, gracias a alguna conexión con
el mundo de la que yo carecía. Me contaba cómo se llamaban los vecinos de la
casa de al lado, recitaba los acontecimientos del día con susurros delicados,
como si lo que describía pudiese desaparecer si levantaba la voz . El pueblo parecía no tener secretos para él y conocía cada esquina
del mismo. Antes de que todo empezase, un poco antes de hecho, cuando me
desgranaba qué había pasado en el pueblo ese día, comencé a advertir un
nerviosismo impropio de él. Su tono había cambiado y me lo solía encontrar
mirando fijamente por la ventana de la habitación de mis padres, la que
permitía observar los techos uniformes de las casa de alrededor creando un mar
de tejas y chimeneas.
- Pronto
empezará- decía entonces, sin mirarme, y yo reprimía un escalofrío.
Nuestros
padres volvían a casa más tarde cada día. Los oíamos abrir la puerta, subir las
escaleras musitando entre
ellos códigos secretos, mientras permanecíamos en
nuestras camas convertidos en dos bultos, asustados sin saber de qué.
ellos códigos secretos, mientras permanecíamos en
nuestras camas convertidos en dos bultos, asustados sin saber de qué.
Creo que
fue un lunes cuando papá y mamá no volvieron. Cuando la noche se había consumido
y el día se insinuaba a través de la ventana, nos levantamos y
procedimos a inspeccionar el resto de la casa. Su cama sin usar resplandecía con
la energía de las cosas que han perdido su función habitual para convertirse en
un recuerdo fugaz y, mi hermano, con una
dulzura del todo ajena a él, acarició
las sábanas perfectamente estiradas que solían tapar a nuestros padres. Abrimos
todos los cajones de los armarios, buscando alguna pista, alguna explicación a
su ausencia, pero solo encontramos baratijas, recetas médicas para desconocidas
enfermedades garabateadas con prisa, pulseras de mi madre de colores de
plástico, el reloj de mi padre imperturbable marcando los minutos que formarían
horas, y de nuestra apresurada inspección concluimos que no conocíamos a
nuestros propios padres. Que quizás se estaban muriendo de la suma de pequeñas
enfermedades que trataban de mantener a raya con aquellos medicamentos sin
etiqueta, apilados en los cajones como hojarasca.
y el día se insinuaba a través de la ventana, nos levantamos y
procedimos a inspeccionar el resto de la casa. Su cama sin usar resplandecía con
la energía de las cosas que han perdido su función habitual para convertirse en
un recuerdo fugaz y, mi hermano, con una
dulzura del todo ajena a él, acarició
las sábanas perfectamente estiradas que solían tapar a nuestros padres. Abrimos
todos los cajones de los armarios, buscando alguna pista, alguna explicación a
su ausencia, pero solo encontramos baratijas, recetas médicas para desconocidas
enfermedades garabateadas con prisa, pulseras de mi madre de colores de
plástico, el reloj de mi padre imperturbable marcando los minutos que formarían
horas, y de nuestra apresurada inspección concluimos que no conocíamos a
nuestros propios padres. Que quizás se estaban muriendo de la suma de pequeñas
enfermedades que trataban de mantener a raya con aquellos medicamentos sin
etiqueta, apilados en los cajones como hojarasca.
Su
ausencia nos liberó y a las pocas horas habíamos pintado las paredes con salsa
de tomate, roto la mesa de cristal de la sala, usado los colchones para saltar
sobre ellos sin descanso, descolgado todos los cuadros de la pared que apilamos
en una esquina. Vimos la televisión comiendo helado de chocolate y las imágenes
nos hipnotizaban por su rapidez y urgencia; parecían sintetizar nuestro nuevo
estado, remitir a nuestros cuerpos desnudos-nos habíamos desnudado hacía horas-
y libres.
El
segundo día mi hermano me despertó de mi sueño sin sueños, tumbado a lo largo
del sofá del salón, aún desnudo y con los labios manchados de helado de
chocolate.
- Ya ha
empezado. Ven- dijo arrastrándome hacia
la ventana.
la ventana.
Por
todas partes
penachos de humo ascendían hacia el cielo y, al principio, creí
que se trataba de chimeneas.
penachos de humo ascendían hacia el cielo y, al principio, creí
que se trataba de chimeneas.
- Las
casas están ardiendo- dijo mi hermano leyéndome el pensamiento-. Las están
quemando.
-
¿Quién?- pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
- Ellos-
su dedo recorrió el cristal, trazando alguna extraña trayectoria en él; quizás
un hechizo que tratase de conjurar la destrucción de fuera, de devolver las
casas quemadas a su estado anterior, de resituar la materia de nuevo a su
condición sólida y no a los montones de herrumbre calcinada que formaba
dispersos acúmulos de formas de vida diríase que primitivas, anteriores a
cualquier potencialidad funcional: cocinas de diseño moderno transformadas en
humo y negros tizones, salones alfombrados con caras alfombras de exóticos
países rociadas con gasolina y consumidas por las llamas indiferentes, coches
fundiéndose con el propio asfalto en un abrazo cálido y profano.
Bajamos
de nuevo al salón y conectamos la televisión; todo seguía igual. Encontramos un
canal especializado en dibujos animados, donde animales humanizados se
perseguían unos a otros por motivos que no logré discernir, y miramos la
cinética de las explosiones de mentira de la pantalla.
Mi
hermano llevaba días sin dormir, como si hubiese logrado transformar la
necesidad de sueño en un comportamiento voluntario que podía postergarse o,
incluso, ignorarse. Sus ojos permanecían inyectados en sangre, sitiados por
oscuras ojeras, solo parecían mirar las cosas que estaban a punto de
desaparecer. Desaparecía por la noche, saliendo sin hacer más ruido que su el
que dejaba su ausencia en la casa, la soledad a la que me condenaba en las
horas sin más luces que las hogueras de fuera que miraba con terror, y volvía
por la mañana con las últimas novedades; qué casas habían ardido, qué
carreteras permanecían cortadas, qué parques habían sido concienzudamente
rociados con líquido inflamable. Luego de dar el parte, se encerraba en el
cuarto de baño y se duchaba, ritualmente, deshaciéndose de la ropa que apestaba
a humo, envolviéndose con el batín de nuestro padre. El batín le quedaba tan
grande que arrastraba su parte inferior por toda la casa, con su cuerpo bajo
los pliegues del mismo a punto de desaparecer y ser engullido por él. Había
perdido la cuenta de los días, la comida del frigorífico se terminaba y la vajilla sucia abarrotaba la
pileta.
Sucedió
em un día soleado, que luchaba contra el invierno a base de rayos de sol y
haces de luz cristalina que lograban calmar mi ansiedad, cuando un perro en
llamas atravesó nuestro jardín, mientras yo estaba echado con los ojos cerrados
en una de las tumbonas, para luego saltar limpiamente la alambrada que rodeaba
nuestro pequeño cuadrado de hierba mal cuidada. Me quedé mirando cómo
desparecía por el camino que serpenteaba entre las casas vecinas, llameando en
una unión perfecta entre biología y fuego; esa noche no logré dormir imaginando
el dolor del perro, su muerte pulsátil con millones de dolores naciendo en la
achicharrada carne, el pelo consumiéndose como una tea, el inevitable cese de
su ciega carrera sin objeto que lo desplomaría aún vivo, aspirando con su fino olfato cánido el olor
de su cuerpo fundiéndose, apelmazándose y retorciéndose hasta quedar inmóvil en
el asfalto.
- Quizás
nuestros padres no eran nuestros padres- mi hermano, vestido con el batín de mi
padre, me miró con una fría cólera. Creía saber lo que sentía y su sensación de
estafa llenaba la casa tanto como sus extrañas maquinaciones y su actividad de
testigo de lo que estaba sucediendo; yo, mientras tanto me sumía en la
perplejidad, renunciando a buscar un sentido a todo aquello. Creía entender que
lo que decía era extensible al hecho de que quizás tampoco fuéramos hermanos y nuestro
parentesco fuera una ilusión, una alucinación en la que nos abismábamos para
tolerar nuestra orfandad.
- Quizás
ni siquiera hemos nacido- siguió mi hermano y entonces supe que la locura lo
había secuestrado.
Nuestro
vecino salió al jardín y comenzó a quemar objetos, sistemática y
concienzudamente, en un barril. Quemaba las cosas, que iba extrayendo de la
casa, como si fuese un acto creativo y no una destrucción de lo que hasta ahora
había constituido su vida. A veces le ayudaban sus dos hijos, que correteaban
entonces a su lado con cuadernos, jarrones, libros, lámparas, y las introducían
en el barril mirando como el fuego crepitaba. La madre, en cambio, nunca salía,
y yo me la imaginaba mirando desde la casa, quizás fumando pensativa, unida a
los suyos gracias a su cigarrillo ardiendo: el fuego comenzaban a ser lo único
que los habitantes del pueblo teníamos en común. Quemar todo era la única
cohesión que nos quedaba. Una comunidad articulada en torno a su propia
desaparición.
La televisión
dejó de emitir y tan solo retransmitía nieve, puntos aleatorios, una neblina
visual que mi hermano no dejaba de observar. Yo imaginaba que él sí veía
personas, paisajes, ciudades, en los canales muertos y la estática autista del
aparato. Encendí la radio, para diagnosticar la magnitud del silencio que nos
asaltaba, y escuché a alguien respirando. Alguien enfrente de un micrófono
callaba y tan solo su respiración se difundía en las ondas. Permanecí horas con
la vieja radio portátil de mi madre en el regazo, oyendo la respiración del
desconocido. Quizás no lograse decir nada, pero tampoco hundirse en el
silencio, y tan solo pudiese dejar constancia de su existencia filtrando el
sonido de sus pulmones.
Cuando
olvidé el nombre de mi hermano me sentí aliviado. Él ya solo era el otro
habitante de las sombras que una vez habían sido nuestra casa, ocupado en la
muerte que olía su alrededor, deleitándose con la podredumbre y las ruinas.
Quizás no hubiésemos sido hermanos o quizás habíamos perdido ese vínculo,
retornado a un estadio anterior de la humanidad en el cual los hermanos tan
solo se olfateaban con recelo y suspicacia, rivalizando por sobrevivir . En
realidad su falta de nombre era un renacimiento, al igual que su mínima
necesidad de dormir o comer. Se estaba convirtiendo en algo diferente y su
anterior nombre ya no le pegaba con sus felinos y animalescos movimientos que
le hacían recorrer la casa una y otra vez, patrullándola y defendiendo un
perímetro tan solo visible para él.
Primero
fue el humo, la antesala al calor y al fuego mismo, desperté y supe que la casa
estaba ardiendo. Salí de la habitación y bajé las escaleras notando la
capacidad de la madera del suelo para quemarse con mis pies descalzos. Mi
hermano estaba en medio de un círculo de fuego en el salón. Debía haber rociado
el suelo con algún líquido inflamable y me miró a través de las llamas, que
hacían ondular su imagen como un espejismo en un desierto. Salí de casa
descorriendo los cerrojos y corrí por la carretera, hasta que dejé de reconocer
la cartografía que formaban las casas. Entonces me paré a recuperar el resuello,
abrazado a mi mismo por el frío de la noche.
Caminé
hasta dejar atrás el pueblo y las casas comenzaban a espaciarse. Algunas se
quemaban estáticamente, como si el fuego les otorgase una cualidad intemporal.
Parecía que jamás se iban a apagar y que continuarían ardiendo por siempre. Sin
embargo, no vi a otro ser humano, y cuando llegué al bosque el día comenzaba a
florecer, rompiendo suavemente las capas de noche que coagulaban el cielo. Fue
entonces cuando me paré, al lado de un centenario olmo, y miré al cielo. Me
imaginé que alguien nos miraba desde arriba y podía ver la luz del fuego
quemándolo todo, los focos de luz y brasas horadando la superficie terrestre,
el mundo como una piel llena de puntos rojos estallando en su epidermis. Me
invadió la suave y cálida paz de la aceptación. Era un ente minúsculo y descalzo
deslizando manojos de pensamientos, demasiado grandes para mi cabeza, hacia
arriba, hacia aquel ser que al fin podía vernos, reparar en nuestra
insignificante existencia gracias al estallido de las cosas ardiendo y, cuando
todo terminase, nos volvería a olvidar de nuevo. No albergaba esperanzas de que
nos recordase en el futuro. Este era nuestro momento, fugaz y perecedero como
nosotros mismos, criaturas de lo finito, habitantes de una isla que sería
tragada por el mar de la nada. Nuestro mensaje era de tranquila desesperación
y, luego, nos reuniríamos con los agujeros negros y las enanas blancas, con
toda la materia silenciosa del Universo distante.
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