La ciudad
parece comer cada día más terreno al campo. Me levanto cada día y lo primero
que hago es mirar debajo de la cama. Mi soledad sigue, cada mañana, ahí. A
veces está pelándose un plátano. Otras, una naranja. Otras sobreviene la duda y
debo bloquear la puerta de entrada a mi piso con todas mis fuerzas. Entonces
pongo música- cualquier música, no importa, mientras el sonido organizado en
capas, texturas, ahogue el silencio impuesto por los demás- alta, muy alta, y
limpio fervientemente la cocina, el baño, el salón. Las moquetas parecen procrear
pues cada día aparece alguna nueva, llena de bordados y extraños detalles enhebrados, formando
camellos, soles anaranjados y pistolas de la Segunda Guerra Mundial. Antes venía una mujer. Decía, presa de algún
exótico delirio vete tú a saber dónde contraído, que me amaba. Durante un tiempo
compartió su pecho conmigo, peleándose con la vida áspera que también quería
parte de sus pezones, aureolas, la titánica labor de amamantar esperanzas a
través de un ejército de bromas, sonrisas de media luna y escuadrones de
palabras taquigrafiadas en la cama mientras me dejaba consumir sus dotes de
emperatriz.
La amistad
en forma de floreros me sirve para adornar las estancias y los rencores
desatascan las cañerías. Puedo decir que soy feliz pero un ladrón noctámbulo,
borracho y pendenciero, me robó todas mis frases, una por una, mientras dormía.
Tan solo me dejó la palabra ALBUQUERQUE y, por eso, ahora debo pedir un litro de
leche en el colmado del barrio a la vieja señora que comanda el mostrador de
madera de cedro mientras calceta bufandas de gato y escucha la radio Armenia, por señas y usando diversas banderas a modo de recordatorio de que ambos
estamos vivos y no es sueño lo que nos acontece.
Como no
tengo frases para usar, la profundidad de mi silencio aturde a los demás, los
espanta. Los rumores de mi profundidad silenciosa están empezando a diseminarse
por el barrio y ya hay algunos vecinos que traman pergeñar escuadrones paramilitares
en mi contra. Quizás algún día estos intentos bienintencionados (no me cabe la
menor duda de la bondad inherente a la ristra de actos discretos que se aúnan
para formar sucesos triviales) prosperen y razzias de vocabularios extranjeros,
dispersos como polvo, poliédricos como la lengua de un gato, invadan mi hogar y me
obliguen a usar palabras. Violen mi silencio con las vergas del sentido, la
pragmática y la sintaxis. Sería terrible, desde luego, pero sé que los
perdonaría a todos y cada uno de ellos. A fin de cuentas, matar lo diferente
es deber primordial de la humanidad desde que el primero de nosotros observó
alguna regularidad estúpida en la naturaleza y a eso llamó conocimiento. Yo,
desde luego, hubiese dicho ALBUQUERQUE, arruinándolo todo.
Como siempre.

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