Soy un hombre y en esa afirmación baso toda mi certeza sobre
este mundo y sus cosas. He perdido mi timing. Me explico. Llego tarde a todas
partes. Todas. Partes. Cuando me muevo hacia adelante sé que me ubico con
retraso en ese adelante que no es suficientemente adelante. Sé que ustedes
cuando lean esto les llegará tarde. Y no será porque no les ha interesado
agacharse antes para recoger la libreta tirada en la calle con estas líneas. No. Lo leerán tarde porque he perdido mi timing. Llego tarde a mi oficina. A
comer con mis padres. A correos y al supermercado. Los relojes no lo demuestran
pero yo sé que voy retrasado, aunque todos finjan que estoy en los sitios a la
hora acordada. No sé cuanto retraso llevo ya. Supongo que se va
acumulando. Debería intentar elucubrar una función exponencial que me permita
calcular los minutos que cada día voy más despacio. Así sabría la magnitud de
la cuestión. Quiero, sin duda, llegar al fondo del asunto. Ya me interesaba
cuando empecé a notar mi falta de timing conmigo mismo. Pues ahora ese interés
se ha disparado. ¿Estaré acumulando un tipo de retraso exponencial? Eso
significaría que si un día llego tres minutos tarde, al siguiente serán seis, y
así sucesivamente. Esto empezó hace veinticuatro días. Si estuviese acumulando
tres minutos por día nos pondríamos ya en setenta y dos minutos. Una hora y
doce minutos. Caray. No está mal. Si fuese así, significaría que llegó setenta
y dos minutos tarde a mi propio accidente. Ese que ahora me mantiene debajo de
la rueda de un autobús, atrapado y sin poder moverme. Una pequeña multitud se
agolpa en círculo mirándome con morbosa curiosidad. A ver si me muero o qué. Yo
prefería o qué, la verdad. Han ido, corriendo, a por un gato de esos industriales
para levantar el bus. Los paramédicos no se pueden creer que siga vivo. Antes
los escuché cuchichear “es un milagro. ¿Cómo puede seguir vivo aún? Con una rueda
de autobús clavada en el estómago. Prácticamente lo ha partido en dos. Tiene
las tripas más fuera que dentro”. Se habían apartado y creían que no podía
escucharlos. Pero sí podía. “Yo no sé pero cuando levanten la rueda nos vamos a
encontrar con dos mitades unidas por un fino hilillo de carne”, se lamentó uno
de ellos, antes de disolver su petit comité clínico. Podrán ustedes tratar de
animarme recalcando que son paramédicos, y no médicos, a secas. Que qué sabrán
ellos. La verdad es que no tengo muy claro qué significa el “para” en la
palabra "paramédico". En qué consiste la diferencia. De todas formas sus palabras
me preocuparon un poco. Por eso pedí algo donde escribir esto que leen ahora.
Por si acaso. Nunca se sabe. Más vale prevenir que curar, como se suele decir.
Entonces uno de los bomberos se acercó a un escolar que me miraba encaramado a
una de las vallas que había colocado la policía y le preguntó si llevaba algo
en lo cual escribir, dentro de la mochila. El escolar la abrió y sacó una
libreta de ella. “La de matemáticas”, le dijo al bombero, “no hace falta que me
la devolváis”. Antes de
empezar a escribir esto he estado revisando algunos de los ejercicios de las
primeras hojas de…un momento. Ajá. Pedro Buenaventura García. Sumas y restas,
más que nada. Pero vaya, vaya, vaya. No debe prestar mucha atención en clase el
tal Pedrito. Está tan lleno de errores que yo mismo me he puesto a corregirlos
antes de redactar lo que ahora leen, ante la atenta mirada del niño. Vaya pieza
el tal Pedrito (¿5+5= 11?) .Hasta le pedí un bolígrafo rojo, a través del mismo
bombero de antes, para que se noten bien las tachaduras y la respuesta correcta, al lado. El caso es que soy maestro
de escuela y las costumbres…Ya saben... Disculpen. Tengo tendencia a las
digresiones. Treinta años de profesión enseñando a Pedritos, digo, a niños. El
bombero de la libreta y el bolígrafo rojo, ese se ha acercado, después de estar un buen rato cuchicheando con los otros bomberos, los paramédicos y un
policía local que anda por ahí y ha venido a decirme que el gato industrial va
a tardar un poco más de lo esperado. Que resulta que el camión en que lo traían
se metió por un puente demasiado bajo para su carlinga. Por lo visto, dijo con
un palillo en la boca, en el cual no me había fijado antes, iba distraído, el
conductor, no se fijó en la altura máxima permitida y el techo simplemente
voló. Que, vamos, que han tenido que llamar a otro camión más pequeño para
cargar el dichoso gato industrial. Que lo sentía. Más lo siento yo, le
dije. Y se fue a seguir cuchicheando de nuevo. Un señor cerca de las primeras
vallas, a dos metros de Pedrito Buenaventura García, que no pierde detalle de
nada, el chico, que capacidad de atención desperdiciada, sostiene un periódico deportivo delante de su cara. A ratos lo
aparta y me mira. En la portada aparece un jugador de fútbol sosteniendo una
copa dorada en forma de balón de fútbol. Al final se anima y me grita. “Vaya
chafada, hombre”. “Pues sí. Ya ve”. “¿Y cómo fue pues?”. “Pues no sé muy bien.
Crucé la calle despistao. Y cuándo me di cuenta estaba debajo de esto”. Señalo
con la cabeza la parte del autobús que más cerca me queda. “Vaya por dios. Si
es que hay que mirar por donde se anda”. Me molesta un poco su tono de
recriminación pero no digo esta boca es mía. Algo de razón no le falta, al hombre.
El caso es que de milagro nada. Nada de nada. Lo sabía. Que había perdido el timing. Que estaba llegando tarde a mi propia vida. Que, háganse cargo, llego tarde a mi propio accidente.
El caso es que de milagro nada. Nada de nada. Lo sabía. Que había perdido el timing. Que estaba llegando tarde a mi propia vida. Que, háganse cargo, llego tarde a mi propio accidente.

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