13.2.14

¿ Qué quieres que haga con mis ojos?




Ella está herida. Alberga mundos desorbitados que giran sin control mientras los fuegos estallan y supernovas fugaces se deshacen lentamente.

La pistola encima de la mesita, al lado del paquete de cigarrillos; es un recordatorio de peligro permanente. No todo es lo que parece con ella. Eso está claro. Cierro los ojos olfateando su boca, su pelo, su cuerpo perfumado y sutil en su voluptuosidad incandescente. El sexo siempre me recuerda a lo que no debe ser dado, a la moratoria de la muerte. A que estamos tan solos que debemos acurrucarnos en otro pecho para oír latir un corazón que no sea el nuestro.

Vivo con miedo. Con miedo y atravesando viejos teatros. Aún me asombra que la gente me ame. Desde que cumplí los 30 ya solo puedo pensar en la gente. No en individuos particulares, sino en la gente como tal. Indeterminada. Me da miedo. Dice ella. Fuma. Me abraza. La pistola sigue ahí, esperando. Sólida y negra. Mortal.

 

Tengo miedo porque sé que un día haré una tonteria. No puedo evitarlo. Igual que un cáncer no puede evitar agredir a su huesped por mucho que lo intente. Está en su naturaleza. Dice.

 

Ahora la abrazo yo. Fuerte. Nuestros cuerpos coagulándose.

Me siento tan magullada. Dice.

Quiero salvarla. Quiero salvarla. Contenerla toda entera y evitar que la realidad la profane. La dañe. Tan solo quiero abarcar todo su dolor y apretarlo en mí. Sustraerlo de sí y aunar una nueva geometría que ya no posea aristas que la atraviesen entera.

 

Noto algo sólido en mi espalda. Luego un fuerte sonido. Todo se diluye.

Tan solo quiero salvarla. Permitir que sus movimientos sean libres y fluidos. Que la torpeza de los demás no la dañe más.

Lo siento. Dice

No pasa nada. Digo.

El semen se escurre por su vagina. La vida se escurre por mi espalda.

 

Recuerdo de pequeña como mi padre afilaba todas sus tijeras. Una a una. Todos los domingos. Mi madre lo miraba. Siempre lucía el sol, por entonces. Todas aquellas tijeras. Reluciendo al sol.


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