18.7.11

Relatos efímeros (I)

         
          Marc se miró al espejo, sólo para darse cuenta de que en lugar de su cara habitual, veía una faz desconocida para él. Parpadeando repetidamente, escudriñando la pulida superficie de vidrio, llegó a la conclusión de que no sólo no estaba contemplando su cara, si no que no recordaba qué cara tenía antes, tan sólo sabía que la cara que se reflejaba en el espejo no era suya, nunca lo había sido antes. Lo sabía con una certeza total y avasalladora, como sabemos que una mano que nos toca no es la nuestra, aunque no pudiésemos recordar cómo es nuestra mano... pero, por qué no recordaba su cara habitual y cómo sabía que su rostro había cambiado? A un paso de la locura, Marc se percató de otra incoherencia en la imagen especular. Tanto tiempo mirando su cara le había abstraído de otro aspecto relevante de su situación actual. Sorprendido apartó la vista del espejo y miró a su alrededor, para adentrarse en un nuevo nivel de paranoia. Tampoco reconocía el lugar, una estancia aséptica hasta la náusea; completamente pintada de blanco, sólo contenía tres objetos: una cama y una silla (también blancos) y el espejo. Sin ventanas. Tan solo una puerta. Como buscando respuestas volvió a encararse con su imagen, pero el horror que expresaba la cara de aquel extraño hizo que desviase la mirada, y se dirigió a la puerta, que se abrió en el instante exacto en el que se disponía a girar el pomo. Dos hombres entran y cierran la puerta por dentro, con llave. “Buenos días, señor Kibayashi” dice uno. Marc, paralizado por la incomprensión y el miedo, calla. “No ha funcionado” dice el segundo. Mientras se llevan el cadáver, los hombres discuten si pintar la habitación de color salmón, para que resulte más cálida.

          Tess le levanta sobresaltada, en una habitación que no reconoce. En la habitación sólo hay tres objetos: una cama blanca, un espejo, y en el suelo un pequeño florero blanco con petunias color salmón.

[Por Working Class Hero y Visitante Q.]

1 comentario:

  1. Tio, este relato apunta maneras! Es como salido de la conjunción de un Philip K. Dick y un Murakami en estado de gracia. Amén!

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