ES TUYO. FIRMA.
Es tuyo, firma. Es tuyo, firma. Es tuyo. Esas eran las palabras que Iris quería escuchar aquella mañana en la tercera planta del edificio Webster. Subiendo en el ascensor un sudor frío le recorría la nuca mientras ella no dejaba de ajustarse la falda y alisar su blusa. Una gota apenas visible se deslizaba por debajo del moño en que llevaba recogida su larga melena.
Se había pasado dos semanas siguiendo a Sara Webster a donde quiera que fuera. La siguió un día hasta el dentista, a una clínica exclusiva de la ciudad donde se enteró al llamar haciéndose pasar por su secretaria. -Entonces, entiendo que han extendido una factura incorrecta a nombre de la señora Webster-. -Nosotros hemos emitido la factura como corresponde-. -Vamos a ver, se trata de una endodoncia y…-. -No, la factura es por un blanqueamiento dental y limpieza de sarro-. La siguió al hipermercado donde observó cómo la señora Webster se hacía con unos veinte kilos de comida para gato, lo que equivaldría a unas doscientas latas de gourmet de varios sabores que un mozo empaquetó y condujo a la sección de envío a domicilio. Se pasó un par de horas en su Daewoo estacionado frente a Jymmy’s, el gimnasio más elitista de la ciudad, hasta ver salir a Sara Webster vistiendo una sudadera GAP verde y de la mano de una jovencita que vestía una camiseta impresionada con la cara de Einstein echando la lengua.
Iris no le había contado a nadie que su propósito era recavar la máxima información de Sara Webster para poder encontrar algo que utilizar en la entrevista personal con la mismísima señora Webster, dueña de los almacenes Webster y de dos de los tres edificios mas fotografiados de la ciudad así como presidenta ejecutiva de Webster espectáculos que estaba seleccionando actrices protagonistas del montaje teatral mejor pagado según los rumores de la academia donde Iris había terminado hacía un par de meses su curso intensivo de interpretación.
Un día, -tres días previos a encontrarse atravesando el arco de seguridad y sacándose los zapatos para poder acceder al hall donde acabaría pulsando el botón del tercer piso en los ascensores del edificio Webster-, Iris se acercó a un grupito de jóvenes bebiendo en el parque Lazarus y convino con uno de ellos que le daría un buen puñado de billetes si hacia lo que ella le pedía.
Así fue como el muchacho entró en el Café Rodin y burló a los camareros hasta llegar al bolso que la señora Webster tenía junto a ella mientras leía el periódico y tomaba un té. Todo fue muy rápido. Se armó un jaleo pero el chico consiguió salir corriendo hasta la puerta donde se dejó atrapar por Iris.
Ésta lo retuvo unos instantes y fingió forcejear con él hasta quedarse ella con el bolso mientras el muchacho se escapaba calle abajo, entre el tráfico y la gente, ante la atenta mirada de Sara Webster, que se acercó a Iris y le agradeció con un apretón de manos el gesto. El tiempo suficiente como para que sus miradas se cruzasen y pudiese ver Iris las bolsas en sus ojos, el apagado brillo de sus pupilas, su gesto cansado y abatido, un pelo ralo y quebradizo que empezaba a blanquear por las raíces, unos labios finísimos cortados y secos, una nariz de cuyas fosas asomaban pelos punzantes. No bajaría de los noventa kilos. La observó marchar Iris, cargando unas bolsas de unos grandes almacenes manchadas de grasa de algún alimento, dando largas zancadas; se la imaginó como una gran roca repleta de líquenes desprendiéndose desde lo alto una montaña, cayendo en picado.
Las puertas del ascensor se abrieron. Iris atravesó el pasillo hacia el lugar donde esperaría su turno para ser entrevistada. La secretaria, una mujer de unos cincuenta años con unos ojos diminutos detrás de unas gafas de pasta negra, le dijo que se sentase y esperase en una sala. Un enorme lienzo con el cuerpo de Buda sonriente cubría la pared principal de la sala de espera, donde uno podía sentarse a esperar en elegantes butacas de cuero negro o en un sofá de piel blanca. Había unas seis chicas mas esperando. Todas alegres, felices; parecían capaces de meter la cabeza en la boca de un cocodrilo si así lo requiriese el entrevistador. Alguien estaba dentro del despacho, cuya puerta estaba frente a la butaca que había ocupado Iris y estaba decorada con la cara de una mujer en blanco y negro con un dedo en vertical en los labios en actitud de pedir silencio. Desde el interior se oían algunas risas. Una de las mujeres que estaba al lado de Iris hablaba con otra en voz baja pero Iris alcanzó a oírlas. – ¿En una clínica?- -Sí, de reposo. Vamos, que se le ha ido la pinza a la mujer-. –Loca, como una cabra-. -Dicen que se alimentaba de comida para gatos.- -Entonces, ¿quien hace las entrevistas hoy?- -Ella no, afortunadamente-.
Una joven embutida en un pantalón azul y una camiseta con la cara de Einstein echando la lengua atravesó el pasillo en dirección al mostrador de la secretaria cerrando tras de sí la puerta del despacho.
Iris miró intrigada la boca de la mujer de gafas de pasta y trató de leer sus labios. Parecía que decían algo que le sonaba familiar, algo que se repetía en su cabeza como un disco rayado. –Es tuyo, firma.
La delicada gota que había empezado a descender por la nuca de Iris en el ascensor empezó a convertirse en otra y otra y otra más bajando por su nuca. Iris sacó un kleenex de un bolsillo y se repasó el cuello. Luego alisó la blusa y ajustó la falda.

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