Lo escuchas perfectamente Es bueno el tío dice un imbécil a
otro imbécil, ambos imbéciles sentados delante de ti en el bus que trajina como
puede con todos los socavones de la ciudad. Es bueno el tio escuchas y no sabes
de qué o quién hablan esos dos, solo estás detrás de ellos, encogido como protegiéndote
de algún inminente golpe, replegado sobre el asiento, olfateando el olor del
interior del bus, y sientes ganas de aplastarles la cabeza a esos dos. Bueno
qué cojones bueno, tienes ganas de gritar al imbécil. Tú no sabrías qué es
bueno aunque te explotase en la cara, tienes ganas de decirle al imbécil. Sus voces
agudas, de pito, nada varoniles, siguen enturbiando el aire, aplastándote la
sesera con su uniforme tono, bueno mis cojones joder, qué tío ni qué ostias. Pareces
un personaje de Bukowski dijo tu novia ayer noche mientras ambos mirabais la
pared como si se tratase de una pantalla de cine, y no sabías si se refería a
tu problema con la bebida, a cómo la tratas, a vuestras constantes discusiones
o qué, pero te callaste, demasiado borracho para emitir alguna pregunta o
refutación. Bueno mis cojones y te gustaría aplastar a esos dos y salpicar de
sangre las ventanas del puto autobús y que todos los imbéciles que van a bordo
sean un solo grito sincronizado y tú les sonreirías con malevolencia. Malévolo,
ya nadie es malévolo, piensas. En la edad media se era malévolo, cruel,
despótico. Se cortaban cabezas sin más ni más, era el pan nuestro de cada día,
pero hoy todos somos amables, blandos, jodemos con una sonrisa en la boca, medimos el tono, manejamos la hipocresía, cuidamos las formas en definitiva.
Hablan de fútbol, ese par de subnormales, joder, claro, el partido de ayer de
los cojones, tu odio se pudre en tus entrañas y la mediocridad del mundo, su
herida que no para de manar, te pasma. Somos imbéciles y siempre lo seremos,
todos, y cada uno de nosotros, pandilla de imbéciles que solo quieren que les
roben y corten las pelotas, y el cielo nublado y sucio que ves por la ventana
parece que va a ceder y caer sobre la ciudad y el bus bota una vez más gracias
a un socavón. Hablan de algún futbolista iletrado cuyo perfecto cuerpo está
cubierto por estúpidos tatuajes. El toque, dice uno, el toque preciso, el toque
preciso mis putos cojones piensas, todo el invento llamado lenguaje para esto
piensas, te duelen los ojos y el estómago, igual sí estás bebiendo demasiado.
Sonríes bajo la capucha que llevas puesta como un adolescente, coño, si te
estás matando a beber, y eso te hace gracia por algún motivo. Eras un niño
inocente y rubio y ahora eres un borracho montado en un bus. Puedes citar
pasajes de crimen y castigo, has leído todo Amis, escuchas música extraña,
comes en japoneses y miras a las mujeres con suficiencia, suficiencia
investigadora piensas, y te hace gracia, nunca terminaste el doctorado, dejabas
el ordenador encendido mientras te ibas a la cafetería y bebías quintos de
cerveza a las once de la mañana mientras repasabas a las de primero que tomaban
sus cafés, todas monas, todas futuras psicólogas. Psicología mis cojones
piensas y te acuerdas de tus profesores, esa ralea de seres endogámicos y
mediocres, y viertes tu infinito desprecio sobre ellos, seguro que están ahora
saliendo de sus chalés prefabricados, donde viven con sus putas familias de los
cojones, sus esposas quizá también profesoras de universidad, pollas y coños
académicos y te ríes, quizás te estés volviendo loco aquí sentado, con la
capucha puesta y esos dos siguen rajando del partido de ayer, cuánto deben
llevar sin echar un polvo como dios manda, y piensas en sus mujeres aburridas
mirándolos como si fuesen niños, y los ves a ellos repanchingados en sus sofás gritándole
a la pantalla. Eres un outsider y te ríes y decides matarte bebiendo como
Nicolas Cage en Leaving las Vegas, la puta canción de los putos Amaral, joder,
y te ríes y sientes compasión por ti mismo y por el niño rubio que fuiste una
vez, antes de las relaciones insanas, del alcohol, de ir a cenar a
japoneses y mirar a las mujeres como un hombre de mundo, y te sientes derrotado
y perdido y tienes ganas de llorar y de abrazar a esos dos de delante y preguntarles
cómo lo logran cómo son capaces de existir y ser felices viendo un partido de
fútbol. De preguntarles cómo vivir, qué deberías hacer, de darles un abrazo y
pedirles perdón por despreciarlos, y
recuerdas a la mujer que quisiste y ya no está, y los juguetes que tenías de
pequeño cuando el mundo no era un lugar yermo y muerto, y sientes una infinita
compasión por la raza humana y cuando estás a punto de ponerte a gritar y ya te
imaginas cómo se abalanzan sobre ti y te llevan a un psiquiátrico, el bus llega
a tu parada, te bajas, enciendes un pitillo y escuchas a los dos que iba
delante decir qué bueno es el tío. Debe ser bonito ser bueno en algo, piensas, aunque
sea en dar patadas a un balón. Te prometes beber menos y le escribes un mensaje
a tu novia que sabes que está planteándose dejar de serlo en donde le pides
perdón y le añades una carita sonriente al mensaje de texto y rezas porque no
sea demasiado tarde. Pero demasiado tarde para qué piensas, y no lo sabes. Si
al menos te gustase el fútbol piensas.

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