Ella está
herida. Alberga mundos desorbitados que giran sin control mientras los fuegos
estallan y supernovas fugaces se deshacen lentamente.
La pistola
encima de la mesita, al lado del paquete de cigarrillos; es un recordatorio de
peligro permanente. No todo es lo que parece con ella. Eso está claro. Cierro
los ojos olfateando su boca, su pelo, su cuerpo perfumado y sutil en su
voluptuosidad incandescente. El sexo siempre me recuerda a lo que no debe ser
dado, a la moratoria de la muerte. A que estamos tan solos que debemos
acurrucarnos en otro pecho para oír latir un corazón que no sea el nuestro.
Vivo con
miedo. Con miedo y atravesando viejos teatros. Aún me asombra que la gente me
ame. Desde que cumplí los 30 ya solo puedo pensar en la gente. No en individuos
particulares, sino en la gente como tal. Indeterminada. Me da miedo. Dice ella.
Fuma. Me abraza. La pistola sigue ahí, esperando. Sólida y negra. Mortal.
Tengo miedo
porque sé que un día haré una tonteria. No puedo evitarlo. Igual que un cáncer
no puede evitar agredir a su huesped por mucho que lo intente. Está en su
naturaleza. Dice.
Ahora la
abrazo yo. Fuerte. Nuestros cuerpos coagulándose.
Me siento
tan magullada. Dice.
Quiero salvarla.
Quiero salvarla. Contenerla toda entera y evitar que la realidad la profane. La
dañe. Tan solo quiero abarcar todo su dolor y apretarlo en mí. Sustraerlo de sí
y aunar una nueva geometría que ya no posea aristas que la atraviesen entera.
Noto algo
sólido en mi espalda. Luego un fuerte sonido. Todo se diluye.
Tan solo
quiero salvarla. Permitir que sus movimientos sean libres y fluidos. Que la
torpeza de los demás no la dañe más.
Lo siento.
Dice
No pasa
nada. Digo.
El semen se
escurre por su vagina. La vida se escurre por mi espalda.
Recuerdo de
pequeña como mi padre afilaba todas sus tijeras. Una a una. Todos los domingos.
Mi madre lo miraba. Siempre lucía el sol, por entonces. Todas aquellas tijeras.
Reluciendo al sol.

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